domingo, 11 de abril de 2010

Cruz (Analepsia MCXCI)


Un flujo constante de espesos y aplastantes recuerdos se venía sobre de él despiadadamente bajo la forma de una desorganizada y amorfa avalancha de imágenes, voces y sentidos inconexos, de extraños escenarios y de situaciones dislocadas, todo esto cada vez que intentaba encontrar un claro, un remanso en su interior, apoyarse sobre un lugar en el que pudiera descansar de él mismo por unos instantes, así como se descansa de la presencia de los otros. Casi siempre fue así, pero sobre todo ahora, a su edad, y en el estado en que se encontraba. El viento era intenso en lo alto del cerro, dejándole sordo y ciego cada vez que alcanzaba sus más altas intensidades. Bajando con cuidado por la ladera, tratando de pisar las piedras anchas y no las pequeñas y resbalosas, y portador de un sabor seco y amargo que se albergaba incómodamente en su boca, buscaba pesaroso entre las ruinas y los escombros de su historia personal, aquellas escasas alternativas que aún le quedaban en pos de hallar el sosiego propio, algún faro lejano que pudiera redimirle de su tortuoso camino, alguna antorcha que fuera capaz de arrebatarle la obscuridad de los ojos de la conciencia; algún pretexto, por vulgar e infundado que fuera, que justificara cabalmente lo que él era, pero sobre todo, lo que había sido a lo largo de toda su vida.

Miraba penetrantemente, con envidia y recelo que taladraban las cosas, el liquen que se acumulaba en el tronco de las nopaleras más grandes, las más robustas. Aquél era libre, y no tenía que preocuparse de nada, pues parecía que no pensaba ni sentía, y que no tenía qué cargar con el mortal peso de la preocupación por la subsistencia, como todos los hombres. Silvestre, crecía a sus anchas sin que algo o alguien se lo impidiera, quizás sin siquiera saberlo, sin percatarse de nadie ni de nada. – Eso es la felicidad – repasaba silenciosamente desde su guarida, dentro de su rústica y añeja mente, al interior de esa cabeza semiplateada, ancha y dura, esculpida por una serie de cotidianas adversidades y penurias advenedizas, curtida en el seno de la vida rural, campesina, modo de vida en el cual no se tiene casi nunca tiempo suficiente para este tipo de pensamientos. Era un día especial ése, no podía caber duda.

- ¡Güenos díaaas!

- ¡Güenos días, gracias a Dios! – le respondía la gente del pueblo que se encontraba al ir caminando por la brecha de regreso a casa, respondiéndose todos con el mismo amable pero áspero gesto, con esa calidez rasposa tan típica de ellos, autómata, amabilidad que más bien parece hábito que verdadera condescendencia, ensayada un sinnúmero de ocasiones con su prójimo como una ordenanza ya inconciente, mañana, tarde y noche, a lo largo de sus existencias. Sus manos grandes, ajadas de resecas, mismas que sostenían las orejas de la liebre que acababa de cazar para la cena y salpicadas todavía con algunas minúsculas manchas de sangre adheridas a ellas, proyectaban su graciosa sombra sobre aquellos territorios que él ya conocía perfectamente de memoria, y que podía ubicar sin fallo alguno como un verdadero astrolabio de carne y hueso, sobre los que había levantado nubes de polvo con sus pies mediante sus pesados y constantes pasos desde hace ya más de veinte, treinta, cuarenta, cincuenta años.

Llegando a su destino, dejó la liebre en una esquina de la cocina, junto al fogón, se sirvió un vaso grande de pulque bien frío, y se aplastó en su silla a descansar. Los sonidos guturales de los patos y los gansos emergían a lo lejos en consonancia con el potente mugido de una de sus vacas. El suave murmullo del pequeño arroyo que pasaba por detrás de la vivienda, a lado de su recámara, fungía a su vez como la base rítmica de aquella espontánea sinfonía natural, en la que parecía que cada ruido, onomatopeya, grito, risa o silbido se manifestaba en el momento correcto, perfectamente organizados, como si alguien lo hubiera escrito de antemano, en la partitura del universo.

- Mañana tengo que ir a cuidar el frijol, las calabacitas, las fresas, las habas y los chayotes, terminar de hacer los quesos para llevarlos al mercado, revisar las cabritas y los guajolotes, calentar el agua ‘pal conejo, encargarle al José y al Cipriano que vayan a revisar el maizal, arreglar las… ¿Y cuando se supone que voy a descansar de verdad? ¿Se puede descansar de verdad? No: el hambre no espera, y mucho menos el hambre de los demás, la de aquellos que dependen de uno, que no pueden trabajar la tierra, ni valerse todavía por ellos mismos ¿Es justo todo lo que nos pasa? ¿Qué chingados he obtenido yo de todo esto? ¿Todo esto para qué? ¿Por qué el hambre, el frío, y el tiempo que no perdona? De pronto se sintió mareado, asqueado, presa de un mareo diferente del que le causaba el pulque, pues éste que le asaltaba ahora era un mareo más hondo, lánguido y eléctrico, indescriptible, un malestar que le asaltaba cuando dejaba volar sus pensamientos y los ocupaba en pendejadas, cuando bajaba la guardia de acero frente a sus emociones, cada vez que “se agüitaba”, como él decía.

Todo había pasado demasiado rápido, sin poder saborearlo, sin poder adivinar siquiera su silueta, sin poder, incluso, decidir plenamente lo que hacía. Mucho más rápido que el agua de su arroyito. Un día era niño y jugaba con las mulas entre los árboles de aguacate y de durazno, atrapaba arañas y perseguía a las gallinas a lo largo del corral junto con todos sus amigos, sus hermanos y sus primos. Otro día, sin aviso, se despertó en él el hambre del cuerpo ajeno, el deseo por las mujeres, una poderosa atracción que no tenía nombre ni rostro, pero que lo conducía y lo dominaba como auriga al corcel, por todas partes y en todas partes. Se vio casado con su noviecita al día siguiente, borrosa y trémulamente, como a través del vapor de una olla de agua hirviendo. Los hijos llegaban, copiosamente, día tras día, uno tras otro. Eran niños, crecían, le ayudaban a las labores del campo, crecían más, se casaban y se iban de la casa, y luego regresaban a ella con nuevos niños, con nuevas esposas y nuevos problemas. Todo lo observaba atravesado, volteado, esquivo, como se ven las cosas después de beberse un ánfora de mezcal entera. Lo único que parecía permanecer eran colores, sabores aislados, olores, sensaciones intensas atoradas a la mitad del estómago, en el perineo, o atascadas en el gañote. Las promesas, los regaños, las felicitaciones y las conversaciones, es decir, las palabras, le aparecían indistinguibles como las cumbres brumosas de las montañas, las razones y los juicios parecían haber sido arrastrados, corriente abajo. Estaba viejo ahora: había trabajado toda su vida, mantenido a su familia, se había esforzado para tener lo que tenía, y por tanto, era un buen hombre, un hombre respetado por todos. Un hombre que trabaja siempre es un buen hombre ¿Pero… qué era lo que tenía? Pregunta de por sí estúpida, pues tenía muchas cosas, aunque fuera pobre y muy humilde como todos los del pueblo ¿Pero… qué era lo que tenía? – se preguntaba de nuevo ¿Por qué sentía que no tenía nada? Allí, sentado como estaba, sudoroso, bufando como un buey, jalando aire con dificultad, se concebía como ajeno a todo ese espectáculo: el invariable, constante y monótono espectáculo de él y de su pasado actualizado.

