jueves, 20 de agosto de 2009

El mar (Analepsia CM)




“Una pulgada de sensatez, y después una milla de imprudencia”: tal era la leyenda impresa en el letrero pegado sobre la puerta de entrada, escrita sobre un papel amarillento y bastante roído de las puntas. Al penetrar cuidadosamente en el inmueble, los vellos de los brazos se les erizaron de inmediato, sin previo aviso. Todo en la casa olía a moho, a madera apolillada y ladrillo mojado. Por un ventanal semi-roto llegaban a filtrarse diminutos hilos de luz vespertinos, los cuales, junto con la serie de telarañas que pendían de dos de las esquinas de la sala principal, otorgaba al lugar un cierto halo de tétrico anticuario, de bello descuido e indiferencia por las cosas materiales, por aquellas pertenencias que suelen esclavizar a la mayoría de la gente. El tintineo de las gotas de lluvia sobre los tejados de las casas vecinas, el eco del ave desconocida que graznaba insistentemente sobre los cables de luz al exterior, el tambor persistente de los latidos propios del corazón: todo elemento colaboraba un poco en la composición de una extraña sinfonía, misma que iba acrecentando su intensidad en la medida en que uno ponía atención a todos los detalles en conjunto, sin dejar pasar uno solo.


- Este lugar parece abandonado - aventuró el inspector.

- ¡No me diga! - respondió sarcásticamente su joven asistente, quizás de manera un poco irrespetuosa, dados los rangos bien definidos de cada quién.

- Pero no podemos darnos por vencidos así como así. Tenemos que seguir buscándolo. Adelante.

Al ir avanzando hacia el interior del inmueble, más y más elementos iban revelando de manera gradual pero poderosa un cierto temperamento, una cierta personalidad, un cierto modo de ser. Réplicas de Hokusai, de Klee y de uno que otro Waterhouse brillaban opacamente sobre los muros tapizados con un corrugado de alcachofas y garigoleados marrón del siglo antepasado, reproduciendo un collage bastante sui generis en plena consonancia con lo ocre del ambiente, un mosaico de impresiones, de muebles y de decoraciones que daban la quizás engañosa impresión de ser reliquias fermentadas durante varios lustros dentro de las barricas de la observancia, el desvelo y el cultivo del espíritu. En efecto, no era aquella una casa cualquiera, y mucho menos debía de serlo su (o sus) habitante (s).

En la medida en que los hombres iban penetrando la desconocida jungla que se abría ante su vista a través de los largos y altos pasillos, no podían dejar de hilar ideas respecto del tipo de inquilino al que se enfrentarían tarde o temprano en alguna de esas inquietantes esquinas, o en algún entrepiso inesperado que habría de tomarlos necesariamente desprevenidos. Un manojo de nerviosismo los atrapó por unos instantes, pero lograron salir venturosos de éste, y de otros dos más de manera consecutiva.

Una pequeña puerta en el suelo parecería conducir hacia una especie de sótano ¿Habría que entrar? No. Mejor continuar inspeccionado los pisos superiores antes que éste ¿Miedo? Por supuesto que no: sólo el necesario seguimiento de un protocolo que se lleva al pie de la letra en todas las operaciones de este tipo. No había que olvidar tampoco que no se trataba de una simple orden de cateo: se trataba, ni más ni menos, de una orden de aprehensión. Había que tener presente que medio escuadrón confiaba en la capacidad policial de nuestros camaradas, altamente preparados para este tipo de acciones. La cocina, el baño, el patio: todas piezas de museo descuidadas, víctimas del desgaste natural que provocan agentes como la humedad, el polvo y la falta de actividad enfocada a la preservación del entorno. Sin embargo, ampliamente atrayentes y singularmente seductoras, como una buena prostituta madura, como un buen vino añejado en una cadena considerable de generaciones con eslabones de oro.


- Muy bien... si el hijo de puta no está en casa, entonces ¿en dónde podría estar? Podría estar en cualquier otro lugar.


- Sus conclusiones nunca dejarán de sorprenderme, teniente. Siempre tan agudas y tan...


- ¡Ea, ea! ¡Ya me estoy cansando de tu sarcasmo, chico! ¡Sólo me expreso así, eso es todo! Pienso en voz alta... no tienes porque restregármelo en las narices ¡Como si tú nunca lo hicieras, bravucón! Acuérdate para qué hemos venido hasta aquí. No te distraigas ni un segundo. Tenemos que atrapar a ese bastardo.


Tal irrupción en apariencia discordante sirvió bastante para destensar un poco los ánimos nerviosos de ambos policías, uniéndolos más de manera paradójica en su persecución, agudizando sus sentidos hasta tal punto que se volvieron un poco más ágiles y más cuidadosos. Subieron la tercera de las escaleras, llegando por fin a la recámara que parecía ser la del dueño del lugar. Nada. Después una recámara, tras otra, tras otra. Nada de nuevo. Al fondo del pasillo, pudieron vislumbrar una recámara cerrada, incluso más pequeña que las anteriores. La áspera mano del detective tomó la perilla y la hizo girar haca la derecha.


La rechinante puerta se abre y la primera figura que permite ver la rendija semi-abierta a profundidad es la de un bulto sobrepuesto sobre el borde de la cama. Sus rasgos se pierden en la obscuridad del cuarto, que cae pesada, solemne, envidiosa de las miradas invasoras ¿Es un costal? ¿O es el hombre que están buscando? Aventurado comentario desde la distancia que se encuentran los dos, mirando como niños pequeños, mudos y extraviados, la profundidad del inhóspito bosque. Un terrible sentimiento se apoderó de ellos en aquel momento: no tanto el terror del posible encuentro violento con el inquilino, como el indescriptible extrañamiento de un “algo” que se avecina, y no se sabe qué es en definitiva. Un temor irracional, similar a la incertidumbre previa a la entrada dentro de una indeterminada obscuridad en la que se preven los más cruentos sufrimientos y terribles violencias, sin saber cuándo, por dónde ni de qué forma van a llegar, había tomado más y más terreno sobre sus cuerpos.


De manera fulminante, efectivamente, algo sucedió: una lucecilla blanca tornasolada, parecida al reflejo de una concha nácar golpeada por el sol sobre el lienzo arenoso de la playa, emergió del centro de esa masa todavía amorfa y extraña que se erigía frente a sus incrédulos y despabilados ojos. Desde ese estado de alerta en el que se encontraban sumergidos los detectives, parecía casi posible escuchar el aleteo de un colibrí en el jardín a unos cien metros de distancia; las pisadas marciales, al unísono, de las miles de termitas que invadían el interior de las paredes y los postes de la casa; las casi imperceptibles micro-frecuencias que producía el roce del aire colado por la ventana en choque con las cuerdas tensas de una arpa abandonada que yacía, inerme, a un lado de la cama. Ambos eran todo oídos, todos fibras nerviosas recorridas por un arroyo de energía cosquilleante y permanente, un flujo indetenible de sensaciones incendiadas.


Las miradas se iban hundiendo, cada vez más, dentro de aquella abertura luminosa sobre el bulto. De pronto, un despunte de dulzura y de tranquilidad emanó desde la parte baja de sus vientres, extendiéndose por sus miembros hasta alcanzar la nuca, deteniéndose en ese lugar. Una seguridad, casi de vientre materno, asaltó sus mentes posesas, colándose hasta el rincón preciado de los recuerdos más importantes de cada quién. En el más joven emergía de pronto la imagen de su querida esposa preparando el desayuno desnuda en la cocina, con sus bellas y tersas nalgas moviéndose de un lado para otro, discretamente, mientras batía energicamente los huevos con jamón que comerían juntos después de hacerle el amor sobre el fregadero. En el otro, el más viejo, solterón y amargado, salía a flote la mirada caritativa y casi sapiencial de su hound dog de nombre Elías, echado sobre su sillón, con su lengua larga y babosa apuntando hacia el sur, y encogido sobre sí, como esperándolo con ahínco tremendo a que su amo llegara a su hogar, con una sinceridad y ternura difícilmente identificable en ojos humanos.


Así permanecieron perdidos en las espesas malezas de sus sentidos confundidos con sus capacidades mnemotécnicas hasta que, así lo quiso Dios, o el diablo (o bien, ambos perfectamente coludidos), un jarrón de porcelana cayó estruendosamente muy cerca de sus cuerpos, sacándolos de su letargo de forma inmediata, y recuperando el nivel de adrenalina con el que comenzaron su ulterior cacería, sintiéndola como una inyección de heroína suministrada justo sobre la madre de todas las arterias.


- ¡Arriba la manos! ¡Identifíquese! ¡Ahora! ¡Quiero ver sus manos... ya!


Ningún movimiento de manos se produjo en la escena. Ahora, la silueta negra y penetrante había mutado en algo parecido a un feto de caballo, o más bien a una lámpara cubierta por un abrigo de piel, debería decir. Ya no era algo humano, y quizás nunca lo fue más allá de la esperanza de los policías de que así lo fuera. Suele suceder que las cosas se transforman para nosotros en la medida en que violentamos con nuestro deseo su verdadera naturaleza. Si nosotros queremos, una cuerda puede ser una serpiente, un puño cerrado una vagina, y la materia un conglomerado casi infinito de átomos y quanta. Todo depende de cuánto esmero, cuánta concentración de deseo, se le ponga a la ilusión generada. Nuestros dos protagonistas estaban perdiendo tal capacidad muy rápidamente, a tal grado que todo indicio de hombre ya se había desvanecido de allí. Sólo quedaba el punto de luz en el centro del obscuro bulto.


De nuevo, en la medida en que los policías volvían a fijarse inevitablemente en el orificio fulgurante que disparaba finos hilos sobre sus atolondradas pupilas, regresaron gradualmente a sus divagaciones, perdiéndose de nuevo en las intrincadas redes de las vívidas imágenes de su pensamiento, en su mundo interior. Uno de ellos empezó a imaginarse paseando felizmente por los Cárpatos tan ligeramente que podría jurar que se encontraba sobrevolando el área; y el otro realizando su rutina de ejercicios matutinos (ejecutando hiper-extensiones, más particularmente) sobre la nueva duela de su apartamento, fruto de tres meses de ahorros y de más de una desaveniencia consigo mismo respecto de su presupuesto y de la forma más correcta de administrarlo. Todo esto los embriagaba de placer y de simultánea tranquilidad, algo nunca antes sentido por ellos en esa divina intensidad.


Pudieron haber pasado varios minutos, incluso horas (¿quién lo puede afirmar con seguridad?) después de que el jefe hubiera lanzado su último grito sobre lo que esperaba que fuera su víctima, sentada sobre la cama. Ahora, la figura había adoptado una silueta similar a un homúnculo (un pigmeo gordo, o algo parecido); o quizás más bien a un almohadón de plumas que se retorcía de vez en cuando, poco a poco, de manera espasmódica. En realidad, ninguno de los presentes sabía con exactitud qué era lo que estaba aconteciendo en ese lugar. Empapados de sudor frío y con un pésimo aliento bucal, comenzaron a emerger suavemente de su letargo, acarreando la sensación de cuando uno sale de la deliciosa agua de una alberca hacia la intemperie ventosa que nos recibe afuera (con el detestable cambio brusco de temperatura que esto implica).


