domingo, 4 de abril de 2010

Mais vous ne comprenez pas… (Analepsia MCLVI)



Es así como nuestro tradicional alférez de las voces, los aromas y las imágenes pasadas, finalmente se apea de su montura, abriendo paso de esta manera, mediante un enorme acto de misericordia, a las más inconcebibles danzas, las más inusuales armonías y las más impenetrables fragancias. A horcajadas sobre nosotros, ya jinete de nuestra voluntad, comienza a exprimirse y a derramarse sobre nuestras mantas blancas ese ácido zumo del racimo de las sensaciones que uno suele llevar escurriendo por las mañanas frías, con mediana pesadez y una gran mueca de extrañamiento. Éste nos agrada salvajemente, nos convulsiona con premura y nos hace volver en sí de vez en vez, en orden de tratar de resguardar nuestras espaldas de las bestiecillas silvestres, pero sobre todo, de no dejar que el exceso de viento provoque un viraje innecesario en el velero de nuestras disertaciones.

Con violenta frecuencia olvidamos que el calzado que protege nuestras plantas no forma parte del pie entero, igual que el delicado beso del nenúfar blanco no dura para siempre sobre los labios del imperecedero lago. Con una astilla santa entre los dientes y un abundante cúmulo de ceniza en los hombros, se emprende la labor diaria del camello y se edifican, como colmenas levantadas en medio de la nada, las horas más grises de nuestras vidas. Dicen que un trago de vodka puede abrir las aguas de los mares si es preciso, y acaso con dos tragos sea posible separar la luz de las tinieblas, recrear el mundo, emulando todas sus imperfecciones.

Tumbado de bruces sobre esta meseta de frescas telas y de inclinaciones desahogadas, mido mis pasos con el instrumento de mis palabras yertas, a contraluz del sagrado elixir que emana la misantropía, y del abismal efecto que produce el arte en las retinas sutiles y en los tímpanos bien educados: aguas que corren encontradas en el cauce íntimo de la fe en lo humano, opacas y translúcidas como es usual, ya sea desde los apabullantes latigazos o desde las confortantes caricias, dictado completamente dependiente del acomodamiento de las runas y de la colocación de las estrellas.

El niño que juega, travieso, con las tablas de la eternidad.

Javanese Gamelan (Analepsia MCXXXI)


En el horizonte acuoso de nuestra retina,
el Alma,
suele proyectarse, esporádicamente,
una singular potencia velada de continuo,
generada, quizás,
por ciertos vapores ígneos que penetran nuestros tímpanos
en muy aisladas y escasas ocasiones,
misma que se recupera lento,
Abnegada,
Prudente,
Progresiva,
como la crepuscular marea que engalana su pasado:
esa vieja y sabia influencia que yacía enterrada
bajo los verdiazules campos de sus burbujas sonoras,
silenciosas mónadas del cuidado del espíritu.

Exiliadas, como todos los verdaderos colibríes,
tales ondas metamórficas se esconden, juguetonas,
vibrando desde un único punto descentrado,
Estirándose, Propagándose, Diseminándose,
viajando intrépidas,
sorprendidas de ellas mismas,
hacia otras tierras cristalinas desde sus trémulas voces,
Madres de toda Disidencia,
vehículos únicos,
valiosos envoltorios.

Es así como estallan todas
de una sola vez,
Descarnadas,
Elegantes en su andar manchado,
Equilibradas en su oscilación hipnótica,
como mujeres enjauladas liberadas a la fuerza,
dejadas al azar y a la indeterminación punzante del mundo,
discípulas de sendas ecuaciones huecas,
huérfanas de sí mismas,
nostálgicas y añorantes
de la cálida mano del labrador de tambores
y de su hermano, el fundidor de campanas.

Así, una vez ensanchadas las filas de los sueños,
la linfa y la savia se dejan ver
desde el fondo de las cosas,
dejando entreabiertas las celdas
por donde, lánguida, escurre la orientación de nuestro cuerpo.
Esas células restantes,
Múltiples escombros de convulsión mesurada,
son ahora el único legado de nuestras esmeradas batallas,
habiendo dejado tras de sí, disfrazadas de memorias,
a manera de una estela polícroma de metáforas lumínicas,
un peculiar sentimiento de anonadamiento,
un éxtasis metálico con ecos de madera tropical
y una fuerte resonancia en el fin de las eras.

Sobreviene de pronto un sostenido impulso,
un guiño,
un desliz subcutáneo:
es el gamelán que entra de nuevo en el templo.

lunes, 8 de febrero de 2010

La puerta abierta (Analepsia MCXXVIII)


- No, no es propiamente un sentimiento de culpa. Uno no puede sentirse culpable de lo que está obligado a sentir, de lo que otros te obligan a que sientas. No puedes avergonzarte de haber golpeado en defensa propia a alguien que te golpeaba constantemente, o de odiar profundamente a alguien que te hacía comer mierda, que te violaba, o yo qué sé. Sin embargo, esto es distinto, porque no he sido yo el que lo ha hecho.

- Entonces, no hay culpa.

- No, no la hay. Pero hay otra cosa, algo similar, porque es casi como si yo lo hubiera hecho, aunque no haya sido así. Todo mundo sabe que la persona más interesada en hacerlo era yo, y a veces me cuesta trabajo creerme a mí mismo cuando me digo: "no lo haz hecho tú, sino otra persona".

- Ya veo.

- No puedo dudar que casi todas mis fuerzas anímicas estaban concentradas y dirigidas para que tal cosa se lograse. Bien sabía que estaba mal, incluso el sólo llegar a pensarlo, pero, como te digo, no era culpa mía pensarlo ni desearlo, pues me veía obligado a hacerlo. Estuve a punto de hacerlo dos veces, pero en las dos, al último momento, me arrepentí, y no llegué a su concreción.

- Tu convicción era fuerte. Sabías que estaba mal.

- Sí, sí que lo sabía. Pero probablemente había pocas cosas que anhelara tanto como que eso pasara. Una semana antes, en una reunión de amigos, enuncié presunciosamente, y también un poco harto de la situación: "Doy una semana y media, o menos tiempo de plazo, para que suceda". Y casi de un momento a otro, ¡zaz!, se hace realidad. Fue como si le ordenara a las potestades naturales que fuera hecho so pena de castigo, y ellas, temorosamente obedientes, llevaran a cabo mis caprichos. Siempre suelo quejarme de mi suerte y de los designios del hado al expresar que lo que deseo nunca se cumple ¿Y ahora, qué puedo decir? Cuando por vez primera se cumple un deseo en el que he persistido durante largos años, de pronto, me siento afectado, y no liberado, como debería de ser. Quizás no fue tanto por el resultado en bruto, sino por las circunstancias en las que fue concretado.

- Sí, son verdaderamente trágicas. Aún le compadezco.

- Allí podría estar el meollo: yo también le compadezco, sobre todo le compadezco. Mi odio no se disipó y ciertamente me alegro de que se haya ido, pero era un odio muy ligero, pues yo estaba bien conciente de su ignorancia, y de que todas las cosas malas que ejecutaba contra mí, se debían a su falta de autoconciencia, a su naturaleza animal, puramente instintiva. Por tanto, no era odio, sino más bien, malestar de estar a su lado, en el mismo lugar en el que me encontraba. Perturbaba mi tranquilidad. Quizás le quería un poco: inspiraba ternura en mí, simpatía, o algo parecido, pero tampoco nada demasiado fuerte. Más bien sentía compasión de su estado, y del poco control que podía tener sobre sí, sobre sus actos y sus "decisiones". A lo mejor a través de esos actos arrojados e irreflexivos me veía reflejado, identificado, durante mis momentos más radicales o más incomprensibles, y a la mayoría de mis semejantes.

- Claro. Creo que te entiendo.

- Quizás yo haya entrado en un estado de sonambulismo, y no haya recordado que lo hice. Y bajo ese efecto, lo haya hecho, efectivamente.

- ¡No, no digas eso!

- No hay manera de afirmar lo contrario.

- ¡Claro que sí! Había vecinos, testigos, no sé... alguien tuvo que haber visto algo...

- Quizás. Si es así, el brazo de la justicia me alcanzará en algún momento... je je. Pero no lo creo. Esperemos que así sea, por el bien de todos... me parece bastante remoto que acontezca. Mejor hablemos de otra cosa.

jueves, 21 de enero de 2010

El otro segundo gran mandamiento (Analepsia MXXX)


Sólo la letra prevalece tras las eras, haciendo en efecto posible que Borges le obsequie sus trabajos a Lugones, y que Qohelet siga siendo todavía nuestro sabio padre, nuestro anciano consejero, tan loco y tan cuerdo como el también monarca Lear y su séquito maldito de bufones y serpientes. Uno siempre, por costumbre o convicción, se despide de los otros al anochecer: se le arropa al niño otorgándole un cálido y sincero beso en la frente, se le persigna al marido, se le abraza a la madre y a la hermana, deseándoles plenitud en su reposo y un alivio prolongado mientras abandonan la concretud de la existencia, durante unas cuantas miserables horas. La piedra de toque ha llegado al corazón entonces, transmutando en sólidos y dorados granos de trigo y de centeno, aquel despreciable cúmulo de vulgaridad y de monotonía que solía pesar sobre nuestras espaldas, masa amorfa de necedad y de egoísmo que antes prevalecía, como cortina de espesa niebla, alrededor de los cuerpos y de las cabezas más allegadas a la nuestra.