Decidió tomar una siesta, para olvidarse de todo y apagar sus pensamientos, y acaso, para restablecerse de aquel malestar que le aquejaba: - Igual y me levanto, y ya estoy mejor – se dijo. Pero no fue así. Se levantó, y todo seguía igual, e incluso peor que antes. Miró su pared de adobe: gris, sin otro color alguno, llana, sin ninguna alteración, como su vida misma. La poca resolana que lograba filtrarse entre las hojas de los sauces de allá afuera, entraba por su ventana en forma de delgados hilos que se tejían con los de las cortinas y con los de los bordes de la colcha de su cama. Miró todo eso atónito, extrañado, fuera de sí, con el único ojo que le quedaba bueno. El otro ojo se le había cerrado sin previo aviso hace dos años, aparentemente por la muerte de un nervio. Se le había infectado una uña del pie izquierdo de manera atroz, por lo que le tuvieron que cortar tres de sus cinco dedos originales. Se había volado el dedo índice de la mano derecha de un machetazo, mientras quitaba la hierba mala de los campos de tomate hace también algunos años, motivo por el que se había ganado el apodo de “El mocho” entre sus compañeros campesinos. Todas esas cosas le parecían nimias, ligeras, indoloras, en comparación con el sol de la tarde que le despertaba, azotándole con fiereza el ojo, recordándole que estaba despierto, y no dormido para siempre.

Deteriorado como estaba, en todos los ámbitos, y cada vez más sumergido en la más inevitable soledad, había empezado a experimentar desde hace algún tiempo aquel regalo que El Todopoderoso otorga dadivosamente a las personas privadas del sentido rector de sus vidas: el tedio, el hastío, el demonio del mediodía. Largas jornadas de sol a sol en pos del dinero obtenido como paga, habían sido cambiadas por otro tipo de jornadas, aún más largas y más pesarosas, en pos de la muerte. Sólo el sueño y la embriaguez eran capaces de extraerle de tan lamentable estado. Dormido, o borracho, conocía de nuevo la libertad, reencontrando así las tiernas voces de sirena que le llamaban desde el fondo de su íntimo deleite, el olvido de sí, único gozo restante en este insidioso mundo, combinación parca de cielo, tierra y cosas moviéndose por todas partes.

En la lejanía se escuchó el difuminado eco de unas campanas echadas a vuelo, repetidamente, a intervalos iguales, con una majestad sonora incomparable. Muy pronto recordó que era domingo, y que era su deber como buen cristiano acudir a la misa de las seis de la tarde, como todos los domingos desde hacía no sé cuantas décadas, tal y como le habían educado e inculcado sus padres, y a éstos sus abuelos, y a estos sus bisabuelos, y a éstos sus tatarabuelos. Se levantó de la cama con un esfuerzo sobrehumano, acomodó los huaraches sobre sus pies, se puso su sombrero, y salió de su casa, en compañía de su esposa, la actual y única compañera de sus amarguras, igual de vejada, o quizás un poco más que él por ser mujer, pero aún sin percatarse de su situación general de la manera en que él lo hacía: en apariencia todavía preservaba el inocente don de la inercia cotidiana.

En el transcurso de la misa, nunca había puesto tan poca atención en las letanías y en los sermones del sacerdote, ni tanta en las esculturas de madera que representaban de manera plástica la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, con la ropa desgarrada, casi arrastrándose, todo lleno de heridas y de sangre, y teñido de un profundo e insoportable desasosiego que se transparentaba en su fina faz de estuco, descompuesta, anhelante, plena y luminosa de un misterioso y obscuro sentido. Toda su vida había sido devoto católico, había donado sus limosnas sin falta, y había cumplido con todos los sagrados sacramentos que hasta el momento le habían sido propios cumplir, con él y con toda su familia. El altar de su casa dedicado al santo patrono del pueblo, era sin duda uno de los más bellos de la provincia, gracias al cuidado de su mujer y de varias de sus hijas, mismas que lo visitaban cada dos o tres meses para pedirle dinero o para contarle, acompañado regularmente con llanto, de las múltiples peripecias sufridas con sus maridos: era un altar muy ancho, lleno de flores de diversas especies y variados colores, repleto de veladoras y de imágenes del santo, y en el centro, la figura principal hecha de cerámica, excelentemente pintada a mano, erguida, inexpresiva, como vigilando juiciosamente la comarca, poblada de manera vil por sus hermanas y sus hermanos pecadores, ignorantes de los verdaderos mandamientos divinos.

En cierto momento, algo sorprendente ocurrió. Sintió una puñalada en el corazón, seguida de una indescriptible sensación de la carencia de algo, en el seno de la celebración semanal oficiada por la religión de la misericordia y de la resurrección futura. Los humos que emergían continuamente del incensario, mismos que formaban caprichosas figuras indescifrables suspendidas en el aire, en combinación con el potente canto unificado de los feligreses, canto poseedor de ese particular y ardoroso timbre que le es característico, tan lleno de odio disimulado en forma de resignación, le hicieron despertar violentamente como de un extenso y permanente letargo, tan abrupto como cuando uno vuelve a respirar después de haber estado sumergido varios minutos bajo el agua. Nunca había reparado en la hondura de tales actos: siempre le habían parecido como un pliegue más en los mantos de los santitos, o como una greca más en las columnas que sostenían en pie la pequeña pero opulenta iglesia. Esto lo colocó en una particular disposición, furiosa, frenética, desesperada, casi loca. Sentía que le hervía la carne, que le explotaba la cabeza, que su cansancio corporal y anímico se diseminaba como un incendio por todas partes, entregándose a fuertes sacudidas, como un terremoto controlado, aunque no lo manifestara hacia sus congéneres, por respeto al lugar santo en donde se encontraba.

La cruz: la sombra de la cruz proyectada sobre su cabeza, sobre su nombre ¿Y qué? ¡¡¿Y qué?!! La cruz no significaba nada: era sólo un palo cruzado sobre otro, amarrado del vértice. Pero ya casi nada significaba algo para él, incluso esas canciones de alabanza y de gloria que se seguían entonando en crescendo ya casi al final de la ceremonia no eran más significativas que el chasquido insípido de su pequeño arroyo, que nada decía. Con la misma fiereza y resolución de un mercenario o de un soldado trastornado por las crueldades e injusticias de la guerra, clavó sus ojos como lanzas, como era su costumbre, en una de las llagas del costado de la representación plástica del cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo; los clavó tan penetrantemente hondo, que toda percepción del tiempo, espacio y la realidad exterior se desvanecieron por completo, unificándolo todo en una masa entera y omniabarcante, amorfa pero absoluta, dando paso a un sentimiento universal que le rebasaba por completo, que le inundaba cada centímetro de su piel y de su alma. De pronto brotó desde el abismo de su propia interioridad, la inusual y terrible intuición de que todo era sufrimiento perpetuo, dolor inconmensurable, él, las piedras, las aves, las nubes, el viento, el sol, las estrellas, y que no había manera de remediar tal cosa, ni con rezos, ni con limosnas, ni con altares, ni con Cristos, ni con nada.

Como una inesperada y devastadora explosión humana, se levantó abruptamente de su asiento, profiriendo un espantoso y desgarrador gemido inhumano, y salió corriendo del templo, ululando con paso atropellado y tormentoso, dejando tras de sí un singular estruendo que dejó a todos los asistentes perplejos, razón por la cual se tuvo que dar la misa por terminada, entre el cuchicheo y la reprobación total de la mayoría de los fieles que habían sido testigos de semejante ultraje, acontecido vergonzosamente en el interior de la mismísima casa del Señor. Todo un escándalo.

Ese fue el famoso día en el que el buen Cruz Argueta se perdió entre la espesura de la sierra, y nunca regresó con los suyos, ni se supo ya de él jamás. Al menos eso es todavía lo que se cuenta entre la gente de por aquí.

domingo, 4 de abril de 2010

Manchas en el centro de la lente (o el punto de fuga de la representación) [Analepsia MCLXX]



Así, como ves el bosque, es tal y como está.

Verdaderamente verde, y negro, y blanco.

La preocupación es la hermana del apego.

Aprende, hombre, a no temer cuando se hinche tu cerebro.


Nueve veces nueve, saltando hacia las charcas.

Extiende la mano, y enséñame su reverso.

Allí está tu madre, la tinta y su abrevadero.

Siempre algo se oculta: el Alma o la Naturaleza.


¿Alma y Naturaleza? ¿No son ambas mitos superados ya?

