viernes, 6 de noviembre de 2009

El lector (Analepsia CMLXVIII)


“Varios son los caminos del hombre. Quien los sigue y compara verá surgir figuras maravillosas; figuras que parecen pertenecer a aquella gran escritura cifrada que se ve por doquier, en las alas, en la cáscara de los huevos, en las nubes, en los cristales y en las formaciones rocosas, en el agua helada, en el interior y exterior de las montañas (…) y en las extrañas coyunturas del azar. En todo ello se adivina la clave de esta prodigiosa escritura, su gramática.”

Novalis, Die Lehrlinge zu Sais


Ya era tarde. “Llovía a cántaros”, como se dice. Desde la ventana del pequeño restaurante, se podían leer con facilidad los bordes desgastados de las aceras y las pronunciadas tapas de las alcantarillas que sobresalían peligrosamente del suelo. El vapor aromático del café con leche hirviendo que subía desde su taza le empañaba los anteojos, dándole un aspecto de misterioso idiota sentado en la última mesa, hasta el fondo del local, esperando la cuenta.

Era evidente para E. que la gente que trabajaba allí y que manejaba ese lugar (que no pueden haber sido más de cinco o seis personas en total) pertenecía toda a una cierta época en particular, época en la que quizás fue fundado aquel restaurante por todos ellos, todavía entrados en la juventud y en plenitud de sus fuerzas, quedándose así estancado en el tiempo sin ningún afán visible de remodelación, como atrapado detrás de una vitrina de museo: tal característica otorgaba al inmueble una sacralidad extraña, un interesante viraje en la perspectiva del espacio que a E. agradaba tanto, la razón principal de su nada forzada asiduidad al recinto. La forma de los servilleteros y de las azucareras; la disposición de las sillas y las mesas en simétricos grupos de cuatro; el contorno en forma de “U” de la barra central; el hule resbaladizo y de color chillón de los gabinetes; el tocadiscos con Roy Orbison como banda sonora regular; el color pastel de las paredes que combinaba indudablemente con el uniforme pomposo y acartonado de las meseras; el moño, la bata, el bigote delgado y la brillantina en el cabello de los meseros con modales ya casi olvidados por todos nosotros: todo parte de una mecánica perfecta, de un ensamblaje impecable, piezas todas de un reloj que seguía marchando al ritmo de horas ya transitadas.

Finalmente, un mesero se le acercó: - Son veintinueve – le dijo amablemente.

E. Sacó rápidamente un billete demasiado arrugado de la bolsa de su pantalón, y otro perfectamente planchado de su cartera, cosa que pareció sorprender al mesero al recibir el pago, haciéndole más bien gracia que intrigando o dándole demasiada importancia al pintoresco detalle.

- No es casualidad lo de los billetes. Tal cosa no existe: todo tiene una causa. Lo que hago lo hago con el fin de mantener el orden universal – se excusó. – Todo se mueve por contrarios, por balance de fuerzas en oposición, ¿sabía usted eso? Usted, yo, todo…

-Sí, ya nos los había dicho señor E.

- Pues recuérdelo bien. Siempre hay que tratar de seguir ese patrón intrínseco en nuestras acciones. El claroscuro nos gobierna, recuerde bien esto también. Hay que poner siempre una libra exacta de nosotros en cada lado de la balanza cósmica. “One pound of flesh: no more, no less” ¿Recuerda al mercader? Pues así es. Nunca lo olvide. Quédese con el cambio.

- Sí, sí… lo recordaré. Gracias. Vuelva pronto – balbuceó el mesero con un ligero desinterés y sin voltear a ver a E., incluso reflejando un cierto desplante burlón y de lástima disimulada, agarrando los billetes con velocidad y colocándolos en una pequeña bandeja que sostenía con la otra mano, como se acostumbraba hacer en aquel lugar desde hace más de cincuenta años, sin cambio alguno.

La campanilla de la puerta del restaurante sonó. El paraguas de E. se abrió bruscamente impulsado por él mismo, apresurándose a cruzar la calle, misma que ya comenzaba a inundarse un poco en los bordes y a arremolinarse el agua en las esquinas hundidas de los edificios deteriorados. E. volteó a ver su reloj. Se hacía tarde. Ella pronto llegaría a casa, arribaría en cualquier minuto. Debía de apresurar el paso si es que deseaba alcanzarla.

La vio de lejos: primero la casa y después a ella. Sus pasos con ecos de tacón alto llegaban hasta los oídos de E. sin obstáculos, sin ningún esfuerzo de por medio. Finalmente, las llaves entraron en la cerradura de la puerta principal, un portón grande y blanco con elegantes retoques dorados en las bisagras y en los remates. Una mano femenina, huesuda y algo pálida, las hizo girar. En ese preciso momento, E. la interceptó con una leve palmadita en el hombro.

-Disculpe, señorita…

- ¿Sí?

- Usted no me conoce. Permítame presentarme: mi nombre es E. Quiero informarle sobre algunas cosas de capital importancia para su vida familiar, es decir, sentimental. Créame, es muy importante que me escuche. No tomará demasiado.

- ¿A qué se refiere? Exprésese más claro ¿Es usted investigador, policía…? – preguntó la mujer en tono de naciente preocupación.

- No, no soy detective, ni policía mucho menos. Sólo vengo a informarle sobre algunas cosas que usted no sabe en relación con sus allegados, mismas que ignora respecto de su vida privada, pero que en definitiva le gustaría saber.

- ¿Que no sé? ¿Acerca de mi familia, de mi vida?

- No, usted no sabe, pero yo sí. Para eso he venido.

- ¿Cómo? ¿Qué es lo que no sé? ¡Hable! – apresuró la dama, ya un poco exaltada y con evidente semblante nervioso.

- Verá: hace tres días, aunque usted no lo notó, viajábamos juntos en el autobús. Usted estaba sostenida del mismo tubo del que yo venía agarrado, y por ende se encontraba a lado de mi costado izquierdo. Hay decenas, cientos, miles y miles de vibraciones y de energías encontradas en esta ciudad, pero hay auras más en conflicto y desgarramiento que otras. “Todo vibra” reza uno de los principios más áureos del maestro Hermes Trismegisto, y cada corpúsculo vibra a diferentes frecuencias, pero unas son más parecidas entre ellas, unas más incompatibles y otras incluso agresivamente repelentes. Su energía destellaba sobre mí un poderoso influjo negativo pero atrayente al mismo tiempo, y no pude evitar salir de balance por unos segundos. Es por eso que decidí ayudarla y no perderle el rastro ese día: porque aprecié su alma, y porque sé que es muy posible que usted comprenda y escuche de verdad todo lo que voy a decirle. Hay personas que no pueden hacer ni siquiera esto.

- ¿Me siguió usted? ¿Hasta mi casa?

- Es correcto. Sin embargo, mi atrevimiento es justificado por mi intención, que es pura como el azogue: pongo al Arquitecto de por medio.

- ¿El qué? ¿Quién?

- Es una expresión que no tiene importancia explicar. Lo que importa verdaderamente es que he leído en usted algunos de sus problemas muy claramente, y he venido con el propósito de darles pronta solución.

-¿Ha venido usted por dinero? ¿Es por eso que ha venido hasta aquí, verdad?

- No, no… de ninguna manera. Ha sonado casi como un insulto tal aseveración para mí. Mis motivos son mucho más limpios, más elevados: trascienden el plano de la materialidad grosera y se concentran en el plano de las voluntades angélicas que nos circunvalan. El verdadero trasfondo de mi acción se encuentra regido por la Tercera Esfera. Es todo lo que diré.

- ¿De qué me está usted hablando?

- Ya sabía yo que no podría comprenderme del todo. Pero no es necesario que lo haga. Confórmese sólo con saber que actúo con natural sinceridad y desinteresadamente, que no espero nada de usted ni de su familia.

- Nadie actúa desinteresadamente, eso es falso.

- Eso depende de lo que usted considere como interés. Hay varios tipos de motivaciones, y si puede considerarse aceptar como motivación el seguir la causa necesaria de las cosas impuestas, el curso fatídico y grandioso de la gran hoz de Saturno, entonces sí: soy un interesado. Pero si se trata de cuestiones humanas y viles como la avaricia, la lujuria o la soberbia, aquellas que están regidas por los más pantanoso y obscuro de nuestra propia psique sumergida dentro de las esferas más bajas del Tártaro, resulta que de ninguna manera soy un interesado. Todo lo contrario: no encontrará en mis acciones interés alguno ¿Eso debe de resultarle sorprendente a personas como usted, verdad?

- ¿Cómo yo?

- Sí, a gente que no está acostumbrada a practicar el bien por sí mismo. Me refiero al bien con b minúscula claro está; pues el Bien con B mayúscula… no, de ése no es posible ni siquiera mencionarse sin mancharlo un poco y degradarlo en el discurso, aún poseyendo la intención más pulcra y sincera que un ser infra-celeste pueda generar. Pero el Arquitecto sabe de mis intenciones: Él puede leer muy bien mi corazón, y el suyo también, ambos tan claro como el mismísimo Libro de los Días.

- ¿A qué viene todo esto? ¿Cuál es el punto? ¿Me va a decir qué es lo que pasa de malo con mi familia, o no?...

El tono de voz de la mujer se intensificó, expresando una mezcla de angustia e irritamiento que E. pudo leer de inmediato, incluida e inseparable de su expresión corporal. Podía notar como el dedo cordial le temblaba ligeramente, muestra ineludible de la propensión a la mujer a las arritmias cardiacas. También se percató de las arrugas que ondulaban por encima de sus cejas, y del seño fruncido que permanecía tenso aún durante los altibajos naturales de la respiración. Sus labios resecos en el centro denotaban el hábito del tabaquismo, válvula de escape de un temperamento ansioso, inseguro y contradictorio, consecuencia directa de haber nacido bajo el signo de Géminis, regido a su vez por la casa de Acuario, mezcla casi siempre fatídica y agorera. Sus ropas no estaban bien planchadas en los bordes, santo y seña de un carácter descuidado por causas externas que desviaba su atención muy a menudo, disperso podría decirse. Todo esto y más había leído en ella ya desde el autobús, pero tales signos se incrementaron descaradamente en ese momento.

- Sí: le voy a decir qué hay con su familia, con su esposo, pero sobre todo, con usted misma.

- ¿Mi esposo, dice?

- Sí.

- Continúe – esbozó tratando de moderarse y de contener sus emociones, interesadamente.

- Comienzo entonces: usted sabe bien, desde hace bastante tiempo, que su esposo la engaña con otras mujeres, en particular con una chica…

- ¡Pero cómo se atreve usted! ¡Ni siquiera nos conoce! – rugió con vigor y descontento.

- Permítame continuar…

- ¿Es usted un espía, un acosador, o qué demonios…?

- Por favor, le suplico que me deje continuar.

La mujer calló momentáneamente, muy a su pesar, mordiéndose los labios.

