jueves, 21 de mayo de 2009

Hay que ser absolutamente post-moderno (Analepsia DCCC)


Basta de preciosismos inútiles y de maquillajes empalagosos: dejemos a un lado las aspiraciones más altas de los modernistas y de los parnasianistas. Basta de hogueras adolescentes del espíritu y de épicos desgarramientos de mal gusto: lancemos una cubetada de agua helada a los románticos y a los simbolistas. Basta de dibujar supuestas quimeras impolutas y de trazar jueguitos ociosos con lo imposible y con lo desconcertante: tiremos a un pozo a los surrealistas y a los creacionistas. Basta de pesados abismos sin fondo y de estúpidos bochornos sin razón aparente: démosle un puntapié en las nalgas a los existencialistas y a los dramaturgos del absurdo. Basta de inútil relajo desmesurado y de falsas cortinas de ácida locura: mandemos a los dadaístas y los escritores del non-sense a freír espárragos al sótano.


Basta de violencia gratuita y de trillado adulterio liberador, “virulento como la risa del diablo”: bajemos del camión a macanazos a los dramaturgos de la crueldad y a los seguidores del movimiento pánico. Basta de exaltación a la pura chatarra y de estupefacción por los insoportables rechinidos: echemos a los hornos a los futuristas y a los serialistas. Basta de la espiritualidad barata del vacío y del deleite morboso en la pura forma: enterremos con grava y arena a los expresionistas abstractos y a los minimalistas. Hacerle tragar su erudición a los culteranistas y su ignorancia a los primitivistas, dejar sin luz a los impresionistas y quitarles los pinceles de calibres finos a los puntillistas. Por el culo sus costumbres a los costumbristas y sus descripciones fotográficas a los realistas (por su hiper-culo a los hiper-realistas, desde luego).


Basta de pretensiones mañosas y desplantes elitescos, basta de mamonas dialécticas histórico-regenerativas con aires proféticos de genios y de súper-hombres, basta de vueltas a lo antiguo y de atajos hacia el futuro. Basta de parvadas “snob” de urracas venideras graznando el discurso de la renovación y de la ruptura. Basta de nueva literatura, de nueva música, de nuevo cine y de nueva pintura; basta de nueva escultura, de nueva arquitectura, de nueva danza y de nueva fotografía. Basta de nuevas formas de arte digital y multidimensional “nunca antes imaginadas hasta ahora”. Basta de “nueva cultura artística”. Mejor les invito el desayuno: un par de huevitos revueltos con frijoles bayos refritos y su respectivo tocino encima, con su salsita roja y unos totopos para acompañar. Juguito de naranja recién hechecito, una taza de café o de té (opcional), y si queda espacio estomacal, un delicioso cuernito de dulce, suavecito y esponjoso.


¡Qué delicia! ¡Mmmhh! ¡A comer se ha dicho!

Un cuento aún más cortito que el de Augusto Monterroso (Analepsia DCCLIXVIII)


"También ella: la niña."

miércoles, 6 de mayo de 2009

Selvagem (Analepsia DCCLXX)


Noche me alumbras. La suavidad circula obscura, aislada, hinchada de aves canoras y de sueños prominentes que emergen como picos nevados al nordeste del sentido, justo en medio de las ondas titilantes que estremecen nuestras horas escondidas.


Los orientales espejos de aquella chica enmarcan de manera maravillosa estas líneas. Ambos agujeros en el espacio, henchidos de hechicero hermetismo y voluptuosidad, expelen sutilmente un delicioso aroma a orientalismo cercano, bronceado, sedoso, poblado de deseos y de secretos de Nueva Delhi, olor extenso a maderas finas libanesas y a fragantes especias marroquíes. El punto de fuga es la mujer, pero el pretexto sigue siendo el momento. El paisaje se construye por sí solo, como el templo levantado al tercer día, como las espigas de los madrigales rompen ferozmente la tierra y emergen enteras, paradas sobre una de sus piernas.


Un beso. Un arpegio. Un soplo de luz sobre la fotografía mnemotécnica de los instantes imperecederos, ecos lejanos y palpitantes de un cúmulo de sensaciones indescriptibles, de fantasmas vivos e inaprehensibles que reflejan, como mandarinas encendidas en las brasas de su núcleo, su esqueleto de fluorescencia sobre el ondulante lienzo del océano vespertino.


La brisa se mantiene haciendo surcos sobre mi espalda desnuda, plantando a su vez esa familiar música delirante que susurra ecuanimidad y sosiego, senda matrona que envuelve cuidadosamente todos aquellos tejidos previos que habrán de deshilvanarse muy pronto, de manera paulatina y constante, en el flujo sinfónico de la tranquilidad circundante. “Quiet is the new loud”.


Lucha de la fogata sobre la arena en contra de su propio combustible: heroica ironía del éter ¡A babor! ¡Se avecina la flotilla!: de nuevo acechan amistosamente aquellos megalitos flotantes que navegan sobre nuestras cabezas, esos cirros vigilantes de la magnífica insignificancia, vaporosos espías de los diminutos cúmulos móviles que se esparcen y se contraen al ritmo incesante de sus instintos. Ese mar de microbios que siempre, con ayuda de sus vasos comunicantes con todas las cosas, explotan e implotan cada segundo (cada milenio), de forma periódica, mesurable y completamente impredecible.


Las hojas de las palmeras permanecen en su agitación constante, en su continua adoración hacia La Meca sin que ellas siquiera lo sepan. Los dátiles benditos son como oro en las manos de los niños. Autoconciencia: accidente humano, demasiado humano. Las gaviotas púrpura, perennes artistas de lo intangible, en su vuelo agitan con furia y sobriedad una multiplicidad de céfiros y de guijarros luminiscentes que transitan de vez en cuando nuestras huestes oculares: habitantes incómodos de nuestra visión perfecta, sueño inalcanzable de toda teoría y de todo paisajista.


Paisajista del alma: noble oficio del cisne descarriado. Pintura de paisajes quizás no tan hermosos ni acabados como los de otros paisajistas, como los de otros teóricos, como los de otros espectadores del mundo sentados desde su butaca contemplativa en lo alto del teatro; sin embargo, paisajes a fin de cuentas. Criatura miriópoda de altos vuelos, concomitante con la divinidad de los astros y con los pulgones subterráneos que guardan descuidados las puertas de los ínferos.


La perspectiva siempre se hace mirada. Y la mirada se decanta engañosa cada vez que mira (¡Mirad! ¡Las montañas son hombres santos! ¡Hacen sus oblaciones sin que nadie los moleste!), así como también es cierto que nuestro campo de visión siempre se adereza de manera encantadora con las siluetas orientales de aquellas féminas olor a madera y a cadencia, como ya habíamos esbozado antes. Casi siempre, encanto equivale a engaño. Las circunstancias aleatorias de lo presente tienden a mutar de un instante a otro, dependiendo de lo grueso del pincel, del calibre de la pluma-revólver, o del lente de cristal (empañado o impoluto: como más le plazca al señor) con que se miren estas letras: metáforas parlanchinas de algo realmente vivo, rezagos efímeros que se plasman en concreto con la agitación dactilar sobre la tinta virtual de la pantalla-pizarrón.


