Hay neblina en el tiempo. Risas. Excavación profunda. Gusanos con sombrero nos saludan al pasar. Sepultura (confetti, bastones de azúcar, huevos de gallina rellenos de alegría).
Poner en alto los carteles con las letras en color rojo: bien.
Regalar los oídos a situaciones necias, a popurríes de atalayas circenses: mal.
El abrazo del mar: dulce, cálido, rasposo, eterno ¿Fotografía, o vívido recuerdo?
Shoegazing: mirarse los zapatos.
Despeinado, de frente a la corteza invisible que protege a las cosas del interior corrosivo de todos nosotros, puedo sentir la mirada pesada e indivisible del peculiar ojo que una vez imaginé, o que quizás soñé.
El árbol sigue creciendo, como la luna, llenándose y vacíandose de manera paulatina todos los días, a todas horas (de hojas, de luz, de flores, de latente obscuridad).
Sin duda hay algo que aún no has querido decirme. Puedo percibir un brillo en el fondo de tus titubeos. Juega conmigo. Ayúdame a dejar de creer en los demás. Demuéstrame que mi nobleza no es más que un nombre errado que encubre todas las trampas y todas las mañas que pueden coexistir en un corazón egoísta, común y corriente.
La isla de la vanidad se encuentra lejos: se vislumbra apenas, como un punto colorido, enmedio de la ______.
Desde la distancia, como Apolo, a espaldas de la muralla del cielo, las cumbres luminosas hacen señas.
La imaginación se entrega, humilde, con las plantas bien pegadas al piso, a las insinuaciones de semejante cortejo.
Simpleza nunca fue lo mismo que simplicidad.
¿Qué tipo de ajena fortaleza por encima de nuestras posiblidades humanas requiere el ser coherente con uno mismo?
La historia maneja los hilos: nosotros observamos.
Míralas, allí, las piernas de madera. No se mueven: crecen al hacerse viejas. Su aroma apolillado y de evocaciones pretéritas llena mis huecos de un singular canto ininteligible. La suavidad de sus notas lava mis conflictos, uno a uno, mientras lija, paulatinamente, todo excedente de egolatría. Sólo entonces me es posible ver a través de las cortinas.
Como si la poesía no fuera un envoltorio de algo más hondo, se cree haber regalado los ramilletes florales con tan sólo esgrimirla. Este error no se entiende si no se ha acariciado antes, con ternura, a alguien, o a lo que sea que tenga alma, trémulo al contacto.
Nada más que un hábil haz de sentimientos petrificados: un paisaje impresionista de desvíos y de emergencias privadas. Todo en un sólo arranque de viento, de tinta, de negro, de palabra y de clavos apuntalados sobre la lápida del misterio primigenio.
La delicadeza es el eje del mundo, y no al revés.
Uno avanza al retroceder: ya se dijo esto hace muchos siglos. No hay dos rostros diferentes, ni dos huellas digitales distintas. Todos bebemos del mismo remanso.
La paloma finalmente ha volado desde la punta de la cornisa. Me he quedado solo. Miro al frío a los ojos, y ambos sonreímos, como guardando un secreto.
- Ah, la voz de la juventud, siempre tan arrogante... ¿has escuchado alguna vez el chelo eléctrico?
- Sí, en un par de conciertos... ¿por qué?
- Simple curiosidad.
- Nadie pregunta algo, cualquier cosa, por simple curiosidad: siempre hay un trasfondo.
- Sí, sí, lo que digas... ¿te vas a comer ese mazapán, o no?
- No, no, agárralo ¿Ya viste ese par de hembras? No me gusta que las chicas fumen, las hace ver hoscas, poco atractivas.
- Hay distintas maneras de fumar. Unas más sensuales que otras, como en todo.
- A mí no me gusta y ya ¿Este café está muy fragante, no? Medio fuerte para mi gusto.
- Sí, es casi un perfume, de tan fragante.
- Muy gracioso.
[Silencio prolongado]
- ¿Qué se siente estar enmedio de la nada?
- Nada. Pregúntale a quien quieras, te va a contestar lo mismo.
- ¿Sí, verdad? Todo normal, como siempre.
- Así es.
- Ya me dio frío ¿No quieres ir a mi casa? Acabo de comprar un vino buenísimo.
- Pues no es mala idea. Ya se puso muy húmedo el clima.
- ¿Traes paraguas?
- Sí, aquí traigo ¿Tú?
-No, se me olvidó. Tendrás que compartirlo conmigo.
- Pues qué me queda.
- ¿Ya pediste la cuenta?
- Sí, pero no me hace caso el mesero... a ver... ¡mesero!
[Señales con las manos. Perfecto entendimiento entre individuos: se consuma la comunicación humana]
- Listo.
- Y mientras, ¿qué?
- ¿Qué de qué?
- Pues... no sé... nada en realidad.
- Pues no, ¿qué esperabas?
- No, nada. Simple curiosidad.
- La curiosidad mató...
- ... al gato, sí, ya sé. Es la frase más trillada del mundo.
[Bostezos]
- Ayer leí que Poseidón es el equivalente griego para Neptuno, ¿lo sabías?
- Es al revés: Neptuno es el equivalente latino para Poseidón ¿Pero qué tiene qué ver eso con lo que estábamos diciendo?
- No, pues nada. Pero casi nada tiene qué ver con nada ¡Como si todo lo que dijeras tuviera mucha pertinencia! Charlar con alguien es como tirarle de disparos al vacío, azarosamente: a veces le das a algo, a veces no. Así es la vida en sociedad.
- Eso te pasa porque no sabes socializar. Socializar es un arte, y nunca es aleatorio. Se debe de tener conocimiento de causa de todo lo que se va a decir y a discutir si se da el caso, y de poseer una intuición muy fina para saber de qué tema hablar con cada quién; sobre la concordancia previa de todos esos elementos surge una posterior improvisación, el ingenio, pero esa es otra cosa. La pertinencia, pero sobre todo la inteligencia, es la piedra angular de las charlas.
- Yo opino completamente lo opuesto: lo es la estupidez.
- Pues eso sólo puede significar que eres un estúpido, y que no sabes socializar.
- ¿Y eso de dónde lo sacas? Los estúpidos son los otros, que hablan todo el tiempo de estupideces. Yo estoy consciente de ello, y precisamente por que sé que no se puede socializar sin ser estúpido, es que actúo como un estúpido, pero no al revés: sigo su juego la mayor parte del tiempo con el propósito de no ser un ermitaño. Eso no es ser estúpido, es saber sobrevivir. Pero sobrevivir no es disfrutar.
- Es estúpido pensar que todos los demás son estúpidos. Nadie experimenta en cabeza ajena.
- ¿Quién dice que todos son estúpidos? Yo no dije eso. La mayoría son estúpidos, eso sí. "Nadie experimenta en cabeza ajena": tú y tus refranes trillados. Por cierto, ese refrán ni siquiera tiene qué ver con lo que estábamos diciendo, lo cual no te deja muy bien parado respecto de lo que acabas de prescribir ¿Ya nos trajeron la cuenta?
- Ya ¿Cuánto dejamos de propina?
- En Nueva York se deja del 15% al 20% del valor total del consumo. Lo vi en un documental.
- Sí, pero estamos en la Ciudad de México, no en Nueva York.
Cuando hay sol en plenitud, lo único que nos mantiene expuestos al peligro de su radiación es esa magnífica sensación de confort que nos arropa amorosamente las espaldas, en un abrazo magnífico y trascendente, aún a sabiendas del inminente ardor posterior sobre nuestra piel y de su posterior degeneración ¿Entonces, en verdad es cierto que sólo bajo la lluvia se forjan los hombres? Uno se asoma por la ventana, tres, cuatro, cinco, a veces seis veces al día y casi no se consigue apresar lo sustancial del acto. Y por acto entiendo los demás actos, los últimos y los primeros, y todos los de enmedio. Somos los seres que siempre se quedan en las orillas. Las numerosas e intrincadas arrugas de las manos a menudo son caminos más amables que los surcos por donde transcurren nuestros pensamientos.
Sí: hay clarividencia en lo vulgar. Y mucha. Todos somos vulgo, vulgus, un conglomerado común de idéntica constitución aunque se persista en negarlo: no hay manera de diferenciarse de nuestros semejantes en lo esencial, ni mérito alguno en tratar de hacerlo. Allí está, frente a todos nosotros, como un condenado a la mitad de la plaza pública siendo abucheado por las enardecidas turbas, la avaricia de los gobernantes convirtiendo en jirones el patrimonio común. Allí está también, el insaciable apetito de los consumidores destruyendo el equilibrio natural de nuestro ecosistema. Allí están, la banalidad de las modas y de las apariencias, las extravagancias ideológicas y de culto que rayan en lo absurdo, la sobrevaloración del cuerpo y de los bienes materiales, la enajenación de las masas a través del poder mediático, la sed de dominio sobre la que han estado construidos los basamentos del terrible constraste de las clases sociales desde tiempos inmemoriales: la inequidad, la hipocresía, el odio injustificado. Allí están, esos cúmulos de voluntad de poder que todos perciben y que a todos molestan, precisamente porque huelen a nosotros cuando detestamos ser quienes somos, cuando traemos a cuenta el ayer e intentamos descifrar el mañana. Todo esto es muy fácil de ver, y casi siempre por eso me parece despreciable. Despreciable por sencillo, por visible, porque todos podemos juzgarlo, y estar de acuerdo con ello ¿Quién podría negar algo tan nítido, tan molestamente transparente, tan directamente situado en el centro de nuestra incumbencia?