Finalmente, al caer la noche, uno observa con taciturno sosiego y con una inenarrable tranquilidad de conciencia, los rostros y las figuras de los otros desvanecerse en la ignominia, perderse en la lejanía, del mismo modo en que uno lo termina haciendo todos los días, como el sol, más o menos a la misma hora. Todos igual de débiles, igual de obedientes, igual de receptivas y de mansas víctimas que uno mismo frente a la involuntariedad de lo acaecido, igual que cualquier individuo que decida colocarse el apellido genérico “hombre” como adorno de sus ropas. Toda injuria se disipa, toda testarudez se evapora, todo encono se desvanece dando paso a un continuo reconocimiento de la fatalidad humana, de su profunda impotencia y su omnisciente ignorancia: el dulce sueño que lo iguala todo, al igual que la muerte. Sólo entonces, y sólo durante esos fugaces y particulares momentos, es cuando a uno le es posible amar verdaderamente al prójimo, sabiendo de antemano que el amar no es más que una avasalladora reacción innata ante la honda y dolorosa comprensión de las cosas y de los hechos, una inesperada y sublime afirmación de la vida, vacía y terrible como es, indescriptiblemente hermosa en su resplandeciente falta de valor absoluto. Por eso también digo: “Amad la lectura, y aún más a la escritura, amadlas tanto como se le ama al prójimo, porque sólo la letra es capaz de vencer lo inevitable”.

lunes, 11 de enero de 2010

On mirages [De la serie: "Las criaturas del hombre"] (Analepsia MXX)


"El propósito no es sino el esclavo de la memoria,
De violento nacimiento pero poca validez,
Que ahora, inmaduras las frutas, se pegan al árbol,
Pero caen sin sacudirlas cuando están maduras.
Muy necesario es que olvidemos
Pagarnos a nosotros mismos lo que nos es debido.
Lo que a nosotros mismos en la pasión proponemos,
Acabada la pasión, el propósito lo pierde.
La violencia tanto del dolor como de la alegría
Sus propias ejecuciones consigo mismos destruyen.
Donde la alegría más festeja, más se lamenta el dolor;
El dolor se alegra, la alegría pena, por un leve accidente.
Este mundo no es para siempre, y no es extraño
Que también nuestros amores con nuestras fortunas cambien,
Pues es una cuestión que todavía tenemos que probar
Si el amor guía la fortuna, o la fortuna al amor.
Caído el gran hombre, mira huir a sus favoritos;
El pobre ascendido hace amigos de enemigos;
Y hasta ahora el amor cuida de la fortuna:
Pues al que no lo necesita nunca le faltará un amigo,
Y quien necesitado pone a prueba a un amigo hueco
Directamente lo repara para enemigo suyo.
Pero conviene terminar donde empecé,
Nuestras voluntades y nuestros sinos corren tan contrarios,
Que nuestros planes pronto son derribados:
Nuestros pensamientos son nuestros, sus finales nada tienen de nuestros."


William Shakespeare, 1601



miércoles, 6 de enero de 2010

Breve meditación sobre el minimalismo (Analepsia MXIX)


¿Desde qué anchos y largos ventanales es posible asomarse al fenómeno del minimalismo? ¿Desde qué eminentes paredes de cristal, desde qué barandales de metálica tersura? ¿Es acaso este fenómeno un mero ejercicio estilístico que ensaya la catarsis de la ausencia, un logro ascético de perfección técnica, un proceso aséptico contra las infecciones deplorables del mundo contemporáneo? ¿O quizás la expresión más conciente y más precisa de la muda sacralidad de lo Uno, de la carencia innombrable del No-Ser?

Considerado a menudo sólo como un soplo de polen metálico sobre los ojos agresivamente saturados de objetos, los oídos de ruido y la inteligencia de barroquismos sensibles y de letras porosas, el minimalismo parece ser mucho más de lo que en realidad se ha esbozado que es, o en sus propios términos, mucho menos de lo que en realidad se aspira a que sea. Less is more: dictum medular de su estética subyacente. No olvidemos este dato, de capital importancia para la entera (in)comprensión de sus no-propósitos.

En las canteras del minimalismo se ofrece, casi como en ningún otro contexto ni zona productiva, material blando y maleable para la práctica de la dúctil esgrima de la poética: la hermosa sinfonía de los espacios abiertos y los tiempos congelados, largas planicies de tenues vacíos, de cómodas y acogedoras nadas que, unidas en amalgama con el efecto de la relajación de las cuerdas que atan la mirada a la multiplicidad de los entes, devela la unidad en lo esencial inmanente, en cada pedazo de materia bruta, aislada y coherente.

Danza, canto, juego de esencias. He allí su definición más óptima, la más reduccionista ¿Qué es el minimalismo, en última instancia (de haber tal), sino pura y llana reducción de todo lo que existe, labor incansable del intelecto para con la realidad y de las horas con lo eterno? La pulcritud de asumirse en la precaución afectiva, en la moderación de lo autónomo, de rozar por unos instantes la frágil piel ósea de la simplicidad. En ella, adecuadamente encuadrado, el punto se integra y la línea de desliza hacia territorios inconmensurables, de manera idónea, ideal, idealista. Vértices solidarios, firmes estructuras asentadas sobre la serenidad sensorial, en la falta exacta, en la acabada incompletud. Perfume de atmósferas y movimientos lentos, apacibles, suaves y metódicos paneos por encima de las ciudades y de la vida natural. Monotonía que enarbola horizontes, paisajes congelados de sosiego beato, pacífica batalla entre luz y sombra, equilibrio irrepetible que resulta de ella.

¿Cómo es que se consiguen el tipo de efectos que tienen sobre el hombre joyas espirituales como la paisajística Chan y Zen de la pintura budista-taoísta, como los violines de Pärt y el piano de Satie, como los edificios de nuestro Luis Barragán y los videoclips del ajeno Chris Cunningham, como el platónico suprematismo ruso de Málevich y la también rusa grandeza mística de Tarkovski, como el trazo de la inocente y elegante caligrafía del haikú sobre la ceniza arena del jardín callado, como los puntuales beats y las secuencias atmosféricas aisladas del Intelligent Dance Music incluso? Parecería que no nos dan ningún efecto, sino al contrario, desvanecen limpia y hábilmente las sombras indeseables del efectismo en el arte: este tipo de tesoros descubren, mediante su muy básica pero misteriosa gracia, la inimaginable virtud de situarse en medio de las cosas y de no necesitar de nada más que de lo presente. Un par de muros, de sonidos, de luces cenitales, y no más que eso. Allí está el contento propio del sí mismo, la gustosa contemplación del espectáculo mutista.

No creo pecar tampoco al calificar al minimalismo como una estética de lo sublime por encima de otras más, puesto que, quisiera escuchar, ¿qué existe más sublime que los picos nevados que alzan, solitarios y silenciosos, a la orilla de los pueblos? ¿Qué hay más sublime que el continuum del cielo infinito, sin ninguna nube ni ave en él que le manche; o que las magnificentes mesetas del mar calmo, carente de embarcaciones, sostenido sobre los cuatro rumbos como un espejo abismático de nuestras metafóricas profundidades? Es el vacío que hay en ellos lo que apuntala la duda primaria y el deseo de vacuidad, lo que inicia la combustión instantánea de las palabras y los conceptos frente a la majestad de lo indefinible que sobrevuela sobre nosotros, sosteniéndonos sobre sus lomos. El thauma en el hombre responde, en su estado más inmediato y más permanente, al minimalismo de la mente en grandes concentraciones: la captación del sunyata universal no se logra del todo, sino bajo algún tipo de estado minimalista que ofrezcan, modestas, nuestras capacidades espirituales.

Dentro de este delicioso y transformador juego, no con lo irracional sino con lo a-racional que es el minimalismo mismo, es muy pertinente el no-esperar, el esperar nada, pues nada viene en realidad antes o después de él, sino sólo lo que se muestra en su desaparición de los extremos temporales, es decir, en su montaje presente. El mejor remedio contra teleologías vanas y contra preciosismos pretenciosos se encuentra asimismo en el minimalismo. El sólo hecho de atribuirle al minimalismo un uso, como remedio contra algo, ya es empezar a enlodar las flores (Wittgenstein sabía muy bien esto: su “filosofía” lo refleja, como casi ninguna otra lo logra). El minimalismo, siendo él mismo como es, se erige sobre el sentido y el sin-sentido bajo el disfraz de eminente espiga de acero, vigía de los módulos concretos, de los panales de aluminio y de las colmenas de albo yeso: nada se le pregunta, pues todo ya se ha respondido a través de su sólo estar, de su sólo callar en la soledad de las formas y los arquetipos del mundo.