- Sigo: estas cuestiones y enredos emocionales le han provocado a usted una serie de disgustos y de altibajos anímicos que se han reflejado en todo lo que usted es, en todo lo que usted representa. No soy frenólogo ni mucho menos, pero algo sé de fisionomía, aunque lo mío proviene más bien de la intuitio original, como un fino y sutil rayo de luz que emerge reflejado desde el prisma cristalino del Atributo Sapientia y que desciende hasta el centro de mi cráneo. Tampoco puedo decir que puedo distinguir entre un “antes” y un “después” de esos problemas en su persona porque, como ya le adelanté, no la conozco sino desde hace dos días; no obstante, hay generalidades de rasgos faciales que se van deteriorando de manera específica según el caso, y que si uno tiene buenos ojos, y me refiero a los tres ojos que poseemos, es posible reconstruir el cómo es que ha acontecido este deterioro progresivo, siendo posible también llegar al punto de reconstruir el rostro que el individuo tenía hace cinco, diez o veinte años atrás, el de su niñez temprana incluso. Lo mismo se puede hacer hacia el futuro. Entonces, su esposo sostiene relaciones con otras mujeres, usted lo sabe bien y sufre por eso. Usted ya ha pensado en dejarlo definitivamente, pero no lo ha hecho. No voy a ponerme a discutir minucias sobre esa relación tortuosa que usted sostiene con su esposo, porque además de que las desconozco en detalles siendo yo un completo extraño en su vida, no vale la pena detenerse en ellas, por ser contingentes y faltas de valor en sí mismas. Lo que me importa verdaderamente es la raíz del problema. Es allí donde puedo ayudarla.

E. tomó aire, pasó saliva, y continuó desarrollando su explicación. La mirada de la mujer temblaba e irradiaba afectación. Sus miembros estaban tensos, como cuerdas musicales a punto de reventar.

- Usted no lo ha abandonado no porque no se atreva a sufrir carencias materiales, pues según veo, es usted una mujer independiente, trabajadora y librepensadora: puedo ver sus zapatos caros de oficina y su libro de Molière que asoma de su solapa. Tampoco por la integridad y el desarrollo emocional de sus hijos: el divorcio le ha pasado infinidad de veces por la cabeza como una muy plausible solución. La razón principal por la que no lo ha dejado aún es por el temor a la soledad y la oquedad anímica que el abandono implica, es decir, de dejar de tener un respaldo físico y emocional que usted necesita en los momentos críticos y circunstanciales, una garantía quizás para los tiempos difíciles de la vejez que la atormentan como ninguna otra cosa consigue hacerlo. Pero usted también lo odia; odia su estupidez y su falta de pudor, de vergüenza: él ha herido su orgullo de mujer bella y astuta, despreciadora y manipuladora de muchos otros pretendientes a lo largo de su vida que aún sigue en curso. Es una sombra de humillación permanente que a usted la cubre, y de la que necesita librarse pronto si no quiere sofocarse.

- ¿Cómo sabe usted? ¿Quién…? ¿C-c-cómo…? – balbuceaba desconcertada, apenas pudiendo articular sus pensamientos, difuminados en el huracán interno que se iba desatado cada vez con mayor prominencia.

- Puedo leer en su rostro su vertiginoso ánimo haciéndole estragos por dentro en estos momentos, pero créame que no es mi intención herirla con mis aseveraciones, sino todo lo contrario. Resístalas como un mal necesario antes de la curación posterior. Se lo prometo: seré más breve aún en mis señalamientos. Ya que…

Un camión de carga pasó por la avenida en ese momento de manera estruendosa, por lo que la mujer no pudo escuchar bien las palabras siguientes de E. durante diez o quince segundos. El vehículo se alejó con prontitud, dejando una molesta estela de smog blanquecino, y fue así como ella pudo regresar a escucharlo con detenimiento.

- … pues tiene que comprender es que una persona regular tiene dos opciones en estos casos: dejar al ser amado en orden de olvidarlo por completo y empezar una nueva vida lejos de él; o insensibilizarse represivamente y continuar con la rutina diaria de la hipocresía normal y necesaria para la subsistencia de la estabilidad familiar. El suicidio no representa una opción para usted, teniendo hijos que criar y que alimentar; además usted no quiere morir tan pronto, pues es amante de los deleites sensuales en todos los sentidos, del goce de la carne, incluidos algunos deslices sexuales que ha ocultado celosamente con éxito a los demás. Pero usted tampoco es capaz de perdonarlo: sólo pocas personas pueden perdonar a alguien por completo sin guardar ningún tipo de remordimiento: son escasísimos aquellos puros de espíritu, protegidos del Arquitecto, aquellos que entienden verdaderamente y sin esfuerzo que todo está interconectado con todo, que viven y sienten de manera profunda el dictum “tú eres Eso”. Como acabo de decir, usted no es así, no responde a ninguno de estos arquetipos regulares o especiales, pues se encuentra en medio de ellos: es una colérica con tendencias melancólicas, mezcla de humores bastante peligrosa y deteriorante de por sí. Por esta razón, posee usted un instinto innato que la corroe y que corroe a otros al mismo tiempo por naturaleza, y que por lo general ha aquejado sobre todo a muchos ejemplares del sexo femenino, no sabe usted cuántos. Lo que intento decir es que personas como usted, cuando se les hiere demasiado hondo en cuestiones conyugales, podrían llegar a matar a su amante-verdugo sin pensarlo siquiera en momentos extremos de desbalance; pero por lo general, estando enmarcadas dentro de cierto tipo de educación y de normas sociales y jurídicas, no lo hacen por miedo a la coacción. Por el contrario, lo que sí hacen es tratar de "matarlo en vida", o por lo menos de envenenarlo lentamente, confundiéndolo y degradándolo hasta dejarlo exánime por medio del manejo de su propia culpabilidad y de la trama de acciones mañosas y ambivalentes, todo esto hasta que usted pueda sentir finalmente que ha cumplido con su castigo, es decir, expiado la pena y el tormento que siente que le había causado: pisotear y vapulear su orgullo tal y como él ha hecho con el suyo. Esto es, entonces y ante todo, una cuestión de orgullo, de aparente dignidad humana. Digo aparente, porque la verdadera dignidad es algo mucho más elevado que esto. Sin embargo, esta cuestión no resulta tan sencilla ni llega sólo hasta aquí: todo esto está entramado con otra cuestión que destella en sus ojos como fulgor ígneo, y que abrasa los propios míos. Brilla en sus ojos una sed de venganza persistente que va más allá de la justa expiación, pues su fuego no sabe detenerse en donde es debido. Es lo que se suele llama maldad pura en baja escala, o simplemente un estado histérico de la conciencia que degrada en iracunda incontinencia. Arden en usted un odio y un desprecio suficientes por su cónyuge-verdugo que son capaces de hacerle pasar aún mayores dolores y remordimientos que los que él le infringiera asumiendo su papel. Para personas como usted, la máxima “ojo por ojo, diente por diente” nunca es suficiente: siempre buscan llevarse una oreja consigo, o una nariz, un órgano vital de preferencia, por decirlo de algún modo. Es ovbio entonces que alguien sólo puede llegar a ese tipo de odio y desprecio precisamente porque ama al causante de su dolor. Lo ama de algún modo, quizás no demasiado, o quizás sí. Pero sea como sea, lo ama. Lo ama, pues de otra forma no sería tan relevante para usted el desear desquitar su ira con él, purgar su dolor y transmutarlo en dolor ajeno, como en un proceso alquímico malogrado, ya que ese tipo de dolor sólo puede transmutar en más dolor aún, para ambos. Pero también representa mayor placer durante en el infringimiento dosificado y constante del dolor ajeno, de la expiación excesiva de culpa por medio de su injusta mano justiciera. Sólo se pueden odiar verdaderamente a los que se aman, y quizás sólo también a aquellos que arrebatan lo más amado que uno tiene de un sólo golpe. También es obvio que usted ama y odia a su esposo al mismo tiempo, casi en igual magnitud. Pero en el fondo se odia a usted misma, más que a nadie en el mundo. Se odia de esa manera porque es usted a la persona que más ama también: más que a sus hijos, más que a su esposo. Se ama a sí misma con locura y desenfreno: su egoísmo es magnánimo; como ya le había dicho, es principalmente cuestión de orgullo. Esta embarazosa situación la tiene envenenada, fuera de sus cabales, como nunca en su vida había estado. No obstante, también puedo leer que su alma es fuerte, resistente, templada por dolores pasados, impresos en su aura como placa radiográfica. En el fondo, es usted una criatura de luz. Es buena madre, buena amiga y compañera, incluso buena esposa. En algún sentido admiro su temple, su muy escondido brillo interior. Me plazco en sus virtudes más que despreciar sus imperfecciones.

Ella soltó los brazos de repente, y los dejo caer a los lados poco a poco. La última luz de la tarde proyectada en el rostro femenino acrecentaba su belleza de manera inusitada, resaltando la gravedad de sus estilizadas facciones y elevando la peculiaridad de su carácter a nuevos territorios nunca antes retratados en su fisonomía, tiñéndolas de un rojo anaranjado encendido, casi bermellón, un digno espectáculo de trágica nobleza, de marcial nostalgia. Todavía algunas gotas residuales de lluvia retumbaban en el techo de la casa. E. se sintió conmovido por semejante estampa durante unos segundos, pero no pudo menos que proseguir con su discurso:

- Lo que le quiero decir en última instancia con todo esto, es que mi descripción de lo poco que he leído en usted desde el principio me llevó directamente a querer resolver sus conflictos de manera ineludible, intento de resolución que es prácticamente imposible para cualquier ser humano, no resultando al fin más que una simple sugerencia, una especie de intento de orientación acorde a su temperamento, su situación vital y sus acciones pasadas que determinaron su presente de manera necesaria, como la tablilla de cera del divino Platón: lo que he leído es sólo la punta del iceberg, el crucifijo erguido que adorna el cenit de la capilla. Usted misma debe de encontrar una posible respuesta a su conflicto de manera gradual, después de haberse conocido lo suficiente en lo que concierne a este caso en particular, mismo que entronca decisivamente con todos sus demás problemas. Yo soy su espejo ahora, yo fui su espejo hoy. ¿Qué ha visto usted en el espejo? Eso sólo puede saberlo usted. Al final, sólo uno puede leerse a uno mismo. Todo mundo necesita una mirada que no salga desde él mismo, que le ayude a encontrar su verdadero camino ¿Es lo que intentan hacer torpemente los psicoanalistas de estos tiempos, no es así? Sólo que olvidan que todos somos parte del todo, y que hay que rendir tributo silencioso a tan sagrada realidad en cada análisis, en cada lectura. Es una norma divina que sostiene y rige sobre todo lo humano: “lo que está arriba es como lo que está abajo”, recuérdelo bien ¿Sabía usted que los antiguos buscaban en las estrellas y en las tripas de los borregos la respuesta a sus inquietudes cotidianas y problemas personales, tal y como pretenden hacerlo ahora los charlatanes e impostores que pululan hoy por todas partes, en la televisión, el radio y los periódicos? Así nacieron esas divinas artes, y no en la adoración de viejos dioses o del Universo mismo, como se piensa regularmente. La única diferencia entre nuestros charlatanes contemporáneos y los antiguos y venerables lectores era precisamente ésa: la capacidad innata de unos cuantos para poder leer de manera verdadera y desinteresada el alma de la personas y del Mundo mismo… sólo unos cuantos… como yo. No lea en esta expresión mía arrogancia, sino sinceridad plena. Usted misma puede notarlo. Léame también, si es que puede hacerlo en algún grado.