Lo que no se alcanza a ver tan fácilmente, lo arduamente aprehensible: es eso lo realmente atrayente para mí, aunque, de manera paradójica, me rebase por completo, y no pueda comprenderlo en absoluto.
Aquello sustancial que se evapora pronto, que se oculta, que hace señales.
Las revoluciones se componen de gente sumamente ávida para esclarecer la vulgaridad, esa vulgaridad que sí importa, que nos importa demasiado porque nos duele sin excepción, porque no somos tan estoicos después de todo. Sin éstas, no podríamos decir propiamente que somos alguien, con memoria y con nombre. A estos precursores les debemos nuestra historia, nuestras instituciones, nuestros monolitos culturales. Estos clarividentes de lo vulgar vieron muy bien lo que todos vemos, y supieron alterar, solidariamente y con un sólido carácter pleno de efectividad y de una admirable inteligencia práctica, aquellas cosas que nos lastimaban a todos las retinas del entendimiento, transfigurando lo evidente en otra cosa, igual de evidente al cabo de un rato, pero fundamental en su momento. No obstante, aquello invisible de lo que hablo casi siempre logra evadir a las acusaciones generalizadas, a las tomas de partido, a las grandilocuentes voces, al liderazgo nato y a la voz inmortal del descontento humano. Rehuye los territorios en donde todo mundo puede opinar, alegar, luchar por lo correcto. Es ese delicado e incomprensible hilo infinito que une todas las cosas. Es el espejo confuso del mundo en la gota de agua que pende de los pétalos de las flores. Es la nota musical que burla nuestros espectros auditivos e intelectivos con singular parsimonia. No hay manera de apresar exitosamente el orgasmo de una mujer entregada en cuerpo y alma al amante, ni el llanto cariñoso de un pequeño niño contra tu pecho, sollozando en confortable consuelo. No se puede fijar sobre el corazón la desbordante sensación de completud que acontece en la contemplación de la vista panorámica de los atardeceres.
Así como no nos es posible conocer los límites de nuestras sensaciones, tampoco nos es posible conocer los límites de nuestras cosmovisiones. Sumergido en esos límites, algo sale de control en nuestras convicciones de las que estamos hechos, algo desborda las normas del buen juicio y de pronto, como una frágil nave se vuelca durante una violenta marejada, uno se pregunta: ¿es que acaso sé algo certero del mundo, tan sólo un poco? ¿No son todas mis creencias fundamentales meras estupideces colectivas, meros prejuicios desdeñables, vagos como espejismos o como sueños? Desde luego que no lo son, pero, ¿y si lo fueran, qué? Entonces nos arden los ojos por mirar demasiado fijamente al horizonte, y uno voltea la cara hacia lo cotidiano, hacia lo familiar, dejando a nuestras espaldas brillar a las metáforas más deslumbrantes y megalíticas que hemos creado: la eternidad, la omnipotencia, la omnisciencia, entre otros tantos sustantivos que se han empleado para denominar a lo sagrado. Nace así la nostalgia en nuestro seno. La añoranza corrosiva de lo inalcanzable. Saboreamos dulciamargamente nuestro confinamiento, y tratamos de arreglar nuestra prisión lo más que se pueda, para pasar bien el rato, para no sufrir tanto, para que no sufran los otros por carecer de lo más básico y de lo más lógico para nuestro contento, para nuestro bienestar colectivo, para nuestro cebo diario. Eso está bien.
Ser vulgar está bien, cuando se es clarividente. Pero lo bueno nunca es suficiente.
Por ende, algunos de nosotros, casi jalados por un magnetismo misterioso, como un haz de polillas ciegamente atraídas hacia el halo fulgurante de la bombilla eléctrica, necesitamos periódicamente de los rayos implacables del sol del misterio, de esos rayos invisibles de onerosa y de flagrante imposibilidad, aunque nos quemen en vida.
Atravesados por esa sensación con sabor a pasado inmediato por la que somos súbitamente iluminados al caer en cuenta de lo felizmente vivido, de vez en vez la saciedad y la completud nos asaltan de manera reconfortantemente sólida, anudadas e indiscernibles de la palabra mágica que todo lo contiene al dejar escapar lo accesorio: añoranza. Las fiestas familiares, los viajes, los paseos por el parque, las carcajadas deliciosas y los juegos magníficos con los otros, esa niñez andante sobre un frágil puente tendido entre las peripecias y las grandes alegrías compartidas con una serie de personas que se importan mutuamente, amalgamadas de manera íntima entre sí.
Afuera, durante el día a día, un panorama de una solidez impecable se yergue ante nosotros, sin ecos aparentes de algo que nos anteceda: los altos edificios, los troncos de los árboles sin un ápice de subjetividad, todo perfectamente ensamblado, esterilizado, pulcro de ánimos, sin ninguna carga emotiva aparente. Entonces, por azares del destino, al desatarse una serie de conexiones asociativas a partir de un nimio suceso completamente imprevisto, regresan de pronto, como el impetuoso oleaje de un huracán, la vieja silla de mimbre del bisabuelo, el olor del guiso exquisito de la abuela a mitad de la semana, las bromas y las chanzas del abuelo y del tío, la carcajada encantadora de la hermana, la mirada cariñosa y omnicomprehensiva de la madre que atraviesa todas las posibles fronteras de la hipocresía mundana. Una melodía suave y acompasada, un trozo de seda tierna del lecho que roza en el rostro cuando uno está a punto de abandonar el estado de vigilia, un abrazo desinteresado bajo la lluvia, igual de sedoso y de sincero que sus significativos acompañamientos, un llanto florido de anhelos y de un compromiso puro e ineludible con alguien que no soy yo: se manifiesta la transparencia del alma, generosa en todos sus despliegues.
Todos construimos grandes monumentos de vez en cuando al vivir, eso es verdad, muchas veces sin siquiera darnos cuenta, sobre todo durante nuestros nóveles años. Por desgracia también decidimos quemarlos cuando creemos que ya no nos sirven, cuando pensamos que no necesitaremos de ellos jamás; no obstante, en contra de la soberbia y el engreimiento que rodean nuestro inevitable crecimiento, siempre quedan las cenizas de las flores y de las mariposas más bellas del orbe, aunque no logremos distingirlas del todo enmedio de las opacas partículas flotantes a nuestro alrededor, camuflajeadas con los cenizos guijarros y las motas de polvo que bailan al unísono ritmo de la monotonía. Un par de pasitos cautelosos de la pequeña niña que apenas logra controlar con propiedad su cuerpecillo, encaminada hacia ti, con los ojos brillantes y una determinación muy grande, como si se fuera el último pilar que sostiene la tierra, el lecho seguro en donde las aves descansan después de su larga migración hacia el sur: he allí la definición de lo invaluable. El amor suele ser una misteriosa tela que recubre de manera hermosa todas las cosas, suavizando sus filos y aumentando su brillo, una capa que refresca y que nutre con sus inusuales colores incluso a las sensibilidades más taimadas, a los recovecos más resistentes y recios del corazón del hombre.
¿Cómo conservar la llama, la fragancia, la voz, la tersura, la efectividad espiritual de lo que nunca retorna y sin embargo siempre permanece con nosotros, eso que nunca nos abandona después de haberse ido para siempre? ¿Qué es la remembranza de lo bueno sino una caja de recurrentes resonancias que nos conducen al propio exilio de nosotros mismos, tan dulces y tan preciadas que logran desviar toda nuestra atención del instante presente, transportándonos hacia lares ya recorridos, pero sin embargo desapercibidos en sus detalles? ¿Cómo recuperar lo que fluye inmisericordemente a través de los atardeceres y los amaneceres, cómo atesorar lo que por naturaleza tiende a desvanecerse sutilmente entre las incapaces diez fibras de nuestros dedos?
Gratitud: tal vez el secreto aguarda a la sombra, en la reciprocidad resultante del acto auto-reflexivo más noble posible. Cuando en una palmada resuenan todas las palmadas anteriores, o cuando a través de un beso se logran abrir los ventanales por donde escapan impetuosamente las numerosas parvadas del ánimo liberado: la añoranza actúa entonces en todo su esplendor, trayendo a cuenta todos nuestros años de un solo golpe, sólo para mostrarnos lo ilusorio de la tesitura real del tiempo, y el falso parámetro de las distancias que hay entre el hoy y el ayer, unidos por frágiles cuerdas compuestas de imágenes y de sonidos maravillosos, mosaicos de todas las dimensiones empalmadas que se han descubierto hasta la actualidad. Allí, la relacionalidad de lo existente se obvia de maneras insospechadas, y emerge esa rara pulsión, casi anti-humana, que muchos han hecho el basamento de sus credos y de sus caminos de redención a lo largo de nuestra historia: agapé, caritas, karuna.
Del modo en que yo lo veo, resulta implausible el verdadero aprecio de nuestro presente sin haber regalado antes una honda y persistente mirada a las ricas vitrinas de nuestro pasado enterrado. De obviedades como ésta se construyen a menudo nuestras inclinaciones.
Una vez que ha florecido el corazón cauterizado gracias a las lívidas gotas de la voz del tiempo encarnadas grácilmente en el ardor de la palabra, esa vieja y nueva luz de ansiosos virajes y de agnósticas crucifixiones; una vez que nuestro órgano más amigable y confiado, familiar al filo de las sales y a las púrpuras costras, ha llegado finalmente al muro de concreto de lo externo, es preciso derretir entonces, en su honor, de manera inmediata, una cera diminuta, color tinta, del tamaño de la aurora, con el fin de preservar lo etéreo que aún retiene el mudo, remanente misterioso de las cosas.