Me sigue pareciendo que lo que he adelantado sobre el fenómeno del minimalismo aquí, es en realidad muy poco para todo lo que deseo expresar y agradecer respecto de esta sutileza: dejemos que así sea por el momento, acorde con su íntima naturaleza y por el beneplácito de su noble estirpe de sencillez.

El mundo a la mano (Analepsia MXIII)


Con singular delicadeza y esmero
paso las páginas, una por una,
¿y qué es lo que encuentro?:
salidas, entradas, pedazos de barro
y mares perdidos enmedio del bosque.

Allí está: la montaña blanca,
erguida y olvidada
por los halcones pasajeros,
aquellos que solían hacer sus nidos en lo alto,
y la gota de rocío
que reflejaba puntual, sus nieves, a diario.

No es lo mismo abrir los ojos que abrir la carne.

Allí está: la gabardina bien abrochada,
los lentes y el aserrín de lado, derramándose
encima de las herramientas viejas.
Trazos de un entrecejo encendido
por estallidos varios y renovadas confrontaciones.

También allí está la recámara,
y el velo de Maya que la recubre.
En el librero, apilados en pares y en tercias,
se encuentran, sin uso,
los manuales éticos y los códigos morales,
ambiguas manchas de ilusas tinturas.

Soberbio y tibio como siempre,
el saber absoluto me visita y me arropa en las noches más frías;
me cuenta historias fantásticas, cuentos de niños,
fábulas de peces-luz
y de armazones míticos para dormir tranquilo.
Me cuida como una verdadera madre,
me da alojo en su cálido seno,
mientras allá, afuera, en la intemperie,
las cosas se hinchan, estallan y nunca regresan.

Él permanece, sin embargo, amoroso, entonándome canciones de cuna,
una tras otra,
liberando esas aves perfectas de polen y arena.

Y uno sigue pasando las hojas,
paseando a las hojas,
se siguen posando las hojas
sobre la tensa superficie de la iletrada laguna.
Uno sigue siendo rescatista de horas ajenas
y pulidor incansable de piedras de río.

¿En dónde es que está la medula, dime?
Porque yo no la siento, ni la veo, ni la oigo.
Quizás detrás de todas las cosas,
o por debajo de ellas,
como aseguraban a rajatabla,
pedantes,
las milenarias barbas rizadas.

En realidad lo que soy primordialmente lo he encontrado
pasando los ojos
por encima de los vastos atlas y de las hondas enciclopedias.
Ciertamente, allí está todo: lo viejo, lo nuevo, lo que viene en camino.
Está también tu brazo, tu mano, tu dedo, tu uña, tu huella dactilar.
Están los Himalayas, Antoine Lavoisier y el Apocalipsis.
Está lo de arriba, como lo de abajo, y hasta lo de enmedio.
Tierra a la vista: savia de viajes, néctar de estudios.
Ahora es que lo miro todo, pero nunca lo he visto.
No es lo mismo abrir los ojos que abrir la carne.

Pericia (Analepsia MIII)


Es así como el pianista,
de frente a su instrumento,
se prepara las manos,
y dispara, despiadado, los cielos.

También es así
cuando,
por casualidad,
la chica se desnuda,
translúcida,
enfrente de la ausencia.

¿Cómo es que sólo
un leve inclinarse revela,
de reojo y sin esfuerzo,
la porción exacta de luz
y de sombra que se necesita
para retratar al tiempo?

El manejo de los instantes
le pertenece a los maestros.
Hay maestría en desnudarse,
así como la hay en colgar las flores
sobre los pórticos de las despedidas,
o en sonreírle a los perros
cuando éstos ladran y más molestan.

Es el oficio lo que cuenta.
Los ojos y los rincones
se doblan de par en par
al apenas tañerse las cuerdas de lo exacto.

Es así como el pianista, al final, baja la tapa del piano.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Esta es la entrada que suma ochenta y cinco entradas dentro de las entradas en total que contiene este modesto pero pintoresco blog (Analepsia MII)


¡En grotesca situación nos encontramos, caballero! ¡Feliz año nuevo y triste el que se larga, más no el que se alarga, o sea, el novísimo que anuncio! Siempre lo viejito huele a polilla y a acetato, y es por eso que hay que mandarlo de inmediato a la chingada ¿Qué es "la moda" sino esta deliciosa payasada? ¡Adiós, añito engorroso, que me has dejados tantos dulces baratos, tanto barullo sabrosito y tantas puestas de-a-perro inolvidables! Desde los confines de nuestra humilde mesa, "I salute to ya, oh, thy gollems of Babylon"!


Hoy, también, desde las comisuras del Nuevo Mundo, les mando a todos mis queridos seguidores del blog (o sea, dos o tres personas), un álito fugaz de rosas morenas y un beso de concreto bien pesado (o sea, correctamente calibrado). Muchas bendiciones para todos, edulcolorantes en sus bebidas y garrapatas en las sienes de sus enemigos más perniciosos. Desde acá, del pedestal de la vida cuasi-vegetativa, les mando un caluroso saludo, lleno de aprecio, cariño, buenas vibras y quejidos marranos de bolsa tuerta de torta de La Villa ¡Rediéz, el bonobo que me parió! Aún en medio del peligro de quedarme ciego de por vida, les extiendo una cordial invitación para mi cena de esta noche. Vengan, estará genial: habrá pavo, bacalao, lomo de res, sadismo, sepulturas a domicilio y jugarrertas imorales con las novias guapas de los demás que no sean yo.


También quiero extender la invitación para que pasen a ver mi galería escondida bajo tierra de los momentos más memorables del año que se pudre y se desintegrará en unos cuantos minutos: los amores, los desamores, las fiestas, los viajes, los logros académicos, los tesoros familiares, las mejores putas, las esferas concéntricas, las férulas parlanchinas, China, Ceilán, Nezahuacóyotl, Aleluya, jazz moribundo, cerruchos y bosquejos bigotones ¡Todo en un sólo huevo! ¿Pueden creerlo? ¡Cuánta guasa, señoras, cuánto simpático sacrilegio!


Malabares de trucha y confetti de Sicilia: sí, señor... eso es lo que ustedes se merecen, amables radioescuhas / televidentes / navegantes en los mares de la ridícula-pero-utilísima materia metafísica veintiunesca llamada internet. Una vez más, dedos en sus maracas, abrazos, uvas, campanadas, caravanas de desnudos. Reloj: 1-2-3-6-5-4-7-8-9-6-6-3-6-4-1-2-3-6-4--3-3-3-6-9: salvavidas, gorda, papel y cinta, Cynthia, cifra, Cypher, Sutra, saga, Centra, sopla, giro hermenéutico, vertiginoso escupitajo desde el último piso de la torre de Babel: nadie entiende nada, pero ¡ah!, eso sí, todo el mundo que se abraza y que se desea felicidá a diestra y siniestra, como reses consumistas, como cabras neo-liberales de tercer mundo y del más allá ¡Pues qué chingados: yo también le entro al jueguito! ¡Ya estuvo bueno de ser tan mamón! ¿No? Allí les van mis venias: ¡Viva la vida, muerte a los traidores y pax alos onvres de vuenna boluntat!


¡Hammónnn!

On monsters [De la serie: "Las criaturas del hombre"] (Analepsia MI)


"De esa manera, a la cantidad de monstruos que el hombre ha podido crear, la orquesta, la cacería, la poesía, aparece el más cambiante instrumento de aprehensión, el que puede estar más cerca del torbellino y el que puede, al derivar de este germen una sustancia, tener un cuerpo de la más permanente resistencia. ¿Luego es posible el aislacionismo, de un monstruo elaborado por el hombre donde puede aprisionarse el germen y su desarrollo, la constitución de un ente germinal? ¿Luego existe el germen capaz de constituirse en ente de poesía y no en ser o en existencia? Es posible entonces la poesía en el poema; es posible que la visita en el tiempo pueda reconstruirse, permanecer, repetirse. Puede situarse la iglesia debajo del Órgano, o como afirman algunos teólogos protestantes, la única fe diferente en cada individuo puede desgajar el espanto, y en el espanto construirse la torre. En la visión última, ¿es la torre o el poema? Mientras el vislumbramiento de la torre en la última visión es incomunicable, la seguridad de la existencia del poema es continua e inmediata, pues en el poema la imagen mantiene el fuego de proporciones, y en la poesía, la metáfora, no en el sentido griego de verdad como develamiento, sino en lo poético de obscuridad audible, adquiere su sentido de metamorfosis que justifica sus fragmentos. (Tal vez las asociaciones, los ritmos que Rimbaud llama nadas, y que elaboraba en tal forma su silencio que salía de ellos diciendo: déme papas, déme vinos. O al final, cuando le era casi imposible escribir a Mallarmé, y nos decía: he perdido la razón y el sentido de las palabras más familiares)"
.
.
.
José Lezama Lima, 1948

sábado, 19 de diciembre de 2009

Tierra prometida [Promesses de une terre encore très lointaine] (Analepsia M)


Por fin... hemos llegado.


¿No es hermoso?


Hemos llegado limpios, ligeros, vigorosos. Sin ideas absurdas, sin olores penetrantes ni acérrimos sabores.