Paulatinamente fueron recuperando la noción del tiempo, ese sentido interno sin el cual, más que con el espacio, se nos aparecería todo como un inmenso mar de colores, sonidos y formas en el que, sumergidos de continuo, toda imaginación y emoción presentes e identificables quedarían disueltas, como cristales diminutos de sal, integrados en la masa líquida que se pierde en el horizonte y se enciende, como flor de fuego y montaña, con la tarde.


- ¡Muy bien! ¡Tú lo quisiste! ¡Voy a disparar! ¿Es eso lo que quieres? ¡Arriba las manos, pues!


Pero ninguno de sus “músculos” se movía. Permanecía allí, varado en su propio “cuerpo”, como esperando a que algún bienintencionado marinero lo empujara fuera de la orilla. La voluntad, del otro lado, estaba presente: el teniente quería alcanzar al bastardo, sacudirlo, incluso golpearlo un poco, y llevarlo directo a la comisaría, donde acabaría todo esto de una buena vez. “Sí: golpearlo, golpearlo quizás mucho. Quizás golpearlo hasta cansarse, hasta que el infeliz vomitara sangre y quedara tumbado sin moverse, inherte, y yo quedara junto a él, con una gran sonrisa, mirando hacia el techo. Golpearlo hasta... ¿matarlo? ¡Sí! ¡Sí! ¡Matarlo! ¡Matar al hijo de puta! ¡Hacerle pedazos!”. Pero a veces la voluntad no basta, como en este particular caso: las piernas entumidas, los brazos hormigueantes, la espalda y el cuello acalambrados y sólo ese punto luminoso, tan puramente blanco que daba asco, enterrado como alfiler magnético en medio de su alma.


Los pensamientos de ambos comenzaron a girar vertiginosamente sobre sí mismos a partir de cierto momento: olores, sensaciones y sabores comenzaron a mezclarse dentro de ellos. De la misma manera que en un sueño alguien puede estar conversando, siendo niños, con algún amigo de su infancia en la oficina en donde actualmente labora; o bailar plácidamente con su novia del bachillerato en la sala de la antigua casa de su abuela paterna; asímismo los recuerdos y la realidad presente se entremezclaban para ellos, enmedio de un coctel vívidamente desconcertante, dentro de una tómbola diabólica de bizarros materiales que no permitía recobrar el sentido común para cumplir definitivamente con su trabajo y salir de ese puto, confuso y maravillloso hoyo en el que estaban metidos.


La boca de ambos estaba demasiado seca. Aunque quizás no haya sido propiamente su boca lo que estaba seco: quizás era la puerta, o el sol, o el caballo de Gengis Khan, o un escalofrío en la espalda de una dama, o el residuo sólido del intestino grueso de alguna estrella famosa de cine. Quizás ya no tenían bocas, ya no existían más bocas en este mundo: las bocas habían dejado de ser bocas, para ser algo más que una boca, o algo menos, o algo más allá de todas estas cosas, de todas estas bocas.


El bramido del día y el bostezo del atardecer galopaban, como caballos salvajes, por las estrechas venas de los detectives. Picos nevados y antenas parabólicas se erigían a lo largo de la habitación, misma que había alcanzado ya el diámetro de Constantinopla entera, o de una molécula de dióxido de carbono, inmensamente microscópica, imperceptiblemente colosal. No eran ya ellos mismos los que solían ser. Eran otra cosa ¿Eran, en sentido estricto, alguna cosa?


Eran las diez y cuarto de la noche. Habían pasado cinco horas y media desde que habían irrumpido en el misterioso inmueble, con pistola en mano y los dos cojones bien inflamados de virilidad policiaca. Sedientos, con un agudo dolor de cabeza, se sentaron sobre un buró y comenzaron a jadear, aspirando todo el aire posible para poder sobrevivir. Desde luego, ya no había “nadie” sentado a la orilla de la cama. El que fuera (o lo que fuera) que estuviera allí, había escapado. Tardaron por lo menos otros veinte minutos para que ambos personajes retomaran la compostura, y comenzaran a darse cuenta del asunto. El mayor, sacudió el polvo de sus rodillas y dijo:


- Pues ya no está ¡Demonios! Se ha ido.


- Otra más de sus brillantes conclusiones – pensó para sí el muchacho, temeroso de que su recurrente sarcasmo fuera tomado esta vez por desacato. Un último chequeo al edificio: se mueven luces de linternas sobre las superficies rugosas, sobre los sillones y ventanas cerradas, tal vez atascadas. Todo en orden, nadie en casa. Hora de salir de allí.


“Una pulgada de sensatez, y después una milla de imprudencia”. Ninguno de los dos detectives pudo alguna vez sacar tal enigmática frase de sus recuerdos. Hasta la fecha, en ambos, permanece fresca la imagen de la nota pegada sobre el pórtico, meticulosamente centrada sobre el marco y dispuesta de tal forma que todo el mundo pudiera verla al entrar a la pequeña mansión. No obstante, ninguno de ellos pudo tampoco, en algún momento de sus vidas, adivinar el significado inherente a tales palabras. Los casos van, los casos vienen. En verano, las jacarandas florecen de manera majestuosa. Los gatos odian que el agua caiga sobre sus cuerpos. Y mi vecina, sabe sólo ella por qué, sale a barrer su banqueta a las dos de la mañana todos los días, sin falta. He de reconocerlo: la deja francamente impecable.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Una pequeña fábula Madhyamaka (Analepsia DCCCXCI)


Concentrábase el viejo en establecer definitivamente las cuatro características esenciales de la larva, con todo el afán posible que puede poseer un erudito, y con toda la sabiduría que le permitían sus canas: - Es viscoza, pequeña, movediza y repugnante – repetía sin cesar, como una cuádruple letanía desplegada en forma ordenada a lo largo de ese instante. Respiraba tranquilo, sonreía, sintiéndose guardían de un tesoro invaluable, su más célebre descubridor.

No obstante, en la medida en que sus ojos penetraban más y más el cuerpo amorfo y vivaracho del insignificante gusano, silenciosamente y contra su voluntad, descubría más y más minucias derivadas de sus cuatro últimas determinaciones con las cuales adjetivarlo, con las cuales diversificarlo: lo viscozo se compone de lo brilloso y de lo lúbrico, por ejemplo ¿Y no acaso lo brilloso se compone de lo reflejante y lo reflejado, y lo lúbrico de lo líquido y lo coloidal? Así, se abrían más y más posibles ramificaciones taxonómicas al paso de su honda investigación observacional. Sin embargo, durante su discurso oficial, no dejaba de enunciar impasiblemente sus cuatro nobles verdades a diestra y siniestra: “La larva es viscoza, pequeña, movediza y repugnante”. Y sus discípulos le aplaudían animosamente.

- Algún día la larva será polilla – era una preocupación que taladraba su mente muy a menudo, que no lo dejaba dormir bien. Si tal cosa sucediese, las cuatro características esenciales descubiertas brillantemente por él deberían de mutar indefectiblemente hacia otra cosa completamente distinta e impredecible: una absoluta catástrofe para su tesis demostrativa con pretensión de validez universal, una bomba en los cimientos de su sistema perfectamente acabado. Inmediatamente borraba tal pensamiento y pasaba a otras ocupaciones que lo apartaran de semejante incertidumbre.

El cuerpo del insecto era pequeño, pero menos pequeño que el de la hormiga negra, y más pequeño que el del escarabajo pelotero. Sin embargo, todos eran pequeños, ¿o no? En este caso, ¿qué querrá decir “pequeño” en última instancia? ¿Podría la larva ser grande y pequeña a la vez? ¡Por supuesto que no! ¡Contradictio in adjectum! Una cualidad esencial debe ser sólida, unilateral, siempre erguida como la columna que sostenía el templo en donde el anciano se resguardaba del frío en ese momento. Ambigüedad es falibilidad, indeterminación inaceptable dentro del archivero impecable de las cosas del mundo.

Las posibilidades semánticas y hermenéuticas, de interpretación y de re-combinación parecían brotar como un manantial de insatisfacciones en el razonamiento de nuestro pobre protagonista casi todos los días. - ¿Cómo un gusano tan simple, tan nimio y tan insignificante puede albergar toda una avalancha de dificultades tan molestas? – apuntaba dolorosamente el hombre para sí mismo, nunca hacia los demás por temor al descrédito. Los predicados se multiplicaban como conejos, así como los postulados posibles con pretensión de anquilosar, de cristalizar lo esencial de la larva, para después colocarlo orgullosamente en el glamoroso aparador de la historia del pensamiento. Al final, su lengua lo único que trababa respecto del tema era: “La larva es viscoza, pequeña, movediza y repugnante”. Y sus textos seguían siendo vitoreados, altamente estimados y estudiados.

De pronto, las reflexiones de nuestro sabio tocaron fondo, un fondo atroz e irreversible: - ¡La larva está, o bien llena de cuasi infinitas cualidades definitivas, o bien, está vacía de todas ellas! ¡No parece haber un estrato último para congelar su naturaleza que valga! El anciano sudó profusamente: sintió un vértigo descomunal, su garganta se anudó y calló al suelo de rodillas, casi sin aliento. Él mismo, en ese mismo instante, había sido vaciado de todo lo que él era, de lo más significativo y entrañable para él, del sentido mismo de su existencia. Sin embargo, la mezcla de estoicismo e hipocresía a menudo hace prodigios con la vida devastada de las personas. Era cierto: no había punto de retorno, de sincero desdecimiento. Demasiado tarde ya, para él y para todos, para la historia misma. Y es que en efecto, como todos sabemos hoy, una larva siempre es viscoza, pequeña, movediza y repugnante... y nada más que eso.

Acerca del problema de la mímesis en el arte (Analepsia DCCCXXVII)



Desde mi punto particular de vista, la mímesis en tanto teoría estética no es, por mucho, la mejor manera de explicar el fenómeno originario de la creación de una obra de arte, aquel punto de partida previo al despliegue de lo que acontece al interior de nuestro ojos y en los bordes de nuestros oídos en el momento justo de la apreciación individual, de la “demora” artística (Heidegger). Explicación siempre es expresión, tanto en el arte como en la filosofía. Magritte vio muy claro esto, por ejemplo, a través de sus múltiples “clarividencias”, magníficos péndulos siempre oscilantes entre ambos polos. El solo hecho de iniciar la ambiciosa empresa de tratar de hilvanar una serie de pañoletas bordadas cuya significación no se encuentra ni al derecho ni al revés de la tela, mucho más allá de las fronteras impuestas normalmente por los capataces de las Reales Academias de las Lenguas o de las Escuelas de Artes y Ciencias, ya marca el comienzo de un matrimonio reflexivo-expresivo cuyos lazos son mucho más difíciles de romper que los establecidos habitualmente por las bodas institucionalizadas de la razón y el sentimiento.