Así, al virar el cuello hacia el nido de los cambios, lejos de las oportunidades evaporadas y de las emociones emergentes, uno ya no encuentra simplemente arenas privadas, peligrosas bocas o eternas vanidades, sino una serie de apetecibles raciones de un alimento que se desconoce aún, algo precioso, informe, titilante, familiar con la profundidad cáustica del Yo que no se ve pero que se deja sentir al arrollarse a sí mismo con singular fiereza, arremetiendo contra todo lo profano que se tambalea frente a sus ojos, temblorosos, pálidos, crujientes, apoyados en la tibia cuna de sus álgidos recuerdos.
Las nubes nos sirven el té, y la mañana se calla. El verde aliento del absintio asemeja la oración de la séptima trompeta. Un pajarillo insignificante canta desde los cables en tensión la ronda y la faramalla de la pluma habilidosa. El ingenio se aviva detrás de las herméticas cortinas, y la realidad inicia su prófano baile, desnuda y ebria, sobre los restos de los libros apilados que sólo suelen leer los monjes y los apestados.
Sus ecos triunfales, maestros denigrantes, celestes perdedores, hacen temblar por un instante la superficie del agua de la monotonía. Y eso es todo lo que necesito de ustedes. ¡Y pensar que fueron menos que polvo, que paja, que el ala trozada de un albatros! La revancha del descaro ha comenzado, y terminará en unos días, mientras pasa la tormenta. Aquí, bajo el sombrío techo de la mente activa, veo desfilar una lastimada horda de símbolos grandilocuentes, de espíritus de penetrantes aromas que traspasan todavía hoy las fronteras inconmesurables de los países y la historia. Las distancias van amainando su efecto, mientras las ropas se resbalan con lentitud. Quedo, al fin, una vez más entre ustedes, con mis huesos comulgando con sus miasmas.
Si alguna vez lograron, poetas malditos, astillas roídas por su violenta patria, penetrar a través de mis cuencas vacías reconfigurando impetuosamente el molde de mis días azules, índigo y violeta, fue porque así lo he requerido, y no por mera necedad libresca ni por aquel común y deleznable artificio culterano. Han sido el hambre, la pena, el calor flagrante del infierno los que me han llevado hasta sus llanos y perversos ventanales. Desde allí me he asomado y les he visto, de espaldas, y he visto también a la mar de frente, ídolo pétreo, preñado de ese fugaz pero sustancial bostezo, ese brillo, ese candor, ese desvelo, ese rayo de sol que se filtra por el domo. Hoy emulo sus bramidos y me incrusto en sus costillas, homenajeándolos, como un hijo bastardo que jamás podrán reconocer, extemporáneo y anacrónico, pero descendiente de ustedes al fin.
He de practicar tal ejercicio con un placer hirviente, malsano, concientemente extraviado, tal que ni el viento ni el fuego podrán siquiera intimidar.
Su transporte será la carroza de mi purificado desprecio y sus líricas cumbres, el asta desde donde hoy rasgo los cielos. Brindemos hoy: Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Mallarmé, Lautréamont. Embriaguémonos 'de vino, de poesía o de virtud', hasta que cante finalmente el gallo negro de la extinción absoluta.
"Si lo importante es ser sublime en cualquier género,
se es mucho más en la maldad.
Al ladrón de poca monta se le escupe en la cara,
pero no se le puede negar una especie de consideración
a un gran criminal."
Denis Diderot, Le Neveu de Rameau
"La repugnancia hacia lo sórdido no es más que otra expresión de una suceptibilidad para lo delicado. No existe percepción de belleza sin su correspondiente rechazo."
Ezra Pound, Polite Essays
Nunca ha sido una cuestión de asesinar 'por el puro hecho de hacerlo', como suelen argumentar algunos criminales 'de avanzada' con el afán de afirmarse sobre una muletilla rimbombante, pretensiosa de reflejar una supuesta libertad de acción más allá de todo interés mundano: 'la finalidad sin fin de lo artístico del crimen', 'la develación de la carencia de todo basamento ético y político', 'la actualización del desmembramiento de todos los cuerpos morales', 'el violento asomo al abismo del sinsentido del hombre' y toda esa calaña de astillas de palabrería podridas compuestas de filosofemas rancios, sumamente vacíos de contenido. Tampoco es cuestión de atentar en contra de la vida humana para suplir y subsanar intereses secundarios, o más bien terciarios, como la fama y la sed de posteridad, la remembranza y la preservación de nuestra reputación, o hasta un alegado amor incondicional a nuestros semejantes: eso es para mentes vulgares, para calcas miserables producto de las pautas históricas, para gente hipócrita y resentida con su pasado y su presente, sin verdaderas experiencias positivas de la vida, y lo que es peor, sin una pizca de sensibilidad imaginativa ¿Qué cuál es nuestro movil entonces? ¿Necesitamos describirlo en específico, doctor? Muy bien. Todo proviene de un sublime sentimiento que brota poco a poco, tierno, espumoso, acogedor, desde el fondo del estómago, dulce como la miel más dulce que se pueda encontrar: durante esos maravillosos instantes de desbordamiento y desmesura, uno se despabila, se estira, se infla; uno mismo se transforma en una lengua gigante, en una ancha y receptiva lengua llena de papilas gustativas que se estremecen al más leve roce con las esencias más poderosas, y es entonces como se comienza a lamer con avidez y desenfreno, casi eróticamente, toda la porquería que hay en el mundo. Claro está, a uno esa porquería le sabe dulce, muy dulce, toda envuelta bajo un matiz de profunda dulcificación, produciendo un deleite constante a través de la ejecución de los pequeños detalles. Si tratáramos de encasillar la determinación de nuestro 'motivo', podría decir que es algo muy cercano a la obtención del placer, del delicioso regocijo propio ¿O es que acaso hay algo más que nos motive a hacer las cosas que nos importan? Difícilmente, ¿no lo cree usted así?
Estudios y terapias psicológicas, mapas neurológicos, radiografías del alma. Nada de eso funciona aquí, mi amigo. No se puede tratar de darle forma a aquello que por definición es informe, disoluto, tenebroso. No existe curación para la dicha. "Tu familia te amaba, Albert... ¿por qué?", me repite entrecortadamente el psiquiatra desde el otro lado de la mesa, una y otra vez, con un café frío a lado y un nervioso cigarro entre sus dedos. Lo que ha dicho no lo pongo en duda. Siempre he sido un niño muy querido, un joven muy estimado. Fui el primogénito, el hijo ejemplar, el más armonioso en el trato con mis hermanos y con mis allegados. Mis padres esperaron tres años planificando todo para mi nacimiento, de una manera obsesivamente esmerada, según me han contado: todo debía ser perfecto a mi llegada, las sábanas muy limpias y fragantes, los almohadones muy suaves y bastante amplios, los contornos de los dibujos de payasos y de magos del papel tapiz sobre la pared, impecablemente delineados. Tampoco sería capaz de decir que tuve todo lo que un niño podría desear, pues eso es imposible, nadie consigue ese tipo de felicidad, siempre falta algo, alguna estupidez pueril que sobrepasa las espectativas paternales: un juguete, un postre, un paseo por el parque de diversiones, o yo qué se. No obstante, resultaba algo muy parecido a la plenitud. Una cuasi felicidad, diría yo. Lo mismo durante mi pubertad, durante mi adolescencia, y durante mi reciente juventud: envidiable estabilidad emocional, óptimo soporte económico, relativo éxito en todas las empresas que alguien desearía emprender alguna vez durante las primeras etapas de su vida. Si ha existido en esta tierra algún paradigma de familia tierna y amorosa, esa debía de haber sido la mía, es mi caso sin duda alguna ¿Entonces, por qué ese tipo de obvias aseveraciones, doctor? Por supuesto que mi familia me amaba, y yo a ellos en reciprocidad. Francamente, no vienen al caso todas sus inquisiciones, no va a encontrar nada que le deje satisfecho. "¿Por qué?", me pregunta una y otra vez, como un autómata deplorable. Bueno, eso es fácil de contestar, lo acabo de hacer, pero no de transmitir, y menos a personas como usted, tan limitadas en su capacidades intelectivas y sensitivas.
Forzando las analogías con las quizás usted se sienta familiarizado por ser ya lugares comunes de la divulgación 'científica' de nuestros días, a menudo matar resulta como probar el LSD por primera vez, un viaje espectacular de nuevas y sorprendentes sensaciones, o como la explosión del orgasmo sexual con alguien con quien se mantiene una profunda conexión psicológica, algo muy duro de recuperar con terminologías clínicas y anquilosamientos lingüísticos. Yo diría más bien, si nos movemos hacia otro ámbito más interesante para mí, al de la religión, que se asemejaría metafóricamente a algo así como, siendo ferviente cristiano, beber la sangre de un costado del cuerpo del Señor de manera delicada y tenue, lamiendo su entresijo con pasión verdadera hasta el fondo de su viva carne, para después voltear, embriagado, hacia las estrellas postradas sobre la infinitud del firmamento: una verdadera comunión sacramental con el Creador del Universo, con lo más profundo que poseemos como especie. No espero que me entienda usted ni sus colegas, ni ahora ni después (a lo mejor nada más estoy jugando con sus mentes, barajando con imágenes excitantes por imposibles: también cabe esa posibilidad si lo piensas bien), y mucho menos que me permitan hacer lo que he venido haciendo durante todo este tiempo de manera periódica y regular, pues desde un principio supe que estaba prohibido, vedado, legalmente restringido por esos gordos sabios de pelucas blancas y pesados martillos, situados todos como chacales en celo resguardando las puertas de la mediocridad, esos reguladores del desagüe de los sentimientos residuales de toda la orbe.