Uno echa mano, como buen mancebo de la imagen,

de aquellas cosmogonías extintas, metáforas, vírgenes totémicas,

muy a menudo, con el afán de atrapar al viento.


Si nadie lo ha visto antes, es porque no existe.

Luego se forman los criterios: crédulos de silogismos.

Marchar, estoicos, con la antigua canción al unísono del Todo

si es que no se desea perder el rumbo.


Leer entre líneas: arte de un clarividente cobarde

desde la orilla del escaparate de su abismo.

El horror inenarrable del espejo, ya lo describieron antes.

Lo que aún no han descrito es lo que no hubo, ni jamás habrá.


¿O es que crees que hay algo aquí? Piénsalo dos veces.

O mejor tres: no vaya a ser la de malas.

Lo que aparece, a veces es y a veces parece.


¿Entonces ves el bosque? Allí está… pero no es nada.

Mais vous ne comprenez pas… (Analepsia MCLVI)



Es así como nuestro tradicional alférez de las voces, los aromas y las imágenes pasadas, finalmente se apea de su montura, abriendo paso de esta manera, mediante un enorme acto de misericordia, a las más inconcebibles danzas, las más inusuales armonías y las más impenetrables fragancias. A horcajadas sobre nosotros, ya jinete de nuestra voluntad, comienza a exprimirse y a derramarse sobre nuestras mantas blancas ese ácido zumo del racimo de las sensaciones que uno suele llevar escurriendo por las mañanas frías, con mediana pesadez y una gran mueca de extrañamiento. Éste nos agrada salvajemente, nos convulsiona con premura y nos hace volver en sí de vez en vez, en orden de tratar de resguardar nuestras espaldas de las bestiecillas silvestres, pero sobre todo, de no dejar que el exceso de viento provoque un viraje innecesario en el velero de nuestras disertaciones.

Con violenta frecuencia olvidamos que el calzado que protege nuestras plantas no forma parte del pie entero, igual que el delicado beso del nenúfar blanco no dura para siempre sobre los labios del imperecedero lago. Con una astilla santa entre los dientes y un abundante cúmulo de ceniza en los hombros, se emprende la labor diaria del camello y se edifican, como colmenas levantadas en medio de la nada, las horas más grises de nuestras vidas. Dicen que un trago de vodka puede abrir las aguas de los mares si es preciso, y acaso con dos tragos sea posible separar la luz de las tinieblas, recrear el mundo, emulando todas sus imperfecciones.

Tumbado de bruces sobre esta meseta de frescas telas y de inclinaciones desahogadas, mido mis pasos con el instrumento de mis palabras yertas, a contraluz del sagrado elixir que emana la misantropía, y del abismal efecto que produce el arte en las retinas sutiles y en los tímpanos bien educados: aguas que corren encontradas en el cauce íntimo de la fe en lo humano, opacas y translúcidas como es usual, ya sea desde los apabullantes latigazos o desde las confortantes caricias, dictado completamente dependiente del acomodamiento de las runas y de la colocación de las estrellas.

El niño que juega, travieso, con las tablas de la eternidad.

Javanese Gamelan (Analepsia MCXXXI)


En el horizonte acuoso de nuestra retina,
el Alma,
suele proyectarse, esporádicamente,
una singular potencia velada de continuo,
generada, quizás,
por ciertos vapores ígneos que penetran nuestros tímpanos
en muy aisladas y escasas ocasiones,
misma que se recupera lento,
Abnegada,
Prudente,
Progresiva,
como la crepuscular marea que engalana su pasado:
esa vieja y sabia influencia que yacía enterrada
bajo los verdiazules campos de sus burbujas sonoras,
silenciosas mónadas del cuidado del espíritu.

Exiliadas, como todos los verdaderos colibríes,
tales ondas metamórficas se esconden, juguetonas,
vibrando desde un único punto descentrado,
Estirándose, Propagándose, Diseminándose,
viajando intrépidas,
sorprendidas de ellas mismas,
hacia otras tierras cristalinas desde sus trémulas voces,
Madres de toda Disidencia,
vehículos únicos,
valiosos envoltorios.

Es así como estallan todas
de una sola vez,
Descarnadas,
Elegantes en su andar manchado,
Equilibradas en su oscilación hipnótica,
como mujeres enjauladas liberadas a la fuerza,
dejadas al azar y a la indeterminación punzante del mundo,
discípulas de sendas ecuaciones huecas,
huérfanas de sí mismas,
nostálgicas y añorantes
de la cálida mano del labrador de tambores
y de su hermano, el fundidor de campanas.

Así, una vez ensanchadas las filas de los sueños,
la linfa y la savia se dejan ver
desde el fondo de las cosas,
dejando entreabiertas las celdas
por donde, lánguida, escurre la orientación de nuestro cuerpo.
Esas células restantes,
Múltiples escombros de convulsión mesurada,
son ahora el único legado de nuestras esmeradas batallas,
habiendo dejado tras de sí, disfrazadas de memorias,
a manera de una estela polícroma de metáforas lumínicas,
un peculiar sentimiento de anonadamiento,
un éxtasis metálico con ecos de madera tropical
y una fuerte resonancia en el fin de las eras.

Sobreviene de pronto un sostenido impulso,
un guiño,
un desliz subcutáneo:
es el gamelán que entra de nuevo en el templo.

lunes, 8 de febrero de 2010

La puerta abierta (Analepsia MCXXVIII)


- No, no es propiamente un sentimiento de culpa. Uno no puede sentirse culpable de lo que está obligado a sentir, de lo que otros te obligan a que sientas. No puedes avergonzarte de haber golpeado en defensa propia a alguien que te golpeaba constantemente, o de odiar profundamente a alguien que te hacía comer mierda, que te violaba, o yo qué sé. Sin embargo, esto es distinto, porque no he sido yo el que lo ha hecho.

- Entonces, no hay culpa.

- No, no la hay. Pero hay otra cosa, algo similar, porque es casi como si yo lo hubiera hecho, aunque no haya sido así. Todo mundo sabe que la persona más interesada en hacerlo era yo, y a veces me cuesta trabajo creerme a mí mismo cuando me digo: "no lo haz hecho tú, sino otra persona".

- Ya veo.

- No puedo dudar que casi todas mis fuerzas anímicas estaban concentradas y dirigidas para que tal cosa se lograse. Bien sabía que estaba mal, incluso el sólo llegar a pensarlo, pero, como te digo, no era culpa mía pensarlo ni desearlo, pues me veía obligado a hacerlo. Estuve a punto de hacerlo dos veces, pero en las dos, al último momento, me arrepentí, y no llegué a su concreción.

- Tu convicción era fuerte. Sabías que estaba mal.

- Sí, sí que lo sabía. Pero probablemente había pocas cosas que anhelara tanto como que eso pasara. Una semana antes, en una reunión de amigos, enuncié presunciosamente, y también un poco harto de la situación: "Doy una semana y media, o menos tiempo de plazo, para que suceda". Y casi de un momento a otro, ¡zaz!, se hace realidad. Fue como si le ordenara a las potestades naturales que fuera hecho so pena de castigo, y ellas, temorosamente obedientes, llevaran a cabo mis caprichos. Siempre suelo quejarme de mi suerte y de los designios del hado al expresar que lo que deseo nunca se cumple ¿Y ahora, qué puedo decir? Cuando por vez primera se cumple un deseo en el que he persistido durante largos años, de pronto, me siento afectado, y no liberado, como debería de ser. Quizás no fue tanto por el resultado en bruto, sino por las circunstancias en las que fue concretado.

- Sí, son verdaderamente trágicas. Aún le compadezco.

- Allí podría estar el meollo: yo también le compadezco, sobre todo le compadezco. Mi odio no se disipó y ciertamente me alegro de que se haya ido, pero era un odio muy ligero, pues yo estaba bien conciente de su ignorancia, y de que todas las cosas malas que ejecutaba contra mí, se debían a su falta de autoconciencia, a su naturaleza animal, puramente instintiva. Por tanto, no era odio, sino más bien, malestar de estar a su lado, en el mismo lugar en el que me encontraba. Perturbaba mi tranquilidad. Quizás le quería un poco: inspiraba ternura en mí, simpatía, o algo parecido, pero tampoco nada demasiado fuerte. Más bien sentía compasión de su estado, y del poco control que podía tener sobre sí, sobre sus actos y sus "decisiones". A lo mejor a través de esos actos arrojados e irreflexivos me veía reflejado, identificado, durante mis momentos más radicales o más incomprensibles, y a la mayoría de mis semejantes.