Además, huelga decirlo, tal pretensión mimética absoluta en el arte resulta, a fin de cuentas pueril, prácticamente insostenible. No puede haber mimesis “perfecta”, según creemos, si entedemos por ésta una copia exacta de lo que se ofrece ante nosotros, de las impresiones que nos llegan a través de nuestros aparatos sensitivos: aparecerá en todo momento, en contra o a favor de nuestra voluntad, algún margen chueco en el cuaderno o alguna explosión luminosa sobre el cielo ennegrecido que haga voltear, aunque sea por unos segundos, las cabezas de las cabras que pastan cómoda y desinteresadamente sobre las llanuras sibaritas de la vida contemporánea. Una percepción es siempre interpretación, interpretación particular irrepetible e irreconciliable una de otra. Sin embargo, al mismo tiempo, no se puede hacer otra cosa por medio de la práctica artística, desde cierto horizonte, que potenciar el ejercicio mimético de todo aquello que nos es manifiesto sobre el reflejo de los vidrios del vaso roto que yacen sobre el piso, pues toda pretensión de reproducción de una realidad pulcramente distorsionada y metamórficamente alterada es también, cosa de niños teóricos (de niños tontos, desde luego). Nada es nuevo bajo el sol, y sobre las narices, mucho menos. Somos copistas porque estamos vivos, y atrapamos el mundo.

Así, la pregunta por la sutil frontera divisoria que separa el significado y el significante, o por el verdadero estatuto de la realidad en sí misma y lo que es su reproducción (su alteración o su deformación por parte del artista) se transforman, en el lienzo del verdadero “imitador”, en un juego de esgrima en el que nadie al parecer salir victorioso, pero en el que todos salimos heridos, o a veces incluso muertos, dependiendo de la potencia de la estocada: la muerte del teórico traductor del arte (el esteta) por el espadazo de las paradojas semánticas y lingüísticas. Pues, en cualquier tipo de acto poiético, todo imitador es creador, tan original y tan innovador como le hubiera gustado a Huidobro que fueran todos. Un buen imitador sabe que lo que llega a explicar a través de sus obras es siempre sólo un pedazo de aquella laca brillante que fue capaz de rescatar, no sin cierto desvelo y sufrimiento, de las astillas muertas del buque naufragado en la conciencia cotidiana, sumergido a menudo en medio de las cornetas y de los motores del agreste e inhóspito territorio del día a día. Lo que obtiene es algo sorprendente.

La preponderancia pululante de aquellas imágenes que pueblan nuestros sentidos, que los sublevan y que los amansan dependiendo de las circunstancias establecidas, es la misma que al final del recorrido llenará de solidez y de materialidad valiosa (o no) todo lo que emerja de nuestras manos, sea música, pintura o literatura, entre otros cien mil híbridos más. No podemos desligarnos de lo que percibimos, pues somos eso, y nada más: mímesis de un mundo pensado, de un mundo soñado quizás por alguien que aún no ha a acabado de despertar del todo. No obstante, no somos sólo lo que percibimos, visión reduccionista y unilateral de los alcances humanos: somos también todas esas otras cosas que no alcanzamos a ver, ni a oír, ni a saborear con el paladar especializado de nuestro intelecto hermanado a nuestros instrumentos perceptivos. Somos también el mar, embravecidamente verdiazul, lleno de pequeños puntos metálicos que saltan y se comunican con el éter mediante susurros ininteligibles, imágenes que sólo alcanzamos a ver en sueños, en la poesía, en el éxtasis espiritual, en los viajes alucinatorios. Somos también esos puntos metálicos, esos peces saltarines de cabeza en cabeza, plantando sus semillas germinales sobre las perspectivas individuales de las que nos creemos amos y maestros durante algún momento de nuestras vidas.

Pero somos sólo ellos en la medida en que imitamos lo evidente de manera distorsionada, para mostrar lo no-evidente de suyo, lo velado que esconde el misterioso muro de la mirada vulgar (si es que existe tal cosa, si es que hay miradas que abran y otras que cierren cosas). Es así como hemos erigido, siglo tras siglo, las magníficas torres y las abrumadoras catedrales que integran el rostro apolíneo de nuestra cultura, mismas que hoy por hoy roban millones de aplausos y de fanfarrias en todos los recónditos callejones esnobs y en todas las plazas públicas de turistas, tanto en las ágoras como en los sótanos, pero que en algún momento en la mayoría de los casos no eran más que guijarros esparcidos caprichosamente sobre la arena de la sociedad, sin ningún ojo que las distorsionara, sin ningún oído que torciera su estructura.

Estos grandes monolitos espirituales, estas grandes obras de arte, además de ignoradas, fueron en algún momento rechazadas, puros engendros informes fruto de la inquietud y la tensión anímica, burbujas dentro de otras burbujas que pugnaban por romper una a la otra, de manera preponderante, hasta develar algo que no existía antes de manera presente, palpable, tangible: lo demasiado nuevo produce terror casi siempre, hasta en las mentalidades más flexibles. El dejo a la imaginación, las puertas abiertas del juicio, esa humildad sutil del soplido de la insinuación se olvida a menudo en la teoría estética, por lo cual es destruida durante el enfrentamiento contra una mano gigante que las aplasta como a moscas encarnada en la práctica contundente del artista-creador desde una relación directa entre obra y espectador, ser demiúrgico al que francamente no le importa saber si lo que ha creado se trata en efecto de una creación pura, o bien, de una imitación pura (y dudo que al espectador promedio tampoco le importe). No obstante, pese a todas las características que se les pueda achacar a estas piezas insustituibles de historia de la deformación performada, nunca podrá desligarse de ellas aquel componente mimético / anti-mimético que integra la totalidad de las mismas, esta especie de petición de principio platonizante, que tampoco podemos tirar por completo a la basura. Bajo diferentes gradaciones y de acuerdo a diferentes taxonomías, estás obras son y no son, de manera simultánea, copias de la realidad circundante. Son estas mismas obras parte inseparable de esta realidad, así como una lavadora es tan natural como una piedra por estar compuesta de minerales y compuestos de la tierra; pero a su vez tan ajenas a ella, así como un árbol es igual de artificial que una locomotora por el mero hecho de ser un compuesto orgánico de diferentes elementos simples que la Naturaleza nos otorga bajo la óptica de la química más básica. Se muestra así, mediante este ejercicio reflexivo, el plexo desnudo de la relatividad en el arte.

Como sucede con casi cualquier dilema filosófico terminado en aporía antinómica, el vínculo de la mímesis artística con el postulado de un estatuto ontológico más esencial o más originario que otro (la escisión entre la realidad y la copia, la naturaleza y su reproducción, etc.), no resulta más que un señalamiento de advertencia colocado a las lindes de la experiencia estética del ser humano, resultado del detonante de una intuición difícil de apaciguar, que emerge al contemplar un retrato fotográfico de alguien, al observar una pintura paisajística de algún lugar en particular, o de presenciar cualquier otra manifestación que tenga pretensiones, manifiestas o no, de emulación y refracción de lo que aparece ante nosotros.

Desde luego, existen algunos artistas que problematizan este tipo de oscilaciones epistemológicas mucho más que otros, unos cuyo discernimiento es más sutil, más ágil y menos ingenuo, sobre todo a partir del surgimiento de las vanguardias del siglo veinte, célebres libertadoras de la pesada tiranía del canon figurativo y de la univocidad técnica. El artista se convierte así en un hábil jugador con los nombres y con las imágenes, en un tahúr de las apariencias y de los simbolismos, en un ilusionista y escapista de los lugares comunes. El buen artista actual pone de manifiesto, a través de la reproducción de una réplica muy particular de su entorno y de él mismo, aquello que no puede ser dicho, pero sí en cambio, espléndidamente mostrado (Wittgenstein). Representa entonces aquella criatura extraña y extrañante que, una vez rota la jaula de oro en la que se encontraba presa, establece vibrantes y thaumáticos mundos a través de la marcha batiente de su escapada, y que mediante el derramamiento de su vómito celeste sobre los hombres y sus edificios nominales, logra erizar más de una vez los cabellos de millones de copias al carbón de un ideal humano que, pese a sus casi infinitas reproducciones a gran escala (en sus dos versiones originales, masculino y femenino), no termina de cuajar del todo como proyecto acabado.

martes, 11 de agosto de 2009

Elephanta vulgaris (Kinda Song) [Analepsia DCCCIX]



Sacre bleu, sacre bleu!
The rainy man’s coming! (bzzzz!)
Don’t get this thing started! No, no, no no!
Las manos en el cuello me hacen vomitar:
Santo Homo Sapiens.
Nunca amé a nadie tan bella como tú.
Tapanco’s getting better!

¡Salta, tres, salta tres, salta diez!
Empuja la cocina
[the fuckin’ gasolina (Calle 13)!]
I can’t see a shit inside of this thread
¡Me pica la amnesia
atrás, en la gerencia!
Se, es, se, es… o no es.

Tango style, tango style! (prrrrrtt!)
¡Me aplicas las marranas!
Sin-te-ti-za-dor… ¡Ayúdameeeeee!
¡Presto, presto: molto pericoloso
se pone el firmamento!
Y sin querer
ya te saqué un pie (jo jo).

Clavel de Siracusa
no dejes tu camisa
over the graveyard! No, no, no no!
Sumerge tu pupila
between those yellow bright lights
¡Es Dios! ¿O no? ¡No, no, no no!
¡Hay un Jabberwocky atrás del comaaaaaal!

¡Ahhhhhhhhhhh!
Ohhhhhhhhhhhh!

A’ right!!! (* Finale *)

martes, 7 de julio de 2009

Sobre el postulado de la psicosomatosis como una expresión ética de desgarramiento [o la carroza desbocada del Fedro] (Analepsia DCCCIII)




“Sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy hombre de carne y vendido al pecado. No entiendo mis propios actos: no hago lo que quiero y hago las cosas que detesto (...) Bien sé que el bien no habita en mí, quiero decir, en mi carne. Puedo querer hacer el bien, pero hacerlo, no. De hecho no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Por lo tanto, si hago lo que no quiero, eso ya no es obra mía sino del pecado que habita en mí.