A veces me parece que esta época todavía sigue estancada espiritualmente en el medioevo. Desde hace unos pocos decenios, aparentemente se han ido relajando algunos candados concernientes a las prohibiciones sexuales, uno tras otro, y las corazas que un día protegieren el pudor y la integridad del género humano durante siglos, caen ahora al suelo como costras de mugre, tan estorbosas y tan innecesarias como en definitiva ellas solas podrían serlo. Pero, posiblemente, eso sólo es la fachada de las cosas: las corazas morales más duras que nos envuelven no se removerán jamás por medio de la 'flexibilidad' de nuestros estatutos gubernamentales, ya se encuentran amalgamadas con nuestros huesos. Yo, junto con otros tantos insectos rastreros adelantados a su tiempo (porque sería pecado tratar de ocultar nuestro inherente auto-aprecio), anuncio la aurora del día en que cometer un asesinato y torturar a un ser vivo, poco a poco, hasta el arrivo de su muerte, sea igual de tolerado por la justicia como la homosexualidad, la prostitución y la pornografía: rezo fervientemente todos los días para que esto acontezca pronto. Falta muchísimo para llegar a esas cumbres, muchas costras de mugre caídas y desvanecidas en el suelo del pasado: conseguiríamos derruir por fin el más grande de los tabúes en los anales de lo humano, ese estorboso mandamiento primordial legado por nuestros ancestros semíticos, el errado principio del que parten todos los acuerdos políticos y todos los contratos sociales, todos los groseros egoísmos. Quizás sean sólo sueños vacíos los míos, sueños de niño, aspiraciones huecas, pero me placen de sobremanera. No es posible confiar en la evolución, ese anclado mito inglés, ni un poquito siquiera, casi todo lo echa a perder con los años. Desde hace milenios hasta la fecha, se han tenido que buscar pretextos disfrazados de otra cosa para ejecutar las masacres y los descesos aislados, aquellos irrecuperables, preciosos momentos llenos de inefable deleite: títulos vergonzosos como 'la guerra santa', 'la defensa de la patria o de la raza', 'la rebeldía de los derechos del hombre', 'la pena capital', 'la defensa propia', y un cúmulo considerable de patrañas inauténticas. No, les digo, no se escondan temblorosos tras las faldas de la sapiencia aparente, y entréguense decididamente al delicioso banquete que se ofrece en los tablones del deseo, sin razones accesorias. Casi nadie me escucha, o por lo menos simulan no escucharme. Se encuentran temerosos, sobre todo de sufrir castigos por parte de los otros, como todos los groseros egoístas. Temen a la ley, pero también temen a los alcances insaciables de sus apetitos más hondos.
El hombre le tiene miedo al propio hombre, a sí mismo: este no es ningún secreto ni mucho menos, sin embargo sorprende que no sea ya un concepto reconocido por todos a vivas voces, una especie de 'certeza clara y distinta' de la que hablaba ese francés, me parece raro que no se grite en los mercados y que no se enseñe en las escuelas. Así, el hombre despliega su horrísono alarido en el momento justo de quedar frente a frente con un espejo. Y yo les digo: no, no teman. Disfruten del tremebundo espectáculo de ustedes mismos, de la cara deforme de su propia autoconciencia ¿De qué hay que temer al final? No hay nada terrible al final, sólo la ausencia de uno mismo. Lo interesante está enmedio, en el transcurso del camino. No hay razón para gritar, aquí estoy yo, yo guardaré sus pasos si es que han decidido disfrutar con los otros. "¿Qué es lo que ves en la tarjeta?", insiste el Dr. Hampton, más nervioso que antes, lo cual ya es decir algo ¿Cómo no irritarse un poco cuando eres tratado como un simple simio? Bien, le contestaré. Veo una muralla multicolorida desbordante de anhelos aletargados, una serie de arrecifes compuestos de un júbilo estrepitoso e inconmensurable, una hilera de capataces que tiran pedazos de músculos y de médula ósea por el borde de un acantilado, alimentando gentilmente a las ballenas y a los delfines de fuego que cruzan por encima de las rocas. Veo a mi madre, el abrazo caluroso y entrañable de mi madre, el refugio más hermoso que alguien pueda encontrar en toda su vida. Veo la fuerza y la simpatía de mi padre, ese hombre admirable de buenos sentimientos, aquel que siempre me brindó su apoyo de manera incondicional y comprensiva, todo un modelo social a seguir, como el santo patrono de la moralidad china hubiera mandado. Veo la espiral de los tiempos desmoronándose de manera inigualable, el resquebrajamiento de las paredes de granito y de casiterita que enarbolan nuestra historia, lo que hemos sido, veo el horizonte luminoso de lo que estamos posibilitados de ser. Veo el púrpura brotar como una flor sobre la carne ajena, bostezando trémula a las orillas de nuestra mortalidad, extendiéndose por todo el piso como una nube que se expande más y más bajo la conducción del viento. Eso es lo que veo. Si usted no ve lo mismo, bueno, en verdad lo siento bastante. No puedo hablar más en serio.
Seductor de masas me han llamado, pues se dice frecuentemente que las masas son violentas, iracundas, ciegas, irracionales. En realidad represento todo lo contrario. Mi mensaje (si es que se puede llamar mensaje a la práctica de un cierto tipo de hedonismo) se encuentra dirigido a la gente selecta, especial, a los mejores de nuestra especie, a los aristós como se decía en griego, los preferidos de los dioses. Un alemán desequilibrado supo visualizar a grandes rasgos este fenómeno, bautizándole como 'el superhombre' hace ya unos siglos. Pero aún su 'superhombre' me parece débil y sumiso, demasiado cristiano en comparación con las exigencias de un verdadero hombre superior, un asesino nato, pues seguía atado al anhelo de superación de nosotros mismos en relación con un ideal borroso y vago, todavía embarrado de humanismo barato, y no supo degustar de lo que ya somos varios de nosotros, 'superhombres' ya de entrada, pasándole completamente desapercibido el mayor de los placeres que alguien pudiere experimentar durante su corto tiempo en la tierra, la cumbre de la emocionalidad y del discernimiento, aquello que divide a un hombre de un caballo, o de la corteza de los árboles: la capacidad de perpetuar la transgresión física y anímica de sus semejantes hasta su punto de quiebre último; la refinada posibilidad de saborear todas sus pequeñas emociones y pensamientos antes de su extinción absoluta; ese penetrar violento y amoroso en un otro que no soy yo de una manera distinta del coito, mucho más pura y encaminada, menos mecánica; una de las rupturas definitivas con el principio de individuación que nos ata a nuestra miseria mundanal, cotidiana, menesterosa, de seres grises y abnegados por la inercia: nuestra transfiguración decisiva de hombre en insecto, un 'super-insecto', porque los mejores hombres son también los peores, los más temidos, los más rastreros, los más despreciables. Las masas no son capaces de imaginarse siquiera esto, resulta inconcebible para ellos, y de allí el choque directo de la libertad de mis actos con las restricciones jurídicas reinantes, pues las leyes están hechas para las masas, no cabe duda: son estatutos para conducir camiones de redilas, grilletes para sostener bestias. Los más viven y no saben por qué ni para qué viven. Son, como dijera un argentino bajo otro contexto, unas meras 'máquinas de vivir'. No pueden ser estos mis seducidos, puesto que temen al dolor de la coacción y a la muerte como a nada en el mundo, sin detenerse a reflexionar ni un poco sobre los posibles orígenes de este miedo, y... quién sabe, quizás sería pertinente agradecerles también por su estupidez, porque quizás, y sólo quizás, sin ese sentimiento primitivo de terror al dolor y a la muerte arraigado en sus conciencias, no nos resultaría tan delicioso el acto del asesinato crepuscular que hoy anuncio, o que más bien me empeño en magnificar retóricamente. En el fondo ya no hay que anunciar nada nuevo: todo está allí.
Por encima de cualquier otro sentimiento, al menos para mí, se encuentra la sublimidad. Para poder matar como se debe, de manera sublime, el primer paso es perder por completo el miedo a la muerte. Eso es lo esencial, y debe estar por encima de todo lo que hagamos anteriormente. Sin embargo, a menudo se suele confundir esta pérdida del miedo a la muerte con la necesidad imperiosa de salir de la vida. Craso error. La mayoría de los suicidas apresuran su término no por su pérdida del miedo a la muerte, sino, por el contrario, por el demasiado apego a las cuestiones terrenales e insignificantes que les atan como perros encadenados a sus postes, provocándoles un sufrimiento mediocre, opaco, sin un verdadero ni digno resplandor final. Dicen algunos otros que es imposible perder por completo el miedo a la muerte, pues se encuentra tan arraigado en nuestro interior (amalgamado con nuestros huesos) que es menester mantenerse subyugado ante él toda nuestra vida. Esto es parcialmente cierto, ya que aunque por desgracia siempre queda algún remanente de primitivismo en nuestras almas, somos muy capaces de alcanzar una libertad muy superior de la que estamos acostumbrados, y esta libertad radica principalmente en saber aplazar lo inaplazable, y en saber apurar lo progresivo: en jugar con nuestra línea de tiempo, en torcer nuestras posibilidades. Se deben de conocer ambos extremos del terreno para jugar con ellos de manera aleatoria sobre del cuerpo y el alma de uno mismo y sobre todo en la del otro, ya que no hay luz sin sombra, y el reverso de una es la cara visible de la otra, como vieron de manera adecuada algunos chinos y su contemporáneo griego, hace ya muchos siglos atrás.