Sin embargo… ¿qué hay más vivo que la escritura misma, esa liberación punzante, irruptora de cosmovisiones, brazo incomparablemente recio que parte cocos pétreos a la mitad con sus fulminantes machetazos de coherencia irreversible? Difícilmente existirá algo alguna vez más visceral y poco higiénico, algo más sucio, hediondo y embadurnado de sangre, médula y semen que las letras de todas las épocas y de todos los lugares, miasmáticos paradigmas del tranvía de nuestras existencias. Apolíneos espejismos en la playa, vientos helados de la tundra hermenéutica.


Aquellos de huesos débiles y de pulmones susceptibles, organismos de constitución monolítica y monosemántica, no resistirán nunca tanta fuerza gravitacional ni tantos grados bajo cero, los suficientes para abrir veredas policromáticas y brechas frescas por donde puedan transitar cómodamente los centauros y las sirenas del futuro. Gracias, vanguardias del fin de los tiempos, padres de los nuevos pastos y de las piras venideras: por ustedes y en su nombre es que elevo una oración hoy al Universo. Nunca un paladín del bon sens, caballero del establishment, emparentará con la familia del cruel loco “echa-espuma-por-la-boca”, de ese pordiosero que recoge las migajas cósmicas de lo que tiran los dioses a estos infames territorios. Y no nos importa lo anterior en lo absoluto. Nunca un pez será un pez, ni un ave será un barco al interior de la camaleónica selva de los tropos y los manierismos. Las palabras muerden: muerden muy fuerte y muy hondo, como os podéis corroborar aquí y en cualquier otro lugar.

El manto sacrílego: fragmento (Analepsia DCCLIX)


(...)
En un eje de ruido
sopla el ojo
y la golondrina helada,
adviento de las masas.

Jinete amargo y luz
blanca de azucena.
Aspaviento
del cabello de vidrio.

Seguir la batuta
del simio maestre:
gime el aire
desde la cornisa celeste.

Entre andamios de humo
y en presencia
solemne del fuego
hace acrobacias la infiel memoria.

¿De qué depende
la dureza de lo blando
y el destello aguamarina
del tiempo?

Arquitectura
de singularidades vacuas.
Conformantes hoy
del carruaje del ocaso.

Dunas, senos, mantas corrugadas.

Sobre el tallo de platino
se ciñe augusta
la sacudida
del hilo.

Y en la carrera presurosa
del rostro de hambre, carcomido,
emerge un sonido herido e ido
que ensordece las venas.

Síncopa y mímesis,
restos de matemáticas muertas.
La mano
que iracunda espanta a la ausencia.

Se es hombre y trono
aún con la piel quemada
por labios ajenos
y por reinos aún no descubiertos.

La tinta se desliza reina
y se deslinda del mundo,
un mundo plebeyo
de deslices y de deslindamientos.

Una vida se abre
a una nueva vida.
Una gota de palabras sola puede
alimentar la sed del mito eterno.

Planicies, vientres, mantas extendidas.

(…)

Letanía del corazón nocturno (Analepsia DCCXLVIII)



Virgen de la tez de ébano, matriarca de las plantas de los pies llenas de alquitrán y de los estigmas florecientes en las manos pecadoras: hoy te ruego con devoción absoluta, rasgues el noble firmamento con tus temibles rugidos inmateriales para que yo pueda mirar, por única ocasión, el cráneo radiante e impoluto del tiempo universal.




Ruego por los esqueletos forestales, blancos y fluorescentes restos de armonía que han quedado rezagados a mitad del rozagante desierto. Ruego por el manto de la neblina helada que envuelve y penetra por todos aquellos rincones de los espejismos seductores, tejidos de carne y de heno que sembraron los magos primigenios hace ya incontables puestas de soles negros.




Matrona de los cuatro rumbos perdidos, de los pedregosos caminos y de las veredas intransitables, de los valles y colinas cuya extensión se cubre galante de espinos y de lebreles muertos, y cuya peste se extiende y llega hasta las comarcas más inhóspitas y más pobres de África, Asia y América, las astillas olvidadas de la humanidad; hoy ruego por tus favores.




Ruego por los capullos crudos que recogen ardientes los machos cabríos con cola de pez para alimento de los egos, así como por las esferas metálicas circunscritas en la atmósfera lunar que cruzan los cinco mares hemáticos, a la caza permanente de los placeres obscenos y de los deseos distorsionados.




Señora de las potencias ambivalentes, del suave látigo y de la dulce daga, creadora del poderoso y cruel hechizo del arte, de la droga y del amor, tejedora de los torturantes sayales franciscanos y auspicie de las fustigantes piras shivaítas: hoy me encomiendo a tus designios por medio de estas, mis más sinceras venias.




Ruego por los pantanos celestes y los nubarrones subterráneos que no terminan de conformarse aún como masas ígneas, fuentes de inocente ebullición e incansable desvelo. Ruego por las lápidas con doce mil ojos, por sus lágrimas de ceniza y sus pupilas de grafito labrado que pesan aún de sobremanera sobre las conciencias intranquilas y sobre las morales desgarradas.




Emperatriz de las puertas cerradas y de los arcos rotos, del salvaje curso fluvial de los ríos arteriales y del fabuloso y estridente flujo energético de las redes neurales: todas mis plegarias se vuelcan unánimes hoy a tus míseros aposentos de descomposición y desintegración orgánica.




Ruego por las bacterias doradas y las termitas plateadas que carcomen vorazmente, una a una, las virtudes cardinales humanas, la paciencia y benevolencia de los hombres firmes y compasivos. Ruego por el ejército de guillotinas y de confesionarios, hilos sutiles de especias anímicas y de perfumes espirituales que humanizan al más bruto, y embrutecen al más santo.




Fémina maldita entre toda bendición, pulcra sacerdotisa y sucia meretriz del mundo, territorio corrompido desde siempre y para siempre: sólo te imploro me convides un poco de tu ira y de tu locura trascendentales, suficientes apenas para resquebrajar la falsa porcelana del hastío adormecedor del devenir, aquella vasija perversa que encierra, celosa y estúpida, el último secreto de la vida y de la muerte. Toma mi corazón de noche, y por tu ardiente caridad, hazlo estallar en la mañana.

A la sombra de la vieja camelina (Analepsia DCCXXI)


Vaporosa y amigable
como una fresca mancha
se extiende la sombra
de la camelina sobre el suelo.

Piel de abril
sobre tersos instantes
pletóricos de sol
y de estallidos florales;
susurros vespertinos
de amarillo, verde y magenta
se despabilan lúdicos
al compás de los vientos.

Una parvada de recuerdos
que se posan
suaves y silenciosos
como mariposas intangibles
sobre la orilla de las ramas.
Un ingenuo bostezo
que abre las puertas al olvido;
no al olvido pesaroso de lo terrible
sino a su bello primo del cual retoñan
los botones tiernos de la serenidad humana.

Luz filtrada
por los entresijos
de la madera enredada
sobre mi cabeza:
humilde corona de primavera.

Donde las calles no tienen nombre (Analepsia DCCIX)


Libertad: cabalgata de los bridones salvajes por las amplias llanuras de los días y de las noches. Viento en el cabello, excitación en la parte baja del vientre. Despegue de los rincones incómodos de la personalidad y paso despejado hacia nuevas tierras inexploradas en el sí-mismo.

Es temblor sin temor, es respirar sin tregua los ilimitados territorios del deshacimiento. Un paso a la vez inasible y concreto, diáfano y turbio, hacia la utopía emancipada del destino manifiesto.