Ahí me encuentro con una ley: cuando quiero hacer el bien, el mal se me adelanta. En mí, el hombre interior se siente muy de acuerdo con la Ley de Dios, pero advierto en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi espíritu, y paso a ser esclavo de esa ley del pecado que está en mis miembros. ¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo, o de esta muerte? (...) En resumen: por mi conciencia me someto a la ley de Dios, mientras que por la carne sirvo a la ley del pecado”

Saulo de Tarso, Romanos 7, 14-25




“La dualidad de la sustancia de Cristo, el anhelo, tan humano, tan sobrehumano, del hombre para llegar a Dios, siempre ha sido un inescrutable misterio para mí. Mi principal angustia y la fuente de todas mis alegrías y lamentos desde mi juventud en adelante ha sido la incesante batalla sin misericordia entre el espíritu y la carne… y mi alma es el campo de batalla donde estos dos ejércitos han chocado y encontrado”

Nikos Kazantzakis, La última tentación de Cristo



“Hay en mí dos almas y una tiende siempre a separarse de la otra; esa es apasionada y viva, está apegada al mundo por medio de los órganos del cuerpo; la otra, en forma opuesta, lucha siempre por disipar las tinieblas que la cercan y abrirse un camino para la mansión etérea. ¡Ah! ¡Si hay en las regiones aéreas espíritus soberanos que se ciernan entre la tierra y el cielo, dígnense bajar de sus nubes de oro y llevarme hacia una nueva y luminosa vida! Si tuviera una túnica mágica que me permitiera ir a aquellas regiones lejanas, no lo cambiaría por los más preciosos vestidos ni por el manto de un rey”

J. W. Goethe,
Fausto




Existen, hasta donde tengo noticia, varios tipos de dualismo en el ámbito de la filosofía. Quizás el más famoso, o tal vez el mayormente traído a cuenta desde tiempos inmemorables, sea el dualismo psicosomático (mente-cuerpo), el cual podemos rastrear, presentado en su estado actual, al menos desde la distinción que realiza René Descartes en el siglo diecisiete entre la cosa que piensa (la mente) y la cosa con extensión (el cuerpo que la contiene), hasta expresiones más cercanas a nuestros tiempos que tocan el punto, como la metáfora de Hilary Putnam del "cerebro en la cubeta", o la de Gilbert Ryle y su "fantasma en la máquina". No parece casualidad que una de las ramas más populares de la filosofía del siglo veinte (y quizás todavía de nuestro siglo), haya sido llamada "filosofía de la mente", por ejemplo.

Pero también está ese otro dualismo, el cual parece atañerle a la filosofía de la religión (nuestra teología contemporánea), que es el que establece la tajante distinción entre un alma y su recipiente, la carne: otra perspectiva (más del lado de la redención que del de la reflexión) del mismo dualismo psicosomático que aborda la filosofía, o al menos así me lo parece. Nacidos en un país de raíces judeo-cristianas, en el que el catolicismo sin duda es la religión predominante, estaremos bastante acostumbrados a presenciar aquella distinción de credo, misma que quizás aparece para muchos de nosotros como una cuestión tan familiar y tan cotidiana que ha perdido importancia una revisión más cercana al respecto ¿Por qué el fenómeno de la psicosomatosis es algo que ha importado tanto, lo mismo en el campo de la filosofía como en el de la religión, y que sigue importando, al tener un peso enorme para nosotros aunque no nos percatemos a menudo de ello? ¿Por qué parece tan fundamental y tan natural tal dicotomía en nuestra cultura, en nuestro lenguaje? ¿No resulta, al menos, inquietante? ¿Cuál podría ser la raíz de la cual se desprenda la persistencia histórica de postular un yo escindido, formado de un par de partes coexistentes que si bien son opuestas en sus naturalezas, se acoplan en su diferencia al más puro estilo heraclíteo? ¿Todo resulta tan simple como parece en los ámbitos de la opinión o de la postura filosófica, es decir, podemos aceptar o rechazar por completo esta dualidad de manera tajante y absoluta? Creo que no.

Nos antoja aquí, entonces, realizar una breve revaloración del postulado de la dualidad cuerpo-alma, vista como una expresión ética de desgarramiento en la condición humana (ya veremos más adelante de qué manera), tanto en el caso del cristianismo (suponiendo que exista tal cosa como "El Cristianismo", sin gradaciones ni modalidades de ningún tipo, lo cual parece ingenuo e incluso falso), como en el de la mayoría de las grandes religiones institucionalizadas que integran tal escisión ontológica en sus filas regulativas; escisión que resulta casi siempre sumamente accidentada y llena de obstáculos, sobre todo por la cantidad de fibras comunicantes que atraviesan tan multifacético tejido semántico, éste quizás uno de los más importantes dentro de la maraña ininteligible que conforma nuestros presupuestos históricos y culturales, desde hace ya mucho tiempo.

La queja (o señalamiento, por usar un eufemismo de manera legítima) que se sugiere a lo largo de este escrito remite principalmente a lo siguiente: resulta que he notado que se suele manejar con frecuencia una valoración reduccionista (bastante contraproducente cuando se trata de abordar fenómenos tan difíciles como el que estamos tratando) del postulado de la dualidad cuerpo-alma, a partir de cierta visión unilateral descalificatoria (satanizante, incluso) sobre esta dicotomía; valoración por lo general proveniente desde ciertos sectores de la filosofía misma, sobre todo desde una óptica prejuiciada por más de un siglo y medio de filosofías tan aparentemente dispares y alejadas como podrían resultar la filosofía positiva y el nietzscheanismo (con todos sus a prioris históricos y sus derivados filosóficos a posteriori que a ambas corrientes se les quiera achacar: desde la filosofía analítica más reduccionista, hasta el post-estructuralismo más ingenuo); ópticas filosóficas que, asumidas de manera acrítica y "combativa", no nos suelen permitir observar con detenimiento y con asombro a esta desconcertante y antigua idea de la psicosomatosis, concebida en tanto manifestación (ex-presión) genuina de la ontología humana. Tal descalificación se debe, según nuestro punto de vista, sobre todo por considerar sólo algunos de los múltiples matices del problema, resaltando parte de ellos de manera negativa, con un rechazo tácito de entrada como actitud general: la negación absoluta de tal dicotomía sin más ni más, tomada como un presupuesto absurdo lógicamente e incomprobable empíricamente (e incluso inhumano), del que alegremente creemos habernos "zafado" en las discusiones de moda en nuestra filosofía contemporánea, gracias a muchos esfuerzos, rebeliones y quebrantamientos de cabeza. Y efectivamente, quizás así sea, y ya no haya necesidad de traerlo a cuenta en tanto "problema" filosófico que valga la pena discutirse.

Muy en particular, las tres citas literarias extraídas y colocadas como epílogo de nuestro texto responden, como es bastante notorio, a una descripción cristiana de la pugna irresoluble de una inconformidad existencial gestada desde una visión "psicosomática" del hombre, término que incluso la moderna psicología clínica ha hecho suya en un mundo cientifizado de aparente secularización institucional, lo cual no deja de ser, por lo menos, curioso. La cuestión del hacer lo que la conciencia no nos dicta (la eterna guerra de poderes entre el querer y el hacer), de la observancia del estatus de "divinidad" como paradigma humano arquetípico, y de la aspiración a una vida desprovista de las exigencias más básicas del hombre (hambre, sed, sueño, evacuación de desechos, apetito sexual, etc.) en viras de experimentar una existencia basada en la pura contemplación del espectáculo del mundo, lejos de pasiones "perturbadoras" y de preocupaciones “banales” de por medio (recurrente utopía de casi cualquier religioso de corte clásico, e incluso en una gran porción de la fauna teórico-especulativa, pertenezca a la disciplina que pertenezca), ha sido siempre un sueño humano al parecer irrealizable, pero altamente asediado y replanteado, casi como ninguna otra cosa en la historia del pensamiento en relación con sus propios alcances y sus limitantes particulares, a su vez frutos de su propia autorreflexión, de la vuelta sobre sí misma (Hegel).

Como ya sabemos, la palabra "mente" (derivada de mens, traducción latina de psijé), en realidad, sigue remitiendo (aunque sea como "señalamiento") a este esquema dualista alma-cuerpo que tantos problemas absurdos, gratuitos y aborreciblemente represores se le reprocha que ha traído a la sociedad desde hace numerosos siglos hasta la fecha, y que ha servido como pretexto para que la barbarie ilustrada haya cometido actos de bandalismo cultural y brutalidad paidológica en contra nuestra, generando frutos bastante graves y considerables: mojigatería e hipocresía ética, manipulaciones político-religiosas, conciencias culposas injustificadas, "moral de esclavos", debates pseudo-problemáticos en filosofía que a menudo terminaban engalanando las publicaciones más acaloradamente discutidas, entre un largo etcétera de repercusiones "negativas". a nuestro pasado histórico. Pese a que no nos es posible negar las anteriores acusaciones por ser demasiado ciertas, ¿son éstas razones válidas para borrar del mapa por completo a la cuestión de la psicosomatosis de nuestros anales y nuestras enciclopedias, nostálgicos recuerdos de lo que fuimos y omnipresentes hologramas de lo que quizás seguimos siendo? ¿No habrá qué preguntarnos si en realidad ha sido culpa de la imagen psicosomática en sí misma (i. e.: como metáfora o tropos del lenguaje), o más bien de la manera en que ha sido utilizada y explotada a diestra y siniestra, jalando cada quien "agua para su molino"? ¿O en qué medida se fue transformando en esquema filosófico-religioso-cultural algo que empezó como una natural y genuina expresión poética de malestar y de quebrantamiento inherente, que comenzó como un simple grito tras bambalinas con magnos ecos en la posteridad?

Parecería entonces que pese a todos los elementos negativos que se le puedan achacar a esta visión psicosomática del hombre, falaz e impositiva si se quiere, esta teoría-dogma del matrimonio discordante alma / cuerpo no deja de representar, desde mi punto de vista, una efectiva y antiquísima metáfora de una intuición humana que responde a sus más íntimas voces, al subterráneo de su constitución existencial, a los ínferos mismos de sus circunstancias particulares: el malestar producto de las constantes contradicciones manifiestas en nosotros mismos, del permanente desgarramiento entre dos (o mucho más) "fuerzas" (Deleuze) contrapuestas del hombre que no terminan de amainarse en su tarea de acoplamiento y constante búsqueda de estabilidad anímica, símbolo poderoso de los veleros rotos por los vendavales emergentes desde la tormenta de las agitadas pasiones y los acuciantes pensamientos. Tal importancia y peso histórico y cultural de esta idea, de entrada, es un problema que nos parece imposible de ignorar, o al menos muy difícil de soslayar. Montaigne vio esta cuestión admirablemente clara en uno de sus más famosos Ensayos, titulado "De la inconstancia de nuestros actos". Casi nunca somos el mismo aunque seamos la misma persona, y pueden nacer deseos y juicios tan contrapuestos en nosotros mismos que nos sorprendemos a veces de nuestro reflejo en tal o cual circunstancia, y de los efectos que emanan de ellos ¿No será de allí, desde esos terrenos a veces obscuros e indescifrables, que proviene el fenómeno cultural de la psicosomatosis? ¿No estará principalmete cimentado en ese Yo que hace malabares entre el Ello y el Súper-Yo (Freud) con tal de no colapsar ante su propia fragilidad e incongruecia constante?