El noble y estoico semblante de la mujer que había logrado imponerse minutos atrás había ido desapareciendo gradualmente a lo largo de esto último dicho por E., como encogiéndose poco a poco en sí mismo, replegándose hacia su núcleo. Ella lo miraba ahora con una expresión en extremo confundida, de un desconcierto y desolación abismales. No sabía que decirle, ni siquiera sabía ya quién era en ese momento, todo le parecía una fantasmagoría, un cruel y vago sueño, falto de solidez y de fundamento. De pronto, sin previo aviso, se dejó caer de rodillas sobre la alfombra de recibimiento, y empezó a llorar amargamente sobre el regazo de E. como nunca lo había hecho en su vida, durante casi doce minutos sin interrupción. Días después, pasada la tempestad, pudo percatarse al recordar que durante aquel momento sintió un alivio indescriptible, algo semejante a como si hubieran quitado una pesada losa de su pecho y un apretado casco de sus sienes. Durante su llanto fluyente, algo le recordó vívidamente aquellas míticas noches en las que se hospedaba con su abuela cuando ella aún era una niña: del aroma a pastel de fresa recién horneado de la casa, las cortinas color marrón y la calidez que desprendía todo eso; esas noches en la que la abuela le solía contar cuentos de sabiduría popular, de brujas, de animales y de héroes, por lo que muy a menudo terminaba llorando en su regazo debido a la maldad de los personajes antagónicos o al trágico destino de los benévolos protagonistas, quizás simple pretexto para canalizar el malestar producido por ciertos regaños pasados de su madre y de su padre que se habían logrado alojar y sedimentar poco a poco en su todavía puro y tierno corazón.

- Tengo que irme. Va a estar mejor ahora. Que el Cielo la proteja – dijo E. en voz baja.

- La… la… la puerta… gracias por… no sé si… sniff… no sé... – balbuceó la mujer sin demasiado coherencia, pero con una dulcísima voz que nunca se había escuchado pronunciar ella misma. Dudó incluso que se tratara de sí.
*
Había dejado de llover, pero en cambió comenzó a hacer mucho viento. E. siguió caminando a través de la acera. Por la inclinación de las hojas de los árboles y el progresivo apresuramiento de la gente al caminar, pudo adivinar que la temperatura bajaría todavía unos diez grados más. El semáforo dio luz verde. La figura de E. se fue perdiendo poco a poco entre las demás figuras desdibujadas y desparpajadas que se arremolinaban en la esquina de las dos grandes avenidas, la mayoría con prisa endemoniada. Un vocero, desde el otro lado de la acera, pudo notar asombrado y casi por accidente que E. sonreía levemente al pasar por el cruce de peatones justo enfrente de su quiosco, contrastándose con todas las caras llenas de desánimo, de hartazgo e incluso de clara indignación que le rodeaban por doquier. Seguramente habría vuelto a leer algo importante entre toda esa gente.

jueves, 1 de octubre de 2009

[Would you] find yourself afraid to see? (Analepsia CMXXXIII)



A veces las señoras que venden frutas y verduras en los mercados ni se molestan en ser señoras. A veces sólo suelen ser masas entrópicas bien portadas, con patrones de conducta perfectamente bien definidos que sin embargo escapan de sus márgenes de vez en vez, echando a perder así trescientas teorías sociológicas y otros tantos libritos de variedades, de esos que leen para entretenerse los fisiólogos y los antropólogos más cultos. A veces esas señoras fruteras y verduleras, como los niños que salen despeinados de la escuela primaria con ganas de comprar dulces y estampitas, los jóvenes amantes besándose en las bancas de los parques, los obesos y calvos señores desesperados por la lenta marcha del transporte colectivo, o las ancianas de noventa años que bailan jazz y fox-trot a la entrada principal de una tienda de discos y revistas; todos ellos a veces sólo son llamativos recordatorios de que algo no anda bien de acuerdo con lo que normalmente consideramos como “correcto” o como “bueno” (es decir, eso que nos han enseñado que está bien, y que así debe de estar aquí por el resto de nuestra estancia): símbolos labrados como gráficas advertencias sobre la legendaria puerta de madera que resguarda los misterios del fin de los tiempos y del comienzo explosivo de todo lo que existe. Y no es que uno piense o crea que esas cosas “insignificantes” tienen que estar bien todo el tiempo, en todo momento: sólo llama la atención propia resultante del hábito y la costumbre, sorprende sorprenderse sobre lo que no nos suele sorprender. Reflexiones de puberto adolescente que ocasionalmente vuelven, periódicamente en todas las etapas de nuestra existencia contaminadamente enriquecidas, cada vez más sólidas y más hediondas, de la misma manera como las marejadas regresan recurrentemente la espuma marina a la orilla de la playa, con nuevas conchas y caracoles marinos qué admirar y qué coleccionar para los anales de la memoria presente, pero al mismo tiempo llenas de algas babosas y enredadas de suciedades que uno más bien quisiera desechar muy lejos de uno mismo.


De pronto olvidamos (quizás a propósito, de manera subconsciente según San Freud) que el sexo y la violencia, los más antiguos primos gemelos de todos los que existen, circundan vigilantes las lindes del teatro humano, como casi ninguna otra cosa lo hace sobre la faz de la tierra. A menudo olvidamos que son ellos (ayudados por sus incondicionales subordinados: las drogas legales y el mass media) el combustible de todos los motores, la fogata que mantiene viva todas la piras, que brinda la luz y el calor a todos los hogares, en los elegantes y exclusivos penthouses de los acaudalados como en las míseras e infrahumanas vecindades de los desposeídos. Entre las palpitantes y a su vez lejanas carnes del peatón común, una risa se acelera y un llanto se atora en el semáforo, una cosquilla regalada con el accidental roce de brazos se arroja a nuestros nervios de manera casi imperceptible en el aparador de enfrente, trozos múltiples de imperfección subliman aquellos momentos en los que la imaginación escapa y galopa, a miríadas de kilómetros del cuerpo que en ese momento transita por inercia sobre el pavimento, como en esas historias de enormes robots japoneses que controlan pilotos de baja estatura, no obstante poseedores de un espíritu inconmovible y valeroso. De pronto se impacta contra nosotros, navegantes pasivos de las naos del olvido continuo, un coctel de santiguaciones y de ofertas estruendosas en cada iglesia y en cada tianguis: ropas fluorescentes y voces chillonas y distorsionadas; rezos hipócritamente desesperados en su genuina calma; altavoces con música de moda del otro lado de la calle y de este lado también; un sombrero que vende semillas tostadas, placer de los hijos, los padres y los abuelos. Es la vida gritando como merolico en cada esquina, pisando su mismo vómito y arrojando confeti por encima de las cabezas de los santos y de los filósofos, decadentes figuras con ganas de mirar, por “el bien” de “todos los demás”, desde la “honorable” cornisa contemplativa de los tiempos y los lugares: esos abogados del ganado multicolor y médicos del jardín floral de los dolores y las descomposturas.


De pronto, un fuete se impacta con fuerza en nuestros frágiles rostros, sobre nuestras inocentes y suaves mejillas de teórico aséptico (“Limpie el área antes de aplicar el remedio”: es lo que se nos dice que está bien y lo que hacemos regularmente, la forma correcta de proceder entre nosotros y con uno mismo “¡Al diablo, digo a veces a los cuatro vientos! ¿Y qué tal que las cosas tienen que estar sucias para que sean cosas? ¿Qué tal que no hay que desinfectar nada, arreglar nada y corregir nada, tarea ociosa de la débil cofradía obsesivo-compulsivo que escribió las partituras más interpretadas y sonadas de nuestra cultura global?”). Uno se pregunta estas cosas de mocoso de once años al ser invadido por las publicaciones y los diarios en los quioscos, por la televisión y el radio en las tiendas y los restaurantes; al mirar los hombros desnudos desbordantes de coquetería que pululan por allí y las latas de metal tiradas en la acera que adornan la urbe, muy cerca de las lodosas alcantarillas. De pronto, sin previo aviso, se ven acercarse caderas tan anchas como avenidas, cinturas tan estrechas como callejuelas, todas ellas investidas de una singular vulgaridad y descaro insinuante que predica al menearse “cógeme, déjame y regresa a mí para siempre, a tu muerte en vida”; “mírame, sígueme, después piérdete entre mis potentes piernas y mis deliciosos pechos, sólo para desaparecer así entre la masa informe y la monotonía posterior al banquete de perdición que soy yo misma”; “hazme tu amante y madre de tus hijos, una y otra vez, conmigo y con otras, hasta que no queden restos de tus ropas ni de tus huesos”. Entonces uno se queda impávido, inmóvil, helado, incendiado de deseo y de repugnancia mezclados, queriendo acallar los designios que circulan por debajo de nuestras venas y que yerguen las paredes de nuestras glándulas hinchadas, aquellas paredes sobre las cuales las débiles cofradías de compositores de la cultura no ha podido escribir sus partituras, trazando en su lugar groseros esbozos y artificiales notas que van a contrapunto con lo vivo, en agreste y perturbadora cacofonía.


Sin embargo, no es posible hacer oídos sordos a aquella cacofonía, insoportablemente atractiva (mezcla de “lo artificial” y “lo natural”: nada más naturalmente artificial que esta arbitraria distinción), casi como se hace con aquella morbosa disposición enfermiza de ver un accidente de tránsito en su magnífico despliegue, mientras los pedazos de vidrio y los trozos de carne con sangre nos rebotan y nos bautizan de manera simultánea. Pieles tostadas por el sol y por la pobreza citadina, cabellos decolorados y tatuajes que reflejan el rostro ajado pero festivo de aquellas sagradas muletas que el asceta tiró, y volvió a levantar llenas de polvo y de historia para condenarlas por completo, fuera de sus pulcros y elevados territorios, no man’s land para el vulgo infeccioso que se reproduce por miles, todos los días del año, todos los años. La vulgaridad y el morbo también son nuestros hermanos, nuestros tiernos y familiares espejos, no olvidemos nunca esto, sabios decadentes, pastores de la humanidad: no dejemos a la imperfección sin pan, por caridad cristiana y por compasión budista. Aprendamos a ver lo inhumano como aquel rasgo de lo humano que más nos representa, incluso contra nuestra propia y férrea voluntad. “Si esto es así, ¿entonces el que está mal soy yo y no los demás? ¿Yo soy el incorrecto, la letra salida del margen del cuaderno?” Preguntitas tontas y baratas de puberto, de adolescente, de mocoso de once años. Todo regresa: no somos más que la espiral indefinida de la identidad fluctuante. Podrás metamorfosear, pero nunca ser otro que no seas tú mismo. Honda paradoja vital, absurda, es decir, plena de significado.


jueves, 27 de agosto de 2009

Another version of the truth (Analepsia CMII)


El efluvio continuo de las razas y las épocas.

Ríos caudalosos de inútil barro insuflado.
Juego gris que se torna incomprensible.
Traicionero beso en la mejilla sagrada de la vida.

Retoños de neón y de acero
brotando a partir de la infértil superficie.

Juego de cruel inocencia derramado sobre atardeceres de oro.

Néctar hirviente que gotea, monótono,
sobre la densidad de los días y las horas.

El último fruto del Árbol de la Sabiduría
se ha hecho sudor ya, se ha hecho piedra caliza
que escurre, resbala, se hunde y se ahoga
tras las desnudas vértebras de la razón dormida.

Esperando el instante preciso, precioso,
nos quedamos aspirando las cenizas de las manos vacías.

Sombra incontrastable que se cierne sobre el hombre.

De lejos, desde el aparador de concreto,
redimidos, afeitados y domesticados,
¿penetramos lentamente en los misterios de la carne?

Se disuelve la voz entre los bosques de varilla y vidrio,
manojo de pesados instantes,
trazado de líneas de fuga y de aromas perpetuos.

Los colores-luz penetran y estallan en mil pedazos sonoros.
¡Mirad, de qué manera se iluminan los campos de las cruces venideras!

Lúcida ceguera que abre las ventanas al olvido.