- Claro. Creo que te entiendo.

- Quizás yo haya entrado en un estado de sonambulismo, y no haya recordado que lo hice. Y bajo ese efecto, lo haya hecho, efectivamente.

- ¡No, no digas eso!

- No hay manera de afirmar lo contrario.

- ¡Claro que sí! Había vecinos, testigos, no sé... alguien tuvo que haber visto algo...

- Quizás. Si es así, el brazo de la justicia me alcanzará en algún momento... je je. Pero no lo creo. Esperemos que así sea, por el bien de todos... me parece bastante remoto que acontezca. Mejor hablemos de otra cosa.

jueves, 21 de enero de 2010

El otro segundo gran mandamiento (Analepsia MXXX)


Sólo la letra prevalece tras las eras, haciendo en efecto posible que Borges le obsequie sus trabajos a Lugones, y que Qohelet siga siendo todavía nuestro sabio padre, nuestro anciano consejero, tan loco y tan cuerdo como el también monarca Lear y su séquito maldito de bufones y serpientes. Uno siempre, por costumbre o convicción, se despide de los otros al anochecer: se le arropa al niño otorgándole un cálido y sincero beso en la frente, se le persigna al marido, se le abraza a la madre y a la hermana, deseándoles plenitud en su reposo y un alivio prolongado mientras abandonan la concretud de la existencia, durante unas cuantas miserables horas. La piedra de toque ha llegado al corazón entonces, transmutando en sólidos y dorados granos de trigo y de centeno, aquel despreciable cúmulo de vulgaridad y de monotonía que solía pesar sobre nuestras espaldas, masa amorfa de necedad y de egoísmo que antes prevalecía, como cortina de espesa niebla, alrededor de los cuerpos y de las cabezas más allegadas a la nuestra.

Finalmente, al caer la noche, uno observa con taciturno sosiego y con una inenarrable tranquilidad de conciencia, los rostros y las figuras de los otros desvanecerse en la ignominia, perderse en la lejanía, del mismo modo en que uno lo termina haciendo todos los días, como el sol, más o menos a la misma hora. Todos igual de débiles, igual de obedientes, igual de receptivas y de mansas víctimas que uno mismo frente a la involuntariedad de lo acaecido, igual que cualquier individuo que decida colocarse el apellido genérico “hombre” como adorno de sus ropas. Toda injuria se disipa, toda testarudez se evapora, todo encono se desvanece dando paso a un continuo reconocimiento de la fatalidad humana, de su profunda impotencia y su omnisciente ignorancia: el dulce sueño que lo iguala todo, al igual que la muerte. Sólo entonces, y sólo durante esos fugaces y particulares momentos, es cuando a uno le es posible amar verdaderamente al prójimo, sabiendo de antemano que el amar no es más que una avasalladora reacción innata ante la honda y dolorosa comprensión de las cosas y de los hechos, una inesperada y sublime afirmación de la vida, vacía y terrible como es, indescriptiblemente hermosa en su resplandeciente falta de valor absoluto. Por eso también digo: “Amad la lectura, y aún más a la escritura, amadlas tanto como se le ama al prójimo, porque sólo la letra es capaz de vencer lo inevitable”.

lunes, 11 de enero de 2010

On mirages [De la serie: "Las criaturas del hombre"] (Analepsia MXX)


"El propósito no es sino el esclavo de la memoria,
De violento nacimiento pero poca validez,
Que ahora, inmaduras las frutas, se pegan al árbol,
Pero caen sin sacudirlas cuando están maduras.
Muy necesario es que olvidemos
Pagarnos a nosotros mismos lo que nos es debido.
Lo que a nosotros mismos en la pasión proponemos,
Acabada la pasión, el propósito lo pierde.
La violencia tanto del dolor como de la alegría
Sus propias ejecuciones consigo mismos destruyen.
Donde la alegría más festeja, más se lamenta el dolor;
El dolor se alegra, la alegría pena, por un leve accidente.
Este mundo no es para siempre, y no es extraño
Que también nuestros amores con nuestras fortunas cambien,
Pues es una cuestión que todavía tenemos que probar
Si el amor guía la fortuna, o la fortuna al amor.
Caído el gran hombre, mira huir a sus favoritos;
El pobre ascendido hace amigos de enemigos;
Y hasta ahora el amor cuida de la fortuna:
Pues al que no lo necesita nunca le faltará un amigo,
Y quien necesitado pone a prueba a un amigo hueco
Directamente lo repara para enemigo suyo.
Pero conviene terminar donde empecé,
Nuestras voluntades y nuestros sinos corren tan contrarios,
Que nuestros planes pronto son derribados:
Nuestros pensamientos son nuestros, sus finales nada tienen de nuestros."


William Shakespeare, 1601



miércoles, 6 de enero de 2010

Breve meditación sobre el minimalismo (Analepsia MXIX)


¿Desde qué anchos y largos ventanales es posible asomarse al fenómeno del minimalismo? ¿Desde qué eminentes paredes de cristal, desde qué barandales de metálica tersura? ¿Es acaso este fenómeno un mero ejercicio estilístico que ensaya la catarsis de la ausencia, un logro ascético de perfección técnica, un proceso aséptico contra las infecciones deplorables del mundo contemporáneo? ¿O quizás la expresión más conciente y más precisa de la muda sacralidad de lo Uno, de la carencia innombrable del No-Ser?

Considerado a menudo sólo como un soplo de polen metálico sobre los ojos agresivamente saturados de objetos, los oídos de ruido y la inteligencia de barroquismos sensibles y de letras porosas, el minimalismo parece ser mucho más de lo que en realidad se ha esbozado que es, o en sus propios términos, mucho menos de lo que en realidad se aspira a que sea. Less is more: dictum medular de su estética subyacente. No olvidemos este dato, de capital importancia para la entera (in)comprensión de sus no-propósitos.

En las canteras del minimalismo se ofrece, casi como en ningún otro contexto ni zona productiva, material blando y maleable para la práctica de la dúctil esgrima de la poética: la hermosa sinfonía de los espacios abiertos y los tiempos congelados, largas planicies de tenues vacíos, de cómodas y acogedoras nadas que, unidas en amalgama con el efecto de la relajación de las cuerdas que atan la mirada a la multiplicidad de los entes, devela la unidad en lo esencial inmanente, en cada pedazo de materia bruta, aislada y coherente.

Danza, canto, juego de esencias. He allí su definición más óptima, la más reduccionista ¿Qué es el minimalismo, en última instancia (de haber tal), sino pura y llana reducción de todo lo que existe, labor incansable del intelecto para con la realidad y de las horas con lo eterno? La pulcritud de asumirse en la precaución afectiva, en la moderación de lo autónomo, de rozar por unos instantes la frágil piel ósea de la simplicidad. En ella, adecuadamente encuadrado, el punto se integra y la línea de desliza hacia territorios inconmensurables, de manera idónea, ideal, idealista. Vértices solidarios, firmes estructuras asentadas sobre la serenidad sensorial, en la falta exacta, en la acabada incompletud. Perfume de atmósferas y movimientos lentos, apacibles, suaves y metódicos paneos por encima de las ciudades y de la vida natural. Monotonía que enarbola horizontes, paisajes congelados de sosiego beato, pacífica batalla entre luz y sombra, equilibrio irrepetible que resulta de ella.