La metáfora psicosomática está tan arraigada, tan viva y tan presente en nuestra tradición cultural (nuestros horizontes de sentido, nuestros juegos del lenguaje, etc.), que cuesta trabajo pensar de qué maneras podría performarse un lenguaje que no postulara ya de entrada una división entre un ámbito “interno” y uno “externo”, entre un adentro y un afuera del hombre, entre un yo y todo lo demás. Esta usanza lingüística de nuestro sentido común, al mismo tiempo resulta una creencia fundamental y fundante para variadas teologías, y no sólo permanece fuertemente arraigada en el marco cultural judeo-cristiano occidental, sino también en el oriental del lado del hinduísmo (y sus mil derivados que asumen la diferencia entre âtman y Brahman) y de otras religiones "animistas" ya casi desaparecidas como el mazdeísmo y el shintoísmo por ejemplo, e incluso en religiones que negaban en sus orígenes la creencia en una alma individual o un "yo" , como es el caso del budismo tibetano o Vajrayana, quien hoy por hoy afirma la existencia de "espíritus", fantasmas, demonios, etc. Es de esta manera que expresiones como "mente sana en cuerpo sano", "con toda el alma", “el espíritu de la obra de arte”, “ese hombre es muy espiritual ”, “todos tus problemas son mentales”, “lo que siento por él / ella es puramente corporal”, "Ciencias Naturales / Ciencias del Espíritu" (Dilthey), entre innumerables otras que poco o casi nada tengan que ver semánticamente entre ellas, de una o de otra manera (y algunas de forma más tosca que otras), remiten esencialmente a tal dicotomía psicosomática sobre la que tratamos aquí, sin que podamos salvarnos de sus efectos colaterales con éxito rotundo, a menos que nuestros cuidados lexicográficos o agnósticos borden en la paranoia del rechazo de todo lo establecido.

Es importante, según considero, reflexionar acerca de tales señalamientos desde un punto de vista alejado de un puro rechazo o de una pura simpatía con esta cosmovisión dualista, y no sólo de la relevancia de tal fenómeno y sus implicaciones, sino de la aparente raíz originaria de donde proviene tal identificación dicotómica, que, como nosotros creemos, responde en gran medida (si no es que por entero) al conflicto creado entre un “interior” y un “exterior” del ser humano, entre aquello que se ve (nuestra apariencia física) y aquello que, efectivamente, no se ve (lo que pensamos, sentimos, imaginamos, etc.): aquello íntima e inherentemente invisible en cada uno de nosotros. Seguidas estas premisas de manera más o menos coherente, parecería existir en el hombre una especie de desacoplamiento de origen, un ámbito nunca colmado del todo dentro de nuestra constitución ontológica en el que constantemente nos encontramos situados en la desazón de los contrastes, en el tambaleo de nuestro ser.

La inestabilidad de nuestros gustos y de nuestras preferencias en varios campos de la acción, pero sobre todo el resultado de los choques emocionales de los que somos víctimas frecuentemente, sobre todo al tratarse de la contraposición clásica (¿fabricada?) entre lo más básico de nuestra fisiología y lo más complejo de nuestro razonamiento o de nuestro alcance creativo, es el detonante necesario para que sea fecundado con éxito tal presupuesto, tal postulado psicosomático, muy a mi parecer ¿Qué es aquello que nos impulsa y nos permite tal transgresión semántico-sintáctica, tal escisión dentro de una identidad (la posibilidad de un “yo” escindido) sólida y autosuficiente? ¿Es un hecho meramente cultural o histórico, o existe en efecto algún tipo de realidad sustancial que haga posible y plausible esta separación entre dos ámbitos muy distintos, incluso contrapuestos? Parecería bajo un primer vistazo que ninguna de éstas dos posibles respuestas colman la hondura de nuestra inquietud. Quizás sólo parezca que hay una verdadera pregunta detrás de tal pretensión de respuesta, como no se cansaba de señalarnos el segundo Wittgenstein. Nadie puede afirmarlo con seguridad, ni lo uno ni lo otro.

Hay, por tanto, una cuestión bastante sutil y profunda detrás de todo este planteamiento, en apariencia pueril y descabellado del alma en el cuerpo y del cuerpo en el alma. Y esta cuestión no resulta ser otra cosa, desde nuestro punto de vista, que aquel residuo de nosotros mismos que se queda resagado en las lindes de lo posible y de lo imposible para el ser humano en tanto ente finito, falible y contingente. El conficto del llamado "pecado" en el hombre como una mácula psicológica que no permite la plenitud eficiente de nuestras posibilidades prácticas en pos de un cierto ideal ético; la pugna por discernir lo divino (lo sustancial) en él y separarlo de lo profano, de lo prescindible, de la vulgaridad de lo inmediato; este afán enfermizo, pero en ciertos momentos profundamente luminoso, de distinguir lo carnal-visceral-pulsional de lo espiritual-mental-psicológico, lo más "bajo" o grosero del hombre y lo más propio de la inteligencia más alta y más depurada: todos ellos símbolos de algo arcaico, misterioso, terrible pero absolutamente constitutivo de nuestra naturaleza originaria (otro dogma que sostengo provisionalmente como símbolo, lo cual no implica necesariamente falta de compromiso con éste). Algo humano, demasiado humano (Nietzsche).

Si se me permite externar un pensamiento en orden de seguir aclarando algunos presupuestos personales como ejercicio de auto-reflexión a través de este texto (si infinidad de gente cree todavía en la vida después de la muerte, ¿por qué yo no he de creer todavía en el gnôthi seautón?), por lo general suelo entender la palabra pecado de manera un poco distinta a como "El Cristianismo", por ejemplo, la suele entender. Suelo entender pecado de una manera bastante paulina, aunque agnóstica en el fondo; es decir, entiendo pecado como un reflejo activo (y en última instancia, ético, por supuesto) de nuestra propia estupidez e inexperiencia vital, al hacer lo malo para nosotros cuando en realidad no es ello lo queremos, una y otra vez, en las mismas circunstancias, sin darnos cuenta de nuestra torpeza, o quizás teniéndola en cuenta pero siendo demasiado débiles de voluntad (Velle non discitur, pregonaba sabiamente Séneca, aunque nosotros lo cuestionamos de vez en cuando) para controlar nuestros impulsos más inmediatos o para cambiar nuestras circunstancias hacia ámbitos más favorables dentro de nuestros propios juicios y cánones, y no sólo por mandato o persuasión por parte de alguna religión, filosofía, principio o dogma intitucionalizado. "Sapere aude", pregonaba el último Kant, y nosotros le seguimos aquí. Así, la identificación socrática entre ignorancia y maldad brilla plena de significación bajo esta posible luz que le asigna esta noción particular de pecado, que según entiendo, no estaba tan ajena a la del cristianismo primitivo, antes de ser "contaminado" por el poderío bizantino. Esta visión optimista de la razón, implica desde luego un breve desdecimiento de lo que antes veníamos señalando como "condición trágica del hombre", aunque lejos de refutarla, más bien la complementa (pues no hay sirviente sin capataz que le fustigue, y no sería trágica sino hubiera lucha de por medio).

Por tanto, la tendencia humana hacia lo divino (incluso desde Grecia, o sobre todo desde allí, quizás) no sería otra cosa bajo este marco que el acoplamiento perfecto entre "la acción" y "la intención", la perfecta coherencia y co-responsabilidad desplegada desde aquello que pensamos, y aquello que hacemos, la virtud más alta, sophía: bello ideal apolíneo que pareciere despertar en el hombre a partir de una férrea disciplina y de una enorme convicción individual, de un gran trabajo con uno mismo. Hay un momento en lo humano en el que la carne parecería desprenderse, así como sucede en el famoso grabado de William Blake, de la fina tela de lo espiritual, materia sutil habitante en lo grosero que de la misma manera que el Doctor Fausto (piedra angular del romanticismo literario y filosófico, los más desgarrados de todos), lo quiere todo en un parpadeo, deseando todas las perfecciones atravesadas por todas sus imperfecciones en un arrebato de etérea manía (otra vez Platón) que implica no sólo el conocerlo todo y el saberlo todo, sino incluso el serlo todo de una buena vez (de ser uno con el Ser, con Lo Uno como los neoplatónicos), de golpe y para siempre. Responde definitivamente a esa tendencia, necia quizás, a querer ser sustancia y no sólo accidente (Aristóteles).

Resuélvase o no se resuelva tal dilema, seguirá siendo para mí una de las más grandes empresas reflexivas a la que alguien pudiera aproximarse en su tiempo de vida, ya desde la teoría filosófica desglosada desde su descontento vivencial (una óptica un poco más alejada del foco y aséptica, trabajo al parecer propio de la fenomenología), o ya desde la intuición expresiva propia del poeta, del literato, del artista (más desembarazada y flexible, más manchada de sudor y de sangre). Un islote cultural e histórico en el que, una vez situados dentro de él, resulta imposible desprenderse del todo, hacerse a la mar de la unidad integral e indifereciada del individuo, sueño de toda mística y pesadilla de toda teoría deconstructiva (aunque muy a menudo los extremos se tocan), como si pudiéramos olvidar de golpe todo lo que nos antecede y nos rebasa histórica y culturalmente, como aseguran dogmáticamente los hermeneutas. No podemos negar, si es que alguna vez se ha tenido este tipo de experiencia, que hay momentos insalvables a lo largo de nuestra vida en los que no se puede evitar anhelar con vehemencia el romper las jaulas de nuestras limitantes como seres mortales y falibles; limitantes, artificiales o no, que resultan siempre angustiantes y restrictivas para nosotros, altamente incómodas e indeseables, como una loza sobre nuestras espaldas. En nuestro febril delirio, como poseídos por algún demonio talmúdico, emerge de súbito una sed agobiante y fantasmagórica de trascendencia, de inmanencia, de potencia absoluta sobre lo real en el terreno de nuestra imaginación, como en nuestras más inalcanzables fantasías, como en nuestros más desconcertantes sueños. Una sed de algo que no somos, que no seremos quizá nunca, pero que no podemos, para nuestra desgracia, dejar de desear.

jueves, 21 de mayo de 2009

Hay que ser absolutamente post-moderno (Analepsia DCCC)


Basta de preciosismos inútiles y de maquillajes empalagosos: dejemos a un lado las aspiraciones más altas de los modernistas y de los parnasianistas. Basta de hogueras adolescentes del espíritu y de épicos desgarramientos de mal gusto: lancemos una cubetada de agua helada a los románticos y a los simbolistas. Basta de dibujar supuestas quimeras impolutas y de trazar jueguitos ociosos con lo imposible y con lo desconcertante: tiremos a un pozo a los surrealistas y a los creacionistas. Basta de pesados abismos sin fondo y de estúpidos bochornos sin razón aparente: démosle un puntapié en las nalgas a los existencialistas y a los dramaturgos del absurdo. Basta de inútil relajo desmesurado y de falsas cortinas de ácida locura: mandemos a los dadaístas y los escritores del non-sense a freír espárragos al sótano.