Hay una mancha en la orilla. Es alguien, o algo, o un reflejo de nenufar quizás.

Polen en los cabellos: despeinados, rubios, claros. Una maraña de suspiros. El sol embiste de lado. El atardecer, los montes, las nubes.


Creo que hoy es miércoles. Sueño de marzo.


Mira mis dedos: son delgados, como tú ¿No te hace gracia? ¿Por qué ríes entonces?


Los árboles se mecen despacio, acurrucan las hojas. Bailan y cantan tranquilos.


¿Cuántas cosas han quedado detrás? No lo recuerdo.
¿Cuántos somos? ¿Uno, dos, ciento cuarenta y cuatro mil?


El lago lo sabe todo.
No hay aire más fresco que éste.


Ojos cerrados. Cruza la libélula por enfrente: se ha ido el silencio. Allí está de nuevo.


Finalmente... estamos en casa.


¿La vida?

On fairytales [De la serie: "Las criaturas del hombre"] (Analepsia CMXCIX)


"En una ocasión compilé una antología de literatura fantástica. Tengo que admitir que el libro es uno de los pocos que un segundo Noé debería salvar de un segundo diluvio, pero denuncié la culpable omisión de los más importantes e inesperados maestros del género: Parménides, Platón, Juan Escoto Erigena, Alberto Magno, Spinoza, Leibniz, Kant, Francis Bradley. De hecho, ¿qué son los prodigios de Wells o de Edgar Allan Poe - una flor que nos viene del futuro, un cadáver sometido a hipnosis - comparados con la creación de Dios, con la elaborada teoría de un ser que en cierto modo puede ser tres y que solitario perdurará para siempre sin tiempo? ¿Qué es el bezoar comparado con la idea de la armonía preestablecida? ¿Qué es el unicornio al lado de la Trinidad? ¿Quién es Lucio Apuleyo ante los proliferadores de Budas del Gran Vehículo? ¿Qué son todas las noches árabes de Scheherazade comparadas con un argumento de Berkeley? He venerado la invención gradual de Dios; también del Cielo y del Infierno (una remuneración inmortal, un castigo inmortal). Son invenciones admirables y curiosas de la imaginación del hombre."


Jorge Luis Borges, 1966

Iluminación esnob (Parte I) [Analepsia CMXCVIII]


Preñado de referencias canónicas e ineludibles, corro con orgullo y desenfreno por la acera anímica del Cosmos, como un pavorreal desbordante de mundos, de mundos poderosos y reales, no de fantasmagorías cotidianas ni de banalidades varias. Toda la sangre sube a mi cabeza y se agolpa allí, anarquista de la gravedad: me hierven los cielos, las aves, los cirros. La pistola cargada / la pluma cargada / el ingenio cargado a punto de disparar a mansalva sobre aquel despiadado y blanco retador que siempre nos intercepta de frente en el camino hacia la inmortalidad, que nos desafía con su vacío, con su nada, con su “antes-del-Fiat”: digno y querido enemigo. Con mi camisa de once varas puesta y bien abrochada, veo la noche aproximarse, y después de ella, me estremezco anticipadamente ante el presentimiento de la súbita rasgadura de la aurora. Hoy todos somos soles, estrellas perfectamente alineadas, continuum poiético de un magno soneto universal que ha permanecido escribiéndose por milenios y que se sigue escribiendo sin ánimos de cesar algún día, llevado por la mano y obra de sendos avatares lumínicos, pasados, presentes y futuros, poseedores y herederos todos de la noble antorcha del hombre: no tan numerosos pero numerados puntos tangenciales trazados sobre Nuestra Única Circunferencia. Rostros, voces y aromas de aquellos héroes prometeicos que han ganado, indiscutiblemente, su lugar en el Valhalla.

Pienso en Dante, en Shakespeare, en Cervantes, en Goethe y en Joyce, y se abre violentamente ante mí un mar inconmensurable de ambigüedades, de efluvios fluorescentes, de barbas-cimas puntiagudas y de horas implacables, insuperables. Todo lo humano se ha dicho ya, se han estirado las lenguas hasta reventar, se han agotado los moldes para hacer memorias. Una serie de intimidantes sombras se ciernen sobre nuestros cuerpos, obscureciendo todas nuestras aspiraciones. Y sin embargo, henos aquí, ingenuamente, al pie de la trinchera. Nos imaginamos guerreros, y no puede ser de otra forma.

Pienso en Whitman, en Khayyam, en Rilke, en Pessoa y en Gorostiza, y nuestras rodillas flaquean, nuestros ánimos se cubren de escombros y las torres vigías de nuestros sueños se hacen pedazos al más leve contacto con la bala de cañón del canon, lejana, pero certera en su derruir. De pronto despuntan, como navajas sacramentales, luces de Kerouac y Ginsberg, de Rimbaud y Baudelaire, de Ovidio y Virgilio, de Chaucer y Bocaccio; luces que iluminan vasto y hondo, que tiñen e inflaman nuestro horizonte, avivando la brillante criatura etérea que se alberga fluctuante en la leña de mi inspiración. Se incorporan de nuevo los bridones a la contienda, de antemano ya perdida.

Pienso en Proust, en Dostoievski, en Kafka, en Tolstoi y en Dickinson, y nuestras preciadas y aterciopeladas cortinas se caen de los ventanales, dejándolos desnudos, desprotegidos, frágiles e impotentes ante la ceguera ocasionada por la lanza oblicua, la potencia heredada de los genios. Los cuervos graznan sobre las tumbas del deseo sublimado. Un parpadeo de Woolf o de Beckett es suficiente para descuartizar un asno, así como las flores Poe esperan gustosas todas las primaveras ser polinizadas por el insecto Wilde. Un nuevo Homero ha brotado de la tierra, con finos pétalos de Verne y fuerte tallo de Molière ¡Avanti, avanti, ya casi tomamos el alcázar!

Pienso en Borges, en Huidobro, en Cortázar, en Hernández y en Lezama Lima, y todas nuestras ciudades semi-perfectas se hunden, colapsan, se humillan, polvorientas, y le besan las sandalias y la toga a los ídolos de mármol. A orillas del río Rulfo, Inés de la Cruz lava su hermosa cara mientras Bécquer se ha bajado De La Barca y ha planeado conquistarle. Las Revueltas nunca traen la Paz a los pueblos, y menos a los territorios amurallados de Góngora y de Quevedo. Suaves gotas de nieve-miel escurren de los cántaros de Machado y Carpentier, y se posan suavemente sobre los deliciosos dieciocho senos de las musas trepidantes. Yo los lamo con gusto y con lascivia, me alimento y me resguardo en sus musicales pechos: así es como me olvido fugazmente de las estaturas que opacan y de las magnitudes que intimidan. El amargo sabor a Eclesiastés que invadía mi boca cede por unos momentos.

Liso, llano, simple, inocente y desentendido como un niño contento en medio de un tétrico bosque lleno de fantasmas, me hago a la tarea diaria de acrecentar mi sordera y mi ceguera ante lo ya dicho y lo ya fijado de una vez y para siempre. Los cantos de las sirenas no han logrado todavía aplacar mis modestas intuiciones, ni la Madre Gorgona ha podido todavía convertirme en piedra ágrafa y estéril. Después… quién sabe. El tiempo reza lento sus oraciones matutinas. De pronto, la fiebre vuelve a retomarme, mientras la historia de la literatura cede y se agazapa, acobardada, en un rincón de mi alma, habiéndome de antemano ya infectado felizmente con sus póstumas bendiciones. Un papel, un golpe, una lámpara de aceite: eso es todo lo que necesito por ahora.

lunes, 14 de diciembre de 2009

"Nunca cambies" [PJ Harvey’s “This mess we’re in” footprints in the snow] (Analepsia CMXCIV)


Adelante: los caprichos no esperan al atardecer.

Tras la pesada y frágil cortina que ningún ser vivo es capaz de vislumbrar, bailan vigorosas un par de piernas sueltas y bien formadas, y sobre ellas, revolotean veinte alondras parduzcas mientras tejen canciones de juventud. Algunas alegres, otras tristes, otras púrpura, magenta y violeta.

Se oyen un par de clarinetes por encima de los edificios intelectuales, monolitos que rasgan andróginos el tiempo archivado, como queriendo apuntalarlo sobre su propio eje a manera de suave y cruenta espiral, de castigo infinito. Una vez que se anestesian los ojos, se pierde para siempre aquel fruto emergente del ayer y del mañana: consuelo, bendición y escudo. Ecos del bosque, bramidos del mar, antorchas de la ciudad.

Miles, millones de seductores cuerpos llenos de adrenalina y de plata pura disuelta en el agua de la mañana clara agitan con fuerza sus emociones, como palmeras extasiadas en pleno huracán, con el único fin de ser recordados prematuramente, de permanecer grabados en la tablilla de cera de los cirros y de las marejadas, hermanos impertérritos de la continuidad universal.

Más nada consiguen… o al menos no demasiado. Es así como los niños pierden todos sus espejos.