¿Cómo es que se consiguen el tipo de efectos que tienen sobre el hombre joyas espirituales como la paisajística Chan y Zen de la pintura budista-taoísta, como los violines de Pärt y el piano de Satie, como los edificios de nuestro Luis Barragán y los videoclips del ajeno Chris Cunningham, como el platónico suprematismo ruso de Málevich y la también rusa grandeza mística de Tarkovski, como el trazo de la inocente y elegante caligrafía del haikú sobre la ceniza arena del jardín callado, como los puntuales beats y las secuencias atmosféricas aisladas del Intelligent Dance Music incluso? Parecería que no nos dan ningún efecto, sino al contrario, desvanecen limpia y hábilmente las sombras indeseables del efectismo en el arte: este tipo de tesoros descubren, mediante su muy básica pero misteriosa gracia, la inimaginable virtud de situarse en medio de las cosas y de no necesitar de nada más que de lo presente. Un par de muros, de sonidos, de luces cenitales, y no más que eso. Allí está el contento propio del sí mismo, la gustosa contemplación del espectáculo mutista.

No creo pecar tampoco al calificar al minimalismo como una estética de lo sublime por encima de otras más, puesto que, quisiera escuchar, ¿qué existe más sublime que los picos nevados que alzan, solitarios y silenciosos, a la orilla de los pueblos? ¿Qué hay más sublime que el continuum del cielo infinito, sin ninguna nube ni ave en él que le manche; o que las magnificentes mesetas del mar calmo, carente de embarcaciones, sostenido sobre los cuatro rumbos como un espejo abismático de nuestras metafóricas profundidades? Es el vacío que hay en ellos lo que apuntala la duda primaria y el deseo de vacuidad, lo que inicia la combustión instantánea de las palabras y los conceptos frente a la majestad de lo indefinible que sobrevuela sobre nosotros, sosteniéndonos sobre sus lomos. El thauma en el hombre responde, en su estado más inmediato y más permanente, al minimalismo de la mente en grandes concentraciones: la captación del sunyata universal no se logra del todo, sino bajo algún tipo de estado minimalista que ofrezcan, modestas, nuestras capacidades espirituales.

Dentro de este delicioso y transformador juego, no con lo irracional sino con lo a-racional que es el minimalismo mismo, es muy pertinente el no-esperar, el esperar nada, pues nada viene en realidad antes o después de él, sino sólo lo que se muestra en su desaparición de los extremos temporales, es decir, en su montaje presente. El mejor remedio contra teleologías vanas y contra preciosismos pretenciosos se encuentra asimismo en el minimalismo. El sólo hecho de atribuirle al minimalismo un uso, como remedio contra algo, ya es empezar a enlodar las flores (Wittgenstein sabía muy bien esto: su “filosofía” lo refleja, como casi ninguna otra lo logra). El minimalismo, siendo él mismo como es, se erige sobre el sentido y el sin-sentido bajo el disfraz de eminente espiga de acero, vigía de los módulos concretos, de los panales de aluminio y de las colmenas de albo yeso: nada se le pregunta, pues todo ya se ha respondido a través de su sólo estar, de su sólo callar en la soledad de las formas y los arquetipos del mundo.

Me sigue pareciendo que lo que he adelantado sobre el fenómeno del minimalismo aquí, es en realidad muy poco para todo lo que deseo expresar y agradecer respecto de esta sutileza: dejemos que así sea por el momento, acorde con su íntima naturaleza y por el beneplácito de su noble estirpe de sencillez.

El mundo a la mano (Analepsia MXIII)


Con singular delicadeza y esmero
paso las páginas, una por una,
¿y qué es lo que encuentro?:
salidas, entradas, pedazos de barro
y mares perdidos enmedio del bosque.

Allí está: la montaña blanca,
erguida y olvidada
por los halcones pasajeros,
aquellos que solían hacer sus nidos en lo alto,
y la gota de rocío
que reflejaba puntual, sus nieves, a diario.

No es lo mismo abrir los ojos que abrir la carne.

Allí está: la gabardina bien abrochada,
los lentes y el aserrín de lado, derramándose
encima de las herramientas viejas.
Trazos de un entrecejo encendido
por estallidos varios y renovadas confrontaciones.

También allí está la recámara,
y el velo de Maya que la recubre.
En el librero, apilados en pares y en tercias,
se encuentran, sin uso,
los manuales éticos y los códigos morales,
ambiguas manchas de ilusas tinturas.

Soberbio y tibio como siempre,
el saber absoluto me visita y me arropa en las noches más frías;
me cuenta historias fantásticas, cuentos de niños,
fábulas de peces-luz
y de armazones míticos para dormir tranquilo.
Me cuida como una verdadera madre,
me da alojo en su cálido seno,
mientras allá, afuera, en la intemperie,
las cosas se hinchan, estallan y nunca regresan.

Él permanece, sin embargo, amoroso, entonándome canciones de cuna,
una tras otra,
liberando esas aves perfectas de polen y arena.

Y uno sigue pasando las hojas,
paseando a las hojas,
se siguen posando las hojas
sobre la tensa superficie de la iletrada laguna.
Uno sigue siendo rescatista de horas ajenas
y pulidor incansable de piedras de río.

¿En dónde es que está la medula, dime?
Porque yo no la siento, ni la veo, ni la oigo.
Quizás detrás de todas las cosas,
o por debajo de ellas,
como aseguraban a rajatabla,
pedantes,
las milenarias barbas rizadas.

En realidad lo que soy primordialmente lo he encontrado
pasando los ojos
por encima de los vastos atlas y de las hondas enciclopedias.
Ciertamente, allí está todo: lo viejo, lo nuevo, lo que viene en camino.
Está también tu brazo, tu mano, tu dedo, tu uña, tu huella dactilar.
Están los Himalayas, Antoine Lavoisier y el Apocalipsis.
Está lo de arriba, como lo de abajo, y hasta lo de enmedio.
Tierra a la vista: savia de viajes, néctar de estudios.
Ahora es que lo miro todo, pero nunca lo he visto.
No es lo mismo abrir los ojos que abrir la carne.

Pericia (Analepsia MIII)


Es así como el pianista,
de frente a su instrumento,
se prepara las manos,
y dispara, despiadado, los cielos.

También es así
cuando,
por casualidad,
la chica se desnuda,
translúcida,
enfrente de la ausencia.

¿Cómo es que sólo
un leve inclinarse revela,
de reojo y sin esfuerzo,
la porción exacta de luz
y de sombra que se necesita
para retratar al tiempo?

El manejo de los instantes
le pertenece a los maestros.
Hay maestría en desnudarse,
así como la hay en colgar las flores
sobre los pórticos de las despedidas,
o en sonreírle a los perros
cuando éstos ladran y más molestan.

Es el oficio lo que cuenta.
Los ojos y los rincones
se doblan de par en par
al apenas tañerse las cuerdas de lo exacto.

Es así como el pianista, al final, baja la tapa del piano.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Esta es la entrada que suma ochenta y cinco entradas dentro de las entradas en total que contiene este modesto pero pintoresco blog (Analepsia MII)


¡En grotesca situación nos encontramos, caballero! ¡Feliz año nuevo y triste el que se larga, más no el que se alarga, o sea, el novísimo que anuncio! Siempre lo viejito huele a polilla y a acetato, y es por eso que hay que mandarlo de inmediato a la chingada ¿Qué es "la moda" sino esta deliciosa payasada? ¡Adiós, añito engorroso, que me has dejados tantos dulces baratos, tanto barullo sabrosito y tantas puestas de-a-perro inolvidables! Desde los confines de nuestra humilde mesa, "I salute to ya, oh, thy gollems of Babylon"!


Hoy, también, desde las comisuras del Nuevo Mundo, les mando a todos mis queridos seguidores del blog (o sea, dos o tres personas), un álito fugaz de rosas morenas y un beso de concreto bien pesado (o sea, correctamente calibrado). Muchas bendiciones para todos, edulcolorantes en sus bebidas y garrapatas en las sienes de sus enemigos más perniciosos. Desde acá, del pedestal de la vida cuasi-vegetativa, les mando un caluroso saludo, lleno de aprecio, cariño, buenas vibras y quejidos marranos de bolsa tuerta de torta de La Villa ¡Rediéz, el bonobo que me parió! Aún en medio del peligro de quedarme ciego de por vida, les extiendo una cordial invitación para mi cena de esta noche. Vengan, estará genial: habrá pavo, bacalao, lomo de res, sadismo, sepulturas a domicilio y jugarrertas imorales con las novias guapas de los demás que no sean yo.