No, no es sólo 'matar por matar', como un pedante resentido; ni tampoco 'matar para algo', como un bandido cualquiera, por dinero, por sexo o por poder político. Es algo que oscila entre estas dos cosas, más intrincado, más delicioso aún. No, señores, nada parecido a lo que imaginan según la costumbre. No me subestimen de esa manera, se los pido por favor. No madre, no padre, no hermanos. No fueron presas de mis filosos e incandescentes besos por despecho, ni por odio ni rencor hacia sus personas o al mundo en el que nací. No se les ocurra pensar eso jamás, si es que todavía existen en alguna otra parte, aunque lo dudo mucho. Todo fue obra de un inconmesurable amor hacia ustedes y a la vida, alumbrado por una luz que muchos de los espectros mesurables de este mundo aún no alcanzan a captar. Aquí, detenido, enclaustrado, anclado, atrapado como el insecto que soy, me encuentro esperando el designio de los paseadores de ovejas. Miro a través de las rendijas de mi obnubilada memoria, y sólo puedo alcanzar a ver con gratitud mi pasado como un todo brillante desde lejos, como un majestuoso paisaje impresionista compuesto de pequeños puntos coloridos y de señalamientos afortunados. No hay una sola mancha de culpa en mis ropas, de arrepentimiento. Ni el frío ni la obscuridad de sus celdas podrán arrebatarme este ardor interno que hoy almaceno, esa intensa llama que durará encendida dentro del farol de mis costillas hasta el fin de los fines, ese cercano y lejano huésped que ya espera con tranquilidad y seguridad implacable el exilio. Mi final, el final, tiene que ser más placentero, mucho más delicioso que esto. Ya encontraré la manera de transformarlo...
Volteó tres segundos por encima de su hombro. Nada le impedía quedarse (nada de lo que realmente pudiera arrepentirse después, al menos), y sin embargo, un misterioso sentimiento le penetraba desde la base de sus pies y se filtraba, de manera progresiva, a través de todo su cuerpo: debía avanzar. Sobre de él se volcaron de golpe todas las mañanas claras en las que había permanecido en ese lugar, todas las cenas, todas las siestas vespertinas, todos los rumores de los albatros y de las gaviotas que pasaron sobrevolando de cerca, todas las veces que había vislumbrado el amanecer, el atardecer y la danza de las estrellas en la bóveda celeste a través de sus ventanales abiertos de par en par: descubrió, por vez primera, la capacidad que tiene el ser humano de recordar los eventos futuros (y todo a través de esos cristales, sólo de esos cristales y de ningunos otros), pues parecía ya haberlo visto todo de una manera incomparablemente vívida, todas las afecciones trazadas y todos los surcos de la experiencia que le aguardaban, todo de manera sumamente transparente desde el momento justo de instalarse allí, el primer día. Respiró la brisa de las olas que se estrellaban directamente en las orillas de las rocas, a unos metros de distancia de su habitación ahora vacía, aquella habitación que años atrás él había despreciado constantemente por ser 'demasiado húmeda, demasiado peligrosa', y que había aceptado con resignación, de manera amable pero bobalicona, por carecer de más dinero para rentar en otra parte. Una habitación que ahora, a través de las altas y blancas paredes y de las diminutas y asimétricas fisuras que la decoraban, le abría todas las claves del universo, una por una, de la misma manera en que se desprenden los frágiles pétalos de un diente de león con el roce del más mínimo soplido. Sin dejar de mirar hacia atrás, ya a unos cuantos metros de la escalera de abordaje, sintió un abandono progresivo de sus fuerzas, y por poco dejó caer la maleta que sostenía con su mano derecha, lo cual habría sido un desastre, para él y para la gente que se situaba detrás, a lo largo de la fila. Pero siguió apegado a su plan. "No puedo permitirme este tipo de flaquezas, no a estas alturas del partido" - se dijo. "¿Qué hubieran hecho Epicteto, Séneca, Marco Aurelio, o hasta el mismo Montaigne en estos casos? Nada, desde luego. No titubear, seguir adelante." El vértigo de lo indeterminado no podía ser más poderoso que durante esos momentos. Pese a seguir caminando, no podía sino permanecer allí: no allí donde estaba ahora caminando, no, sino más atrás, unos metros más atrás, un kilómetro, o menos tal vez. En su habitación. "Es sólo una habitación, ¡qué demonios!" - sí, resultaba muy lógico, pero 'el magnetismo no sabe de argumentos': eso era lo que le solía decir su padre, muy a menudo y él , por supuesto, lo creía ciegamente, sin comprenderlo siquiera, como se hace cuando se creen de verdad las cosas. Siempre lo creyó, desde que tenía trece años, desde la primera vez que escuchó esa frase, misma que quizás nunca llegaría a comprender bien del todo (quizás ese era el punto precisamente, quizás no); no obstante, la sentía en lo hondo, más que ninguna otra frase, máxima o proverbio que hubiera escuchado o leído antes. Creía más en esta obscura pero sencilla formulilla que en todos los sagrados sacramentos que había sido obligado a estudiar desde niño, pues tal credo ya era parte de su carne, había llorado de alegría y sangrado junto con él a lo largo de sus días, y no era posible ya extirparlo de su alma. El sonido de las bisagras oxidadas de las puertas cuando alguien entraba era de lo más chistoso. Era culpa de la humedad, desde luego. "¿Quién es?"... "Es Anna, no puede ser nadie más". Y casi siempre asertaba. Sabía leer perfectamente el ruidito húmedo de sus plantas al cruzar por el estrecho pasillo que conducía a la recámara. "Sí, lo reconozco, quizás esté un poquito deteriorado el techo, pero se puede arreglar muy fácilmente, ¿no lo crees?" Sin duda, decía Anna, y todo volvía a la tranquilidad. Abrazados, con un hilo de luz solar acariciándoles los costados. Y el mar, afuera, impactándose y retrocediendo, a marchas forzadas, desde hace quién sabe cuándo. Imposible concebir el júbilo del primer marino que llegó a puerto en la historia de la humanidad, no le era posible aún acceder a esa felicidad, ni siquiera a través de sus más vívidas fantasías. "¿Quién habría sido? ¿Un fenicio, un egipcio, un chino tal vez?" Quizás un druida, aunque era menos probable. La historia no dice mucho bien vista la cosa, estar al tanto de ella es siempre es como ver a través del ojillo de la puerta, y por ende se pierde el conjunto, que es lo que más importa. Entonces ponía su delicada mano sobre la de él, suave, tersa, como el rosa claro que pintaba el cielo a las cinco de la tarde, preludiando el sueño de las seis, ese delicioso y reparador sueño que le era otorgado como premio después de haber estado trabajando con los pescadores toda la mañana. Ella ya no estaba allí, desde luego, se había ido desde hace tiempo, pero de alguna manera seguían estando allí los dos, recostados, escuchando el mar. "La ciudad es un mundo nuevo, un abanico multicolor de diversiones y de innovadoras experiencias que en las zonas costeras difícilmente se es posible de obtener. Es la oportunidad de mi vida, y no puedo dejarla pasar así como así." Casi había llegado al límite del auto-convencimiento. Su suerte era grande entonces, e iba en aumento: a cinco pasajeros de distancia de entrar al barco. Sólo a cinco. No debía volver a voltear hacia atrás ahora, no ahora. Recuerda la historia de Lot, o la de Orfeo. No, no voltear hacia atrás: era eso lo más condenable del mundo en ese instante. Pero instante era, desde luego, un eufemismo para la palabra 'vida', como casi siempre lo es. Ese instante no era sólo ese instante, sino la mayoría, la tercera parte, casi la mitad, más de un cuarenta por ciento de su efímera existencia. Era su habitación, íntegra, indivisible, una con el tiempo. La pintura de sus días en el rosa del cielo de la tarde, él, allí, viendo las olas después del trabajo, con las gotas de sudor confundidas con las de la brisa salina que saltaba de los acantilados cercanos, mirando a los peces, mismos que a veces confundía con espejos, o con faros, o con los ojos encendidos de un mítico monstruo de las profundidades. Daba igual lo que fuera, pues nunca era cierto. Quiso tirarse al agua por uno de los lados de las escaleras, antes de penetrar en la nave. "Ahora es el momento"- se dijo, "nadie sabrá de mí y yo de nadie más. Mi madre ha muerto, también mi padre. Nadie reclamará mi cuerpo. La espuma será mi sepulturera, los arrecifes las flores que adornen mi tumba." Pero no era lícito flaquear en los momentos difíciles, en los momentos de crisis, y mucho menos para un estoico como él. Era permisible para un pusilánime, para un blando de carácter, pero no para él. "Sus ojos eran muy bellos, color avellana... no sé porqué sigo recordando a mi padre cuando la recuerdo a ella." Era la fuerza, la entereza de ánimo de ambos, la capacidad casi sobrehumana de no dejarse arrastrar por las vicisitudes que la fortuna nos tiene preparadas a la vuelta de la esquina. Sólo era posible recordar el futuro desde la habitación, pero no desde la entrada del barco. "Disolverme, sí, como las olas en la playa ¿No somos acaso, todos como olas, disolviéndose unas tras otras al estrellarse en las rocas, mientras llegan más y más por detrás, sin pausa, sin propósito alguno, movidas por la luna, igual de espumosas e igual de altas y de bajas que todos los años? Todos nacemos de la serenidad del lecho marino y vamos a estrellarnos contra la costa, para desaparecer allí, desvanecidos en la frescura de la arena. Eso es lo que hacemos. Las olas tampoco voltean hacia atrás: van hacia adelante, siempre hacia adelante."