Salen las notas de sus nidos. El desorden toca todas las ventanas con cruel parsimonia. Prestas las amalgamas, las simbiosis y los cariños varados para el combate instantáneo. Todos a un tiempo, a dos, a tres, a cuatro, a cinco, a seis. Un ancla gigante vuelca su sombra sobre las cabezas desparpajadas del solitario dios, sobre el amor amasado de los siglos que no se supo entregar con propiedad en las bocas adecuadas ni entre los muslos propicios ¿Acaso siempre fuimos abedules, eucaliptos, sauces, acacias blancas, fórmulas y procedimientos que nunca pudimos descifrar, que nunca fueron susceptibles de interpretación?

Allí siguen: los juguetes, las muecas exageradas. Parte de lo que fuimos, ahora clama y declama sobre el cementerio de los ídolos y de las navidades brumosas.

Ahora somos, en esencia, otra cosa distinta de ahora. Y en sustancia, otras seiscientas mil cosas más. Lo que somos ahora, lo somos en forma de neblina huidiza, de sutil y fugaz perfume de Diciembre, de Enero, de Febrero y de Marzo. Restan sólo las dádivas y los pergaminos rotos, pasos en falso sobre el puente que se tiende sobre los tres abismos que se pierden y se encuentran por siempre entre ellos. El anciano saluda y vuelca su alegría sobre la arena. Sus largos cabellos, cables gigantes de hielo, acarician con controlados latigazos el lomo de la estampa de la que se fue parte, y que ahora navega sin rumbo aparente, sin puerto, sin embarcadero, sin llegada ni salida.

“Nunca cambies”: ayer me lo ha dicho mi amada antes de marcharse.

¿Cómo se supone que he de responderle, si es que le amo todavía?

viernes, 11 de diciembre de 2009

Manos de humo y de niebla (Analepsia CMXCI)


La última esperanza permanece, encendida, en nuestros corazones,
como un inútil farol que alumbra las calles abandonadas.
La posibilidad, el anhelo, la inocua promesa de dejar de sufrir.
Los pecados no cometidos, purgados también
en el dolor insoportable del templo interior ya demolido.
Ni siquiera la inocencia se pone a salvo en estas tierras envenenadas.
Llama que se consume lento, obra que se consuma al mediodía.
La nobleza permanece allí, augusta, mirando al vacío.
Nada que perdonar, ni tampoco nada que homenajear.
Sólo una mirada.
Es de noche aquí, aunque sea de día, ¿no es así?
Tan irreal lo de ahora como lo de antes: sueños todos nosotros.
La ciencia un acto reflejo, un espasmo de miedo.
¡Cuánta ingenuidad la vuestra, hombres, cuánta!
¡Cuánta soberbia transformada en teoría, en lianas colgantes y en balas de salva!
Mirad al moribundo, tendido allí, en agonía, sin poder hacer nada.
¿Acaso puede iluminarnos su nada como lo hace el sol, la religión o la luna?
Sus ojos brillan, siguen brillando todavía.
Respiración, exhalación.
Sus ojos ya no brillan más, han dejado de brillar.
¿Eso fue todo? ¿Eso es todo? ¿Eso ha sido todo?
La chispa extinta ante mí.
Las naves zarpan de los muelles, presurosas, hacia ninguna parte.
Un colibrí sobrevuela el tierno y pesado cuerpo,
hace poesía sin saberlo, sin importarle nada en absoluto,
a contraluz del cielo, con el cuerpo ligero y flotante.
Las rosas miran, respetuosas y a distancia, semejante espectáculo.
Se despide la aurora boreal de nosotros. Nos besa, helada y absurda.
Y nosotros, desde el otro extremo,
aguardamos en silencio, mudos y tontos, sin poder contestarle.
Se iza un pañuelo blanco en la tarde. Se sumerge el yo de nuevo dentro de sí mismo.
No hubo mejillas saladas. Tampoco sollozos.
Sólo honda reflexión, maldita voz, y un leve temblor de manos.
Manos frágiles e impotentes, igual que el razonamiento.
La sangre, el niño, el agua: todo se escurre, se evapora, se escapa.
Trémulos espejismos de aquello que nunca estuvo en realidad.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Claro (Analepsia CMXC)


Claro.
Se ha despejado el panorama.
Sólo queda el azul, el índigo, el violeta y varios tipos de blanco.
Ahora es que veo realmente.
- ¿Es posible ahora describir el viento?
- Sí, ahora sí.
Claro. No es sólo claro: es sobre todo claridad. Claridad ilimitada.
Alcances de la visión que sólo pueden ser asequibles después de la ceguera.
- ¿Y qué es lo que queda después?
- Luz matinal. Copos de nieve, rocío. Nueva piel y nueva tierra.
- Formas, texturas, brillos, sombras, colores, contrastes, simetrías danzantes.
Es necesario sentarse aquí, justo en este lugar, para apreciar de lleno la belleza del mundo y sus criaturas, sobre todo la singular belleza del cuerpo humano, sin estorbos.
- ¿Es necesariamente cierto esto?
- Sí. Al menos para mí lo es.
Un soplo refrescante recorre el camino que ha dejado atrás la llama incandescente.
- Hace frío… ¿y qué?
No es un frío helado: es un frío que templa, que restablece, que disipa la fiebre.
Se ha despejado el panorama… por ahora.
El humo regresa. Anuncia el fuego. Es posible oír el crujir de las ramas y de la hojarasca, la terrible música del incendio en el bosque.
-Es inminente la tempestad. Se nubla todo.
- Sí. Está por alcanzarnos una vez más, ¿no es así?
- Sí, pero no importa ahora. Mira…
Esperar un momento, inconmovible, dentro del claro: eso justifica todo.
¡Cuán delicioso es divisar el brotar de la aurora!
-Es el canto de cinco pájaros distintos, ¿no? Escúchalos bien.
-No lo sé. Me parece que son más. Muchos más.
Ya viene la vorágine. Las vorágines, la hidra de cien cabezas.
¿Cómo es que lo sé?
No puedo saberlo ahora. Ahora no estoy aquí.
Estoy por ahí, y por allí, y quizás por allá también.
Pero ya viene… y entonces tendré que regresar.
-¿Ya viste qué inocente es todo esto en realidad?
-Sí. Increíble. No puedo ni siquiera hablar. No quiero hacerlo. [Pequeña lágrima corre cuesta abajo]
- Yo siempre lo supe. Pero ahora lo veo. [Esbozo de ligera sonrisa]
- Sí.
- Así es.
Azul.
Índigo.
Violeta.
Blanco… blanco… blanco…

sábado, 14 de noviembre de 2009

Esbozos intelectuales para un prudente arrojo a la hoguera (Analepsia CMLXXXVI)


They say the Devil's water, it ain't so sweet.
You don't have to drink right now.
But you can dip your feet
every once in a little while.

The Killers, When you were young


Febriles y convulsos son los caminos que parecen conducir al alba. Sorpresivamente, una mañana olor a satín aperlado se me ha posado como mariposa de maple en el acuífero reflejo mientras dormía, haciendo nacer todo de nuevo en el centro de nuestros ayeres adelantados, merodeando el exacto nadir de los pechos perfectos del mundo, fieros volcanes opacos y ojos de lagunas claras. Una brisa suave de inconmensurables jardines disfrazada de memoria sigue depositándose sobre las amplias planicies de la propia piel, humedeciendo sutilmente mis viñas secretas con su rocío, procreadoras del vino de los más privados momentos y de los más añejos pensamientos.

Es así como nuestro cuerpo se encuentra siempre fluctuante entre el deleite y el padecimiento, debatiéndose heroicamente como una llama de vela entre agónicos titilares, tenue metáfora orgánica de lo inestable, del buque todavía encallado en el puerto, de lo adhesivo de lo vivo sobre las fantasmagorías de sí mismo: es la carne magra que se fija al hueso y que lo reviste elegantemente con magistral atuendo mientras la forma de las nubes continúa mutando despacio, presentándolo en sociedad con la mejor de sus corruptibles galas. La belleza sensorial suele ser sólo una estampa que gradualmente pierde su nitidez, una fotografía que se desvanece con el transcurrir de los lustros. Entre las ruedas del carro, la atropella la historia. Sólo quedan, como remanentes benditos de solidez, algunos apuntes imaginarios de una llovizna de anhelos y de una luz blanca que siempre estuvo por venir y que nunca llegó pronto. Promesas de luz pura que han de descomponerse finalmente en múltiples espectros fotocromáticos, como la carne descompuesta misma después se esparce y se reintegra a Nuestra Madre, con singular discreción taciturna. En algún sentido, las arcas sagradas de lo humano se han ido llenado por completo de todas nuestras plegarias y de todos nuestros rezos desde tiempos inmemoriales, y han terminado por estallar; las flores perfumadas del tiempo ahora se arremolinan en torno de un solo punto, desprendiendo amorosamente sus pétalos como voluntades impersonales que surcan navegantes el gélido océano del viento eterno. Esos preciosos pétalos llamados arte.