También quiero extender la invitación para que pasen a ver mi galería escondida bajo tierra de los momentos más memorables del año que se pudre y se desintegrará en unos cuantos minutos: los amores, los desamores, las fiestas, los viajes, los logros académicos, los tesoros familiares, las mejores putas, las esferas concéntricas, las férulas parlanchinas, China, Ceilán, Nezahuacóyotl, Aleluya, jazz moribundo, cerruchos y bosquejos bigotones ¡Todo en un sólo huevo! ¿Pueden creerlo? ¡Cuánta guasa, señoras, cuánto simpático sacrilegio!


Malabares de trucha y confetti de Sicilia: sí, señor... eso es lo que ustedes se merecen, amables radioescuhas / televidentes / navegantes en los mares de la ridícula-pero-utilísima materia metafísica veintiunesca llamada internet. Una vez más, dedos en sus maracas, abrazos, uvas, campanadas, caravanas de desnudos. Reloj: 1-2-3-6-5-4-7-8-9-6-6-3-6-4-1-2-3-6-4--3-3-3-6-9: salvavidas, gorda, papel y cinta, Cynthia, cifra, Cypher, Sutra, saga, Centra, sopla, giro hermenéutico, vertiginoso escupitajo desde el último piso de la torre de Babel: nadie entiende nada, pero ¡ah!, eso sí, todo el mundo que se abraza y que se desea felicidá a diestra y siniestra, como reses consumistas, como cabras neo-liberales de tercer mundo y del más allá ¡Pues qué chingados: yo también le entro al jueguito! ¡Ya estuvo bueno de ser tan mamón! ¿No? Allí les van mis venias: ¡Viva la vida, muerte a los traidores y pax alos onvres de vuenna boluntat!


¡Hammónnn!

On monsters [De la serie: "Las criaturas del hombre"] (Analepsia MI)


"De esa manera, a la cantidad de monstruos que el hombre ha podido crear, la orquesta, la cacería, la poesía, aparece el más cambiante instrumento de aprehensión, el que puede estar más cerca del torbellino y el que puede, al derivar de este germen una sustancia, tener un cuerpo de la más permanente resistencia. ¿Luego es posible el aislacionismo, de un monstruo elaborado por el hombre donde puede aprisionarse el germen y su desarrollo, la constitución de un ente germinal? ¿Luego existe el germen capaz de constituirse en ente de poesía y no en ser o en existencia? Es posible entonces la poesía en el poema; es posible que la visita en el tiempo pueda reconstruirse, permanecer, repetirse. Puede situarse la iglesia debajo del Órgano, o como afirman algunos teólogos protestantes, la única fe diferente en cada individuo puede desgajar el espanto, y en el espanto construirse la torre. En la visión última, ¿es la torre o el poema? Mientras el vislumbramiento de la torre en la última visión es incomunicable, la seguridad de la existencia del poema es continua e inmediata, pues en el poema la imagen mantiene el fuego de proporciones, y en la poesía, la metáfora, no en el sentido griego de verdad como develamiento, sino en lo poético de obscuridad audible, adquiere su sentido de metamorfosis que justifica sus fragmentos. (Tal vez las asociaciones, los ritmos que Rimbaud llama nadas, y que elaboraba en tal forma su silencio que salía de ellos diciendo: déme papas, déme vinos. O al final, cuando le era casi imposible escribir a Mallarmé, y nos decía: he perdido la razón y el sentido de las palabras más familiares)"
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José Lezama Lima, 1948

sábado, 19 de diciembre de 2009

Tierra prometida [Promesses de une terre encore très lointaine] (Analepsia M)


Por fin... hemos llegado.


¿No es hermoso?


Hemos llegado limpios, ligeros, vigorosos. Sin ideas absurdas, sin olores penetrantes ni acérrimos sabores.


Hay una mancha en la orilla. Es alguien, o algo, o un reflejo de nenufar quizás.

Polen en los cabellos: despeinados, rubios, claros. Una maraña de suspiros. El sol embiste de lado. El atardecer, los montes, las nubes.


Creo que hoy es miércoles. Sueño de marzo.


Mira mis dedos: son delgados, como tú ¿No te hace gracia? ¿Por qué ríes entonces?


Los árboles se mecen despacio, acurrucan las hojas. Bailan y cantan tranquilos.


¿Cuántas cosas han quedado detrás? No lo recuerdo.
¿Cuántos somos? ¿Uno, dos, ciento cuarenta y cuatro mil?


El lago lo sabe todo.
No hay aire más fresco que éste.


Ojos cerrados. Cruza la libélula por enfrente: se ha ido el silencio. Allí está de nuevo.


Finalmente... estamos en casa.


¿La vida?

On fairytales [De la serie: "Las criaturas del hombre"] (Analepsia CMXCIX)


"En una ocasión compilé una antología de literatura fantástica. Tengo que admitir que el libro es uno de los pocos que un segundo Noé debería salvar de un segundo diluvio, pero denuncié la culpable omisión de los más importantes e inesperados maestros del género: Parménides, Platón, Juan Escoto Erigena, Alberto Magno, Spinoza, Leibniz, Kant, Francis Bradley. De hecho, ¿qué son los prodigios de Wells o de Edgar Allan Poe - una flor que nos viene del futuro, un cadáver sometido a hipnosis - comparados con la creación de Dios, con la elaborada teoría de un ser que en cierto modo puede ser tres y que solitario perdurará para siempre sin tiempo? ¿Qué es el bezoar comparado con la idea de la armonía preestablecida? ¿Qué es el unicornio al lado de la Trinidad? ¿Quién es Lucio Apuleyo ante los proliferadores de Budas del Gran Vehículo? ¿Qué son todas las noches árabes de Scheherazade comparadas con un argumento de Berkeley? He venerado la invención gradual de Dios; también del Cielo y del Infierno (una remuneración inmortal, un castigo inmortal). Son invenciones admirables y curiosas de la imaginación del hombre."


Jorge Luis Borges, 1966

Iluminación esnob (Parte I) [Analepsia CMXCVIII]


Preñado de referencias canónicas e ineludibles, corro con orgullo y desenfreno por la acera anímica del Cosmos, como un pavorreal desbordante de mundos, de mundos poderosos y reales, no de fantasmagorías cotidianas ni de banalidades varias. Toda la sangre sube a mi cabeza y se agolpa allí, anarquista de la gravedad: me hierven los cielos, las aves, los cirros. La pistola cargada / la pluma cargada / el ingenio cargado a punto de disparar a mansalva sobre aquel despiadado y blanco retador que siempre nos intercepta de frente en el camino hacia la inmortalidad, que nos desafía con su vacío, con su nada, con su “antes-del-Fiat”: digno y querido enemigo. Con mi camisa de once varas puesta y bien abrochada, veo la noche aproximarse, y después de ella, me estremezco anticipadamente ante el presentimiento de la súbita rasgadura de la aurora. Hoy todos somos soles, estrellas perfectamente alineadas, continuum poiético de un magno soneto universal que ha permanecido escribiéndose por milenios y que se sigue escribiendo sin ánimos de cesar algún día, llevado por la mano y obra de sendos avatares lumínicos, pasados, presentes y futuros, poseedores y herederos todos de la noble antorcha del hombre: no tan numerosos pero numerados puntos tangenciales trazados sobre Nuestra Única Circunferencia. Rostros, voces y aromas de aquellos héroes prometeicos que han ganado, indiscutiblemente, su lugar en el Valhalla.