Una simple exclamación tuya: evidencia inocente de todos los fragmentos que se elevan y que conocen los bajos fondos y las nobles cumbres.
Sólo un momento: un crudo y solo momento, aislado y virgen de nuestras miradas agentes, y de mi rostro, pozo de ángulos e imperfecciones reflejadas a través de eso que solemos llamar luz de noche.
Alivio y dejo de angustia que cae, suave, sobre tersos pensamientos: peces de un solo día, arrugas de aquí y de allá, control y sombra vieja. Ropas que se resbalan. Besos.
Lo indeciso es eso y también lo otro, y lo otro. Sílaba y verso: semejanzas sin rumbo, sin recuerdos. Hermandad sin comienzo. Anecdotario roto. Conciencia escindida.
Vigor, aliento... reposo. El trinar de los acordeones me recuerda a ti. Una figura, una idea, un roce. El soplo del girasol moribundo apaga finalmente todo lo que construimos.
Ella exclama, y tú (yo, él, vos) detrás de ella. Ambas ambiguas aguas: lentas, puras, duras, llenas de nada, frías, ligeras, sueltas, como un cabello muerto girando en el viento. Así es la mar: nuestra carnívora madre.
Tus manos temblaron ayer armadas de mis disonancias y de mis inanimadas penurias. No lo sé: ahora lo sé. Claramente se escapó, como gas por la fisura, lo que aún nos quedaba de materia fértil.
Tira los dados y verás caminar a los santos, mis hermanos. Recoge tu pelo: ahora brilla más que nunca, como el arcoiris en la espuma y en las bóvedas pomposas que revientan al tocarlas.
Se pule lo que no se tiene, se arroja lo que nos es lejano. Somos cítaras y violines desafinados que tosen y vomitan polvo, hilos concomitantes con los astros que tejen con la madeja de nuestros días.
Largo el cetro, pero ciego el arúspice: ¿qué acaso no saboreas la sal de la compatibilidad nula, de los pétalos desperdiciados y de las huellas llenas de tardes labradas?
Un hueco en el hoyo en el agujero de lo cóncavo: hogar del asomo de la tiranía y de la prístina resaca de lo amado. Piel que se desliza trémula hacia la ignominia contra el tribunal de las amnesias cruentas.
Celebra, pues, y muerde esa parte del borde de lo demasiado rojo a la vez que escurre lo blanco. Lo negro: nuestro preciado guardián insobornable de las tres franjas de la separación majestuosa.
No sabrás ya nada de mí. Ni yo de ti. Some fall in love... I shatter.
Desde el vitral de los juicios deslavados por tu ágil cuerpo que repta por las pendientes y los techos inclinados, lavandera de pecados inconclusos en las canaletas y en las alcantarillas de los íntimos rincones del alma, yo te nombro ahora, y te evoco con deleite.
En tu nombre, he de beber este vino: el vino de la repercusión de las acciones pasadas, espirituoso y rojo profundo, como el sanguíneo rubor de los atardeceres inflamados.
Hay azul en tus mantos, y bruma en la carencia de explicación de tu celebérrima caída. Entre los espacios infinitos que existen entre tus gotas, pedazos de otras sustancias, de otras densidades y de otras materialidades muy ajenas a las nuestras, te antojas mensajera de los terrenos abiertos, matrona de la disminución de las tensiones innecesarias, y del auge de lo vivo sobre lo muerto.
¿Cómo algo tan vivo puede estar tan muerto?
Hay un látigo detrás de ti: un látigo hecho de luz, de fiera luz y sonoridad pura. Me anuncia que has llegado. Yo le reconozco y te dejo pasar, familiar intrusa, gélida auriga de las tardes no anunciadas y de los restos de nostálgico pudor que aún quedan entre nosotros, esos desvergonzados seres que se miran a sí mismos. Cerrado desde la orilla de mí, suelto por un breve instante el arado de la tierra de mis pensamientos y permito que tú, mediante las caricias heladas y espasmódicas que te caracterizan, me conduzcas con gentileza y cuidado indescriptibles hacia los caminos más puros de mis laberintos restringidos.
Anda y ven, una vez más, y suspende por encima de la estratósfera a esta miserable carne, a esta alegría creciente y este diseminado júbilo por doquier decantado en un vaso de agua. He sido yo quien te ha llamado, y ahora que por fin te veo, mis ojos se llenan de ti, inundados, desbordantes de índigo sosiego.
Yo callaré, y tú te reirás de mí. Bailaremos y cantaremos juntos hasta el retorno triunfal de la aurora.
Cuando, finalmente, la frente logra elevarse hasta lo más alto que le es posible, el espeso vapor de las multitudes, a su vez compuesto por los penetrantes destellos rutinarios y por las seriadas circunstancias empapadas de apego y de diseminación, queda entonces relegado de manera súbita en un lugar ínfimo y recóndito de nuestro exterior, disminuido, aplacado por nuestros ya ligerísimos pies, enterrado y subsumido por completo bajo el helado lodo de la indiferencia ante lo nimio: es durante estos instantes cuando uno recupera ese auge perdido tan característico de los momentos clave, el vigor ajeno del mundo y de sus formas, el hondo furor y el suave éxtasis, nuestros zumos vitalicios, un notorio y digno impulso que abre los portones a la posiblidad de todas las creaciones portentosas. El brillo de los cabellos nos resulta más intenso entonces, y la espesura de los bosques ya no nos parece tan sólo un espejismo plagado de aves ruidosas y de ecos atemporales, sino algo más, algo diferente, henchido de misterio. Los pinceles de nuestra memoria comienzan a trazar caminos inciertos e insospechados, y un conjunto de voces arqueadas emergentes de todas las latitudes comienzan a entonar sublimes coros dotados de una singular parsimonia, amplios, vastos, como el terso cuerpo de una rauda y paciente nube que ha decidido disolverse en las luminosas fauces del crepúsculo agonizante: se infla el mecanismo de la representación, y comienza el destilado de todos nuestros deseos. Nos sentamos, hacemos lo nuestro, y nos retiramos. Como un auténtico samurai, un verdadero artista sabe cuándo actuar, cuándo abstenerse de actuar, y cuándo retirarse después de haber actuado. En ello le va todo su arte, todo su mérito, y las notas más sutiles de la fragancia que ha de legar amorosa y desinteresadamente a las sensibilidades futuras. Si no se saben aplicar bien estos principios, el sentimiento y la afección (comunes a todos los hombres, sean quienes sean) quedan atascados entre dos polos, anclados incómodamente, sin posibilidad de poder sublimarse, amagados por la mediocridad y por la implacable fuerza demoledora de la inercia y el olvido ¿Qué de qué hablo? De la increíble y muy extraña habilidad de suprimirse a sí mismo, de dejar que todo sea por su cuenta sin la violenta intervención de nuestra historia, a través del flujo interminable de los efectos y las vicisitudes. Esta noble tarea se logra sobre todo, paradójicamente, por amor a uno mismo; un amor superior, el más noble de todos los afectos y de todas las verdaderas pasiones. Esa clase de urobórico amor que, al igual que el terrible y poderoso Shams-ud-dín, azote y aprendiz del noble Rumi, se atreve en algún momento a decir: "Aquello que amo, lo mato".
¡Arrancadle la piel a los cerdos! ¡Quitadle el pelo a los higos! ¡Verted la madera sobre el césped, que ha llegado su hora! Las bocas se cierran y los ojos van corriendo lento. Las ponzoñas han sido removidas. La carne es sana, fresca, radiante y juvenil otra vez. ¿Habremos regresado a los tiempos eternos, a las lindes de los campos silvestres y de las mañanas locas? Tú creaste la noche, yo hice la lámpara. Bajo el influjo de Tus besos invisibles, las moscas Te exhortan a callar la verdad de las verdades. Creíble es Tu camino, pero sólo eso. Nada impide ahora que me transfigure en serpiente y corra, como sangre, por debajo de las dunas. Asoma, Tu pequeña gran cabeza, por la ventana. Verás un mundo interminable de filas de columnas rotas. Los mercaderes han guardado los soles y las cortesanas han comenzado la danza del frío. ¿Cómo pasar desapercibido si el mundo es negro, y yo soy de nieve, dime? Arduo es el caminar por el pasaje que nos lleva a la extinción del menester. La sombra del lago ha soltado sus corceles, mismos que ahora corren, magníficos, por el halo de la conciencia. ¿Quién hace sonar mejor la cimitarra, sino Tú, el dueño de mis horas? Las páginas de mi historia yacen abandonadas en un rincón. Soy un pedazo de silla: enfrente están los laureles, los vitoreos lejanos y los pomposos tambores . La gloria y la fama en este mundo, ¡oh, Gran Destructor!, son como el vapor de las pipas. Los hilos que unen mis huesos con Tu aliento, ya son delgados. Las redes que forman mis pensamientos, agujeradas ya están. La cera que forma mi cuerpo, ¡oh, Supremo Niño!, ya se derrite. La gratitud es mi único bálsamo, lo más fragante que poseo, aunque tenga innumerables fisuras el recipiente que la contiene. Te ofrezco, pues, esta humilde vasija, para que hagas con ella lo que quieras. Me ofrezco, yo, hombre-vasija, hombre-barro, hombre-agua, hombre-cielo con estrellas, insondable, inabarcable, como Tu muda ironía. Es hora ya de limar el hierro, de meter a cocer los panes. El canto de mi amada es lo único que resuena dentro de mí. Una amada sin rostro, de diez mil rostros, áspera, como Tu corazón. Ella agita el pañuelo, mientras nadie más lo hace. Sólo el rumor de las rocas preservará mi nombre aquí, sólo la arena caliza levantará los rezos selectos que dibujen mi espalda. Los ejércitos arrasarán las eras, y a los hijos de los hijos. Sólo el eco de mi nombre quedará, erguido, en medio de la nada. Un eco dentro de otro eco, más grande aún, inmenso: el eco de Tu primera palabra, de Tu espeluznante grito, que al principio me puso, y que ahora me quita.