Nada queda claro sin un poco de obscuridad, oxímoron bastardo de los buenos tiempos. A veces uno espera demasiado de las cosas, y se paga el precio con extensos firmamentos nocturnos y sublimes sinfonías inacabables que nos pasan por encima. A veces uno espera demasiado de los seres, y se recogen frutos desbordantes de miel y de hiel al pie del árbol de lo azaroso, semillas estériles envueltas de sensualidad apremiante a la orilla de los tumultuosos huertos y de las voluptuosas campiñas. Todo nos acontece de improviso, todo marcha y se acomoda de manera trágicamente magistral sin siquiera desearlo, sin siquiera adivinarlo. Los respetables arcanos, ancianos profetas de las eras y de los eones, no han podido prever siquiera en ninguno de sus copiosos pergaminos que éstas, mis letras, iban a ser fijadas en este espacio particular durante este único día, adornando mi carácter como una guirnalda vergonzosa para las posteridades curiosas. Teneos confianza: dejad pues que escriba sola la mano, ya que si ha sido adiestrada previamente con amor y con desvelo, no saldrá de ella más que caligrafía apremiante. En el virgen papel esperan todos los trazos posibles y se transparentan todos los sellos aún no marcados. El destino no es más que un instinto infinito que se actualiza día con día en lo fluctuante de la caducidad.

Quizás sea conveniente a menudo morder la apetitosa manzana sin miedo al exilio, apuntalar al judío sobre la cruz sin remordimiento alguno, derribar los ladrillos del muro sin previa amenaza a la conciencia, reina de nuestros vastos territorios ineludibles. El hierro de la espada se templa en el fuego: el rehén también se enriquece en la tortura; el esclavo en la humillación y en el descontento. Al final, lo que queda, es sólo aquello que nunca estuvo en realidad con nosotros. Quien pueda ver que vea, con la mirada sostenida sobre la mía: aquí, ahora, y a través de los tiempos. Carpe diem quam minimum credula postero. Ningún dictum tan malentendido como éste: lamentable ironía del presente vivido.

viernes, 6 de noviembre de 2009

El lector (Analepsia CMLXVIII)


“Varios son los caminos del hombre. Quien los sigue y compara verá surgir figuras maravillosas; figuras que parecen pertenecer a aquella gran escritura cifrada que se ve por doquier, en las alas, en la cáscara de los huevos, en las nubes, en los cristales y en las formaciones rocosas, en el agua helada, en el interior y exterior de las montañas (…) y en las extrañas coyunturas del azar. En todo ello se adivina la clave de esta prodigiosa escritura, su gramática.”

Novalis, Die Lehrlinge zu Sais


Ya era tarde. “Llovía a cántaros”, como se dice. Desde la ventana del pequeño restaurante, se podían leer con facilidad los bordes desgastados de las aceras y las pronunciadas tapas de las alcantarillas que sobresalían peligrosamente del suelo. El vapor aromático del café con leche hirviendo que subía desde su taza le empañaba los anteojos, dándole un aspecto de misterioso idiota sentado en la última mesa, hasta el fondo del local, esperando la cuenta.

Era evidente para E. que la gente que trabajaba allí y que manejaba ese lugar (que no pueden haber sido más de cinco o seis personas en total) pertenecía toda a una cierta época en particular, época en la que quizás fue fundado aquel restaurante por todos ellos, todavía entrados en la juventud y en plenitud de sus fuerzas, quedándose así estancado en el tiempo sin ningún afán visible de remodelación, como atrapado detrás de una vitrina de museo: tal característica otorgaba al inmueble una sacralidad extraña, un interesante viraje en la perspectiva del espacio que a E. agradaba tanto, la razón principal de su nada forzada asiduidad al recinto. La forma de los servilleteros y de las azucareras; la disposición de las sillas y las mesas en simétricos grupos de cuatro; el contorno en forma de “U” de la barra central; el hule resbaladizo y de color chillón de los gabinetes; el tocadiscos con Roy Orbison como banda sonora regular; el color pastel de las paredes que combinaba indudablemente con el uniforme pomposo y acartonado de las meseras; el moño, la bata, el bigote delgado y la brillantina en el cabello de los meseros con modales ya casi olvidados por todos nosotros: todo parte de una mecánica perfecta, de un ensamblaje impecable, piezas todas de un reloj que seguía marchando al ritmo de horas ya transitadas.

Finalmente, un mesero se le acercó: - Son veintinueve – le dijo amablemente.

E. Sacó rápidamente un billete demasiado arrugado de la bolsa de su pantalón, y otro perfectamente planchado de su cartera, cosa que pareció sorprender al mesero al recibir el pago, haciéndole más bien gracia que intrigando o dándole demasiada importancia al pintoresco detalle.

- No es casualidad lo de los billetes. Tal cosa no existe: todo tiene una causa. Lo que hago lo hago con el fin de mantener el orden universal – se excusó. – Todo se mueve por contrarios, por balance de fuerzas en oposición, ¿sabía usted eso? Usted, yo, todo…

-Sí, ya nos los había dicho señor E.

- Pues recuérdelo bien. Siempre hay que tratar de seguir ese patrón intrínseco en nuestras acciones. El claroscuro nos gobierna, recuerde bien esto también. Hay que poner siempre una libra exacta de nosotros en cada lado de la balanza cósmica. “One pound of flesh: no more, no less” ¿Recuerda al mercader? Pues así es. Nunca lo olvide. Quédese con el cambio.

- Sí, sí… lo recordaré. Gracias. Vuelva pronto – balbuceó el mesero con un ligero desinterés y sin voltear a ver a E., incluso reflejando un cierto desplante burlón y de lástima disimulada, agarrando los billetes con velocidad y colocándolos en una pequeña bandeja que sostenía con la otra mano, como se acostumbraba hacer en aquel lugar desde hace más de cincuenta años, sin cambio alguno.

La campanilla de la puerta del restaurante sonó. El paraguas de E. se abrió bruscamente impulsado por él mismo, apresurándose a cruzar la calle, misma que ya comenzaba a inundarse un poco en los bordes y a arremolinarse el agua en las esquinas hundidas de los edificios deteriorados. E. volteó a ver su reloj. Se hacía tarde. Ella pronto llegaría a casa, arribaría en cualquier minuto. Debía de apresurar el paso si es que deseaba alcanzarla.

La vio de lejos: primero la casa y después a ella. Sus pasos con ecos de tacón alto llegaban hasta los oídos de E. sin obstáculos, sin ningún esfuerzo de por medio. Finalmente, las llaves entraron en la cerradura de la puerta principal, un portón grande y blanco con elegantes retoques dorados en las bisagras y en los remates. Una mano femenina, huesuda y algo pálida, las hizo girar. En ese preciso momento, E. la interceptó con una leve palmadita en el hombro.

-Disculpe, señorita…

- ¿Sí?

- Usted no me conoce. Permítame presentarme: mi nombre es E. Quiero informarle sobre algunas cosas de capital importancia para su vida familiar, es decir, sentimental. Créame, es muy importante que me escuche. No tomará demasiado.

- ¿A qué se refiere? Exprésese más claro ¿Es usted investigador, policía…? – preguntó la mujer en tono de naciente preocupación.

- No, no soy detective, ni policía mucho menos. Sólo vengo a informarle sobre algunas cosas que usted no sabe en relación con sus allegados, mismas que ignora respecto de su vida privada, pero que en definitiva le gustaría saber.

- ¿Que no sé? ¿Acerca de mi familia, de mi vida?

- No, usted no sabe, pero yo sí. Para eso he venido.

- ¿Cómo? ¿Qué es lo que no sé? ¡Hable! – apresuró la dama, ya un poco exaltada y con evidente semblante nervioso.

- Verá: hace tres días, aunque usted no lo notó, viajábamos juntos en el autobús. Usted estaba sostenida del mismo tubo del que yo venía agarrado, y por ende se encontraba a lado de mi costado izquierdo. Hay decenas, cientos, miles y miles de vibraciones y de energías encontradas en esta ciudad, pero hay auras más en conflicto y desgarramiento que otras. “Todo vibra” reza uno de los principios más áureos del maestro Hermes Trismegisto, y cada corpúsculo vibra a diferentes frecuencias, pero unas son más parecidas entre ellas, unas más incompatibles y otras incluso agresivamente repelentes. Su energía destellaba sobre mí un poderoso influjo negativo pero atrayente al mismo tiempo, y no pude evitar salir de balance por unos segundos. Es por eso que decidí ayudarla y no perderle el rastro ese día: porque aprecié su alma, y porque sé que es muy posible que usted comprenda y escuche de verdad todo lo que voy a decirle. Hay personas que no pueden hacer ni siquiera esto.

- ¿Me siguió usted? ¿Hasta mi casa?

- Es correcto. Sin embargo, mi atrevimiento es justificado por mi intención, que es pura como el azogue: pongo al Arquitecto de por medio.

- ¿El qué? ¿Quién?

- Es una expresión que no tiene importancia explicar. Lo que importa verdaderamente es que he leído en usted algunos de sus problemas muy claramente, y he venido con el propósito de darles pronta solución.

-¿Ha venido usted por dinero? ¿Es por eso que ha venido hasta aquí, verdad?