Siempre las mismas delicias, las mismas rutas de escape al tiempo.
Imperio comunista de intereses y de aspiraciones
que marcha al batiente tambor de no se qué invisible redoble.
Ecos que resuenan detrás de todo nudo móvil de deseos y de apetitos.
Opulencia y miseria: sólo dos caras de la misma esfinge.

Las manos levantadas en plegaria hacia el cielo,
y los pies enterrados en la arena helada de la continuidad.

Carabela autoconsciente entre dos mundos, varada.
Obelisco que se yergue, magno, sobre las lindes de la nada.

El eterno retorno de lo mismo.

Morning bell (Analepsia CMI)



Sigilosa y precavida,
se cuela la nostalgia al despertar:
herrumbres del cielo,
látigo de la mañana rubia,
oxidada en sus puntas
y abollada en el centro de su pecho.
Astillas tempranas que llueven sobre la brisa,
luces que se abren de par en par,
descuidadas, llenas de vaho,
de bostezo primigenio y solitario.
Así es como emerge la conciencia:
se levanta el párpado-telón
desde la jauría infinita de los arrecifes somnolientos,
esos guijarros, pedazos incoherentes de mundo,
que resultan no más que ambiguos palmos de narices,
restos de certezas varadas
a merced del más suave sobresalto.
Ensoñación interrumpida:
animaciones vanas sobre sólidos lienzos,
antiguos,
monolíticos,
abandonados al delicioso beso de la fortuna diaria.
Arenas que se pierden dentro de sí mismas,
en implosión presurosa,
amarradas al instante eterno
de la mirada vagabunda.
Una mirada pulcra, sedosa, amable,
dulce pozo de memorias
pintadas sobre su superficie.
Mirada a su vez lagañosa e hinchada,
semi-ciega y pesarosa,
doble herida por debajo de las cejas.
Quisiera la mar ser agua,
agua y sólo agua,
hojaldre verdiazul,
fuga de Agosto,
sintaxis de un viento descontrolado,
espera augusta sobre las mesetas durmientes.
Pero no.
No es así.
Siempre es de la otra manera.
Simplemente así es.
Simplemente así sucede, nunca como en el ensueño.
Entonces el ofidio se muerde la cola,
y la canción se repite en el templo,
en el templo vacío de lo corpóreo,
en ese cuerpo hueco que no ha dejado de cesar del todo.
Las llamaradas estallan en la espalda,
se mojan en los recuerdos del sello nocturno,
para entonces, una vez sembradas,
emerger libres, en escapada,
como una parvada de islotes coloreados.
En la nueva noche, estreno de luna,
el brillo en la pupila se apaga de nuevo,
presto para escalar una vez más las ramas lúbricas,
inmersión de nueva cuenta en el estanque ígneo
del tiempo disuelto y la materia desintegrada,
dentro de aquel territorio auspiciado por Morfeo.
Pero, por ahora, es de día.
Soy un ave ahora,
sentada sobre el borde de la cama,
escuchando el hermoso rugido de los gallos
y el rústico correr del refrescante arroyo.
Desplegada esa sensación de cien mil años,
la recámara se atora en mi garganta,
y la vida pugna por reincorporarse de nuevo,
como un retoño de habichuela abriéndose paso hacia el sol,
resquebrajando el ajado rostro de su madre, la tierra.
Nada duerme, nada cae realmente.
Ni siquiera el cuerpo vacío, mucho menos la noche.
Sólo simulacros de batallas moribundas
sobre el techo de satín del Rey Silencio.
De lo demás, de lo nocturno,
siempre quedan esqueletos pétreos,
ecos de una estación que está por apagarse.
Así se pasea el vaivén de las horas,
así cantan el adentro y el afuera.
Escondida, tímida, arrinconada,
la niña nostalgia acecha y se ríe,
dura y fría amante,
siempre llevando la delantera, cabalgando
sobre el gélido horizonte del amanecer sempiterno.
Siempre es hoy… siempre es hoy y de mañana.
¿Qué sabor es éste, nuevo y viejo en mi boca?

jueves, 20 de agosto de 2009

El mar (Analepsia CM)




“Una pulgada de sensatez, y después una milla de imprudencia”: tal era la leyenda impresa en el letrero pegado sobre la puerta de entrada, escrita sobre un papel amarillento y bastante roído de las puntas. Al penetrar cuidadosamente en el inmueble, los vellos de los brazos se les erizaron de inmediato, sin previo aviso. Todo en la casa olía a moho, a madera apolillada y ladrillo mojado. Por un ventanal semi-roto llegaban a filtrarse diminutos hilos de luz vespertinos, los cuales, junto con la serie de telarañas que pendían de dos de las esquinas de la sala principal, otorgaba al lugar un cierto halo de tétrico anticuario, de bello descuido e indiferencia por las cosas materiales, por aquellas pertenencias que suelen esclavizar a la mayoría de la gente. El tintineo de las gotas de lluvia sobre los tejados de las casas vecinas, el eco del ave desconocida que graznaba insistentemente sobre los cables de luz al exterior, el tambor persistente de los latidos propios del corazón: todo elemento colaboraba un poco en la composición de una extraña sinfonía, misma que iba acrecentando su intensidad en la medida en que uno ponía atención a todos los detalles en conjunto, sin dejar pasar uno solo.


- Este lugar parece abandonado - aventuró el inspector.

- ¡No me diga! - respondió sarcásticamente su joven asistente, quizás de manera un poco irrespetuosa, dados los rangos bien definidos de cada quién.

- Pero no podemos darnos por vencidos así como así. Tenemos que seguir buscándolo. Adelante.

Al ir avanzando hacia el interior del inmueble, más y más elementos iban revelando de manera gradual pero poderosa un cierto temperamento, una cierta personalidad, un cierto modo de ser. Réplicas de Hokusai, de Klee y de uno que otro Waterhouse brillaban opacamente sobre los muros tapizados con un corrugado de alcachofas y garigoleados marrón del siglo antepasado, reproduciendo un collage bastante sui generis en plena consonancia con lo ocre del ambiente, un mosaico de impresiones, de muebles y de decoraciones que daban la quizás engañosa impresión de ser reliquias fermentadas durante varios lustros dentro de las barricas de la observancia, el desvelo y el cultivo del espíritu. En efecto, no era aquella una casa cualquiera, y mucho menos debía de serlo su (o sus) habitante (s).

En la medida en que los hombres iban penetrando la desconocida jungla que se abría ante su vista a través de los largos y altos pasillos, no podían dejar de hilar ideas respecto del tipo de inquilino al que se enfrentarían tarde o temprano en alguna de esas inquietantes esquinas, o en algún entrepiso inesperado que habría de tomarlos necesariamente desprevenidos. Un manojo de nerviosismo los atrapó por unos instantes, pero lograron salir venturosos de éste, y de otros dos más de manera consecutiva.

Una pequeña puerta en el suelo parecería conducir hacia una especie de sótano ¿Habría que entrar? No. Mejor continuar inspeccionado los pisos superiores antes que éste ¿Miedo? Por supuesto que no: sólo el necesario seguimiento de un protocolo que se lleva al pie de la letra en todas las operaciones de este tipo. No había que olvidar tampoco que no se trataba de una simple orden de cateo: se trataba, ni más ni menos, de una orden de aprehensión. Había que tener presente que medio escuadrón confiaba en la capacidad policial de nuestros camaradas, altamente preparados para este tipo de acciones. La cocina, el baño, el patio: todas piezas de museo descuidadas, víctimas del desgaste natural que provocan agentes como la humedad, el polvo y la falta de actividad enfocada a la preservación del entorno. Sin embargo, ampliamente atrayentes y singularmente seductoras, como una buena prostituta madura, como un buen vino añejado en una cadena considerable de generaciones con eslabones de oro.


- Muy bien... si el hijo de puta no está en casa, entonces ¿en dónde podría estar? Podría estar en cualquier otro lugar.


- Sus conclusiones nunca dejarán de sorprenderme, teniente. Siempre tan agudas y tan...


- ¡Ea, ea! ¡Ya me estoy cansando de tu sarcasmo, chico! ¡Sólo me expreso así, eso es todo! Pienso en voz alta... no tienes porque restregármelo en las narices ¡Como si tú nunca lo hicieras, bravucón! Acuérdate para qué hemos venido hasta aquí. No te distraigas ni un segundo. Tenemos que atrapar a ese bastardo.


Tal irrupción en apariencia discordante sirvió bastante para destensar un poco los ánimos nerviosos de ambos policías, uniéndolos más de manera paradójica en su persecución, agudizando sus sentidos hasta tal punto que se volvieron un poco más ágiles y más cuidadosos. Subieron la tercera de las escaleras, llegando por fin a la recámara que parecía ser la del dueño del lugar. Nada. Después una recámara, tras otra, tras otra. Nada de nuevo. Al fondo del pasillo, pudieron vislumbrar una recámara cerrada, incluso más pequeña que las anteriores. La áspera mano del detective tomó la perilla y la hizo girar haca la derecha.


La rechinante puerta se abre y la primera figura que permite ver la rendija semi-abierta a profundidad es la de un bulto sobrepuesto sobre el borde de la cama. Sus rasgos se pierden en la obscuridad del cuarto, que cae pesada, solemne, envidiosa de las miradas invasoras ¿Es un costal? ¿O es el hombre que están buscando? Aventurado comentario desde la distancia que se encuentran los dos, mirando como niños pequeños, mudos y extraviados, la profundidad del inhóspito bosque. Un terrible sentimiento se apoderó de ellos en aquel momento: no tanto el terror del posible encuentro violento con el inquilino, como el indescriptible extrañamiento de un “algo” que se avecina, y no se sabe qué es en definitiva. Un temor irracional, similar a la incertidumbre previa a la entrada dentro de una indeterminada obscuridad en la que se preven los más cruentos sufrimientos y terribles violencias, sin saber cuándo, por dónde ni de qué forma van a llegar, había tomado más y más terreno sobre sus cuerpos.


De manera fulminante, efectivamente, algo sucedió: una lucecilla blanca tornasolada, parecida al reflejo de una concha nácar golpeada por el sol sobre el lienzo arenoso de la playa, emergió del centro de esa masa todavía amorfa y extraña que se erigía frente a sus incrédulos y despabilados ojos. Desde ese estado de alerta en el que se encontraban sumergidos los detectives, parecía casi posible escuchar el aleteo de un colibrí en el jardín a unos cien metros de distancia; las pisadas marciales, al unísono, de las miles de termitas que invadían el interior de las paredes y los postes de la casa; las casi imperceptibles micro-frecuencias que producía el roce del aire colado por la ventana en choque con las cuerdas tensas de una arpa abandonada que yacía, inerme, a un lado de la cama. Ambos eran todo oídos, todos fibras nerviosas recorridas por un arroyo de energía cosquilleante y permanente, un flujo indetenible de sensaciones incendiadas.


Las miradas se iban hundiendo, cada vez más, dentro de aquella abertura luminosa sobre el bulto. De pronto, un despunte de dulzura y de tranquilidad emanó desde la parte baja de sus vientres, extendiéndose por sus miembros hasta alcanzar la nuca, deteniéndose en ese lugar. Una seguridad, casi de vientre materno, asaltó sus mentes posesas, colándose hasta el rincón preciado de los recuerdos más importantes de cada quién. En el más joven emergía de pronto la imagen de su querida esposa preparando el desayuno desnuda en la cocina, con sus bellas y tersas nalgas moviéndose de un lado para otro, discretamente, mientras batía energicamente los huevos con jamón que comerían juntos después de hacerle el amor sobre el fregadero. En el otro, el más viejo, solterón y amargado, salía a flote la mirada caritativa y casi sapiencial de su hound dog de nombre Elías, echado sobre su sillón, con su lengua larga y babosa apuntando hacia el sur, y encogido sobre sí, como esperándolo con ahínco tremendo a que su amo llegara a su hogar, con una sinceridad y ternura difícilmente identificable en ojos humanos.