"La mayor dificultad posible en el actuar radica en el espejismo que produce en nosotros la percatación de la obviedad de los patrones ajenos reflejados en los propios, como la visión de un fantasma omnipresente que se mueve, raudo, a través de lo evidente, inalcanzable en su proximidad, inaprehensible en su inmediatez. Lo que resulta más natural para la mayoría, para nuestro cazador de sombras al que nos referimos aquí, resulta simplemente irrealizable. Uno comienza a notar, vivencia tras vivencia, si se miran las situaciones de manera adecuadamente distante, que todo es en realidad demasiado diáfano, demasiado claro, demasiado esquemático y procedimental en la concretud de nuestros actos, pues pareciere que la totalidad de los caminos de la acción posible ya se encuentran trazados desde siempre, en nosotros y en los demás. Después se descubre que esa aparente obviedad no es sino otro camino igual de intransitable a partir del justo momento de hacernos concientes de la misma, un proceder incompatible para aquel que logra advertir su propia sombra proyectada en lo inmediato, pues ése que la observa y que la mira desde lejos, junto con el desarrollo de todas las vicisitudes, ya se encuentra, sin saberlo quizás, complicando lo sencillo, y su sombra se le escapa una vez más. Muy a menudo, la percatación de la enorme complejidad de las cosas dentro del terreno de lo más simple que existe, se disuelve al final en un llano, fatalista y desnudo 'que sea lo que tenga que ser', dando paso a la práctica semi-obligada de una ética de la no-acción. Pero para aquel que se encuentra de constante tratando de cazar su propia sombra en lo que le es otro, el mundo real, lo que de hecho es, no es lo que tiene que ser. Casi por definición nunca lo es, ni llega a serlo jamás."
Un flujo constante de espesos y aplastantes recuerdos se venía sobre de él despiadadamente bajo la forma de una desorganizada y amorfa avalancha de imágenes, voces y sentidos inconexos, de extraños escenarios y de situaciones dislocadas, todo esto cada vez que intentaba encontrar un claro, un remanso en su interior, apoyarse sobre un lugar en el que pudiera descansar de él mismo por unos instantes, así como se descansa de la presencia de los otros. Casi siempre fue así, pero sobre todo ahora, a su edad, y en el estado en que se encontraba. El viento era intenso en lo alto del cerro, dejándole sordo y ciego cada vez que alcanzaba sus más altas intensidades. Bajando con cuidado por la ladera, tratando de pisar las piedras anchas y no las pequeñas y resbalosas, y portador de un sabor seco y amargo que se albergaba incómodamente en su boca, buscaba pesaroso entre las ruinas y los escombros de su historia personal, aquellas escasas alternativas que aún le quedaban en pos de hallar el sosiego propio, algún faro lejano que pudiera redimirle de su tortuoso camino, alguna antorcha que fuera capaz de arrebatarle la obscuridad de los ojos de la conciencia; algún pretexto, por vulgar e infundado que fuera, que justificara cabalmente lo que él era, pero sobre todo, lo que había sido a lo largo de toda su vida.
Miraba penetrantemente, con envidia y recelo que taladraban las cosas, el liquen que se acumulaba en el tronco de las nopaleras más grandes, las más robustas. Aquél era libre, y no tenía que preocuparse de nada, pues parecía que no pensaba ni sentía, y que no tenía qué cargar con el mortal peso de la preocupación por la subsistencia, como todos los hombres. Silvestre, crecía a sus anchas sin que algo o alguien se lo impidiera, quizás sin siquiera saberlo, sin percatarse de nadie ni de nada. – Eso es la felicidad – repasaba silenciosamente desde su guarida, dentro de su rústica y añeja mente, al interior de esa cabeza semiplateada, ancha y dura, esculpida por una serie de cotidianas adversidades y penurias advenedizas, curtida en el seno de la vida rural, campesina, modo de vida en el cual no se tiene casi nunca tiempo suficiente para este tipo de pensamientos. Era un día especial ése, no podía caber duda.
- ¡Güenos díaaas!
- ¡Güenos días, gracias a Dios! – le respondía la gente del pueblo que se encontraba al ir caminando por la brecha de regreso a casa, respondiéndose todos con el mismo amable pero áspero gesto, con esa calidez rasposa tan típica de ellos, autómata, amabilidad que más bien parece hábito que verdadera condescendencia, ensayada un sinnúmero de ocasiones con su prójimo como una ordenanza ya inconciente, mañana, tarde y noche, a lo largo de sus existencias. Sus manos grandes, ajadas de resecas, mismas que sostenían las orejas de la liebre que acababa de cazar para la cena y salpicadas todavía con algunas minúsculas manchas de sangre adheridas a ellas, proyectaban su graciosa sombra sobre aquellos territorios que él ya conocía perfectamente de memoria, y que podía ubicar sin fallo alguno como un verdadero astrolabio de carne y hueso, sobre los que había levantado nubes de polvo con sus pies mediante sus pesados y constantes pasos desde hace ya más de veinte, treinta, cuarenta, cincuenta años.
Llegando a su destino, dejó la liebre en una esquina de la cocina, junto al fogón, se sirvió un vaso grande de pulque bien frío, y se aplastó en su silla a descansar. Los sonidos guturales de los patos y los gansos emergían a lo lejos en consonancia con el potente mugido de una de sus vacas. El suave murmullo del pequeño arroyo que pasaba por detrás de la vivienda, a lado de su recámara, fungía a su vez como la base rítmica de aquella espontánea sinfonía natural, en la que parecía que cada ruido, onomatopeya, grito, risa o silbido se manifestaba en el momento correcto, perfectamente organizados, como si alguien lo hubiera escrito de antemano, en la partitura del universo.
- Mañana tengo que ir a cuidar el frijol, las calabacitas, las fresas, las habas y los chayotes, terminar de hacer los quesos para llevarlos al mercado, revisar las cabritas y los guajolotes, calentar el agua ‘pal conejo, encargarle al José y al Cipriano que vayan a revisar el maizal, arreglar las… ¿Y cuando se supone que voy a descansar de verdad? ¿Se puede descansar de verdad? No: el hambre no espera, y mucho menos el hambre de los demás, la de aquellos que dependen de uno, que no pueden trabajar la tierra, ni valerse todavía por ellos mismos ¿Es justo todo lo que nos pasa? ¿Qué chingados he obtenido yo de todo esto? ¿Todo esto para qué? ¿Por qué el hambre, el frío, y el tiempo que no perdona? De pronto se sintió mareado, asqueado, presa de un mareo diferente del que le causaba el pulque, pues éste que le asaltaba ahora era un mareo más hondo, lánguido y eléctrico, indescriptible, un malestar que le asaltaba cuando dejaba volar sus pensamientos y los ocupaba en pendejadas, cuando bajaba la guardia de acero frente a sus emociones, cada vez que “se agüitaba”, como él decía.
Todo había pasado demasiado rápido, sin poder saborearlo, sin poder adivinar siquiera su silueta, sin poder, incluso, decidir plenamente lo que hacía. Mucho más rápido que el agua de su arroyito. Un día era niño y jugaba con las mulas entre los árboles de aguacate y de durazno, atrapaba arañas y perseguía a las gallinas a lo largo del corral junto con todos sus amigos, sus hermanos y sus primos. Otro día, sin aviso, se despertó en él el hambre del cuerpo ajeno, el deseo por las mujeres, una poderosa atracción que no tenía nombre ni rostro, pero que lo conducía y lo dominaba como auriga al corcel, por todas partes y en todas partes. Se vio casado con su noviecita al día siguiente, borrosa y trémulamente, como a través del vapor de una olla de agua hirviendo. Los hijos llegaban, copiosamente, día tras día, uno tras otro. Eran niños, crecían, le ayudaban a las labores del campo, crecían más, se casaban y se iban de la casa, y luego regresaban a ella con nuevos niños, con nuevas esposas y nuevos problemas. Todo lo observaba atravesado, volteado, esquivo, como se ven las cosas después de beberse un ánfora de mezcal entera. Lo único que parecía permanecer eran colores, sabores aislados, olores, sensaciones intensas atoradas a la mitad del estómago, en el perineo, o atascadas en el gañote. Las promesas, los regaños, las felicitaciones y las conversaciones, es decir, las palabras, le aparecían indistinguibles como las cumbres brumosas de las montañas, las razones y los juicios parecían haber sido arrastrados, corriente abajo. Estaba viejo ahora: había trabajado toda su vida, mantenido a su familia, se había esforzado para tener lo que tenía, y por tanto, era un buen hombre, un hombre respetado por todos. Un hombre que trabaja siempre es un buen hombre ¿Pero… qué era lo que tenía? Pregunta de por sí estúpida, pues tenía muchas cosas, aunque fuera pobre y muy humilde como todos los del pueblo ¿Pero… qué era lo que tenía? – se preguntaba de nuevo ¿Por qué sentía que no tenía nada? Allí, sentado como estaba, sudoroso, bufando como un buey, jalando aire con dificultad, se concebía como ajeno a todo ese espectáculo: el invariable, constante y monótono espectáculo de él y de su pasado actualizado.
