miércoles, 6 de mayo de 2009

El manto sacrílego: fragmento (Analepsia DCCLIX)


(...)
En un eje de ruido
sopla el ojo
y la golondrina helada,
adviento de las masas.

Jinete amargo y luz
blanca de azucena.
Aspaviento
del cabello de vidrio.

Seguir la batuta
del simio maestre:
gime el aire
desde la cornisa celeste.

Entre andamios de humo
y en presencia
solemne del fuego
hace acrobacias la infiel memoria.

¿De qué depende
la dureza de lo blando
y el destello aguamarina
del tiempo?

Arquitectura
de singularidades vacuas.
Conformantes hoy
del carruaje del ocaso.

Dunas, senos, mantas corrugadas.

Sobre el tallo de platino
se ciñe augusta
la sacudida
del hilo.

Y en la carrera presurosa
del rostro de hambre, carcomido,
emerge un sonido herido e ido
que ensordece las venas.

Síncopa y mímesis,
restos de matemáticas muertas.
La mano
que iracunda espanta a la ausencia.

Se es hombre y trono
aún con la piel quemada
por labios ajenos
y por reinos aún no descubiertos.

La tinta se desliza reina
y se deslinda del mundo,
un mundo plebeyo
de deslices y de deslindamientos.

Una vida se abre
a una nueva vida.
Una gota de palabras sola puede
alimentar la sed del mito eterno.

Planicies, vientres, mantas extendidas.

(…)

Letanía del corazón nocturno (Analepsia DCCXLVIII)



Virgen de la tez de ébano, matriarca de las plantas de los pies llenas de alquitrán y de los estigmas florecientes en las manos pecadoras: hoy te ruego con devoción absoluta, rasgues el noble firmamento con tus temibles rugidos inmateriales para que yo pueda mirar, por única ocasión, el cráneo radiante e impoluto del tiempo universal.




Ruego por los esqueletos forestales, blancos y fluorescentes restos de armonía que han quedado rezagados a mitad del rozagante desierto. Ruego por el manto de la neblina helada que envuelve y penetra por todos aquellos rincones de los espejismos seductores, tejidos de carne y de heno que sembraron los magos primigenios hace ya incontables puestas de soles negros.




Matrona de los cuatro rumbos perdidos, de los pedregosos caminos y de las veredas intransitables, de los valles y colinas cuya extensión se cubre galante de espinos y de lebreles muertos, y cuya peste se extiende y llega hasta las comarcas más inhóspitas y más pobres de África, Asia y América, las astillas olvidadas de la humanidad; hoy ruego por tus favores.




Ruego por los capullos crudos que recogen ardientes los machos cabríos con cola de pez para alimento de los egos, así como por las esferas metálicas circunscritas en la atmósfera lunar que cruzan los cinco mares hemáticos, a la caza permanente de los placeres obscenos y de los deseos distorsionados.




Señora de las potencias ambivalentes, del suave látigo y de la dulce daga, creadora del poderoso y cruel hechizo del arte, de la droga y del amor, tejedora de los torturantes sayales franciscanos y auspicie de las fustigantes piras shivaítas: hoy me encomiendo a tus designios por medio de estas, mis más sinceras venias.




Ruego por los pantanos celestes y los nubarrones subterráneos que no terminan de conformarse aún como masas ígneas, fuentes de inocente ebullición e incansable desvelo. Ruego por las lápidas con doce mil ojos, por sus lágrimas de ceniza y sus pupilas de grafito labrado que pesan aún de sobremanera sobre las conciencias intranquilas y sobre las morales desgarradas.




Emperatriz de las puertas cerradas y de los arcos rotos, del salvaje curso fluvial de los ríos arteriales y del fabuloso y estridente flujo energético de las redes neurales: todas mis plegarias se vuelcan unánimes hoy a tus míseros aposentos de descomposición y desintegración orgánica.




Ruego por las bacterias doradas y las termitas plateadas que carcomen vorazmente, una a una, las virtudes cardinales humanas, la paciencia y benevolencia de los hombres firmes y compasivos. Ruego por el ejército de guillotinas y de confesionarios, hilos sutiles de especias anímicas y de perfumes espirituales que humanizan al más bruto, y embrutecen al más santo.




Fémina maldita entre toda bendición, pulcra sacerdotisa y sucia meretriz del mundo, territorio corrompido desde siempre y para siempre: sólo te imploro me convides un poco de tu ira y de tu locura trascendentales, suficientes apenas para resquebrajar la falsa porcelana del hastío adormecedor del devenir, aquella vasija perversa que encierra, celosa y estúpida, el último secreto de la vida y de la muerte. Toma mi corazón de noche, y por tu ardiente caridad, hazlo estallar en la mañana.