Así permanecieron perdidos en las espesas malezas de sus sentidos confundidos con sus capacidades mnemotécnicas hasta que, así lo quiso Dios, o el diablo (o bien, ambos perfectamente coludidos), un jarrón de porcelana cayó estruendosamente muy cerca de sus cuerpos, sacándolos de su letargo de forma inmediata, y recuperando el nivel de adrenalina con el que comenzaron su ulterior cacería, sintiéndola como una inyección de heroína suministrada justo sobre la madre de todas las arterias.


- ¡Arriba la manos! ¡Identifíquese! ¡Ahora! ¡Quiero ver sus manos... ya!


Ningún movimiento de manos se produjo en la escena. Ahora, la silueta negra y penetrante había mutado en algo parecido a un feto de caballo, o más bien a una lámpara cubierta por un abrigo de piel, debería decir. Ya no era algo humano, y quizás nunca lo fue más allá de la esperanza de los policías de que así lo fuera. Suele suceder que las cosas se transforman para nosotros en la medida en que violentamos con nuestro deseo su verdadera naturaleza. Si nosotros queremos, una cuerda puede ser una serpiente, un puño cerrado una vagina, y la materia un conglomerado casi infinito de átomos y quanta. Todo depende de cuánto esmero, cuánta concentración de deseo, se le ponga a la ilusión generada. Nuestros dos protagonistas estaban perdiendo tal capacidad muy rápidamente, a tal grado que todo indicio de hombre ya se había desvanecido de allí. Sólo quedaba el punto de luz en el centro del obscuro bulto.


De nuevo, en la medida en que los policías volvían a fijarse inevitablemente en el orificio fulgurante que disparaba finos hilos sobre sus atolondradas pupilas, regresaron gradualmente a sus divagaciones, perdiéndose de nuevo en las intrincadas redes de las vívidas imágenes de su pensamiento, en su mundo interior. Uno de ellos empezó a imaginarse paseando felizmente por los Cárpatos tan ligeramente que podría jurar que se encontraba sobrevolando el área; y el otro realizando su rutina de ejercicios matutinos (ejecutando hiper-extensiones, más particularmente) sobre la nueva duela de su apartamento, fruto de tres meses de ahorros y de más de una desaveniencia consigo mismo respecto de su presupuesto y de la forma más correcta de administrarlo. Todo esto los embriagaba de placer y de simultánea tranquilidad, algo nunca antes sentido por ellos en esa divina intensidad.


Pudieron haber pasado varios minutos, incluso horas (¿quién lo puede afirmar con seguridad?) después de que el jefe hubiera lanzado su último grito sobre lo que esperaba que fuera su víctima, sentada sobre la cama. Ahora, la figura había adoptado una silueta similar a un homúnculo (un pigmeo gordo, o algo parecido); o quizás más bien a un almohadón de plumas que se retorcía de vez en cuando, poco a poco, de manera espasmódica. En realidad, ninguno de los presentes sabía con exactitud qué era lo que estaba aconteciendo en ese lugar. Empapados de sudor frío y con un pésimo aliento bucal, comenzaron a emerger suavemente de su letargo, acarreando la sensación de cuando uno sale de la deliciosa agua de una alberca hacia la intemperie ventosa que nos recibe afuera (con el detestable cambio brusco de temperatura que esto implica).


Paulatinamente fueron recuperando la noción del tiempo, ese sentido interno sin el cual, más que con el espacio, se nos aparecería todo como un inmenso mar de colores, sonidos y formas en el que, sumergidos de continuo, toda imaginación y emoción presentes e identificables quedarían disueltas, como cristales diminutos de sal, integrados en la masa líquida que se pierde en el horizonte y se enciende, como flor de fuego y montaña, con la tarde.


- ¡Muy bien! ¡Tú lo quisiste! ¡Voy a disparar! ¿Es eso lo que quieres? ¡Arriba las manos, pues!


Pero ninguno de sus “músculos” se movía. Permanecía allí, varado en su propio “cuerpo”, como esperando a que algún bienintencionado marinero lo empujara fuera de la orilla. La voluntad, del otro lado, estaba presente: el teniente quería alcanzar al bastardo, sacudirlo, incluso golpearlo un poco, y llevarlo directo a la comisaría, donde acabaría todo esto de una buena vez. “Sí: golpearlo, golpearlo quizás mucho. Quizás golpearlo hasta cansarse, hasta que el infeliz vomitara sangre y quedara tumbado sin moverse, inherte, y yo quedara junto a él, con una gran sonrisa, mirando hacia el techo. Golpearlo hasta... ¿matarlo? ¡Sí! ¡Sí! ¡Matarlo! ¡Matar al hijo de puta! ¡Hacerle pedazos!”. Pero a veces la voluntad no basta, como en este particular caso: las piernas entumidas, los brazos hormigueantes, la espalda y el cuello acalambrados y sólo ese punto luminoso, tan puramente blanco que daba asco, enterrado como alfiler magnético en medio de su alma.


Los pensamientos de ambos comenzaron a girar vertiginosamente sobre sí mismos a partir de cierto momento: olores, sensaciones y sabores comenzaron a mezclarse dentro de ellos. De la misma manera que en un sueño alguien puede estar conversando, siendo niños, con algún amigo de su infancia en la oficina en donde actualmente labora; o bailar plácidamente con su novia del bachillerato en la sala de la antigua casa de su abuela paterna; asímismo los recuerdos y la realidad presente se entremezclaban para ellos, enmedio de un coctel vívidamente desconcertante, dentro de una tómbola diabólica de bizarros materiales que no permitía recobrar el sentido común para cumplir definitivamente con su trabajo y salir de ese puto, confuso y maravillloso hoyo en el que estaban metidos.


La boca de ambos estaba demasiado seca. Aunque quizás no haya sido propiamente su boca lo que estaba seco: quizás era la puerta, o el sol, o el caballo de Gengis Khan, o un escalofrío en la espalda de una dama, o el residuo sólido del intestino grueso de alguna estrella famosa de cine. Quizás ya no tenían bocas, ya no existían más bocas en este mundo: las bocas habían dejado de ser bocas, para ser algo más que una boca, o algo menos, o algo más allá de todas estas cosas, de todas estas bocas.


El bramido del día y el bostezo del atardecer galopaban, como caballos salvajes, por las estrechas venas de los detectives. Picos nevados y antenas parabólicas se erigían a lo largo de la habitación, misma que había alcanzado ya el diámetro de Constantinopla entera, o de una molécula de dióxido de carbono, inmensamente microscópica, imperceptiblemente colosal. No eran ya ellos mismos los que solían ser. Eran otra cosa ¿Eran, en sentido estricto, alguna cosa?


Eran las diez y cuarto de la noche. Habían pasado cinco horas y media desde que habían irrumpido en el misterioso inmueble, con pistola en mano y los dos cojones bien inflamados de virilidad policiaca. Sedientos, con un agudo dolor de cabeza, se sentaron sobre un buró y comenzaron a jadear, aspirando todo el aire posible para poder sobrevivir. Desde luego, ya no había “nadie” sentado a la orilla de la cama. El que fuera (o lo que fuera) que estuviera allí, había escapado. Tardaron por lo menos otros veinte minutos para que ambos personajes retomaran la compostura, y comenzaran a darse cuenta del asunto. El mayor, sacudió el polvo de sus rodillas y dijo:


- Pues ya no está ¡Demonios! Se ha ido.


- Otra más de sus brillantes conclusiones – pensó para sí el muchacho, temeroso de que su recurrente sarcasmo fuera tomado esta vez por desacato. Un último chequeo al edificio: se mueven luces de linternas sobre las superficies rugosas, sobre los sillones y ventanas cerradas, tal vez atascadas. Todo en orden, nadie en casa. Hora de salir de allí.


“Una pulgada de sensatez, y después una milla de imprudencia”. Ninguno de los dos detectives pudo alguna vez sacar tal enigmática frase de sus recuerdos. Hasta la fecha, en ambos, permanece fresca la imagen de la nota pegada sobre el pórtico, meticulosamente centrada sobre el marco y dispuesta de tal forma que todo el mundo pudiera verla al entrar a la pequeña mansión. No obstante, ninguno de ellos pudo tampoco, en algún momento de sus vidas, adivinar el significado inherente a tales palabras. Los casos van, los casos vienen. En verano, las jacarandas florecen de manera majestuosa. Los gatos odian que el agua caiga sobre sus cuerpos. Y mi vecina, sabe sólo ella por qué, sale a barrer su banqueta a las dos de la mañana todos los días, sin falta. He de reconocerlo: la deja francamente impecable.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Una pequeña fábula Madhyamaka (Analepsia DCCCXCI)


Concentrábase el viejo en establecer definitivamente las cuatro características esenciales de la larva, con todo el afán posible que puede poseer un erudito, y con toda la sabiduría que le permitían sus canas: - Es viscoza, pequeña, movediza y repugnante – repetía sin cesar, como una cuádruple letanía desplegada en forma ordenada a lo largo de ese instante. Respiraba tranquilo, sonreía, sintiéndose guardían de un tesoro invaluable, su más célebre descubridor.

No obstante, en la medida en que sus ojos penetraban más y más el cuerpo amorfo y vivaracho del insignificante gusano, silenciosamente y contra su voluntad, descubría más y más minucias derivadas de sus cuatro últimas determinaciones con las cuales adjetivarlo, con las cuales diversificarlo: lo viscozo se compone de lo brilloso y de lo lúbrico, por ejemplo ¿Y no acaso lo brilloso se compone de lo reflejante y lo reflejado, y lo lúbrico de lo líquido y lo coloidal? Así, se abrían más y más posibles ramificaciones taxonómicas al paso de su honda investigación observacional. Sin embargo, durante su discurso oficial, no dejaba de enunciar impasiblemente sus cuatro nobles verdades a diestra y siniestra: “La larva es viscoza, pequeña, movediza y repugnante”. Y sus discípulos le aplaudían animosamente.

- Algún día la larva será polilla – era una preocupación que taladraba su mente muy a menudo, que no lo dejaba dormir bien. Si tal cosa sucediese, las cuatro características esenciales descubiertas brillantemente por él deberían de mutar indefectiblemente hacia otra cosa completamente distinta e impredecible: una absoluta catástrofe para su tesis demostrativa con pretensión de validez universal, una bomba en los cimientos de su sistema perfectamente acabado. Inmediatamente borraba tal pensamiento y pasaba a otras ocupaciones que lo apartaran de semejante incertidumbre.

El cuerpo del insecto era pequeño, pero menos pequeño que el de la hormiga negra, y más pequeño que el del escarabajo pelotero. Sin embargo, todos eran pequeños, ¿o no? En este caso, ¿qué querrá decir “pequeño” en última instancia? ¿Podría la larva ser grande y pequeña a la vez? ¡Por supuesto que no! ¡Contradictio in adjectum! Una cualidad esencial debe ser sólida, unilateral, siempre erguida como la columna que sostenía el templo en donde el anciano se resguardaba del frío en ese momento. Ambigüedad es falibilidad, indeterminación inaceptable dentro del archivero impecable de las cosas del mundo.