Decidió tomar una siesta, para olvidarse de todo y apagar sus pensamientos, y acaso, para restablecerse de aquel malestar que le aquejaba: - Igual y me levanto, y ya estoy mejor – se dijo. Pero no fue así. Se levantó, y todo seguía igual, e incluso peor que antes. Miró su pared de adobe: gris, sin otro color alguno, llana, sin ninguna alteración, como su vida misma. La poca resolana que lograba filtrarse entre las hojas de los sauces de allá afuera, entraba por su ventana en forma de delgados hilos que se tejían con los de las cortinas y con los de los bordes de la colcha de su cama. Miró todo eso atónito, extrañado, fuera de sí, con el único ojo que le quedaba bueno. El otro ojo se le había cerrado sin previo aviso hace dos años, aparentemente por la muerte de un nervio. Se le había infectado una uña del pie izquierdo de manera atroz, por lo que le tuvieron que cortar tres de sus cinco dedos originales. Se había volado el dedo índice de la mano derecha de un machetazo, mientras quitaba la hierba mala de los campos de tomate hace también algunos años, motivo por el que se había ganado el apodo de “El mocho” entre sus compañeros campesinos. Todas esas cosas le parecían nimias, ligeras, indoloras, en comparación con el sol de la tarde que le despertaba, azotándole con fiereza el ojo, recordándole que estaba despierto, y no dormido para siempre.
Deteriorado como estaba, en todos los ámbitos, y cada vez más sumergido en la más inevitable soledad, había empezado a experimentar desde hace algún tiempo aquel regalo que El Todopoderoso otorga dadivosamente a las personas privadas del sentido rector de sus vidas: el tedio, el hastío, el demonio del mediodía. Largas jornadas de sol a sol en pos del dinero obtenido como paga, habían sido cambiadas por otro tipo de jornadas, aún más largas y más pesarosas, en pos de la muerte. Sólo el sueño y la embriaguez eran capaces de extraerle de tan lamentable estado. Dormido, o borracho, conocía de nuevo la libertad, reencontrando así las tiernas voces de sirena que le llamaban desde el fondo de su íntimo deleite, el olvido de sí, único gozo restante en este insidioso mundo, combinación parca de cielo, tierra y cosas moviéndose por todas partes.
En la lejanía se escuchó el difuminado eco de unas campanas echadas a vuelo, repetidamente, a intervalos iguales, con una majestad sonora incomparable. Muy pronto recordó que era domingo, y que era su deber como buen cristiano acudir a la misa de las seis de la tarde, como todos los domingos desde hacía no sé cuantas décadas, tal y como le habían educado e inculcado sus padres, y a éstos sus abuelos, y a estos sus bisabuelos, y a éstos sus tatarabuelos. Se levantó de la cama con un esfuerzo sobrehumano, acomodó los huaraches sobre sus pies, se puso su sombrero, y salió de su casa, en compañía de su esposa, la actual y única compañera de sus amarguras, igual de vejada, o quizás un poco más que él por ser mujer, pero aún sin percatarse de su situación general de la manera en que él lo hacía: en apariencia todavía preservaba el inocente don de la inercia cotidiana.
En el transcurso de la misa, nunca había puesto tan poca atención en las letanías y en los sermones del sacerdote, ni tanta en las esculturas de madera que representaban de manera plástica la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, con la ropa desgarrada, casi arrastrándose, todo lleno de heridas y de sangre, y teñido de un profundo e insoportable desasosiego que se transparentaba en su fina faz de estuco, descompuesta, anhelante, plena y luminosa de un misterioso y obscuro sentido. Toda su vida había sido devoto católico, había donado sus limosnas sin falta, y había cumplido con todos los sagrados sacramentos que hasta el momento le habían sido propios cumplir, con él y con toda su familia. El altar de su casa dedicado al santo patrono del pueblo, era sin duda uno de los más bellos de la provincia, gracias al cuidado de su mujer y de varias de sus hijas, mismas que lo visitaban cada dos o tres meses para pedirle dinero o para contarle, acompañado regularmente con llanto, de las múltiples peripecias sufridas con sus maridos: era un altar muy ancho, lleno de flores de diversas especies y variados colores, repleto de veladoras y de imágenes del santo, y en el centro, la figura principal hecha de cerámica, excelentemente pintada a mano, erguida, inexpresiva, como vigilando juiciosamente la comarca, poblada de manera vil por sus hermanas y sus hermanos pecadores, ignorantes de los verdaderos mandamientos divinos.
En cierto momento, algo sorprendente ocurrió. Sintió una puñalada en el corazón, seguida de una indescriptible sensación de la carencia de algo, en el seno de la celebración semanal oficiada por la religión de la misericordia y de la resurrección futura. Los humos que emergían continuamente del incensario, mismos que formaban caprichosas figuras indescifrables suspendidas en el aire, en combinación con el potente canto unificado de los feligreses, canto poseedor de ese particular y ardoroso timbre que le es característico, tan lleno de odio disimulado en forma de resignación, le hicieron despertar violentamente como de un extenso y permanente letargo, tan abrupto como cuando uno vuelve a respirar después de haber estado sumergido varios minutos bajo el agua. Nunca había reparado en la hondura de tales actos: siempre le habían parecido como un pliegue más en los mantos de los santitos, o como una greca más en las columnas que sostenían en pie la pequeña pero opulenta iglesia. Esto lo colocó en una particular disposición, furiosa, frenética, desesperada, casi loca. Sentía que le hervía la carne, que le explotaba la cabeza, que su cansancio corporal y anímico se diseminaba como un incendio por todas partes, entregándose a fuertes sacudidas, como un terremoto controlado, aunque no lo manifestara hacia sus congéneres, por respeto al lugar santo en donde se encontraba.
La cruz: la sombra de la cruz proyectada sobre su cabeza, sobre su nombre ¿Y qué? ¡¡¿Y qué?!! La cruz no significaba nada: era sólo un palo cruzado sobre otro, amarrado del vértice. Pero ya casi nada significaba algo para él, incluso esas canciones de alabanza y de gloria que se seguían entonando en crescendo ya casi al final de la ceremonia no eran más significativas que el chasquido insípido de su pequeño arroyo, que nada decía. Con la misma fiereza y resolución de un mercenario o de un soldado trastornado por las crueldades e injusticias de la guerra, clavó sus ojos como lanzas, como era su costumbre, en una de las llagas del costado de la representación plástica del cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo; los clavó tan penetrantemente hondo, que toda percepción del tiempo, espacio y la realidad exterior se desvanecieron por completo, unificándolo todo en una masa entera y omniabarcante, amorfa pero absoluta, dando paso a un sentimiento universal que le rebasaba por completo, que le inundaba cada centímetro de su piel y de su alma. De pronto brotó desde el abismo de su propia interioridad, la inusual y terrible intuición de que todo era sufrimiento perpetuo, dolor inconmensurable, él, las piedras, las aves, las nubes, el viento, el sol, las estrellas, y que no había manera de remediar tal cosa, ni con rezos, ni con limosnas, ni con altares, ni con Cristos, ni con nada.
Como una inesperada y devastadoraexplosión humana, se levantó abruptamente de su asiento, profiriendo un espantoso y desgarrador gemido inhumano, y salió corriendo del templo, ululando con paso atropellado y tormentoso, dejando tras de sí un singular estruendo que dejó a todos los asistentes perplejos, razón por la cual se tuvo que dar la misa por terminada, entre el cuchicheo y la reprobación total de la mayoría de los fieles que habían sido testigos de semejante ultraje, acontecido vergonzosamente en el interior de la mismísima casa del Señor. Todo un escándalo.
Ese fue el famoso día en el que el buen Cruz Argueta se perdió entre la espesura de la sierra, y nunca regresó con los suyos, ni se supo ya de él jamás. Al menos eso es todavía lo que se cuenta entre la gente de por aquí.
Sombra roja de noche
-
Rojo: soy el monstruo bañado en rojo. Un monstruo moral, a la orilla de la
cama. Ella tiene las piernas más bellas del mundo: las más firmes, las más
ter...
Apéndice: 'Eon is One / Todo es Uno'
-
**Eon is One / Todo es Uno**
*Cuatro breves paradigmas de la inefabilidad mística*
*I.- El silencio contemplativo en el cristianismo: Pseudo Dionisio
Areo...
Analepsia (del gr. analambánein, recuperarse): restablecimiento de las fuerzas en un convaleciente