Pienso en Dante, en Shakespeare, en Cervantes, en Goethe y en Joyce, y se abre violentamente ante mí un mar inconmensurable de ambigüedades, de efluvios fluorescentes, de barbas-cimas puntiagudas y de horas implacables, insuperables. Todo lo humano se ha dicho ya, se han estirado las lenguas hasta reventar, se han agotado los moldes para hacer memorias. Una serie de intimidantes sombras se ciernen sobre nuestros cuerpos, obscureciendo todas nuestras aspiraciones. Y sin embargo, henos aquí, ingenuamente, al pie de la trinchera. Nos imaginamos guerreros, y no puede ser de otra forma.

Pienso en Whitman, en Khayyam, en Rilke, en Pessoa y en Gorostiza, y nuestras rodillas flaquean, nuestros ánimos se cubren de escombros y las torres vigías de nuestros sueños se hacen pedazos al más leve contacto con la bala de cañón del canon, lejana, pero certera en su derruir. De pronto despuntan, como navajas sacramentales, luces de Kerouac y Ginsberg, de Rimbaud y Baudelaire, de Ovidio y Virgilio, de Chaucer y Bocaccio; luces que iluminan vasto y hondo, que tiñen e inflaman nuestro horizonte, avivando la brillante criatura etérea que se alberga fluctuante en la leña de mi inspiración. Se incorporan de nuevo los bridones a la contienda, de antemano ya perdida.

Pienso en Proust, en Dostoievski, en Kafka, en Tolstoi y en Dickinson, y nuestras preciadas y aterciopeladas cortinas se caen de los ventanales, dejándolos desnudos, desprotegidos, frágiles e impotentes ante la ceguera ocasionada por la lanza oblicua, la potencia heredada de los genios. Los cuervos graznan sobre las tumbas del deseo sublimado. Un parpadeo de Woolf o de Beckett es suficiente para descuartizar un asno, así como las flores Poe esperan gustosas todas las primaveras ser polinizadas por el insecto Wilde. Un nuevo Homero ha brotado de la tierra, con finos pétalos de Verne y fuerte tallo de Molière ¡Avanti, avanti, ya casi tomamos el alcázar!

Pienso en Borges, en Huidobro, en Cortázar, en Hernández y en Lezama Lima, y todas nuestras ciudades semi-perfectas se hunden, colapsan, se humillan, polvorientas, y le besan las sandalias y la toga a los ídolos de mármol. A orillas del río Rulfo, Inés de la Cruz lava su hermosa cara mientras Bécquer se ha bajado De La Barca y ha planeado conquistarle. Las Revueltas nunca traen la Paz a los pueblos, y menos a los territorios amurallados de Góngora y de Quevedo. Suaves gotas de nieve-miel escurren de los cántaros de Machado y Carpentier, y se posan suavemente sobre los deliciosos dieciocho senos de las musas trepidantes. Yo los lamo con gusto y con lascivia, me alimento y me resguardo en sus musicales pechos: así es como me olvido fugazmente de las estaturas que opacan y de las magnitudes que intimidan. El amargo sabor a Eclesiastés que invadía mi boca cede por unos momentos.

Liso, llano, simple, inocente y desentendido como un niño contento en medio de un tétrico bosque lleno de fantasmas, me hago a la tarea diaria de acrecentar mi sordera y mi ceguera ante lo ya dicho y lo ya fijado de una vez y para siempre. Los cantos de las sirenas no han logrado todavía aplacar mis modestas intuiciones, ni la Madre Gorgona ha podido todavía convertirme en piedra ágrafa y estéril. Después… quién sabe. El tiempo reza lento sus oraciones matutinas. De pronto, la fiebre vuelve a retomarme, mientras la historia de la literatura cede y se agazapa, acobardada, en un rincón de mi alma, habiéndome de antemano ya infectado felizmente con sus póstumas bendiciones. Un papel, un golpe, una lámpara de aceite: eso es todo lo que necesito por ahora.

lunes, 14 de diciembre de 2009

"Nunca cambies" [PJ Harvey’s “This mess we’re in” footprints in the snow] (Analepsia CMXCIV)


Adelante: los caprichos no esperan al atardecer.

Tras la pesada y frágil cortina que ningún ser vivo es capaz de vislumbrar, bailan vigorosas un par de piernas sueltas y bien formadas, y sobre ellas, revolotean veinte alondras parduzcas mientras tejen canciones de juventud. Algunas alegres, otras tristes, otras púrpura, magenta y violeta.

Se oyen un par de clarinetes por encima de los edificios intelectuales, monolitos que rasgan andróginos el tiempo archivado, como queriendo apuntalarlo sobre su propio eje a manera de suave y cruenta espiral, de castigo infinito. Una vez que se anestesian los ojos, se pierde para siempre aquel fruto emergente del ayer y del mañana: consuelo, bendición y escudo. Ecos del bosque, bramidos del mar, antorchas de la ciudad.

Miles, millones de seductores cuerpos llenos de adrenalina y de plata pura disuelta en el agua de la mañana clara agitan con fuerza sus emociones, como palmeras extasiadas en pleno huracán, con el único fin de ser recordados prematuramente, de permanecer grabados en la tablilla de cera de los cirros y de las marejadas, hermanos impertérritos de la continuidad universal.

Más nada consiguen… o al menos no demasiado. Es así como los niños pierden todos sus espejos.

Salen las notas de sus nidos. El desorden toca todas las ventanas con cruel parsimonia. Prestas las amalgamas, las simbiosis y los cariños varados para el combate instantáneo. Todos a un tiempo, a dos, a tres, a cuatro, a cinco, a seis. Un ancla gigante vuelca su sombra sobre las cabezas desparpajadas del solitario dios, sobre el amor amasado de los siglos que no se supo entregar con propiedad en las bocas adecuadas ni entre los muslos propicios ¿Acaso siempre fuimos abedules, eucaliptos, sauces, acacias blancas, fórmulas y procedimientos que nunca pudimos descifrar, que nunca fueron susceptibles de interpretación?

Allí siguen: los juguetes, las muecas exageradas. Parte de lo que fuimos, ahora clama y declama sobre el cementerio de los ídolos y de las navidades brumosas.

Ahora somos, en esencia, otra cosa distinta de ahora. Y en sustancia, otras seiscientas mil cosas más. Lo que somos ahora, lo somos en forma de neblina huidiza, de sutil y fugaz perfume de Diciembre, de Enero, de Febrero y de Marzo. Restan sólo las dádivas y los pergaminos rotos, pasos en falso sobre el puente que se tiende sobre los tres abismos que se pierden y se encuentran por siempre entre ellos. El anciano saluda y vuelca su alegría sobre la arena. Sus largos cabellos, cables gigantes de hielo, acarician con controlados latigazos el lomo de la estampa de la que se fue parte, y que ahora navega sin rumbo aparente, sin puerto, sin embarcadero, sin llegada ni salida.

“Nunca cambies”: ayer me lo ha dicho mi amada antes de marcharse.

¿Cómo se supone que he de responderle, si es que le amo todavía?

viernes, 11 de diciembre de 2009

Manos de humo y de niebla (Analepsia CMXCI)


La última esperanza permanece, encendida, en nuestros corazones,
como un inútil farol que alumbra las calles abandonadas.
La posibilidad, el anhelo, la inocua promesa de dejar de sufrir.
Los pecados no cometidos, purgados también
en el dolor insoportable del templo interior ya demolido.
Ni siquiera la inocencia se pone a salvo en estas tierras envenenadas.
Llama que se consume lento, obra que se consuma al mediodía.
La nobleza permanece allí, augusta, mirando al vacío.
Nada que perdonar, ni tampoco nada que homenajear.
Sólo una mirada.
Es de noche aquí, aunque sea de día, ¿no es así?
Tan irreal lo de ahora como lo de antes: sueños todos nosotros.
La ciencia un acto reflejo, un espasmo de miedo.
¡Cuánta ingenuidad la vuestra, hombres, cuánta!
¡Cuánta soberbia transformada en teoría, en lianas colgantes y en balas de salva!
Mirad al moribundo, tendido allí, en agonía, sin poder hacer nada.
¿Acaso puede iluminarnos su nada como lo hace el sol, la religión o la luna?
Sus ojos brillan, siguen brillando todavía.
Respiración, exhalación.
Sus ojos ya no brillan más, han dejado de brillar.
¿Eso fue todo? ¿Eso es todo? ¿Eso ha sido todo?
La chispa extinta ante mí.
Las naves zarpan de los muelles, presurosas, hacia ninguna parte.
Un colibrí sobrevuela el tierno y pesado cuerpo,
hace poesía sin saberlo, sin importarle nada en absoluto,
a contraluz del cielo, con el cuerpo ligero y flotante.
Las rosas miran, respetuosas y a distancia, semejante espectáculo.
Se despide la aurora boreal de nosotros. Nos besa, helada y absurda.
Y nosotros, desde el otro extremo,
aguardamos en silencio, mudos y tontos, sin poder contestarle.
Se iza un pañuelo blanco en la tarde. Se sumerge el yo de nuevo dentro de sí mismo.
No hubo mejillas saladas. Tampoco sollozos.
Sólo honda reflexión, maldita voz, y un leve temblor de manos.
Manos frágiles e impotentes, igual que el razonamiento.
La sangre, el niño, el agua: todo se escurre, se evapora, se escapa.
Trémulos espejismos de aquello que nunca estuvo en realidad.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Claro (Analepsia CMXC)