Las posibilidades semánticas y hermenéuticas, de interpretación y de re-combinación parecían brotar como un manantial de insatisfacciones en el razonamiento de nuestro pobre protagonista casi todos los días. - ¿Cómo un gusano tan simple, tan nimio y tan insignificante puede albergar toda una avalancha de dificultades tan molestas? – apuntaba dolorosamente el hombre para sí mismo, nunca hacia los demás por temor al descrédito. Los predicados se multiplicaban como conejos, así como los postulados posibles con pretensión de anquilosar, de cristalizar lo esencial de la larva, para después colocarlo orgullosamente en el glamoroso aparador de la historia del pensamiento. Al final, su lengua lo único que trababa respecto del tema era: “La larva es viscoza, pequeña, movediza y repugnante”. Y sus textos seguían siendo vitoreados, altamente estimados y estudiados.

De pronto, las reflexiones de nuestro sabio tocaron fondo, un fondo atroz e irreversible: - ¡La larva está, o bien llena de cuasi infinitas cualidades definitivas, o bien, está vacía de todas ellas! ¡No parece haber un estrato último para congelar su naturaleza que valga! El anciano sudó profusamente: sintió un vértigo descomunal, su garganta se anudó y calló al suelo de rodillas, casi sin aliento. Él mismo, en ese mismo instante, había sido vaciado de todo lo que él era, de lo más significativo y entrañable para él, del sentido mismo de su existencia. Sin embargo, la mezcla de estoicismo e hipocresía a menudo hace prodigios con la vida devastada de las personas. Era cierto: no había punto de retorno, de sincero desdecimiento. Demasiado tarde ya, para él y para todos, para la historia misma. Y es que en efecto, como todos sabemos hoy, una larva siempre es viscoza, pequeña, movediza y repugnante... y nada más que eso.

Acerca del problema de la mímesis en el arte (Analepsia DCCCXXVII)



Desde mi punto particular de vista, la mímesis en tanto teoría estética no es, por mucho, la mejor manera de explicar el fenómeno originario de la creación de una obra de arte, aquel punto de partida previo al despliegue de lo que acontece al interior de nuestro ojos y en los bordes de nuestros oídos en el momento justo de la apreciación individual, de la “demora” artística (Heidegger). Explicación siempre es expresión, tanto en el arte como en la filosofía. Magritte vio muy claro esto, por ejemplo, a través de sus múltiples “clarividencias”, magníficos péndulos siempre oscilantes entre ambos polos. El solo hecho de iniciar la ambiciosa empresa de tratar de hilvanar una serie de pañoletas bordadas cuya significación no se encuentra ni al derecho ni al revés de la tela, mucho más allá de las fronteras impuestas normalmente por los capataces de las Reales Academias de las Lenguas o de las Escuelas de Artes y Ciencias, ya marca el comienzo de un matrimonio reflexivo-expresivo cuyos lazos son mucho más difíciles de romper que los establecidos habitualmente por las bodas institucionalizadas de la razón y el sentimiento.

Además, huelga decirlo, tal pretensión mimética absoluta en el arte resulta, a fin de cuentas pueril, prácticamente insostenible. No puede haber mimesis “perfecta”, según creemos, si entedemos por ésta una copia exacta de lo que se ofrece ante nosotros, de las impresiones que nos llegan a través de nuestros aparatos sensitivos: aparecerá en todo momento, en contra o a favor de nuestra voluntad, algún margen chueco en el cuaderno o alguna explosión luminosa sobre el cielo ennegrecido que haga voltear, aunque sea por unos segundos, las cabezas de las cabras que pastan cómoda y desinteresadamente sobre las llanuras sibaritas de la vida contemporánea. Una percepción es siempre interpretación, interpretación particular irrepetible e irreconciliable una de otra. Sin embargo, al mismo tiempo, no se puede hacer otra cosa por medio de la práctica artística, desde cierto horizonte, que potenciar el ejercicio mimético de todo aquello que nos es manifiesto sobre el reflejo de los vidrios del vaso roto que yacen sobre el piso, pues toda pretensión de reproducción de una realidad pulcramente distorsionada y metamórficamente alterada es también, cosa de niños teóricos (de niños tontos, desde luego). Nada es nuevo bajo el sol, y sobre las narices, mucho menos. Somos copistas porque estamos vivos, y atrapamos el mundo.

Así, la pregunta por la sutil frontera divisoria que separa el significado y el significante, o por el verdadero estatuto de la realidad en sí misma y lo que es su reproducción (su alteración o su deformación por parte del artista) se transforman, en el lienzo del verdadero “imitador”, en un juego de esgrima en el que nadie al parecer salir victorioso, pero en el que todos salimos heridos, o a veces incluso muertos, dependiendo de la potencia de la estocada: la muerte del teórico traductor del arte (el esteta) por el espadazo de las paradojas semánticas y lingüísticas. Pues, en cualquier tipo de acto poiético, todo imitador es creador, tan original y tan innovador como le hubiera gustado a Huidobro que fueran todos. Un buen imitador sabe que lo que llega a explicar a través de sus obras es siempre sólo un pedazo de aquella laca brillante que fue capaz de rescatar, no sin cierto desvelo y sufrimiento, de las astillas muertas del buque naufragado en la conciencia cotidiana, sumergido a menudo en medio de las cornetas y de los motores del agreste e inhóspito territorio del día a día. Lo que obtiene es algo sorprendente.

La preponderancia pululante de aquellas imágenes que pueblan nuestros sentidos, que los sublevan y que los amansan dependiendo de las circunstancias establecidas, es la misma que al final del recorrido llenará de solidez y de materialidad valiosa (o no) todo lo que emerja de nuestras manos, sea música, pintura o literatura, entre otros cien mil híbridos más. No podemos desligarnos de lo que percibimos, pues somos eso, y nada más: mímesis de un mundo pensado, de un mundo soñado quizás por alguien que aún no ha a acabado de despertar del todo. No obstante, no somos sólo lo que percibimos, visión reduccionista y unilateral de los alcances humanos: somos también todas esas otras cosas que no alcanzamos a ver, ni a oír, ni a saborear con el paladar especializado de nuestro intelecto hermanado a nuestros instrumentos perceptivos. Somos también el mar, embravecidamente verdiazul, lleno de pequeños puntos metálicos que saltan y se comunican con el éter mediante susurros ininteligibles, imágenes que sólo alcanzamos a ver en sueños, en la poesía, en el éxtasis espiritual, en los viajes alucinatorios. Somos también esos puntos metálicos, esos peces saltarines de cabeza en cabeza, plantando sus semillas germinales sobre las perspectivas individuales de las que nos creemos amos y maestros durante algún momento de nuestras vidas.

Pero somos sólo ellos en la medida en que imitamos lo evidente de manera distorsionada, para mostrar lo no-evidente de suyo, lo velado que esconde el misterioso muro de la mirada vulgar (si es que existe tal cosa, si es que hay miradas que abran y otras que cierren cosas). Es así como hemos erigido, siglo tras siglo, las magníficas torres y las abrumadoras catedrales que integran el rostro apolíneo de nuestra cultura, mismas que hoy por hoy roban millones de aplausos y de fanfarrias en todos los recónditos callejones esnobs y en todas las plazas públicas de turistas, tanto en las ágoras como en los sótanos, pero que en algún momento en la mayoría de los casos no eran más que guijarros esparcidos caprichosamente sobre la arena de la sociedad, sin ningún ojo que las distorsionara, sin ningún oído que torciera su estructura.

Estos grandes monolitos espirituales, estas grandes obras de arte, además de ignoradas, fueron en algún momento rechazadas, puros engendros informes fruto de la inquietud y la tensión anímica, burbujas dentro de otras burbujas que pugnaban por romper una a la otra, de manera preponderante, hasta develar algo que no existía antes de manera presente, palpable, tangible: lo demasiado nuevo produce terror casi siempre, hasta en las mentalidades más flexibles. El dejo a la imaginación, las puertas abiertas del juicio, esa humildad sutil del soplido de la insinuación se olvida a menudo en la teoría estética, por lo cual es destruida durante el enfrentamiento contra una mano gigante que las aplasta como a moscas encarnada en la práctica contundente del artista-creador desde una relación directa entre obra y espectador, ser demiúrgico al que francamente no le importa saber si lo que ha creado se trata en efecto de una creación pura, o bien, de una imitación pura (y dudo que al espectador promedio tampoco le importe). No obstante, pese a todas las características que se les pueda achacar a estas piezas insustituibles de historia de la deformación performada, nunca podrá desligarse de ellas aquel componente mimético / anti-mimético que integra la totalidad de las mismas, esta especie de petición de principio platonizante, que tampoco podemos tirar por completo a la basura. Bajo diferentes gradaciones y de acuerdo a diferentes taxonomías, estás obras son y no son, de manera simultánea, copias de la realidad circundante. Son estas mismas obras parte inseparable de esta realidad, así como una lavadora es tan natural como una piedra por estar compuesta de minerales y compuestos de la tierra; pero a su vez tan ajenas a ella, así como un árbol es igual de artificial que una locomotora por el mero hecho de ser un compuesto orgánico de diferentes elementos simples que la Naturaleza nos otorga bajo la óptica de la química más básica. Se muestra así, mediante este ejercicio reflexivo, el plexo desnudo de la relatividad en el arte.

Como sucede con casi cualquier dilema filosófico terminado en aporía antinómica, el vínculo de la mímesis artística con el postulado de un estatuto ontológico más esencial o más originario que otro (la escisión entre la realidad y la copia, la naturaleza y su reproducción, etc.), no resulta más que un señalamiento de advertencia colocado a las lindes de la experiencia estética del ser humano, resultado del detonante de una intuición difícil de apaciguar, que emerge al contemplar un retrato fotográfico de alguien, al observar una pintura paisajística de algún lugar en particular, o de presenciar cualquier otra manifestación que tenga pretensiones, manifiestas o no, de emulación y refracción de lo que aparece ante nosotros.

Desde luego, existen algunos artistas que problematizan este tipo de oscilaciones epistemológicas mucho más que otros, unos cuyo discernimiento es más sutil, más ágil y menos ingenuo, sobre todo a partir del surgimiento de las vanguardias del siglo veinte, célebres libertadoras de la pesada tiranía del canon figurativo y de la univocidad técnica. El artista se convierte así en un hábil jugador con los nombres y con las imágenes, en un tahúr de las apariencias y de los simbolismos, en un ilusionista y escapista de los lugares comunes. El buen artista actual pone de manifiesto, a través de la reproducción de una réplica muy particular de su entorno y de él mismo, aquello que no puede ser dicho, pero sí en cambio, espléndidamente mostrado (Wittgenstein). Representa entonces aquella criatura extraña y extrañante que, una vez rota la jaula de oro en la que se encontraba presa, establece vibrantes y thaumáticos mundos a través de la marcha batiente de su escapada, y que mediante el derramamiento de su vómito celeste sobre los hombres y sus edificios nominales, logra erizar más de una vez los cabellos de millones de copias al carbón de un ideal humano que, pese a sus casi infinitas reproducciones a gran escala (en sus dos versiones originales, masculino y femenino), no termina de cuajar del todo como proyecto acabado.

martes, 11 de agosto de 2009

Elephanta vulgaris (Kinda Song) [Analepsia DCCCIX]



Sacre bleu, sacre bleu!
The rainy man’s coming! (bzzzz!)
Don’t get this thing started! No, no, no no!
Las manos en el cuello me hacen vomitar:
Santo Homo Sapiens.
Nunca amé a nadie tan bella como tú.
Tapanco’s getting better!