Acontece la ruptura de hilos y el tirar por la borda los costales de arena, los enanos deformes que atan y que apesadumbran la escalada, el baile, el viaje. Se logra así una mayor movilidad de miembros, mejor funcionalidad orgánica, un más perfecto desempeño en la lúdica batalla del devenir propio.


Es cambio de piel, contorno desdibujado de lo que se era antes y lo que se será después: el momento justo del instante presente. Es fresca y alegre brisa de autonomía, dulce sabor de boca.
Se caen, uno a uno, los ladrillos de nuestra antigua morada. El sol, vagabundo y ebrio, firma con amor nuestro naciente rostro. Nos abandonamos al azar, nuestro verdadero padre, sólo por unos minutos que nos percibimos como tales: somos espuma que arrastran las olas.


Es brillo y solaz, visión de la flama que nunca se apaga. Marcha infinita de innegable regocijo. Es olvido del mundo; memoria vacía que se llena de montañas, de horizontes y de cielo, de paisajes y emociones que no preguntan ni responden, que sólo llenan.


Se realiza el escape paulatino del pretérito contenedor, como el gas liviano se escapa poco a poco por las ranuras diminutas del matraz resquebrajado. Se desaparece y se integra, como las gotas de lluvia penetran y fraguan el suelo reseco de la sabana en sequía.


Es sueño indiferenciado de la vigilia. Es correr por correr, gritar por gritar, silbar por silbar, amar por amar. Es hacer surcos con nuestro cuerpo en medio de los campos de trigo, nadar en las ciénagas de los flamingos siendo un flamingo más. Es mirar por mirar, reír por reír, llorar por llorar, vivir por vivir.


Lejos… muy lejos de nosotros mismos.


Te mostraré un lugar
alto, en la planicie desértica
donde las calles no tienen nombre.

domingo, 26 de abril de 2009

Tropicalhia: estallidos versificados con olor a mango y banano (Analepsia DCCI)


Sefirami,
Dalim dalimeira,
sohnnio de canna melera.
Esperanto dal sun de la’l mera.

Santo dascolpo dil morcco,
que’l amaresto apentto
nonno pellare
sino sinalepha diamare.
Queli quelí
adulanni
aspertacu da vreva yurganni.

Banini didi dí
San saculari flí.

Baisha baisha
da la mana del manhio
que la gretta uppa
dil gorgio dul paintro.

Flurencia dil glam
adi adonaido,
altoparti manghiko
il oiyo asomaitto.

Dainssa, cuorppo,
dilon distantinhia.
Eprezzión de la grima vontirka.
Zincopatto il mero parlange.

Sonneke del treque,
emulí emulí,
esparto jil própero armatto.
Tocalmerco alpipreste
alibérzoddo minnio.
Hitanno remangante
ci-taka ci-taka
tan tu li-lí
muishica, muishica.

Sam par pá
san par pennia.

Soh da freguesía.

Pleuna du lei caperunhia
saive entreniosso
bhalio en lo clairo,
di la fai dil sohnnio
que la merería.

Torco, torco:
sepullantes marientes
du lai flébula inchatta
que la ruedda i la fleura gaintoira.
Dixere apacaperu poir qui toido
miyoili gainas du naiccere:
soiperi-sopieri pí.

Siki siki siki, siki siki siki
siki siki sá.
Siki siki siki
siki sikokáh.

Daile lahmaca
de la plébura ansurta
an le que’l disso escanssa
suppre li porbeh possento.
Mné mné, ala pastá alvaréh.
Aisombratto gillonso
que la punnia voishié.

Lumbere, lhumbre.
Satún satunitta.
Sai tararai, sai tararela.

Trincha, troncha:
la sun da’l lamera.

Sik, siki sik, siki sik, siki sik...

martes, 17 de marzo de 2009

Salto de fe (Analepsia DCC)


Vengo aquí hoy
a encender una vela:
fuego sobre una columna de cera.
Un fuego pequeño, modesto y sincero.

Vengo aquí y me quito el sombrero
y dejo mis sandalias en la entrada del templo.
Dejo también los harapos y las galas
de todos mis días y de todas mis noches.

Hincado, postrado de hinojos,
agacho la cabeza y cierro mis ojos.
El espeso hilo del humo de cera
que teje figuras sobre este silencio.

Ajado mi rostro, amarga mi boca,
hoy vengo y me inclino sin más.
Y no digo nada ¿Qué podría decir?
Me he olvidado a mí mismo.

Hoy soy todas las velas, todos los fuegos,
todas las luces que alumbran el camino.
Hoy soy el camino mismo.
No tengo pasado ni tengo futuro.

Nunca creí ni en milagros ni en dioses,
en ninguna ciencia o filosofía alguna.
Y sin más hoy enciendo una vela
y me inclino en silencio.

Yo solía saber cosas: cosas importantes.
Palabras de sabios, de gente valiosa.
Hoy soy un pobre loco
que prende una vela en medio del templo.

Yo viajé a muchos lares: países, ciudades, comarcas.
Conocí el Sur, el Este, el Norte, el Oeste.
De rodillas, inclinado en silencio,
me viste de ámbar el pequeño fuego.

Mis tesoros, jardines y amores
no son sino sueños borrosos, motas de polvo.
Hoy vengo humilde y callado
a encender un modesto pabilo.

Simples y titilantes lucecillas: no hay más.
No hay afuera ni adentro.
Ni alma ni cuerpo, ni vida ni muerte:
hay sólo un hombre hincado en el templo.

¿Qué por qué razón hoy enciendo una vela?
Porque sí: no hay por qué.
La rosa es rosa, la mosca es mosca.
Hoy yo prendo mi fuego.

Me levanto del suelo. Me pongo el sombrero.
Las sandalias me entran y salgo del templo.
Allí queda mi vela, mi cera, mi fuego.
Allí quedo yo mismo, hincado en silencio.

De puertas abiertas (Analepsia DCXCI)



¿Y qué tal que el legendario y divino propósito de la vida buena, bella y verdadera no fuera sino esa nebulosa y luminiscente resaca que queda después de la euforia ciega más desbordante, como una estela espesa de polvo de cristal que refleja de manera sublime, pero asimétrica y deformada, los albos y finos rayos del sol? Los barcos que conducen al sentido inherente de las cosas muy a menudo naufragan en los mares del padecimiento, de la afección cruda, desnuda y desvirgada.

Es fácil construir puentes. Lo que es casi imposible es cruzar hasta la otra orilla sin perderse a uno mismo en la empresa, sin mirar hacia abajo. La locura casi siempre es locura de algo, incluso del más ínfimo peso del rocío sobre los pétalos. Éxtasis y desasosiego: ambas caras de la misma moneda.

Uno a veces toca la campana anunciando el almuerzo, la buena nueva o el camión de los desperdicios. Pero… ¿y sin nadie tiene hambre, ni fe, ni desechos que desechar? ¿Y qué si prefieren pacer como impávidas vacas en el solaz de sus sueños? ¿Y qué si soy yo una de aquellas figuras, desapegadas mónadas animales? ¿Cómo habré de zafarme con éxito de mis cómodos lazos, romper y salir de mis confortables corrales? O más bien, ¿por qué y para qué haría eso? ¿Para quién y por quién sería libre?