- No, no… de ninguna manera. Ha sonado casi como un insulto tal aseveración para mí. Mis motivos son mucho más limpios, más elevados: trascienden el plano de la materialidad grosera y se concentran en el plano de las voluntades angélicas que nos circunvalan. El verdadero trasfondo de mi acción se encuentra regido por la Tercera Esfera. Es todo lo que diré.

- ¿De qué me está usted hablando?

- Ya sabía yo que no podría comprenderme del todo. Pero no es necesario que lo haga. Confórmese sólo con saber que actúo con natural sinceridad y desinteresadamente, que no espero nada de usted ni de su familia.

- Nadie actúa desinteresadamente, eso es falso.

- Eso depende de lo que usted considere como interés. Hay varios tipos de motivaciones, y si puede considerarse aceptar como motivación el seguir la causa necesaria de las cosas impuestas, el curso fatídico y grandioso de la gran hoz de Saturno, entonces sí: soy un interesado. Pero si se trata de cuestiones humanas y viles como la avaricia, la lujuria o la soberbia, aquellas que están regidas por los más pantanoso y obscuro de nuestra propia psique sumergida dentro de las esferas más bajas del Tártaro, resulta que de ninguna manera soy un interesado. Todo lo contrario: no encontrará en mis acciones interés alguno ¿Eso debe de resultarle sorprendente a personas como usted, verdad?

- ¿Cómo yo?

- Sí, a gente que no está acostumbrada a practicar el bien por sí mismo. Me refiero al bien con b minúscula claro está; pues el Bien con B mayúscula… no, de ése no es posible ni siquiera mencionarse sin mancharlo un poco y degradarlo en el discurso, aún poseyendo la intención más pulcra y sincera que un ser infra-celeste pueda generar. Pero el Arquitecto sabe de mis intenciones: Él puede leer muy bien mi corazón, y el suyo también, ambos tan claro como el mismísimo Libro de los Días.

- ¿A qué viene todo esto? ¿Cuál es el punto? ¿Me va a decir qué es lo que pasa de malo con mi familia, o no?...

El tono de voz de la mujer se intensificó, expresando una mezcla de angustia e irritamiento que E. pudo leer de inmediato, incluida e inseparable de su expresión corporal. Podía notar como el dedo cordial le temblaba ligeramente, muestra ineludible de la propensión a la mujer a las arritmias cardiacas. También se percató de las arrugas que ondulaban por encima de sus cejas, y del seño fruncido que permanecía tenso aún durante los altibajos naturales de la respiración. Sus labios resecos en el centro denotaban el hábito del tabaquismo, válvula de escape de un temperamento ansioso, inseguro y contradictorio, consecuencia directa de haber nacido bajo el signo de Géminis, regido a su vez por la casa de Acuario, mezcla casi siempre fatídica y agorera. Sus ropas no estaban bien planchadas en los bordes, santo y seña de un carácter descuidado por causas externas que desviaba su atención muy a menudo, disperso podría decirse. Todo esto y más había leído en ella ya desde el autobús, pero tales signos se incrementaron descaradamente en ese momento.

- Sí: le voy a decir qué hay con su familia, con su esposo, pero sobre todo, con usted misma.

- ¿Mi esposo, dice?

- Sí.

- Continúe – esbozó tratando de moderarse y de contener sus emociones, interesadamente.

- Comienzo entonces: usted sabe bien, desde hace bastante tiempo, que su esposo la engaña con otras mujeres, en particular con una chica…

- ¡Pero cómo se atreve usted! ¡Ni siquiera nos conoce! – rugió con vigor y descontento.

- Permítame continuar…

- ¿Es usted un espía, un acosador, o qué demonios…?

- Por favor, le suplico que me deje continuar.

La mujer calló momentáneamente, muy a su pesar, mordiéndose los labios.

- Sigo: estas cuestiones y enredos emocionales le han provocado a usted una serie de disgustos y de altibajos anímicos que se han reflejado en todo lo que usted es, en todo lo que usted representa. No soy frenólogo ni mucho menos, pero algo sé de fisionomía, aunque lo mío proviene más bien de la intuitio original, como un fino y sutil rayo de luz que emerge reflejado desde el prisma cristalino del Atributo Sapientia y que desciende hasta el centro de mi cráneo. Tampoco puedo decir que puedo distinguir entre un “antes” y un “después” de esos problemas en su persona porque, como ya le adelanté, no la conozco sino desde hace dos días; no obstante, hay generalidades de rasgos faciales que se van deteriorando de manera específica según el caso, y que si uno tiene buenos ojos, y me refiero a los tres ojos que poseemos, es posible reconstruir el cómo es que ha acontecido este deterioro progresivo, siendo posible también llegar al punto de reconstruir el rostro que el individuo tenía hace cinco, diez o veinte años atrás, el de su niñez temprana incluso. Lo mismo se puede hacer hacia el futuro. Entonces, su esposo sostiene relaciones con otras mujeres, usted lo sabe bien y sufre por eso. Usted ya ha pensado en dejarlo definitivamente, pero no lo ha hecho. No voy a ponerme a discutir minucias sobre esa relación tortuosa que usted sostiene con su esposo, porque además de que las desconozco en detalles siendo yo un completo extraño en su vida, no vale la pena detenerse en ellas, por ser contingentes y faltas de valor en sí mismas. Lo que me importa verdaderamente es la raíz del problema. Es allí donde puedo ayudarla.

E. tomó aire, pasó saliva, y continuó desarrollando su explicación. La mirada de la mujer temblaba e irradiaba afectación. Sus miembros estaban tensos, como cuerdas musicales a punto de reventar.

- Usted no lo ha abandonado no porque no se atreva a sufrir carencias materiales, pues según veo, es usted una mujer independiente, trabajadora y librepensadora: puedo ver sus zapatos caros de oficina y su libro de Molière que asoma de su solapa. Tampoco por la integridad y el desarrollo emocional de sus hijos: el divorcio le ha pasado infinidad de veces por la cabeza como una muy plausible solución. La razón principal por la que no lo ha dejado aún es por el temor a la soledad y la oquedad anímica que el abandono implica, es decir, de dejar de tener un respaldo físico y emocional que usted necesita en los momentos críticos y circunstanciales, una garantía quizás para los tiempos difíciles de la vejez que la atormentan como ninguna otra cosa consigue hacerlo. Pero usted también lo odia; odia su estupidez y su falta de pudor, de vergüenza: él ha herido su orgullo de mujer bella y astuta, despreciadora y manipuladora de muchos otros pretendientes a lo largo de su vida que aún sigue en curso. Es una sombra de humillación permanente que a usted la cubre, y de la que necesita librarse pronto si no quiere sofocarse.

- ¿Cómo sabe usted? ¿Quién…? ¿C-c-cómo…? – balbuceaba desconcertada, apenas pudiendo articular sus pensamientos, difuminados en el huracán interno que se iba desatado cada vez con mayor prominencia.

- Puedo leer en su rostro su vertiginoso ánimo haciéndole estragos por dentro en estos momentos, pero créame que no es mi intención herirla con mis aseveraciones, sino todo lo contrario. Resístalas como un mal necesario antes de la curación posterior. Se lo prometo: seré más breve aún en mis señalamientos. Ya que…

Un camión de carga pasó por la avenida en ese momento de manera estruendosa, por lo que la mujer no pudo escuchar bien las palabras siguientes de E. durante diez o quince segundos. El vehículo se alejó con prontitud, dejando una molesta estela de smog blanquecino, y fue así como ella pudo regresar a escucharlo con detenimiento.