Basta de violencia gratuita y de trillado adulterio liberador, “virulento como la risa del diablo”: bajemos del camión a macanazos a los dramaturgos de la crueldad y a los seguidores del movimiento pánico. Basta de exaltación a la pura chatarra y de estupefacción por los insoportables rechinidos: echemos a los hornos a los futuristas y a los serialistas. Basta de la espiritualidad barata del vacío y del deleite morboso en la pura forma: enterremos con grava y arena a los expresionistas abstractos y a los minimalistas. Hacerle tragar su erudición a los culteranistas y su ignorancia a los primitivistas, dejar sin luz a los impresionistas y quitarles los pinceles de calibres finos a los puntillistas. Por el culo sus costumbres a los costumbristas y sus descripciones fotográficas a los realistas (por su hiper-culo a los hiper-realistas, desde luego).


Basta de pretensiones mañosas y desplantes elitescos, basta de mamonas dialécticas histórico-regenerativas con aires proféticos de genios y de súper-hombres, basta de vueltas a lo antiguo y de atajos hacia el futuro. Basta de parvadas “snob” de urracas venideras graznando el discurso de la renovación y de la ruptura. Basta de nueva literatura, de nueva música, de nuevo cine y de nueva pintura; basta de nueva escultura, de nueva arquitectura, de nueva danza y de nueva fotografía. Basta de nuevas formas de arte digital y multidimensional “nunca antes imaginadas hasta ahora”. Basta de “nueva cultura artística”. Mejor les invito el desayuno: un par de huevitos revueltos con frijoles bayos refritos y su respectivo tocino encima, con su salsita roja y unos totopos para acompañar. Juguito de naranja recién hechecito, una taza de café o de té (opcional), y si queda espacio estomacal, un delicioso cuernito de dulce, suavecito y esponjoso.


¡Qué delicia! ¡Mmmhh! ¡A comer se ha dicho!

Un cuento aún más cortito que el de Augusto Monterroso (Analepsia DCCLIXVIII)


"También ella: la niña."

miércoles, 6 de mayo de 2009

Selvagem (Analepsia DCCLXX)


Noche me alumbras. La suavidad circula obscura, aislada, hinchada de aves canoras y de sueños prominentes que emergen como picos nevados al nordeste del sentido, justo en medio de las ondas titilantes que estremecen nuestras horas escondidas.


Los orientales espejos de aquella chica enmarcan de manera maravillosa estas líneas. Ambos agujeros en el espacio, henchidos de hechicero hermetismo y voluptuosidad, expelen sutilmente un delicioso aroma a orientalismo cercano, bronceado, sedoso, poblado de deseos y de secretos de Nueva Delhi, olor extenso a maderas finas libanesas y a fragantes especias marroquíes. El punto de fuga es la mujer, pero el pretexto sigue siendo el momento. El paisaje se construye por sí solo, como el templo levantado al tercer día, como las espigas de los madrigales rompen ferozmente la tierra y emergen enteras, paradas sobre una de sus piernas.


Un beso. Un arpegio. Un soplo de luz sobre la fotografía mnemotécnica de los instantes imperecederos, ecos lejanos y palpitantes de un cúmulo de sensaciones indescriptibles, de fantasmas vivos e inaprehensibles que reflejan, como mandarinas encendidas en las brasas de su núcleo, su esqueleto de fluorescencia sobre el ondulante lienzo del océano vespertino.


La brisa se mantiene haciendo surcos sobre mi espalda desnuda, plantando a su vez esa familiar música delirante que susurra ecuanimidad y sosiego, senda matrona que envuelve cuidadosamente todos aquellos tejidos previos que habrán de deshilvanarse muy pronto, de manera paulatina y constante, en el flujo sinfónico de la tranquilidad circundante. “Quiet is the new loud”.


Lucha de la fogata sobre la arena en contra de su propio combustible: heroica ironía del éter ¡A babor! ¡Se avecina la flotilla!: de nuevo acechan amistosamente aquellos megalitos flotantes que navegan sobre nuestras cabezas, esos cirros vigilantes de la magnífica insignificancia, vaporosos espías de los diminutos cúmulos móviles que se esparcen y se contraen al ritmo incesante de sus instintos. Ese mar de microbios que siempre, con ayuda de sus vasos comunicantes con todas las cosas, explotan e implotan cada segundo (cada milenio), de forma periódica, mesurable y completamente impredecible.


Las hojas de las palmeras permanecen en su agitación constante, en su continua adoración hacia La Meca sin que ellas siquiera lo sepan. Los dátiles benditos son como oro en las manos de los niños. Autoconciencia: accidente humano, demasiado humano. Las gaviotas púrpura, perennes artistas de lo intangible, en su vuelo agitan con furia y sobriedad una multiplicidad de céfiros y de guijarros luminiscentes que transitan de vez en cuando nuestras huestes oculares: habitantes incómodos de nuestra visión perfecta, sueño inalcanzable de toda teoría y de todo paisajista.


Paisajista del alma: noble oficio del cisne descarriado. Pintura de paisajes quizás no tan hermosos ni acabados como los de otros paisajistas, como los de otros teóricos, como los de otros espectadores del mundo sentados desde su butaca contemplativa en lo alto del teatro; sin embargo, paisajes a fin de cuentas. Criatura miriópoda de altos vuelos, concomitante con la divinidad de los astros y con los pulgones subterráneos que guardan descuidados las puertas de los ínferos.


La perspectiva siempre se hace mirada. Y la mirada se decanta engañosa cada vez que mira (¡Mirad! ¡Las montañas son hombres santos! ¡Hacen sus oblaciones sin que nadie los moleste!), así como también es cierto que nuestro campo de visión siempre se adereza de manera encantadora con las siluetas orientales de aquellas féminas olor a madera y a cadencia, como ya habíamos esbozado antes. Casi siempre, encanto equivale a engaño. Las circunstancias aleatorias de lo presente tienden a mutar de un instante a otro, dependiendo de lo grueso del pincel, del calibre de la pluma-revólver, o del lente de cristal (empañado o impoluto: como más le plazca al señor) con que se miren estas letras: metáforas parlanchinas de algo realmente vivo, rezagos efímeros que se plasman en concreto con la agitación dactilar sobre la tinta virtual de la pantalla-pizarrón.


Sin embargo… ¿qué hay más vivo que la escritura misma, esa liberación punzante, irruptora de cosmovisiones, brazo incomparablemente recio que parte cocos pétreos a la mitad con sus fulminantes machetazos de coherencia irreversible? Difícilmente existirá algo alguna vez más visceral y poco higiénico, algo más sucio, hediondo y embadurnado de sangre, médula y semen que las letras de todas las épocas y de todos los lugares, miasmáticos paradigmas del tranvía de nuestras existencias. Apolíneos espejismos en la playa, vientos helados de la tundra hermenéutica.


Aquellos de huesos débiles y de pulmones susceptibles, organismos de constitución monolítica y monosemántica, no resistirán nunca tanta fuerza gravitacional ni tantos grados bajo cero, los suficientes para abrir veredas policromáticas y brechas frescas por donde puedan transitar cómodamente los centauros y las sirenas del futuro. Gracias, vanguardias del fin de los tiempos, padres de los nuevos pastos y de las piras venideras: por ustedes y en su nombre es que elevo una oración hoy al Universo. Nunca un paladín del bon sens, caballero del establishment, emparentará con la familia del cruel loco “echa-espuma-por-la-boca”, de ese pordiosero que recoge las migajas cósmicas de lo que tiran los dioses a estos infames territorios. Y no nos importa lo anterior en lo absoluto. Nunca un pez será un pez, ni un ave será un barco al interior de la camaleónica selva de los tropos y los manierismos. Las palabras muerden: muerden muy fuerte y muy hondo, como os podéis corroborar aquí y en cualquier otro lugar.

El manto sacrílego: fragmento (Analepsia DCCLIX)


(...)
En un eje de ruido
sopla el ojo
y la golondrina helada,
adviento de las masas.

Jinete amargo y luz
blanca de azucena.
Aspaviento
del cabello de vidrio.

Seguir la batuta
del simio maestre:
gime el aire
desde la cornisa celeste.

Entre andamios de humo
y en presencia
solemne del fuego
hace acrobacias la infiel memoria.

¿De qué depende
la dureza de lo blando
y el destello aguamarina
del tiempo?

Arquitectura
de singularidades vacuas.
Conformantes hoy
del carruaje del ocaso.

Dunas, senos, mantas corrugadas.

Sobre el tallo de platino
se ciñe augusta
la sacudida
del hilo.

Y en la carrera presurosa
del rostro de hambre, carcomido,
emerge un sonido herido e ido
que ensordece las venas.

Síncopa y mímesis,
restos de matemáticas muertas.
La mano
que iracunda espanta a la ausencia.

Se es hombre y trono
aún con la piel quemada
por labios ajenos
y por reinos aún no descubiertos.

La tinta se desliza reina
y se deslinda del mundo,
un mundo plebeyo
de deslices y de deslindamientos.

Una vida se abre
a una nueva vida.
Una gota de palabras sola puede
alimentar la sed del mito eterno.

Planicies, vientres, mantas extendidas.

(…)

Letanía del corazón nocturno (Analepsia DCCXLVIII)



Virgen de la tez de ébano, matriarca de las plantas de los pies llenas de alquitrán y de los estigmas florecientes en las manos pecadoras: hoy te ruego con devoción absoluta, rasgues el noble firmamento con tus temibles rugidos inmateriales para que yo pueda mirar, por única ocasión, el cráneo radiante e impoluto del tiempo universal.




Ruego por los esqueletos forestales, blancos y fluorescentes restos de armonía que han quedado rezagados a mitad del rozagante desierto. Ruego por el manto de la neblina helada que envuelve y penetra por todos aquellos rincones de los espejismos seductores, tejidos de carne y de heno que sembraron los magos primigenios hace ya incontables puestas de soles negros.




Matrona de los cuatro rumbos perdidos, de los pedregosos caminos y de las veredas intransitables, de los valles y colinas cuya extensión se cubre galante de espinos y de lebreles muertos, y cuya peste se extiende y llega hasta las comarcas más inhóspitas y más pobres de África, Asia y América, las astillas olvidadas de la humanidad; hoy ruego por tus favores.




Ruego por los capullos crudos que recogen ardientes los machos cabríos con cola de pez para alimento de los egos, así como por las esferas metálicas circunscritas en la atmósfera lunar que cruzan los cinco mares hemáticos, a la caza permanente de los placeres obscenos y de los deseos distorsionados.




Señora de las potencias ambivalentes, del suave látigo y de la dulce daga, creadora del poderoso y cruel hechizo del arte, de la droga y del amor, tejedora de los torturantes sayales franciscanos y auspicie de las fustigantes piras shivaítas: hoy me encomiendo a tus designios por medio de estas, mis más sinceras venias.




Ruego por los pantanos celestes y los nubarrones subterráneos que no terminan de conformarse aún como masas ígneas, fuentes de inocente ebullición e incansable desvelo. Ruego por las lápidas con doce mil ojos, por sus lágrimas de ceniza y sus pupilas de grafito labrado que pesan aún de sobremanera sobre las conciencias intranquilas y sobre las morales desgarradas.