– Yo sólo sé que lo sé todo –: de Fausto a Sócrates hay sólo un paso, o bien, sólo una mirada distinta. Uno puede almacenar los anales del mundo en el baúl del aleph, y aún así seguir siendo lastimado periódicamente por la impertinencia de la luz matutina que se cuela traviesa a través de las traslúcidas cortinas, al igual que el inocente niño, al igual que el decrépito anciano.

¿Y qué tal que no sé lo que quiero? ¿Y qué tal que al querer quererlo todo al final termino no queriendo ya nada? Matar al querer queriendo, poco a poco, paso a paso, de manera meticulosa y gradual, con maestría hedonista de paciente estoicismo: he allí la situación que más quiero.

El jinete intermitente (Analepsia DCLXXXVII)


Un asomo imprevisto por la ventana. Múltiples despliegues de luces, de formas y de caminos insospechados irrumpen como un golpe enmudecido al intelecto. Depuración de las pasiones vanas. Ingenuo sumergimiento en los más inhóspitos mares y en las borrascas más turbulentas. De pronto, un grito cegador, una hogaza de pan, un desierto en llamas: es Lucifer que nos llama tras el muro, susurrante. Emerge entonces aquella noche en la que los frenéticos venados, entes de la bruma, bailan y celebran nuestra muerte escogida; se efectúa así todo el fastuoso acto mientras beben, impetuosos y animales como son en realidad, la sangre inmaculada y brillante del sacrificio solar diario, sagrado suceso acontecido sin falla y sin retraso con cada crepúsculo, con cada incendio apagado en las lindes horizontales del mundo. Vaguedad de marzo, superfluo idilio.

Miles de frazadas nos arropan los sentidos, nos impiden vislumbrar. Las rasposas e hinchadas manos de los trabajadores diurnos despiertan con cada golpe de mazo al centenario basilisco que duerme tranquilo, desde hace siglos, bajo la tierra. Como vendavales ciegos, se arremolinan y ascienden en círculos concéntricos las hormigas blancas, aquellos diminutos seres que fundaron las palabras. Dudo francamente que se dé un girasol tan grande en medio de la nada. Unos ojos desconocidos de grafito y de lápida pesan más cada vez sobre la ternura de mi pecho. Extrañeza.

¿Qué diferencia hay entre Urano y Neptuno, y el desayuno de ayer? No es chanza ni sarcasmo lo que digo: nunca he hablado más en serio que ahora… excepto aquel día, excepto aquellos días. Un par eclesiástico de latigazos rigurosos y devocionales se me impactan en la espalda, lastimando bellamente al carnero. Impedimentos bruscos, murallas imaginarias de aperturas y clausuras desembocan furiosas sobre escapularios de ámbar, recubiertos a su vez de profunda fe y desvelo.

Ecos de cabellos lejanos y de pabilos cebados. Zumbidos insoportables de colores nunca antes percibidos, producto de imaginaciones floridas y de fantásticas disertaciones. Un beso en el cuello que se evapora con el tiempo, evanescente en la ausente presencia de la completa falta de algo. Un punto, un tren, un ejército de metáforas y de violines discordantes que provocan cosquillas bajo el vientre y astillas en las venas, pudorosas guardianas de la sombra del hastío.

Flor de mayo, de luna, del prestigiado periódico en el cual vuelan los idiotas con singular gracia bajo máscaras de oro. Estiro la mano y alcanzo la fruta: una mordida de sórdida libertad, de azarosa soledad parduzca, de maravillosos brillos en el lago de tus labios. El cisne que canta y que vuelve a nacer en el cuerpo de un canto, encerrado a su vez en un cisne cantor. Fuertes muslos del caballo de mármol: un par de culebras que recorren, heladas, el derredor de su efigie.

Fantasmagorías. Sudor frío del anochecer presuroso. Un rayo de lucidez abrupto. La cicuta en el cáliz que cura o que mata según sea la dosis, según sean las olas, según sea la aurora. Abrazo entrañable que funde sentidos, que habla de todo en el trazo borroso, instalando certezas por medio de sombras. Un hueso cae del peñasco: emerge un estilo perpetuo. Fraguas de dulces tormentos y de ardientes lluvias, resbaladizas y voraces gotas de miel. Letrada ignorancia postrada de hinojos. Letanía vibrante de las cien mil batallas internas. Por esta ocasión el humilde poeta, ajado de pies y de manos suaves, emisario único de la cabalgata impetuosa que desgarra los bosques.

lunes, 16 de marzo de 2009

Emotional Parsimony (Analepsia DCLXX)


By the surface of this rotten wood
I pursuit my soul.
Beneath the tender blanket of this candlelight
remains a hidden trinity that seeks ancient, holy voids.
All is full of lyrics
and atoms
and gods.
By smashing every statue,
I have seen their lungs.

Jumping off the bridge
and hanging on the tree:
all the great discoveries you can never be.
Half-monkey, half-sky,
these pair of legs just will go on, to stand, running, until the limits of cognizance.

How long should I take as a navy these words?
On what spaces and lands should they work after all?
Hesitation and desire: two extremes of one road.
Equal plates of a balance:
do we have to play dumb?

lunes, 9 de febrero de 2009

El octavo día (Analepsia DCLXIII)


"Y entonces vio que todo cuanto había hecho era muy bueno": eso es lo que se dice que se dijo, y no dudo en absoluto que así se haya dicho. Se cree también que ya ha terminado, pues su descanso está igualmente documentado. Yo digo que no fue así: a veces los textos mienten, sobre todo las crónicas de algo magno, de algo grande y fastuoso ¿Qué evento más grande y más magno que éste, gala de todas las galas? Muy al contrario, creo que aún persiste en el esfuerzo y el desvelo, quizás más arduamente que nunca, de manera apabullante e inconcebiblemente esmerada ¿Cuándo, pues, habrá de terminar su obra maestra, de alcanzar la perfección artística cristalizada, el acabamiento total de la misma?
Un octavo día está por venir... y tal vez más.

Ética del paladar contento (“Es menester ascender mediante aquello que nos hace caer”)::(Analepsia DCXLVIII)


Suponiendo que las arcas del tiempo estén abarrotadas de hombres insignes, y que este temblor bajo mis pies no sea causado por ningún bíblico animal subterráneo, ha quedado de esta forma definitivamente instaurado el espíritu de la ligereza danzarina sobre la cuerda floja de mi alma, después de una intermitente pero asertiva lucha en contra de la pesadumbre restrictiva: la moral represiva y sus fuetes espinosos, diques continentes de las más violentas aguas.


Uno simplemente no puede esperar algún tipo de florecimiento en sus jardines e invernaderos (un noble izamiento de los estandartes y de las voces moduladas), sin haber teñido antes los campos y las plazoletas de púrpuras telas con destellos carmines. Es así como se forja el atleta, el soldado, el santo: con base en sudor y jadeo, en fricción y desgaste, en el desgarramiento constante del cómodo capullo del que se pendía anteriormente bajo la rama seca: herencia de los espíritus más íntegros del pórtico helénico. Pero es necesario bailar inmediatamente después, nadar y regodearse en la suave y espesa melaza cada que el día lo permita.