Claro.
Se ha despejado el panorama.
Sólo queda el azul, el índigo, el violeta y varios tipos de blanco.
Ahora es que veo realmente.
- ¿Es posible ahora describir el viento?
- Sí, ahora sí.
Claro. No es sólo claro: es sobre todo claridad. Claridad ilimitada.
Alcances de la visión que sólo pueden ser asequibles después de la ceguera.
- ¿Y qué es lo que queda después?
- Luz matinal. Copos de nieve, rocío. Nueva piel y nueva tierra.
- Formas, texturas, brillos, sombras, colores, contrastes, simetrías danzantes.
Es necesario sentarse aquí, justo en este lugar, para apreciar de lleno la belleza del mundo y sus criaturas, sobre todo la singular belleza del cuerpo humano, sin estorbos.
- ¿Es necesariamente cierto esto?
- Sí. Al menos para mí lo es.
Un soplo refrescante recorre el camino que ha dejado atrás la llama incandescente.
- Hace frío… ¿y qué?
No es un frío helado: es un frío que templa, que restablece, que disipa la fiebre.
Se ha despejado el panorama… por ahora.
El humo regresa. Anuncia el fuego. Es posible oír el crujir de las ramas y de la hojarasca, la terrible música del incendio en el bosque.
-Es inminente la tempestad. Se nubla todo.
- Sí. Está por alcanzarnos una vez más, ¿no es así?
- Sí, pero no importa ahora. Mira…
Esperar un momento, inconmovible, dentro del claro: eso justifica todo.
¡Cuán delicioso es divisar el brotar de la aurora!
-Es el canto de cinco pájaros distintos, ¿no? Escúchalos bien.
-No lo sé. Me parece que son más. Muchos más.
Ya viene la vorágine. Las vorágines, la hidra de cien cabezas.
¿Cómo es que lo sé?
No puedo saberlo ahora. Ahora no estoy aquí.
Estoy por ahí, y por allí, y quizás por allá también.
Pero ya viene… y entonces tendré que regresar.
-¿Ya viste qué inocente es todo esto en realidad?
-Sí. Increíble. No puedo ni siquiera hablar. No quiero hacerlo. [Pequeña lágrima corre cuesta abajo]
- Yo siempre lo supe. Pero ahora lo veo. [Esbozo de ligera sonrisa]
- Sí.
- Así es.
Azul.
Índigo.
Violeta.
Blanco… blanco… blanco…

sábado, 14 de noviembre de 2009

Esbozos intelectuales para un prudente arrojo a la hoguera (Analepsia CMLXXXVI)


They say the Devil's water, it ain't so sweet.
You don't have to drink right now.
But you can dip your feet
every once in a little while.

The Killers, When you were young


Febriles y convulsos son los caminos que parecen conducir al alba. Sorpresivamente, una mañana olor a satín aperlado se me ha posado como mariposa de maple en el acuífero reflejo mientras dormía, haciendo nacer todo de nuevo en el centro de nuestros ayeres adelantados, merodeando el exacto nadir de los pechos perfectos del mundo, fieros volcanes opacos y ojos de lagunas claras. Una brisa suave de inconmensurables jardines disfrazada de memoria sigue depositándose sobre las amplias planicies de la propia piel, humedeciendo sutilmente mis viñas secretas con su rocío, procreadoras del vino de los más privados momentos y de los más añejos pensamientos.

Es así como nuestro cuerpo se encuentra siempre fluctuante entre el deleite y el padecimiento, debatiéndose heroicamente como una llama de vela entre agónicos titilares, tenue metáfora orgánica de lo inestable, del buque todavía encallado en el puerto, de lo adhesivo de lo vivo sobre las fantasmagorías de sí mismo: es la carne magra que se fija al hueso y que lo reviste elegantemente con magistral atuendo mientras la forma de las nubes continúa mutando despacio, presentándolo en sociedad con la mejor de sus corruptibles galas. La belleza sensorial suele ser sólo una estampa que gradualmente pierde su nitidez, una fotografía que se desvanece con el transcurrir de los lustros. Entre las ruedas del carro, la atropella la historia. Sólo quedan, como remanentes benditos de solidez, algunos apuntes imaginarios de una llovizna de anhelos y de una luz blanca que siempre estuvo por venir y que nunca llegó pronto. Promesas de luz pura que han de descomponerse finalmente en múltiples espectros fotocromáticos, como la carne descompuesta misma después se esparce y se reintegra a Nuestra Madre, con singular discreción taciturna. En algún sentido, las arcas sagradas de lo humano se han ido llenado por completo de todas nuestras plegarias y de todos nuestros rezos desde tiempos inmemoriales, y han terminado por estallar; las flores perfumadas del tiempo ahora se arremolinan en torno de un solo punto, desprendiendo amorosamente sus pétalos como voluntades impersonales que surcan navegantes el gélido océano del viento eterno. Esos preciosos pétalos llamados arte.

Nada queda claro sin un poco de obscuridad, oxímoron bastardo de los buenos tiempos. A veces uno espera demasiado de las cosas, y se paga el precio con extensos firmamentos nocturnos y sublimes sinfonías inacabables que nos pasan por encima. A veces uno espera demasiado de los seres, y se recogen frutos desbordantes de miel y de hiel al pie del árbol de lo azaroso, semillas estériles envueltas de sensualidad apremiante a la orilla de los tumultuosos huertos y de las voluptuosas campiñas. Todo nos acontece de improviso, todo marcha y se acomoda de manera trágicamente magistral sin siquiera desearlo, sin siquiera adivinarlo. Los respetables arcanos, ancianos profetas de las eras y de los eones, no han podido prever siquiera en ninguno de sus copiosos pergaminos que éstas, mis letras, iban a ser fijadas en este espacio particular durante este único día, adornando mi carácter como una guirnalda vergonzosa para las posteridades curiosas. Teneos confianza: dejad pues que escriba sola la mano, ya que si ha sido adiestrada previamente con amor y con desvelo, no saldrá de ella más que caligrafía apremiante. En el virgen papel esperan todos los trazos posibles y se transparentan todos los sellos aún no marcados. El destino no es más que un instinto infinito que se actualiza día con día en lo fluctuante de la caducidad.

Quizás sea conveniente a menudo morder la apetitosa manzana sin miedo al exilio, apuntalar al judío sobre la cruz sin remordimiento alguno, derribar los ladrillos del muro sin previa amenaza a la conciencia, reina de nuestros vastos territorios ineludibles. El hierro de la espada se templa en el fuego: el rehén también se enriquece en la tortura; el esclavo en la humillación y en el descontento. Al final, lo que queda, es sólo aquello que nunca estuvo en realidad con nosotros. Quien pueda ver que vea, con la mirada sostenida sobre la mía: aquí, ahora, y a través de los tiempos. Carpe diem quam minimum credula postero. Ningún dictum tan malentendido como éste: lamentable ironía del presente vivido.