¡Salta, tres, salta tres, salta diez!
Empuja la cocina
[the fuckin’ gasolina (Calle 13)!]
I can’t see a shit inside of this thread
¡Me pica la amnesia
atrás, en la gerencia!
Se, es, se, es… o no es.

Tango style, tango style! (prrrrrtt!)
¡Me aplicas las marranas!
Sin-te-ti-za-dor… ¡Ayúdameeeeee!
¡Presto, presto: molto pericoloso
se pone el firmamento!
Y sin querer
ya te saqué un pie (jo jo).

Clavel de Siracusa
no dejes tu camisa
over the graveyard! No, no, no no!
Sumerge tu pupila
between those yellow bright lights
¡Es Dios! ¿O no? ¡No, no, no no!
¡Hay un Jabberwocky atrás del comaaaaaal!

¡Ahhhhhhhhhhh!
Ohhhhhhhhhhhh!

A’ right!!! (* Finale *)

martes, 7 de julio de 2009

Sobre el postulado de la psicosomatosis como una expresión ética de desgarramiento [o la carroza desbocada del Fedro] (Analepsia DCCCIII)




“Sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy hombre de carne y vendido al pecado. No entiendo mis propios actos: no hago lo que quiero y hago las cosas que detesto (...) Bien sé que el bien no habita en mí, quiero decir, en mi carne. Puedo querer hacer el bien, pero hacerlo, no. De hecho no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Por lo tanto, si hago lo que no quiero, eso ya no es obra mía sino del pecado que habita en mí.

Ahí me encuentro con una ley: cuando quiero hacer el bien, el mal se me adelanta. En mí, el hombre interior se siente muy de acuerdo con la Ley de Dios, pero advierto en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi espíritu, y paso a ser esclavo de esa ley del pecado que está en mis miembros. ¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo, o de esta muerte? (...) En resumen: por mi conciencia me someto a la ley de Dios, mientras que por la carne sirvo a la ley del pecado”

Saulo de Tarso, Romanos 7, 14-25




“La dualidad de la sustancia de Cristo, el anhelo, tan humano, tan sobrehumano, del hombre para llegar a Dios, siempre ha sido un inescrutable misterio para mí. Mi principal angustia y la fuente de todas mis alegrías y lamentos desde mi juventud en adelante ha sido la incesante batalla sin misericordia entre el espíritu y la carne… y mi alma es el campo de batalla donde estos dos ejércitos han chocado y encontrado”

Nikos Kazantzakis, La última tentación de Cristo



“Hay en mí dos almas y una tiende siempre a separarse de la otra; esa es apasionada y viva, está apegada al mundo por medio de los órganos del cuerpo; la otra, en forma opuesta, lucha siempre por disipar las tinieblas que la cercan y abrirse un camino para la mansión etérea. ¡Ah! ¡Si hay en las regiones aéreas espíritus soberanos que se ciernan entre la tierra y el cielo, dígnense bajar de sus nubes de oro y llevarme hacia una nueva y luminosa vida! Si tuviera una túnica mágica que me permitiera ir a aquellas regiones lejanas, no lo cambiaría por los más preciosos vestidos ni por el manto de un rey”

J. W. Goethe,
Fausto




Existen, hasta donde tengo noticia, varios tipos de dualismo en el ámbito de la filosofía. Quizás el más famoso, o tal vez el mayormente traído a cuenta desde tiempos inmemorables, sea el dualismo psicosomático (mente-cuerpo), el cual podemos rastrear, presentado en su estado actual, al menos desde la distinción que realiza René Descartes en el siglo diecisiete entre la cosa que piensa (la mente) y la cosa con extensión (el cuerpo que la contiene), hasta expresiones más cercanas a nuestros tiempos que tocan el punto, como la metáfora de Hilary Putnam del "cerebro en la cubeta", o la de Gilbert Ryle y su "fantasma en la máquina". No parece casualidad que una de las ramas más populares de la filosofía del siglo veinte (y quizás todavía de nuestro siglo), haya sido llamada "filosofía de la mente", por ejemplo.

Pero también está ese otro dualismo, el cual parece atañerle a la filosofía de la religión (nuestra teología contemporánea), que es el que establece la tajante distinción entre un alma y su recipiente, la carne: otra perspectiva (más del lado de la redención que del de la reflexión) del mismo dualismo psicosomático que aborda la filosofía, o al menos así me lo parece. Nacidos en un país de raíces judeo-cristianas, en el que el catolicismo sin duda es la religión predominante, estaremos bastante acostumbrados a presenciar aquella distinción de credo, misma que quizás aparece para muchos de nosotros como una cuestión tan familiar y tan cotidiana que ha perdido importancia una revisión más cercana al respecto ¿Por qué el fenómeno de la psicosomatosis es algo que ha importado tanto, lo mismo en el campo de la filosofía como en el de la religión, y que sigue importando, al tener un peso enorme para nosotros aunque no nos percatemos a menudo de ello? ¿Por qué parece tan fundamental y tan natural tal dicotomía en nuestra cultura, en nuestro lenguaje? ¿No resulta, al menos, inquietante? ¿Cuál podría ser la raíz de la cual se desprenda la persistencia histórica de postular un yo escindido, formado de un par de partes coexistentes que si bien son opuestas en sus naturalezas, se acoplan en su diferencia al más puro estilo heraclíteo? ¿Todo resulta tan simple como parece en los ámbitos de la opinión o de la postura filosófica, es decir, podemos aceptar o rechazar por completo esta dualidad de manera tajante y absoluta? Creo que no.

Nos antoja aquí, entonces, realizar una breve revaloración del postulado de la dualidad cuerpo-alma, vista como una expresión ética de desgarramiento en la condición humana (ya veremos más adelante de qué manera), tanto en el caso del cristianismo (suponiendo que exista tal cosa como "El Cristianismo", sin gradaciones ni modalidades de ningún tipo, lo cual parece ingenuo e incluso falso), como en el de la mayoría de las grandes religiones institucionalizadas que integran tal escisión ontológica en sus filas regulativas; escisión que resulta casi siempre sumamente accidentada y llena de obstáculos, sobre todo por la cantidad de fibras comunicantes que atraviesan tan multifacético tejido semántico, éste quizás uno de los más importantes dentro de la maraña ininteligible que conforma nuestros presupuestos históricos y culturales, desde hace ya mucho tiempo.

La queja (o señalamiento, por usar un eufemismo de manera legítima) que se sugiere a lo largo de este escrito remite principalmente a lo siguiente: resulta que he notado que se suele manejar con frecuencia una valoración reduccionista (bastante contraproducente cuando se trata de abordar fenómenos tan difíciles como el que estamos tratando) del postulado de la dualidad cuerpo-alma, a partir de cierta visión unilateral descalificatoria (satanizante, incluso) sobre esta dicotomía; valoración por lo general proveniente desde ciertos sectores de la filosofía misma, sobre todo desde una óptica prejuiciada por más de un siglo y medio de filosofías tan aparentemente dispares y alejadas como podrían resultar la filosofía positiva y el nietzscheanismo (con todos sus a prioris históricos y sus derivados filosóficos a posteriori que a ambas corrientes se les quiera achacar: desde la filosofía analítica más reduccionista, hasta el post-estructuralismo más ingenuo); ópticas filosóficas que, asumidas de manera acrítica y "combativa", no nos suelen permitir observar con detenimiento y con asombro a esta desconcertante y antigua idea de la psicosomatosis, concebida en tanto manifestación (ex-presión) genuina de la ontología humana. Tal descalificación se debe, según nuestro punto de vista, sobre todo por considerar sólo algunos de los múltiples matices del problema, resaltando parte de ellos de manera negativa, con un rechazo tácito de entrada como actitud general: la negación absoluta de tal dicotomía sin más ni más, tomada como un presupuesto absurdo lógicamente e incomprobable empíricamente (e incluso inhumano), del que alegremente creemos habernos "zafado" en las discusiones de moda en nuestra filosofía contemporánea, gracias a muchos esfuerzos, rebeliones y quebrantamientos de cabeza. Y efectivamente, quizás así sea, y ya no haya necesidad de traerlo a cuenta en tanto "problema" filosófico que valga la pena discutirse.

Muy en particular, las tres citas literarias extraídas y colocadas como epílogo de nuestro texto responden, como es bastante notorio, a una descripción cristiana de la pugna irresoluble de una inconformidad existencial gestada desde una visión "psicosomática" del hombre, término que incluso la moderna psicología clínica ha hecho suya en un mundo cientifizado de aparente secularización institucional, lo cual no deja de ser, por lo menos, curioso. La cuestión del hacer lo que la conciencia no nos dicta (la eterna guerra de poderes entre el querer y el hacer), de la observancia del estatus de "divinidad" como paradigma humano arquetípico, y de la aspiración a una vida desprovista de las exigencias más básicas del hombre (hambre, sed, sueño, evacuación de desechos, apetito sexual, etc.) en viras de experimentar una existencia basada en la pura contemplación del espectáculo del mundo, lejos de pasiones "perturbadoras" y de preocupaciones “banales” de por medio (recurrente utopía de casi cualquier religioso de corte clásico, e incluso en una gran porción de la fauna teórico-especulativa, pertenezca a la disciplina que pertenezca), ha sido siempre un sueño humano al parecer irrealizable, pero altamente asediado y replanteado, casi como ninguna otra cosa en la historia del pensamiento en relación con sus propios alcances y sus limitantes particulares, a su vez frutos de su propia autorreflexión, de la vuelta sobre sí misma (Hegel).

Como ya sabemos, la palabra "mente" (derivada de mens, traducción latina de psijé), en realidad, sigue remitiendo (aunque sea como "señalamiento") a este esquema dualista alma-cuerpo que tantos problemas absurdos, gratuitos y aborreciblemente represores se le reprocha que ha traído a la sociedad desde hace numerosos siglos hasta la fecha, y que ha servido como pretexto para que la barbarie ilustrada haya cometido actos de bandalismo cultural y brutalidad paidológica en contra nuestra, generando frutos bastante graves y considerables: mojigatería e hipocresía ética, manipulaciones político-religiosas, conciencias culposas injustificadas, "moral de esclavos", debates pseudo-problemáticos en filosofía que a menudo terminaban engalanando las publicaciones más acaloradamente discutidas, entre un largo etcétera de repercusiones "negativas". a nuestro pasado histórico. Pese a que no nos es posible negar las anteriores acusaciones por ser demasiado ciertas, ¿son éstas razones válidas para borrar del mapa por completo a la cuestión de la psicosomatosis de nuestros anales y nuestras enciclopedias, nostálgicos recuerdos de lo que fuimos y omnipresentes hologramas de lo que quizás seguimos siendo? ¿No habrá qué preguntarnos si en realidad ha sido culpa de la imagen psicosomática en sí misma (i. e.: como metáfora o tropos del lenguaje), o más bien de la manera en que ha sido utilizada y explotada a diestra y siniestra, jalando cada quien "agua para su molino"? ¿O en qué medida se fue transformando en esquema filosófico-religioso-cultural algo que empezó como una natural y genuina expresión poética de malestar y de quebrantamiento inherente, que comenzó como un simple grito tras bambalinas con magnos ecos en la posteridad?