Si ostentáramos el deseabilísimo privilegio de ver a través de los muros infranqueables de los altos fuertes y de las pétreas marmitas antes de entrar en contacto, y así estudiar de día y de noche los secretos movimientos y transacciones de los ánimos y de las intenciones, seríamos capaces de conocer entonces a esas temibles bestias predadoras que amenazan nuestros días, de cazarlas sin piedad y de vestir sus gruesas pieles de puro y limpio placer ciego, dejando de lado sus huesos y sus vísceras. Pero tal deseo vive en las lindes de los sueños, lejos del trigo y de los hornos.


Debemos, pues, tratar de darnos los mejores regalos a nosotros mismos sin ninguna restricción de inercia, vaciándonos de todas las cosas a través de todas las cosas. Los banquetes de fragante vino y de suaves carnes están listos para ser degustados, los estómagos y las lenguas de ser saciadas hasta el hartazgo en el pomposo maridaje. La renuncia sincera llega en el radical abrazo de las avalanchas pluriformes de olores y sonidos, de colores y texturas: marejadas incesantes de mundo. Es así como, para aquel que por ventura ha llegado a estos lares de la vida casi colmado y satisfecho de apetitos y de hambres inaplacables, es que habrá de tomar sólo aquellos ladrillos y argamasa necesarios para construir su cálida morada, pero nada más que eso. Así ésta habrá de ser sólida, duradera e inconmoviblemente hermosa mientras dura en pie: ese refugio habitual de la agreste intemperie que festeja sin reservas el trinar de las calandrias y los rayos matutinos.


¿Cómo osaríamos separar el ajenjo de la miel, cómo las rosas del espino? ¡Locura de locuras, vana falacia de tuertos y de cojos!

Unbearable Er-scheinung dans il fortíssimo anhelo (Analepsia DCXXX)


Se han desprendido ahora pequeños fragmentos de euforia desde este modesto cráneo: allí van todos, volando y dando piruetas hasta incrustarse en el juicio ajeno. Las palabras traslapadas y ajadas se resbalan poco a poco desde la trepidante cima de los deliciosos pechos color porcelana, puros y actuales como la linde de los tiempos, hermanos a su vez de las migajas estelares que tiraron las palomas del Edén. Madejas de hule espuma fenicio que arrebatan la raíz de la razón de las manos del pueril mandril de oro; igualmente sobre las restantes marejadas de ansia y de cercanía que emiten todos los radiadores pretensiosos de lo rojo y de lo púrpura, navegan aún cansados y regenerados aquellos parasoles amigables de las cerúleas y opacas lunas del otoño carcomido. Un par de bigotes no hace daño, pero setecientos cuarenta y nueve marcan por mucho la diferencia.
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Sumido el cuello hasta las perplejidades incautas de lo rotundo aéreo, sublimando y vomitando va la Gran Boca del Padre Perro, esperando preñar las tierras infértiles que antes pertenecían a las mañanas frías: actualmente se huele y se respira de otra manera, con otros colores y otras comezones de por medio. Lo curioso de las estructuras gramaticales suscritas a las reglas de la yegua marina de la corriente índico-pacífica, es que en cualquier momento corren el peligro ser desposeídas de sus corales majestuosos. Ni todas las palmeras del mundo, ni la totalidad de los tersos y firmes muslos de las bailarinas clásicas podrían retroceder el tren aguamarina que va en camino desde hace tres semanas, por delante de los higos y de los malvones.
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Si alguna diferencia hay entre las luces que han nacido y las sombras que habrán de nacer, es precisamente aquella vibración del arpa de los mundos contiguos, que giran incesantes en órbitas elípticas alrededor de las sienes de Eón, conformando unas invisibles y gráciles guirnaldas macrocósmicas que adornan el profuso río de las dagas en forma de rayo, hay que decirlo, de manera por demás magistral y psicotrópica. Santificado ha sido el inocente matrimonio, y es por ello que los ojos bermellón del trópico psíquico aún no me han mirado de la forma correcta, desde el preciso ángulo, maqueta de preciosismo y de alboroto sentimental y rococó. Zitácuaro no queda muy lejos de Marabatío, pero el recorrido a pie puede ser bastante tortuoso si hay llagas en el techo estrellado del rarámuri vigía.
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Como dije, si una aprehensión enconada aprende a gritar y a copular de maravilla, nada habrá que la detenga en su trayecto, y así podrá conquistar las altas torres del ígneo templo de mis suelas sin ninguna energía desperdiciada. Hay algunas piedras homeopáticas, y otras tantas que no son ni piedras ni batallas de alcohol y de pieles sudorosas en pleno bombardeo de caricias. Hay que tener en cuenta que cuando alguien grita en Timbuctú, nadie lo escucha en Mali, sino muy al contrario, en la mohosa cueva de los Siete Bandidos Supremos, demiurgos del rocío vespertino. No por muchas sedas y maderas finas que se ofrezcan al mandatario, las gotas dejarán de gotear y las cuerdas del violín cesarán de estirarse hasta alcanzar los primeros pasos de las estaciones del año. Menester es tomar en cuenta mis observaciones pasadas, si uno es precavido en cuestiones del amor y de la muerte. Nada está comprado de por sí, excepto todo lo que existe.

miércoles, 14 de enero de 2009

Caricias (homenaje literario a Spiegel Im Spiegel de Arvo Pärt)::(Analepsia DCXXIV)













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Una suavidad inusitada asciende de continuo por mi espíritu. No lleva prisa ni miramiento alguno: se distribuye por todas partes de manera equitativa, con singular delicadeza y parsimonia. Tiempo después, se apaga y se aparta.

Al atravesar descalzo por las alfombras rosadas del ensueño, pétalos caducos del cerezo en flor, acontece de nuevo aquella suavidad perdida, y un golpe de reconfortantes sensaciones muertas, cumbres nevadas de mis días, viven una y otra vez en forma de cristalinos y cálidos recuerdos, volviendo como ese suave oleaje que besa la virginal arena blanca de la orilla de la playa.

Muy lejos de esta aura se encuentra un hedonismo, o si no por lo menos, se trata de una clase de hedonismo bastante especial, muy particular, emergente de los anales del jardín del divino Epicuro. Suena un fluido de calma y de las sedas más hermosas de Catay, que acontece silencioso en medio de la tarde y de la aurora.

Anestesiado por una envolvente nebulosa de ingravidez, dejo ir mi cuerpo lentamente al soplo rítmico de ningún tiempo y de ningún lugar, y zarpa con él mi pensamiento hacia tierras ignotas y vedadas, ayudado por la maternal atmósfera nocturna, guardiana impecable de colores y de formas, así como de mi secreto incienso, esencia bendita de inefable sosiego.

Tatuados en el mármol de tu espalda están mis dedos, mis besos y algunas de mis horas. Sublimes ascensiones y descensos hemos juntos experimentado en la suave hoguera de tu lecho. No obstante, nada comparable a aquel dulce soplo de sagrado vapor, aquel hilo delgado de argentina luz que de un mismo golpe cauteriza y purifica. No sé qué es, de dónde viene ni hacia adónde va. Mejor que sea así. Sólo sé que le han llamado ataraxía, vita beata, Gelassenheit ¡Y escuchadme bien, dioses y augurios: eso es todo lo que quiero!