Emperatriz de las puertas cerradas y de los arcos rotos, del salvaje curso fluvial de los ríos arteriales y del fabuloso y estridente flujo energético de las redes neurales: todas mis plegarias se vuelcan unánimes hoy a tus míseros aposentos de descomposición y desintegración orgánica.




Ruego por las bacterias doradas y las termitas plateadas que carcomen vorazmente, una a una, las virtudes cardinales humanas, la paciencia y benevolencia de los hombres firmes y compasivos. Ruego por el ejército de guillotinas y de confesionarios, hilos sutiles de especias anímicas y de perfumes espirituales que humanizan al más bruto, y embrutecen al más santo.




Fémina maldita entre toda bendición, pulcra sacerdotisa y sucia meretriz del mundo, territorio corrompido desde siempre y para siempre: sólo te imploro me convides un poco de tu ira y de tu locura trascendentales, suficientes apenas para resquebrajar la falsa porcelana del hastío adormecedor del devenir, aquella vasija perversa que encierra, celosa y estúpida, el último secreto de la vida y de la muerte. Toma mi corazón de noche, y por tu ardiente caridad, hazlo estallar en la mañana.

A la sombra de la vieja camelina (Analepsia DCCXXI)


Vaporosa y amigable
como una fresca mancha
se extiende la sombra
de la camelina sobre el suelo.

Piel de abril
sobre tersos instantes
pletóricos de sol
y de estallidos florales;
susurros vespertinos
de amarillo, verde y magenta
se despabilan lúdicos
al compás de los vientos.

Una parvada de recuerdos
que se posan
suaves y silenciosos
como mariposas intangibles
sobre la orilla de las ramas.
Un ingenuo bostezo
que abre las puertas al olvido;
no al olvido pesaroso de lo terrible
sino a su bello primo del cual retoñan
los botones tiernos de la serenidad humana.

Luz filtrada
por los entresijos
de la madera enredada
sobre mi cabeza:
humilde corona de primavera.

Donde las calles no tienen nombre (Analepsia DCCIX)


Libertad: cabalgata de los bridones salvajes por las amplias llanuras de los días y de las noches. Viento en el cabello, excitación en la parte baja del vientre. Despegue de los rincones incómodos de la personalidad y paso despejado hacia nuevas tierras inexploradas en el sí-mismo.

Es temblor sin temor, es respirar sin tregua los ilimitados territorios del deshacimiento. Un paso a la vez inasible y concreto, diáfano y turbio, hacia la utopía emancipada del destino manifiesto.


Acontece la ruptura de hilos y el tirar por la borda los costales de arena, los enanos deformes que atan y que apesadumbran la escalada, el baile, el viaje. Se logra así una mayor movilidad de miembros, mejor funcionalidad orgánica, un más perfecto desempeño en la lúdica batalla del devenir propio.


Es cambio de piel, contorno desdibujado de lo que se era antes y lo que se será después: el momento justo del instante presente. Es fresca y alegre brisa de autonomía, dulce sabor de boca.
Se caen, uno a uno, los ladrillos de nuestra antigua morada. El sol, vagabundo y ebrio, firma con amor nuestro naciente rostro. Nos abandonamos al azar, nuestro verdadero padre, sólo por unos minutos que nos percibimos como tales: somos espuma que arrastran las olas.


Es brillo y solaz, visión de la flama que nunca se apaga. Marcha infinita de innegable regocijo. Es olvido del mundo; memoria vacía que se llena de montañas, de horizontes y de cielo, de paisajes y emociones que no preguntan ni responden, que sólo llenan.


Se realiza el escape paulatino del pretérito contenedor, como el gas liviano se escapa poco a poco por las ranuras diminutas del matraz resquebrajado. Se desaparece y se integra, como las gotas de lluvia penetran y fraguan el suelo reseco de la sabana en sequía.


Es sueño indiferenciado de la vigilia. Es correr por correr, gritar por gritar, silbar por silbar, amar por amar. Es hacer surcos con nuestro cuerpo en medio de los campos de trigo, nadar en las ciénagas de los flamingos siendo un flamingo más. Es mirar por mirar, reír por reír, llorar por llorar, vivir por vivir.


Lejos… muy lejos de nosotros mismos.


Te mostraré un lugar
alto, en la planicie desértica
donde las calles no tienen nombre.

domingo, 26 de abril de 2009

Tropicalhia: estallidos versificados con olor a mango y banano (Analepsia DCCI)


Sefirami,
Dalim dalimeira,
sohnnio de canna melera.
Esperanto dal sun de la’l mera.

Santo dascolpo dil morcco,
que’l amaresto apentto
nonno pellare
sino sinalepha diamare.
Queli quelí
adulanni
aspertacu da vreva yurganni.

Banini didi dí
San saculari flí.

Baisha baisha
da la mana del manhio
que la gretta uppa
dil gorgio dul paintro.

Flurencia dil glam
adi adonaido,
altoparti manghiko
il oiyo asomaitto.

Dainssa, cuorppo,
dilon distantinhia.
Eprezzión de la grima vontirka.
Zincopatto il mero parlange.

Sonneke del treque,
emulí emulí,
esparto jil própero armatto.
Tocalmerco alpipreste
alibérzoddo minnio.
Hitanno remangante
ci-taka ci-taka
tan tu li-lí
muishica, muishica.

Sam par pá
san par pennia.

Soh da freguesía.

Pleuna du lei caperunhia
saive entreniosso
bhalio en lo clairo,
di la fai dil sohnnio
que la merería.

Torco, torco:
sepullantes marientes
du lai flébula inchatta
que la ruedda i la fleura gaintoira.
Dixere apacaperu poir qui toido
miyoili gainas du naiccere:
soiperi-sopieri pí.

Siki siki siki, siki siki siki
siki siki sá.
Siki siki siki
siki sikokáh.

Daile lahmaca
de la plébura ansurta
an le que’l disso escanssa
suppre li porbeh possento.
Mné mné, ala pastá alvaréh.
Aisombratto gillonso
que la punnia voishié.

Lumbere, lhumbre.
Satún satunitta.
Sai tararai, sai tararela.

Trincha, troncha:
la sun da’l lamera.

Sik, siki sik, siki sik, siki sik...

martes, 17 de marzo de 2009

Salto de fe (Analepsia DCC)


Vengo aquí hoy
a encender una vela:
fuego sobre una columna de cera.
Un fuego pequeño, modesto y sincero.

Vengo aquí y me quito el sombrero
y dejo mis sandalias en la entrada del templo.
Dejo también los harapos y las galas
de todos mis días y de todas mis noches.

Hincado, postrado de hinojos,
agacho la cabeza y cierro mis ojos.
El espeso hilo del humo de cera
que teje figuras sobre este silencio.

Ajado mi rostro, amarga mi boca,
hoy vengo y me inclino sin más.
Y no digo nada ¿Qué podría decir?
Me he olvidado a mí mismo.

Hoy soy todas las velas, todos los fuegos,
todas las luces que alumbran el camino.
Hoy soy el camino mismo.
No tengo pasado ni tengo futuro.

Nunca creí ni en milagros ni en dioses,
en ninguna ciencia o filosofía alguna.
Y sin más hoy enciendo una vela
y me inclino en silencio.

Yo solía saber cosas: cosas importantes.
Palabras de sabios, de gente valiosa.
Hoy soy un pobre loco
que prende una vela en medio del templo.

Yo viajé a muchos lares: países, ciudades, comarcas.
Conocí el Sur, el Este, el Norte, el Oeste.
De rodillas, inclinado en silencio,
me viste de ámbar el pequeño fuego.

Mis tesoros, jardines y amores
no son sino sueños borrosos, motas de polvo.
Hoy vengo humilde y callado
a encender un modesto pabilo.

Simples y titilantes lucecillas: no hay más.
No hay afuera ni adentro.
Ni alma ni cuerpo, ni vida ni muerte:
hay sólo un hombre hincado en el templo.

¿Qué por qué razón hoy enciendo una vela?
Porque sí: no hay por qué.
La rosa es rosa, la mosca es mosca.
Hoy yo prendo mi fuego.

Me levanto del suelo. Me pongo el sombrero.
Las sandalias me entran y salgo del templo.
Allí queda mi vela, mi cera, mi fuego.
Allí quedo yo mismo, hincado en silencio.

De puertas abiertas (Analepsia DCXCI)



¿Y qué tal que el legendario y divino propósito de la vida buena, bella y verdadera no fuera sino esa nebulosa y luminiscente resaca que queda después de la euforia ciega más desbordante, como una estela espesa de polvo de cristal que refleja de manera sublime, pero asimétrica y deformada, los albos y finos rayos del sol? Los barcos que conducen al sentido inherente de las cosas muy a menudo naufragan en los mares del padecimiento, de la afección cruda, desnuda y desvirgada.

Es fácil construir puentes. Lo que es casi imposible es cruzar hasta la otra orilla sin perderse a uno mismo en la empresa, sin mirar hacia abajo. La locura casi siempre es locura de algo, incluso del más ínfimo peso del rocío sobre los pétalos. Éxtasis y desasosiego: ambas caras de la misma moneda.

Uno a veces toca la campana anunciando el almuerzo, la buena nueva o el camión de los desperdicios. Pero… ¿y sin nadie tiene hambre, ni fe, ni desechos que desechar? ¿Y qué si prefieren pacer como impávidas vacas en el solaz de sus sueños? ¿Y qué si soy yo una de aquellas figuras, desapegadas mónadas animales? ¿Cómo habré de zafarme con éxito de mis cómodos lazos, romper y salir de mis confortables corrales? O más bien, ¿por qué y para qué haría eso? ¿Para quién y por quién sería libre?

– Yo sólo sé que lo sé todo –: de Fausto a Sócrates hay sólo un paso, o bien, sólo una mirada distinta. Uno puede almacenar los anales del mundo en el baúl del aleph, y aún así seguir siendo lastimado periódicamente por la impertinencia de la luz matutina que se cuela traviesa a través de las traslúcidas cortinas, al igual que el inocente niño, al igual que el decrépito anciano.

¿Y qué tal que no sé lo que quiero? ¿Y qué tal que al querer quererlo todo al final termino no queriendo ya nada? Matar al querer queriendo, poco a poco, paso a paso, de manera meticulosa y gradual, con maestría hedonista de paciente estoicismo: he allí la situación que más quiero.

El jinete intermitente (Analepsia DCLXXXVII)


Un asomo imprevisto por la ventana. Múltiples despliegues de luces, de formas y de caminos insospechados irrumpen como un golpe enmudecido al intelecto. Depuración de las pasiones vanas. Ingenuo sumergimiento en los más inhóspitos mares y en las borrascas más turbulentas. De pronto, un grito cegador, una hogaza de pan, un desierto en llamas: es Lucifer que nos llama tras el muro, susurrante. Emerge entonces aquella noche en la que los frenéticos venados, entes de la bruma, bailan y celebran nuestra muerte escogida; se efectúa así todo el fastuoso acto mientras beben, impetuosos y animales como son en realidad, la sangre inmaculada y brillante del sacrificio solar diario, sagrado suceso acontecido sin falla y sin retraso con cada crepúsculo, con cada incendio apagado en las lindes horizontales del mundo. Vaguedad de marzo, superfluo idilio.