Parecería entonces que pese a todos los elementos negativos que se le puedan achacar a esta visión psicosomática del hombre, falaz e impositiva si se quiere, esta teoría-dogma del matrimonio discordante alma / cuerpo no deja de representar, desde mi punto de vista, una efectiva y antiquísima metáfora de una intuición humana que responde a sus más íntimas voces, al subterráneo de su constitución existencial, a los ínferos mismos de sus circunstancias particulares: el malestar producto de las constantes contradicciones manifiestas en nosotros mismos, del permanente desgarramiento entre dos (o mucho más) "fuerzas" (Deleuze) contrapuestas del hombre que no terminan de amainarse en su tarea de acoplamiento y constante búsqueda de estabilidad anímica, símbolo poderoso de los veleros rotos por los vendavales emergentes desde la tormenta de las agitadas pasiones y los acuciantes pensamientos. Tal importancia y peso histórico y cultural de esta idea, de entrada, es un problema que nos parece imposible de ignorar, o al menos muy difícil de soslayar. Montaigne vio esta cuestión admirablemente clara en uno de sus más famosos Ensayos, titulado "De la inconstancia de nuestros actos". Casi nunca somos el mismo aunque seamos la misma persona, y pueden nacer deseos y juicios tan contrapuestos en nosotros mismos que nos sorprendemos a veces de nuestro reflejo en tal o cual circunstancia, y de los efectos que emanan de ellos ¿No será de allí, desde esos terrenos a veces obscuros e indescifrables, que proviene el fenómeno cultural de la psicosomatosis? ¿No estará principalmete cimentado en ese Yo que hace malabares entre el Ello y el Súper-Yo (Freud) con tal de no colapsar ante su propia fragilidad e incongruecia constante?

La metáfora psicosomática está tan arraigada, tan viva y tan presente en nuestra tradición cultural (nuestros horizontes de sentido, nuestros juegos del lenguaje, etc.), que cuesta trabajo pensar de qué maneras podría performarse un lenguaje que no postulara ya de entrada una división entre un ámbito “interno” y uno “externo”, entre un adentro y un afuera del hombre, entre un yo y todo lo demás. Esta usanza lingüística de nuestro sentido común, al mismo tiempo resulta una creencia fundamental y fundante para variadas teologías, y no sólo permanece fuertemente arraigada en el marco cultural judeo-cristiano occidental, sino también en el oriental del lado del hinduísmo (y sus mil derivados que asumen la diferencia entre âtman y Brahman) y de otras religiones "animistas" ya casi desaparecidas como el mazdeísmo y el shintoísmo por ejemplo, e incluso en religiones que negaban en sus orígenes la creencia en una alma individual o un "yo" , como es el caso del budismo tibetano o Vajrayana, quien hoy por hoy afirma la existencia de "espíritus", fantasmas, demonios, etc. Es de esta manera que expresiones como "mente sana en cuerpo sano", "con toda el alma", “el espíritu de la obra de arte”, “ese hombre es muy espiritual ”, “todos tus problemas son mentales”, “lo que siento por él / ella es puramente corporal”, "Ciencias Naturales / Ciencias del Espíritu" (Dilthey), entre innumerables otras que poco o casi nada tengan que ver semánticamente entre ellas, de una o de otra manera (y algunas de forma más tosca que otras), remiten esencialmente a tal dicotomía psicosomática sobre la que tratamos aquí, sin que podamos salvarnos de sus efectos colaterales con éxito rotundo, a menos que nuestros cuidados lexicográficos o agnósticos borden en la paranoia del rechazo de todo lo establecido.

Es importante, según considero, reflexionar acerca de tales señalamientos desde un punto de vista alejado de un puro rechazo o de una pura simpatía con esta cosmovisión dualista, y no sólo de la relevancia de tal fenómeno y sus implicaciones, sino de la aparente raíz originaria de donde proviene tal identificación dicotómica, que, como nosotros creemos, responde en gran medida (si no es que por entero) al conflicto creado entre un “interior” y un “exterior” del ser humano, entre aquello que se ve (nuestra apariencia física) y aquello que, efectivamente, no se ve (lo que pensamos, sentimos, imaginamos, etc.): aquello íntima e inherentemente invisible en cada uno de nosotros. Seguidas estas premisas de manera más o menos coherente, parecería existir en el hombre una especie de desacoplamiento de origen, un ámbito nunca colmado del todo dentro de nuestra constitución ontológica en el que constantemente nos encontramos situados en la desazón de los contrastes, en el tambaleo de nuestro ser.

La inestabilidad de nuestros gustos y de nuestras preferencias en varios campos de la acción, pero sobre todo el resultado de los choques emocionales de los que somos víctimas frecuentemente, sobre todo al tratarse de la contraposición clásica (¿fabricada?) entre lo más básico de nuestra fisiología y lo más complejo de nuestro razonamiento o de nuestro alcance creativo, es el detonante necesario para que sea fecundado con éxito tal presupuesto, tal postulado psicosomático, muy a mi parecer ¿Qué es aquello que nos impulsa y nos permite tal transgresión semántico-sintáctica, tal escisión dentro de una identidad (la posibilidad de un “yo” escindido) sólida y autosuficiente? ¿Es un hecho meramente cultural o histórico, o existe en efecto algún tipo de realidad sustancial que haga posible y plausible esta separación entre dos ámbitos muy distintos, incluso contrapuestos? Parecería bajo un primer vistazo que ninguna de éstas dos posibles respuestas colman la hondura de nuestra inquietud. Quizás sólo parezca que hay una verdadera pregunta detrás de tal pretensión de respuesta, como no se cansaba de señalarnos el segundo Wittgenstein. Nadie puede afirmarlo con seguridad, ni lo uno ni lo otro.

Hay, por tanto, una cuestión bastante sutil y profunda detrás de todo este planteamiento, en apariencia pueril y descabellado del alma en el cuerpo y del cuerpo en el alma. Y esta cuestión no resulta ser otra cosa, desde nuestro punto de vista, que aquel residuo de nosotros mismos que se queda resagado en las lindes de lo posible y de lo imposible para el ser humano en tanto ente finito, falible y contingente. El conficto del llamado "pecado" en el hombre como una mácula psicológica que no permite la plenitud eficiente de nuestras posibilidades prácticas en pos de un cierto ideal ético; la pugna por discernir lo divino (lo sustancial) en él y separarlo de lo profano, de lo prescindible, de la vulgaridad de lo inmediato; este afán enfermizo, pero en ciertos momentos profundamente luminoso, de distinguir lo carnal-visceral-pulsional de lo espiritual-mental-psicológico, lo más "bajo" o grosero del hombre y lo más propio de la inteligencia más alta y más depurada: todos ellos símbolos de algo arcaico, misterioso, terrible pero absolutamente constitutivo de nuestra naturaleza originaria (otro dogma que sostengo provisionalmente como símbolo, lo cual no implica necesariamente falta de compromiso con éste). Algo humano, demasiado humano (Nietzsche).

Si se me permite externar un pensamiento en orden de seguir aclarando algunos presupuestos personales como ejercicio de auto-reflexión a través de este texto (si infinidad de gente cree todavía en la vida después de la muerte, ¿por qué yo no he de creer todavía en el gnôthi seautón?), por lo general suelo entender la palabra pecado de manera un poco distinta a como "El Cristianismo", por ejemplo, la suele entender. Suelo entender pecado de una manera bastante paulina, aunque agnóstica en el fondo; es decir, entiendo pecado como un reflejo activo (y en última instancia, ético, por supuesto) de nuestra propia estupidez e inexperiencia vital, al hacer lo malo para nosotros cuando en realidad no es ello lo queremos, una y otra vez, en las mismas circunstancias, sin darnos cuenta de nuestra torpeza, o quizás teniéndola en cuenta pero siendo demasiado débiles de voluntad (Velle non discitur, pregonaba sabiamente Séneca, aunque nosotros lo cuestionamos de vez en cuando) para controlar nuestros impulsos más inmediatos o para cambiar nuestras circunstancias hacia ámbitos más favorables dentro de nuestros propios juicios y cánones, y no sólo por mandato o persuasión por parte de alguna religión, filosofía, principio o dogma intitucionalizado. "Sapere aude", pregonaba el último Kant, y nosotros le seguimos aquí. Así, la identificación socrática entre ignorancia y maldad brilla plena de significación bajo esta posible luz que le asigna esta noción particular de pecado, que según entiendo, no estaba tan ajena a la del cristianismo primitivo, antes de ser "contaminado" por el poderío bizantino. Esta visión optimista de la razón, implica desde luego un breve desdecimiento de lo que antes veníamos señalando como "condición trágica del hombre", aunque lejos de refutarla, más bien la complementa (pues no hay sirviente sin capataz que le fustigue, y no sería trágica sino hubiera lucha de por medio).

Por tanto, la tendencia humana hacia lo divino (incluso desde Grecia, o sobre todo desde allí, quizás) no sería otra cosa bajo este marco que el acoplamiento perfecto entre "la acción" y "la intención", la perfecta coherencia y co-responsabilidad desplegada desde aquello que pensamos, y aquello que hacemos, la virtud más alta, sophía: bello ideal apolíneo que pareciere despertar en el hombre a partir de una férrea disciplina y de una enorme convicción individual, de un gran trabajo con uno mismo. Hay un momento en lo humano en el que la carne parecería desprenderse, así como sucede en el famoso grabado de William Blake, de la fina tela de lo espiritual, materia sutil habitante en lo grosero que de la misma manera que el Doctor Fausto (piedra angular del romanticismo literario y filosófico, los más desgarrados de todos), lo quiere todo en un parpadeo, deseando todas las perfecciones atravesadas por todas sus imperfecciones en un arrebato de etérea manía (otra vez Platón) que implica no sólo el conocerlo todo y el saberlo todo, sino incluso el serlo todo de una buena vez (de ser uno con el Ser, con Lo Uno como los neoplatónicos), de golpe y para siempre. Responde definitivamente a esa tendencia, necia quizás, a querer ser sustancia y no sólo accidente (Aristóteles).

Resuélvase o no se resuelva tal dilema, seguirá siendo para mí una de las más grandes empresas reflexivas a la que alguien pudiera aproximarse en su tiempo de vida, ya desde la teoría filosófica desglosada desde su descontento vivencial (una óptica un poco más alejada del foco y aséptica, trabajo al parecer propio de la fenomenología), o ya desde la intuición expresiva propia del poeta, del literato, del artista (más desembarazada y flexible, más manchada de sudor y de sangre). Un islote cultural e histórico en el que, una vez situados dentro de él, resulta imposible desprenderse del todo, hacerse a la mar de la unidad integral e indifereciada del individuo, sueño de toda mística y pesadilla de toda teoría deconstructiva (aunque muy a menudo los extremos se tocan), como si pudiéramos olvidar de golpe todo lo que nos antecede y nos rebasa histórica y culturalmente, como aseguran dogmáticamente los hermeneutas. No podemos negar, si es que alguna vez se ha tenido este tipo de experiencia, que hay momentos insalvables a lo largo de nuestra vida en los que no se puede evitar anhelar con vehemencia el romper las jaulas de nuestras limitantes como seres mortales y falibles; limitantes, artificiales o no, que resultan siempre angustiantes y restrictivas para nosotros, altamente incómodas e indeseables, como una loza sobre nuestras espaldas. En nuestro febril delirio, como poseídos por algún demonio talmúdico, emerge de súbito una sed agobiante y fantasmagórica de trascendencia, de inmanencia, de potencia absoluta sobre lo real en el terreno de nuestra imaginación, como en nuestras más inalcanzables fantasías, como en nuestros más desconcertantes sueños. Una sed de algo que no somos, que no seremos quizá nunca, pero que no podemos, para nuestra desgracia, dejar de desear.