Tejas de barro: aforismos (Analepsia DCXII)


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Tú: el más sublime de los templos. La más acabada de las moradas. Y al mismo tiempo, Madensack, saco de gusano, alimento de los buitres. Honda paradoja humana del tiempo y la belleza.
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Un simple instante, transformado en el luminoso despliegue de todos los momentos. El propósito supremo del despropósito. La voluptuosa escalera dorada hacia la frugalidad. Ars Magna del hombre.
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Balbuceos de un bebé, sonidos de la madera hueca. Así de intrascendente, así de originario. Un halo de ingenuidad que no se percibe a menudo, que sigue jugando a serlo todo. En el fondo, todos nuestros actos y todas nuestras voliciones, no más que tiernas nimiedades.
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Kent U Selben: la “tintura” transfigurante. A través de cada guiño, de cada mueca, de cada aspaviento innecesario, resulta imperativo recordar cada silueta proyectada en el espejo. De medidas está hecho el buen vino, la buena música, los buenos hombres que han tendido el metro hacia dentro de su abismo.
***
Andrei Tarkovski señaló con acierto que no existe un auténtico regalo sin algún tipo de sacrificio. El padre espiritual de su generación, Sören Kierkegaard, instauró la certidumbre de que la sabiduría suprema consiste en no arrepentirse de nada ¿Qué es entonces, el amor, debajo de todas sus formas posibles: las llamas impetuosas de la devoción religiosa, los fuegos fatuos del afán revolucionario, el calor acogedor del afecto mutuo? La sabiduría suprema de haberse regalado a un otro por completo, de una vez y para siempre, a través de un ciego arrojo más allá de los límites del sano discernimiento; destino al mismo tiempo paradójico, resultado de una constante reflexión previa y de una premeditación incesante sobre ese otro, absolutamente necesaria, completamente imprescindible.
Un “santo decir sí”.

sábado, 3 de enero de 2009

Velle non discitur (Seneca’s anthem)::(Analepsia DCIX)



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En el punto más alto de la bóveda celeste, allí colocaré los anales de mis días. Dirigido el índice por encima de las tribunas, el veredicto surca y atraviesa igual a los impíos que a los virtuosos. Con la lengua quieta y el puño en reposo, se alzan las velas y se extienden blancas sobre el espacio a través de una graciosa expansión controlada.

La mirilla del destino apuntala, como fino rayo lunar, las múltiples espaldas que circulan unánimemente con el río pluriforme. Se derrite la flor de cera, se erigen las mil catedrales. Nuestro manantial cristalino, canto de ebullición y ternura, lava y cauteriza cada herida con el fuego sagrado de la reverencia redentora.

No todo es erotismo o poesía, ni mucho menos fenomenología. Están también los crueles ojos del cordero, las cuatro señales obscuras y las tablillas marcadas con el nombre impronunciable. Tatuadas están las parvadas de peces y los bancos de gaviotas sobre el flanco más débil del corazón humano. Las fuentes de aurora despliegan hoy sus voces de sirena.

La grumosa y espesa neblina que nos empaña los lentes es la misma que empuja a escribir las más lúcidas páginas, la sustancia misma del rumbo sin rumbo, de la ilimitada espontaneidad. No todo es surrealismo, ni cadáveres exquisitos; sin embargo, es la profunda garganta del león el origen genuino de todas las artes.

Transitando por las calles, de fascinación henchidas, una melodía cae de mi bolsillo y logra pisarla, furioso, un caballo de obsidiana. Una pictórica mancha impregna ahora el suelo: el nacimiento de un magnífico lago. Se habla de todo hablando de nada. Se atina con la daga en el núcleo al vendarse los ojos.

Vorágine de anatemas y de rezos que cae por encima del tiempo. El anacoreta migrante extiende su nudoso bastón y lo deja sentir sobre la suavidad palpitante de los cuerpos desnudos. Llega el azote supremo, la ciega bienaventuranza. Ese dulce beso del amargo labio, astuto vigía. Un violáceo soliloquio de la lucidez desmesurada, de la cuerda locura.

No todo es metáfora ni analogía, sarcasmo ni intempestiva. Hay hielos perpetuos que no se derriten. Hay caminos que no siempre llevan a Roma, puertas que no siempre se abren a Tebas. Honores al vómito ígneo del lápiz danzante, aquel que destruye cadenas, que derrite grilletes. El prisma que cambia los cromos al girarse a sí mismo.

Por nuestras venas galopa la trópica sangre del noble Proteo. Nuestras piernas están hechas de héroes y de mármol, de paraísos y de aluminio ¡Cuán ilimitados somos dentro de nuestras limitaciones! ¡Cuán infinitos en la finitud! La argamasa pensante del Caos primigenio. Y sin embargo, después de todo, avalancha inminente hacia el santo vacío.

martes, 11 de noviembre de 2008

Espontaneidad (Analepsia DCI)












Regresar hacia la intimidad pura. Recorrer una y otra vez los caminos de vuelta hacia el jardín de los cerezos. Zarpar hacia las cosas desde el destello primigenio de vida, inocente y limpio, como un bostezo matinal, como un desnudo pensamiento.


Repasar de manera incesante los colores y los numerales, con el fin de fijarlos en el cenit de la reminiscencia. Bautizar con palabras tímidas las islas venideras. Bañarse en aguas perfumadas, adornar los cabellos con los pétalos de la ligereza.


Tirar por la borda lo mismo al propósito que al despropósito. Elevar una oración a los antepasados desde las antesalas blancas del corazón durmiente. Meditar sobre el estrecho puente del olvido. Sembrar sobre los surcos salados que atraviesan tus mejillas.


Resquebrajar de un golpe los moldes y las máscaras del mundo, sólo por un instante. Exponer las manos curtidas a las doradas caricias del sol. Sentarse sobre la roca y ser la roca misma. Dibujar como los niños: jugar, dormir y despertar siempre con un “porque sí” entre los dientes. Brisa de juventud temprana. Anhelo de claridad velada. El efecto insospechado del amor verdadero.

Sobre la impermanencia: dancing in the Buddha’s palm (Analepsia DC)














Sentado sobre una losa de cara a la pétrea plazoleta blanca y roja, de manera intempestiva, las ruidosas turbinas del avión del deseo surcan el viento por encima de mi cabeza. Debido aparentemente a la inercia del vuelo, algunas notas de saxofón que se encontraban por allí suspendidas terminaron por amalgamarse con unos setos verduzcos con pequeñas florecillas amarillas que adornaban la entrada de uno de los comercios situado a pocos metros de mí. Eran flores muy parecidas a las de la vainilla, pero con pétalos un poco más delgados.


De manera simultánea e igualmente inesperada, un ágil perro maltés pasa corriendo fugaz, a un costado mío, y con el rabillo de mi ojo he logrado atrapar su sustancia en menos de un segundo. Si el movimiento es acto, también es aroma de tiempos lejanos, fragancia de estatuas erectas y de reinos reducidos a átomos invisibles. Ni siquiera el dulce y despreocupado canto de la niñita de anaranjados caireles que goza jugando frente a la fuente ha podido hacerme cambiar de opinión. Mi argumento es infalible, pues carezco de uno.