- … pues tiene que comprender es que una persona regular tiene dos opciones en estos casos: dejar al ser amado en orden de olvidarlo por completo y empezar una nueva vida lejos de él; o insensibilizarse represivamente y continuar con la rutina diaria de la hipocresía normal y necesaria para la subsistencia de la estabilidad familiar. El suicidio no representa una opción para usted, teniendo hijos que criar y que alimentar; además usted no quiere morir tan pronto, pues es amante de los deleites sensuales en todos los sentidos, del goce de la carne, incluidos algunos deslices sexuales que ha ocultado celosamente con éxito a los demás. Pero usted tampoco es capaz de perdonarlo: sólo pocas personas pueden perdonar a alguien por completo sin guardar ningún tipo de remordimiento: son escasísimos aquellos puros de espíritu, protegidos del Arquitecto, aquellos que entienden verdaderamente y sin esfuerzo que todo está interconectado con todo, que viven y sienten de manera profunda el dictum “tú eres Eso”. Como acabo de decir, usted no es así, no responde a ninguno de estos arquetipos regulares o especiales, pues se encuentra en medio de ellos: es una colérica con tendencias melancólicas, mezcla de humores bastante peligrosa y deteriorante de por sí. Por esta razón, posee usted un instinto innato que la corroe y que corroe a otros al mismo tiempo por naturaleza, y que por lo general ha aquejado sobre todo a muchos ejemplares del sexo femenino, no sabe usted cuántos. Lo que intento decir es que personas como usted, cuando se les hiere demasiado hondo en cuestiones conyugales, podrían llegar a matar a su amante-verdugo sin pensarlo siquiera en momentos extremos de desbalance; pero por lo general, estando enmarcadas dentro de cierto tipo de educación y de normas sociales y jurídicas, no lo hacen por miedo a la coacción. Por el contrario, lo que sí hacen es tratar de "matarlo en vida", o por lo menos de envenenarlo lentamente, confundiéndolo y degradándolo hasta dejarlo exánime por medio del manejo de su propia culpabilidad y de la trama de acciones mañosas y ambivalentes, todo esto hasta que usted pueda sentir finalmente que ha cumplido con su castigo, es decir, expiado la pena y el tormento que siente que le había causado: pisotear y vapulear su orgullo tal y como él ha hecho con el suyo. Esto es, entonces y ante todo, una cuestión de orgullo, de aparente dignidad humana. Digo aparente, porque la verdadera dignidad es algo mucho más elevado que esto. Sin embargo, esta cuestión no resulta tan sencilla ni llega sólo hasta aquí: todo esto está entramado con otra cuestión que destella en sus ojos como fulgor ígneo, y que abrasa los propios míos. Brilla en sus ojos una sed de venganza persistente que va más allá de la justa expiación, pues su fuego no sabe detenerse en donde es debido. Es lo que se suele llama maldad pura en baja escala, o simplemente un estado histérico de la conciencia que degrada en iracunda incontinencia. Arden en usted un odio y un desprecio suficientes por su cónyuge-verdugo que son capaces de hacerle pasar aún mayores dolores y remordimientos que los que él le infringiera asumiendo su papel. Para personas como usted, la máxima “ojo por ojo, diente por diente” nunca es suficiente: siempre buscan llevarse una oreja consigo, o una nariz, un órgano vital de preferencia, por decirlo de algún modo. Es ovbio entonces que alguien sólo puede llegar a ese tipo de odio y desprecio precisamente porque ama al causante de su dolor. Lo ama de algún modo, quizás no demasiado, o quizás sí. Pero sea como sea, lo ama. Lo ama, pues de otra forma no sería tan relevante para usted el desear desquitar su ira con él, purgar su dolor y transmutarlo en dolor ajeno, como en un proceso alquímico malogrado, ya que ese tipo de dolor sólo puede transmutar en más dolor aún, para ambos. Pero también representa mayor placer durante en el infringimiento dosificado y constante del dolor ajeno, de la expiación excesiva de culpa por medio de su injusta mano justiciera. Sólo se pueden odiar verdaderamente a los que se aman, y quizás sólo también a aquellos que arrebatan lo más amado que uno tiene de un sólo golpe. También es obvio que usted ama y odia a su esposo al mismo tiempo, casi en igual magnitud. Pero en el fondo se odia a usted misma, más que a nadie en el mundo. Se odia de esa manera porque es usted a la persona que más ama también: más que a sus hijos, más que a su esposo. Se ama a sí misma con locura y desenfreno: su egoísmo es magnánimo; como ya le había dicho, es principalmente cuestión de orgullo. Esta embarazosa situación la tiene envenenada, fuera de sus cabales, como nunca en su vida había estado. No obstante, también puedo leer que su alma es fuerte, resistente, templada por dolores pasados, impresos en su aura como placa radiográfica. En el fondo, es usted una criatura de luz. Es buena madre, buena amiga y compañera, incluso buena esposa. En algún sentido admiro su temple, su muy escondido brillo interior. Me plazco en sus virtudes más que despreciar sus imperfecciones.

Ella soltó los brazos de repente, y los dejo caer a los lados poco a poco. La última luz de la tarde proyectada en el rostro femenino acrecentaba su belleza de manera inusitada, resaltando la gravedad de sus estilizadas facciones y elevando la peculiaridad de su carácter a nuevos territorios nunca antes retratados en su fisonomía, tiñéndolas de un rojo anaranjado encendido, casi bermellón, un digno espectáculo de trágica nobleza, de marcial nostalgia. Todavía algunas gotas residuales de lluvia retumbaban en el techo de la casa. E. se sintió conmovido por semejante estampa durante unos segundos, pero no pudo menos que proseguir con su discurso:

- Lo que le quiero decir en última instancia con todo esto, es que mi descripción de lo poco que he leído en usted desde el principio me llevó directamente a querer resolver sus conflictos de manera ineludible, intento de resolución que es prácticamente imposible para cualquier ser humano, no resultando al fin más que una simple sugerencia, una especie de intento de orientación acorde a su temperamento, su situación vital y sus acciones pasadas que determinaron su presente de manera necesaria, como la tablilla de cera del divino Platón: lo que he leído es sólo la punta del iceberg, el crucifijo erguido que adorna el cenit de la capilla. Usted misma debe de encontrar una posible respuesta a su conflicto de manera gradual, después de haberse conocido lo suficiente en lo que concierne a este caso en particular, mismo que entronca decisivamente con todos sus demás problemas. Yo soy su espejo ahora, yo fui su espejo hoy. ¿Qué ha visto usted en el espejo? Eso sólo puede saberlo usted. Al final, sólo uno puede leerse a uno mismo. Todo mundo necesita una mirada que no salga desde él mismo, que le ayude a encontrar su verdadero camino ¿Es lo que intentan hacer torpemente los psicoanalistas de estos tiempos, no es así? Sólo que olvidan que todos somos parte del todo, y que hay que rendir tributo silencioso a tan sagrada realidad en cada análisis, en cada lectura. Es una norma divina que sostiene y rige sobre todo lo humano: “lo que está arriba es como lo que está abajo”, recuérdelo bien ¿Sabía usted que los antiguos buscaban en las estrellas y en las tripas de los borregos la respuesta a sus inquietudes cotidianas y problemas personales, tal y como pretenden hacerlo ahora los charlatanes e impostores que pululan hoy por todas partes, en la televisión, el radio y los periódicos? Así nacieron esas divinas artes, y no en la adoración de viejos dioses o del Universo mismo, como se piensa regularmente. La única diferencia entre nuestros charlatanes contemporáneos y los antiguos y venerables lectores era precisamente ésa: la capacidad innata de unos cuantos para poder leer de manera verdadera y desinteresada el alma de la personas y del Mundo mismo… sólo unos cuantos… como yo. No lea en esta expresión mía arrogancia, sino sinceridad plena. Usted misma puede notarlo. Léame también, si es que puede hacerlo en algún grado.

El noble y estoico semblante de la mujer que había logrado imponerse minutos atrás había ido desapareciendo gradualmente a lo largo de esto último dicho por E., como encogiéndose poco a poco en sí mismo, replegándose hacia su núcleo. Ella lo miraba ahora con una expresión en extremo confundida, de un desconcierto y desolación abismales. No sabía que decirle, ni siquiera sabía ya quién era en ese momento, todo le parecía una fantasmagoría, un cruel y vago sueño, falto de solidez y de fundamento. De pronto, sin previo aviso, se dejó caer de rodillas sobre la alfombra de recibimiento, y empezó a llorar amargamente sobre el regazo de E. como nunca lo había hecho en su vida, durante casi doce minutos sin interrupción. Días después, pasada la tempestad, pudo percatarse al recordar que durante aquel momento sintió un alivio indescriptible, algo semejante a como si hubieran quitado una pesada losa de su pecho y un apretado casco de sus sienes. Durante su llanto fluyente, algo le recordó vívidamente aquellas míticas noches en las que se hospedaba con su abuela cuando ella aún era una niña: del aroma a pastel de fresa recién horneado de la casa, las cortinas color marrón y la calidez que desprendía todo eso; esas noches en la que la abuela le solía contar cuentos de sabiduría popular, de brujas, de animales y de héroes, por lo que muy a menudo terminaba llorando en su regazo debido a la maldad de los personajes antagónicos o al trágico destino de los benévolos protagonistas, quizás simple pretexto para canalizar el malestar producido por ciertos regaños pasados de su madre y de su padre que se habían logrado alojar y sedimentar poco a poco en su todavía puro y tierno corazón.

- Tengo que irme. Va a estar mejor ahora. Que el Cielo la proteja – dijo E. en voz baja.

- La… la… la puerta… gracias por… no sé si… sniff… no sé... – balbuceó la mujer sin demasiado coherencia, pero con una dulcísima voz que nunca se había escuchado pronunciar ella misma. Dudó incluso que se tratara de sí.
*
Había dejado de llover, pero en cambió comenzó a hacer mucho viento. E. siguió caminando a través de la acera. Por la inclinación de las hojas de los árboles y el progresivo apresuramiento de la gente al caminar, pudo adivinar que la temperatura bajaría todavía unos diez grados más. El semáforo dio luz verde. La figura de E. se fue perdiendo poco a poco entre las demás figuras desdibujadas y desparpajadas que se arremolinaban en la esquina de las dos grandes avenidas, la mayoría con prisa endemoniada. Un vocero, desde el otro lado de la acera, pudo notar asombrado y casi por accidente que E. sonreía levemente al pasar por el cruce de peatones justo enfrente de su quiosco, contrastándose con todas las caras llenas de desánimo, de hartazgo e incluso de clara indignación que le rodeaban por doquier. Seguramente habría vuelto a leer algo importante entre toda esa gente.