Miles de frazadas nos arropan los sentidos, nos impiden vislumbrar. Las rasposas e hinchadas manos de los trabajadores diurnos despiertan con cada golpe de mazo al centenario basilisco que duerme tranquilo, desde hace siglos, bajo la tierra. Como vendavales ciegos, se arremolinan y ascienden en círculos concéntricos las hormigas blancas, aquellos diminutos seres que fundaron las palabras. Dudo francamente que se dé un girasol tan grande en medio de la nada. Unos ojos desconocidos de grafito y de lápida pesan más cada vez sobre la ternura de mi pecho. Extrañeza.

¿Qué diferencia hay entre Urano y Neptuno, y el desayuno de ayer? No es chanza ni sarcasmo lo que digo: nunca he hablado más en serio que ahora… excepto aquel día, excepto aquellos días. Un par eclesiástico de latigazos rigurosos y devocionales se me impactan en la espalda, lastimando bellamente al carnero. Impedimentos bruscos, murallas imaginarias de aperturas y clausuras desembocan furiosas sobre escapularios de ámbar, recubiertos a su vez de profunda fe y desvelo.

Ecos de cabellos lejanos y de pabilos cebados. Zumbidos insoportables de colores nunca antes percibidos, producto de imaginaciones floridas y de fantásticas disertaciones. Un beso en el cuello que se evapora con el tiempo, evanescente en la ausente presencia de la completa falta de algo. Un punto, un tren, un ejército de metáforas y de violines discordantes que provocan cosquillas bajo el vientre y astillas en las venas, pudorosas guardianas de la sombra del hastío.

Flor de mayo, de luna, del prestigiado periódico en el cual vuelan los idiotas con singular gracia bajo máscaras de oro. Estiro la mano y alcanzo la fruta: una mordida de sórdida libertad, de azarosa soledad parduzca, de maravillosos brillos en el lago de tus labios. El cisne que canta y que vuelve a nacer en el cuerpo de un canto, encerrado a su vez en un cisne cantor. Fuertes muslos del caballo de mármol: un par de culebras que recorren, heladas, el derredor de su efigie.

Fantasmagorías. Sudor frío del anochecer presuroso. Un rayo de lucidez abrupto. La cicuta en el cáliz que cura o que mata según sea la dosis, según sean las olas, según sea la aurora. Abrazo entrañable que funde sentidos, que habla de todo en el trazo borroso, instalando certezas por medio de sombras. Un hueso cae del peñasco: emerge un estilo perpetuo. Fraguas de dulces tormentos y de ardientes lluvias, resbaladizas y voraces gotas de miel. Letrada ignorancia postrada de hinojos. Letanía vibrante de las cien mil batallas internas. Por esta ocasión el humilde poeta, ajado de pies y de manos suaves, emisario único de la cabalgata impetuosa que desgarra los bosques.

lunes, 16 de marzo de 2009

Emotional Parsimony (Analepsia DCLXX)


By the surface of this rotten wood
I pursuit my soul.
Beneath the tender blanket of this candlelight
remains a hidden trinity that seeks ancient, holy voids.
All is full of lyrics
and atoms
and gods.
By smashing every statue,
I have seen their lungs.

Jumping off the bridge
and hanging on the tree:
all the great discoveries you can never be.
Half-monkey, half-sky,
these pair of legs just will go on, to stand, running, until the limits of cognizance.

How long should I take as a navy these words?
On what spaces and lands should they work after all?
Hesitation and desire: two extremes of one road.
Equal plates of a balance:
do we have to play dumb?

lunes, 9 de febrero de 2009

El octavo día (Analepsia DCLXIII)


"Y entonces vio que todo cuanto había hecho era muy bueno": eso es lo que se dice que se dijo, y no dudo en absoluto que así se haya dicho. Se cree también que ya ha terminado, pues su descanso está igualmente documentado. Yo digo que no fue así: a veces los textos mienten, sobre todo las crónicas de algo magno, de algo grande y fastuoso ¿Qué evento más grande y más magno que éste, gala de todas las galas? Muy al contrario, creo que aún persiste en el esfuerzo y el desvelo, quizás más arduamente que nunca, de manera apabullante e inconcebiblemente esmerada ¿Cuándo, pues, habrá de terminar su obra maestra, de alcanzar la perfección artística cristalizada, el acabamiento total de la misma?
Un octavo día está por venir... y tal vez más.

Ética del paladar contento (“Es menester ascender mediante aquello que nos hace caer”)::(Analepsia DCXLVIII)


Suponiendo que las arcas del tiempo estén abarrotadas de hombres insignes, y que este temblor bajo mis pies no sea causado por ningún bíblico animal subterráneo, ha quedado de esta forma definitivamente instaurado el espíritu de la ligereza danzarina sobre la cuerda floja de mi alma, después de una intermitente pero asertiva lucha en contra de la pesadumbre restrictiva: la moral represiva y sus fuetes espinosos, diques continentes de las más violentas aguas.


Uno simplemente no puede esperar algún tipo de florecimiento en sus jardines e invernaderos (un noble izamiento de los estandartes y de las voces moduladas), sin haber teñido antes los campos y las plazoletas de púrpuras telas con destellos carmines. Es así como se forja el atleta, el soldado, el santo: con base en sudor y jadeo, en fricción y desgaste, en el desgarramiento constante del cómodo capullo del que se pendía anteriormente bajo la rama seca: herencia de los espíritus más íntegros del pórtico helénico. Pero es necesario bailar inmediatamente después, nadar y regodearse en la suave y espesa melaza cada que el día lo permita.


Si ostentáramos el deseabilísimo privilegio de ver a través de los muros infranqueables de los altos fuertes y de las pétreas marmitas antes de entrar en contacto, y así estudiar de día y de noche los secretos movimientos y transacciones de los ánimos y de las intenciones, seríamos capaces de conocer entonces a esas temibles bestias predadoras que amenazan nuestros días, de cazarlas sin piedad y de vestir sus gruesas pieles de puro y limpio placer ciego, dejando de lado sus huesos y sus vísceras. Pero tal deseo vive en las lindes de los sueños, lejos del trigo y de los hornos.


Debemos, pues, tratar de darnos los mejores regalos a nosotros mismos sin ninguna restricción de inercia, vaciándonos de todas las cosas a través de todas las cosas. Los banquetes de fragante vino y de suaves carnes están listos para ser degustados, los estómagos y las lenguas de ser saciadas hasta el hartazgo en el pomposo maridaje. La renuncia sincera llega en el radical abrazo de las avalanchas pluriformes de olores y sonidos, de colores y texturas: marejadas incesantes de mundo. Es así como, para aquel que por ventura ha llegado a estos lares de la vida casi colmado y satisfecho de apetitos y de hambres inaplacables, es que habrá de tomar sólo aquellos ladrillos y argamasa necesarios para construir su cálida morada, pero nada más que eso. Así ésta habrá de ser sólida, duradera e inconmoviblemente hermosa mientras dura en pie: ese refugio habitual de la agreste intemperie que festeja sin reservas el trinar de las calandrias y los rayos matutinos.


¿Cómo osaríamos separar el ajenjo de la miel, cómo las rosas del espino? ¡Locura de locuras, vana falacia de tuertos y de cojos!

Unbearable Er-scheinung dans il fortíssimo anhelo (Analepsia DCXXX)


Se han desprendido ahora pequeños fragmentos de euforia desde este modesto cráneo: allí van todos, volando y dando piruetas hasta incrustarse en el juicio ajeno. Las palabras traslapadas y ajadas se resbalan poco a poco desde la trepidante cima de los deliciosos pechos color porcelana, puros y actuales como la linde de los tiempos, hermanos a su vez de las migajas estelares que tiraron las palomas del Edén. Madejas de hule espuma fenicio que arrebatan la raíz de la razón de las manos del pueril mandril de oro; igualmente sobre las restantes marejadas de ansia y de cercanía que emiten todos los radiadores pretensiosos de lo rojo y de lo púrpura, navegan aún cansados y regenerados aquellos parasoles amigables de las cerúleas y opacas lunas del otoño carcomido. Un par de bigotes no hace daño, pero setecientos cuarenta y nueve marcan por mucho la diferencia.
*
Sumido el cuello hasta las perplejidades incautas de lo rotundo aéreo, sublimando y vomitando va la Gran Boca del Padre Perro, esperando preñar las tierras infértiles que antes pertenecían a las mañanas frías: actualmente se huele y se respira de otra manera, con otros colores y otras comezones de por medio. Lo curioso de las estructuras gramaticales suscritas a las reglas de la yegua marina de la corriente índico-pacífica, es que en cualquier momento corren el peligro ser desposeídas de sus corales majestuosos. Ni todas las palmeras del mundo, ni la totalidad de los tersos y firmes muslos de las bailarinas clásicas podrían retroceder el tren aguamarina que va en camino desde hace tres semanas, por delante de los higos y de los malvones.
*
Si alguna diferencia hay entre las luces que han nacido y las sombras que habrán de nacer, es precisamente aquella vibración del arpa de los mundos contiguos, que giran incesantes en órbitas elípticas alrededor de las sienes de Eón, conformando unas invisibles y gráciles guirnaldas macrocósmicas que adornan el profuso río de las dagas en forma de rayo, hay que decirlo, de manera por demás magistral y psicotrópica. Santificado ha sido el inocente matrimonio, y es por ello que los ojos bermellón del trópico psíquico aún no me han mirado de la forma correcta, desde el preciso ángulo, maqueta de preciosismo y de alboroto sentimental y rococó. Zitácuaro no queda muy lejos de Marabatío, pero el recorrido a pie puede ser bastante tortuoso si hay llagas en el techo estrellado del rarámuri vigía.
*
Como dije, si una aprehensión enconada aprende a gritar y a copular de maravilla, nada habrá que la detenga en su trayecto, y así podrá conquistar las altas torres del ígneo templo de mis suelas sin ninguna energía desperdiciada. Hay algunas piedras homeopáticas, y otras tantas que no son ni piedras ni batallas de alcohol y de pieles sudorosas en pleno bombardeo de caricias. Hay que tener en cuenta que cuando alguien grita en Timbuctú, nadie lo escucha en Mali, sino muy al contrario, en la mohosa cueva de los Siete Bandidos Supremos, demiurgos del rocío vespertino. No por muchas sedas y maderas finas que se ofrezcan al mandatario, las gotas dejarán de gotear y las cuerdas del violín cesarán de estirarse hasta alcanzar los primeros pasos de las estaciones del año. Menester es tomar en cuenta mis observaciones pasadas, si uno es precavido en cuestiones del amor y de la muerte. Nada está comprado de por sí, excepto todo lo que existe.