Vuelve a pasar la misma aeronave por el mismo lugar por donde desgarró las nubes la ocasión anterior. Pero yo ya no soy ése, aquel sujeto al que le fue bendecido el cráneo con un escandaloso beso la ocasión pasada. Soy otro, así como la nave es otra: no podría ser la misma. Ahora soy un minúsculo escarabajo que cruza las agrestes estepas rusas recitando en su idioma original múltiples y profundas oraciones de aquel cristianismo perteneciente a la iglesia ortodoxa. Asemeja mi nuevo cuerpo a un grano de café de grandes dimensiones, o a alguna semilla emergente del carnoso y concupiscente núcleo de ciertas frutas tropicales.


Nada me ha apartado nunca de los legendarios bosques colgantes, cabellera húmeda de Mnemosine, la madre de las artes: si permanencia es memoria, el poema de Parménides no es sino una bella y antigua oda al recuerdo. Pero un recuerdo sólido, indestructible e inconmensurable: monolito cosmológico sin mácula ni contradicción, pulido y brillante como el alba manzana nacarada del Árbol del Bien y del Mal. La única manzana blanca que ha existido: como el limpio mármol, como la porcelana pura, como la sal originaria, como estas largas paredes y altos arcos de la plazoleta en donde me encuentro ahora, en donde me encontraba ayer, anteayer, hace un mes, hace un año…

Menú a la carta (Analepsia DXCIX)















Cruzando a pie las estepas de cristal subterráneo, súbitamente emerge de entre las etéreas espigas de acero un par de burbujeantes manantiales de estruendo. Varias ninfas translúcidas con ropas de eco y resonancia retumban con cadencia y antiséptica gracia de extremo a extremo del paraje. El polvo baila sobre la blanca llanura nevada, y a lo lejos todo un conglomerado de abedules índigo-violáceos voltea a ver a las alondras. Las nueces que han quedado en el piso, inmaculadas, se elevan como gotas de mercurio amado hacia el cónico ápice del mundo, aprehendiéndolas en su núcleo, su singular galaxia.



Y la gente come, ríe, se viste, camina y odia.



Pétalos de plata y de nácar rosado circundan los rizados cabellos de los ángeles mudos: el tapiz sagrado de sus cráneos. Las raíces y las ramas del fondo del océano explotan y se impactan contra las cálidas espaldas de la fortaleza de amatista, tan elegante y tan erecta como siempre lo ha sido, a través de las comarcas y los sellos. Un beso de cera y otro de esfera se guardan y fluyen en los interminables ríos internos del carmín y la esmeralda, aprestando el vuelo hacia los confines de las olas titilantes y de la frescura del pecho del halcón invisible, padre y madre de la aurora boreal, abanico espectacular del sueño de Dios.



Y la gente duerme, defeca, copula, platica y se rasca.



Al parecer… nada fuera de lo normal.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Ejercicio estilístico: elegancia sobre la arena (Analepsia DLXXXVII)













Por el momento, la práctica del haikú ha sustituido a la pintura y al dibujo en mi itinerario catártico. He logrado paisajes de mayor magnitud emocional y de más extrema precisión imaginativa con la técnica de los tres versos y de las diecisiete sílabas, que en lo que había hecho hasta el momento según considero, en las artes plásticas durante este último año.

Aunque los míos no sean haikúes estrictamente canónicos en métrica silábica o en temática apegada al canon budista zen, conservan, según creo, los rasgos más relevantes que considero indispensables para esta forma de poesía japonesa: el ritmo, la espontaneidad, el vínculo con la naturaleza y el lirismo onírico. La cultura nipona y su arte, admirable por su apología al silencio y al minimalismo tanto moral como estético, ha aportado su espíritu a los siguientes retratos de mi alma reflejada en las cosas; cuestión que, como dijera de manera conclusiva en uno de mis trabajos: “Hay alma en las cosas, y las cosas son Alma”.

Las lámparas, medusas
de luz
en la superficie del agua.

Los ríos del mármol:
relámpagos
de estoicismo labrado.

Garabatos del lago:
discretas
las ondas en el espejo.

Muros de papel.
La tinta:
las momias del habla.

Frío en mis dedos
y escarcha
en los pies de la conciencia.

Dos altas palmeras.
Rascacielos
de los dioses primigenios.

Barras de neón azules.
Noche:
la porcelana de tus pechos.

La negra torre de obsidiana:
escalofrío
en la espalda estilizada.

Gotas de música lenta
escurren
desde el canto de la aurora.

La efervescencia pasa.
La carne queda… y el tiempo.
Ese extraño señor.

Veo tus hombros…
¿Humo de cigarrillo?
El frío tiene noche.

La mente mira atenta.
Se abre paso el crepúsculo
manchando a las cabezas de tarde.

Desorden de las hojas.
No hay árbol sin ramas.
La tiranía del orden.

Mis hijos son ellos.
Ninguna pirueta en vano.
Zarpa el sonido por la ventana.

Un ave recorre la laguna.
Se ha fundado un imperio.
Ahora hay blanco en el agua.

Las cortinas del mundo
son hoy
tus párpados somnolientos.

Las olas se rompen.
Un instante llega
y la sal lo cristaliza.

Un búho desgarra el aire:
la madrugada
que reclama su territorio.

A menudo el fuego
no es el enemigo:
es vestido y sustento.

Cerrado el camino.
Un perro descansa
frente al antiguo zaguán.

El perno gira
sobre otro perno
que también gira.

Gota de mercurio:
Alfa
y Omega.

Rebota la luz
en la fragilidad
del silencio.

El sueño
viene y arropa
al niño y al anciano.

Las praderas
y el terciopelo.
Suave inhalación.

Arrullo de río
y murmullo
de ciudad.

Gran sacudida
aquella,
la de la quietud.

La rojiza lengua
que humedece
las palabras muertas.

Sólido paisaje.
El masaje
del alma en tensión.

Un tierno pétalo de rosa
basta
para sobrevolar el mundo.

lunes, 20 de octubre de 2008

Nostalgia octobrina (Analepsia DLXXII)














A través de la suave música proveniente del cardiaco redoble del veloz colibrí, puede uno seguir la línea que une todos los geranios de fuego, y que traza y dibuja a su vez con suma sutileza el cristal de los copos de nieve que habitan las agrestes estepas.


Los zorros plateados se acercan a oler la carne muerta de la liebre, y sin darse cuenta, han desatado ya en todas las piedras y los troncos que los merodean un eco profundo, grito universal y coro majestuoso, identificado a veces con la niebla, a veces con los destellos matinales.


Millones de rezos provenientes de toda clase de mezquitas y de monasterios, de templos y de catedrales, son opacados a penas por el monótono y modesto zumbido de la avispa que, suspendida a la mitad de su meticuloso vuelo, circunda los pozos y las afluentes de miel subterránea que permanecen y corren por las arterias del tiempo.


Con elegancia y hermoso minimalismo, las nubes cruzan y desintegran el índigo lienzo de los días venideros. Un rostro escondido en el capullo, un magnetismo hierático: terremoto del átomo. Un par de niñitas rubias juegan al té. Dos cuerpos de ébano, esbeltos y sigilosos, concretan el acto sexual. Un viejo asoma desde un peñasco, admirando lo nuevo escondido.


¿Y qué se hace cuando la porcelana se rompe? Los pedazos generan imperios, cordilleras y libros. El polvo vuelve al polvo, pero en forma de estrella, de sistema, de galaxia. Se inundan de sal las cavernas y de ídolos las cabezas. La gota vuelve al mar y se pierde en su encuentro.


Un rasgo, una sombra, una pincelada. Un derramamiento de ambrosía y de imágenes infinitas: el caleidoscopio de los días y de las horas. El ojo es el faro del mundo, y la luz que proyecta es su interpretación. La sonata, el concierto, la sinfonía de los destinos.


El fiel samurái introduce el acero en su propio cuerpo. Un púrpura beso que todos conocen y que nadie recuerda. El acólito recorre los pasillos sahumándolos con su incensario. El huidizo y aromático espíritu que se eleva, gira y se transforma a través de sus caprichosos ciclos, de sus juguetonas espirales en el espacio.


Situados en medio de las llanuras, se extiende de frente y por detrás de nosotros ese inexplicable sentimiento originario, ese vacío completísimo que permite observar a la brizna de hierba en su escalada hacia ser puro verde, pura idea, pura sustancia inefable.


Luego uno regresa a su natural morada, en medio de cafés y de abrigos, de elocuencia y de reputaciones. Sin embargo, pese a haber sido el cisne separado del lago, nunca apartará de su memoria ni de sí mismo aquellos preciosos diamantes que el sol, al tender su alfombra le había regalado, reflejándose en su superficie.

Hoy desperté y era ayer: my own personal Freud (Analepsia DLV)












Los sueños son la materia orgánica de nuestros deseos. Después de más de un siglo de psicoanálisis, tal aseveración debe sonar bastante familiar, incluso repetitiva y anodina. No obstante según creo, es menester meditar acerca del sentido profundo de semejante postulado, por lo menos para aquellos que aspiren a tener algo más que una nublada comprensión de sí mismos. Titánica tarea qua a veces resulta utópica: si es tal, que en la aspiración quede el mérito.


Los trozos de la barca que despedazó la tormenta, aquellas astillas de madera y valijas sobresalientes que flotan y se entretienen jugando sobre la superficie marina, son los rastros y las señales que emergen desde lo insondable de las catástrofes del yo. Se despegan de vez en cuando algunos corales del arrecife y salen impulsados, en un vaivén nocturno, hacia alguna costa de delgadas y finas arenas, en donde aguardarán al amanecer a que algún curioso paseante les recoja y los lleve a su bolsillo. Depende del paseante el uso del trozo coralino: ornamento, material de investigación biológica, o simplemente desperdicio.


La interpretación es un tema delicado: no todo son burdas hermenéuticas epocales, repetitivas lenguas muertas que han perdido su asombro originario ante lo desconocido, lo irracional y lo extenuante. El sueño aparece crudo, de frente a la conciencia. Se comienza a desarrollar por sí mismo, empieza a deshilvanarse la madeja de manera intempestiva y constante; los significados pierden consistencia, comienzan a hilarse unos con otros, y a lo mucho, lo que acontece la mayoría de las veces es un afloramiento emocional, una impresión afectiva de algún suceso pasado, ya sea remoto, ya sea reciente. La claridad interpretativa dentro del sueño por lo general brilla por su ausencia. Uno amanece apaleado, como después de una gran batalla con criaturas míticas, desorientado y abatido, recordando muy poco de lo ocurrido durante la pugna. Y efectivamente, así es. Es una lucha contra fantasmas que vagan a través de los pasillos abandonados de nuestro devenir, en la que nuestros inocuos golpes no son más que eso: inocuos.


La relación del tema onírico con el surrealismo no es mera referencia cultural: es el problema del sentido y del sin-sentido, incluso pertinente a la lógica y al análisis lingüístico, tan de moda ahora en la filosofía academicista. Las barreras de lo posible se quiebran en sí mismas desde el mismo sujeto a la hora de despegar el vuelo nocturno hacia territorios inhóspitos, confortantes o completamente descabellados, dependiendo la tesitura del asunto y del ánimo del viajero. Las fantasías y las pesadillas están fabricadas de la argamasa de lo que escapa a la ligazón normal de la racionalidad espacio-temporal-causal. Es la causalidad que obedece, en forma al menos, a la casualidad, al ¿por qué no…?: al acaso. La apología de lo imposible emerge desde el acontecimiento mismo. No es casualidad tampoco la ambigüedad evidente en varios idiomas, en los que el vocablo sueño se usa igual para referir al proceso mental ocurrido durante la actividad durmiente, que para señalar nuestras metas y aspiraciones más entrañables con referencia a nuestro porvenir. Graciosa también la manera en la que se conectan la historia con la metafísica, es decir, lo pasado con lo futuro. Curiosa cronología del hombre en la encrucijada del carpe diem, del hic et nunc.


El sueño, es expresado con mayor corrección en lengua germana: träumen. Trauma también es herida, un incómodo recuerdo de algún encuentro desafortunado con las circunstancias pasadas. De vez en vez, estas heridas quedan al descubierto en el letargo nocturno, y es cuando los ídolos se abren paso a través del tiempo: los arquetipos, figuras y demás sujetos de la historia personal, ya transformados en personajes ficticios, cuasi literarios, ilustran la gran novela “incoherente” de las acciones pretéritas recontextualizadas en increíbles paisajes, dentro de extravagantes escenografías. El látigo fustiga al recuerdo, y las rodillas se pelan cuando uno tropieza con una piedra y va a dar al suelo. Pero es de la caída el nacimiento de la posterior prudencia al caminar. Frónesis del dolor, y el sueño como uno de sus más abundantes y peligrosos manantiales de significado.


Quizás, y sólo quizás, la vida de vigilia no sea más que un pie de página de la vida onírica. En los sueños aparecen los símbolos más concretos, ya arraigados en las sub-conciencia, sustancialmente sintetizados por la experiencia de manera contundente, aunque ambigua. Pero igual de ambigua o más resulta la realidad fáctica, el mundo social de la cotidianeidad, de los innuendos y de las dobles morales. Ahora nuestro panorama se invierte: la claridad no se encuentra ya en el mundo de los despiertos, sino en el territorio de los dormidos: dolor de cabeza de Heráclito si convirtiéramos sus palabras no en metáfora, sino en hecho. Las arenas movedizas parecerían ser ahora las de afuera, no las de adentro. Si pudiéramos ser susceptibles de organizar y aplicar la hermenéutica más agraciada a cada uno de nuestros tesoros simbólicos del paraíso de Morfeo, convirtiéndonos en nuestros Freuds personales y autosuficientes, caerían multitud de velos y podríamos mediante un gesto obediencial, con ayuda del timón de Minerva, conducir nuestra voluntad hacia los cauces que verdaderamente le son pertinentes: realizar la ética más perfecta, sin energía desperdiciada ni flechas errantes, lo menos posible. Economía del bon sens.


Calderón De La Barca y su inmortal dictum como nuestro balsero a través de aguas profundas. En todo caso sería menester aprender no sólo a soñar, sino a despertar: a capturar las escurridizas libélulas que pululan y dan sus rondines sobre la vaporosa laguna. Una tarea de por sí bella, pero como todo lo bello, dudosamente aprehensible en sí mismo.

sábado, 11 de octubre de 2008

Estudio sobre "La cascada Amida en el camino Kiso" de Hokusai (Analepsia DXLI)


















El arpa cristalina del fluir.
Helado... frío. Templado.
Fresca conciencia del espacio.
Los arbustos observan.
Hedonismo olvidadizo.
Ánimo aguamarina.
La araña sigue tejiendo.
Inerme, el tiempo arroja su red.
Insignificancia cósmica.