A la sombra de la vieja camelina (Analepsia DCCXXI)


Vaporosa y amigable
como una fresca mancha
se extiende la sombra
de la camelina sobre el suelo.

Piel de abril
sobre tersos instantes
pletóricos de sol
y de estallidos florales;
susurros vespertinos
de amarillo, verde y magenta
se despabilan lúdicos
al compás de los vientos.

Una parvada de recuerdos
que se posan
suaves y silenciosos
como mariposas intangibles
sobre la orilla de las ramas.
Un ingenuo bostezo
que abre las puertas al olvido;
no al olvido pesaroso de lo terrible
sino a su bello primo del cual retoñan
los botones tiernos de la serenidad humana.

Luz filtrada
por los entresijos
de la madera enredada
sobre mi cabeza:
humilde corona de primavera.

Donde las calles no tienen nombre (Analepsia DCCIX)


Libertad: cabalgata de los bridones salvajes por las amplias llanuras de los días y de las noches. Viento en el cabello, excitación en la parte baja del vientre. Despegue de los rincones incómodos de la personalidad y paso despejado hacia nuevas tierras inexploradas en el sí-mismo.

Es temblor sin temor, es respirar sin tregua los ilimitados territorios del deshacimiento. Un paso a la vez inasible y concreto, diáfano y turbio, hacia la utopía emancipada del destino manifiesto.


Acontece la ruptura de hilos y el tirar por la borda los costales de arena, los enanos deformes que atan y que apesadumbran la escalada, el baile, el viaje. Se logra así una mayor movilidad de miembros, mejor funcionalidad orgánica, un más perfecto desempeño en la lúdica batalla del devenir propio.


Es cambio de piel, contorno desdibujado de lo que se era antes y lo que se será después: el momento justo del instante presente. Es fresca y alegre brisa de autonomía, dulce sabor de boca.
Se caen, uno a uno, los ladrillos de nuestra antigua morada. El sol, vagabundo y ebrio, firma con amor nuestro naciente rostro. Nos abandonamos al azar, nuestro verdadero padre, sólo por unos minutos que nos percibimos como tales: somos espuma que arrastran las olas.


Es brillo y solaz, visión de la flama que nunca se apaga. Marcha infinita de innegable regocijo. Es olvido del mundo; memoria vacía que se llena de montañas, de horizontes y de cielo, de paisajes y emociones que no preguntan ni responden, que sólo llenan.


Se realiza el escape paulatino del pretérito contenedor, como el gas liviano se escapa poco a poco por las ranuras diminutas del matraz resquebrajado. Se desaparece y se integra, como las gotas de lluvia penetran y fraguan el suelo reseco de la sabana en sequía.


Es sueño indiferenciado de la vigilia. Es correr por correr, gritar por gritar, silbar por silbar, amar por amar. Es hacer surcos con nuestro cuerpo en medio de los campos de trigo, nadar en las ciénagas de los flamingos siendo un flamingo más. Es mirar por mirar, reír por reír, llorar por llorar, vivir por vivir.


Lejos… muy lejos de nosotros mismos.


Te mostraré un lugar
alto, en la planicie desértica
donde las calles no tienen nombre.

domingo, 26 de abril de 2009

Tropicalhia: estallidos versificados con olor a mango y banano (Analepsia DCCI)


Sefirami,
Dalim dalimeira,
sohnnio de canna melera.
Esperanto dal sun de la’l mera.

Santo dascolpo dil morcco,
que’l amaresto apentto
nonno pellare
sino sinalepha diamare.
Queli quelí
adulanni
aspertacu da vreva yurganni.

Banini didi dí
San saculari flí.

Baisha baisha
da la mana del manhio
que la gretta uppa
dil gorgio dul paintro.

Flurencia dil glam
adi adonaido,
altoparti manghiko
il oiyo asomaitto.

Dainssa, cuorppo,
dilon distantinhia.
Eprezzión de la grima vontirka.
Zincopatto il mero parlange.

Sonneke del treque,
emulí emulí,
esparto jil própero armatto.
Tocalmerco alpipreste
alibérzoddo minnio.
Hitanno remangante
ci-taka ci-taka
tan tu li-lí
muishica, muishica.

Sam par pá
san par pennia.

Soh da freguesía.

Pleuna du lei caperunhia
saive entreniosso
bhalio en lo clairo,
di la fai dil sohnnio
que la merería.

Torco, torco:
sepullantes marientes
du lai flébula inchatta
que la ruedda i la fleura gaintoira.
Dixere apacaperu poir qui toido
miyoili gainas du naiccere:
soiperi-sopieri pí.

Siki siki siki, siki siki siki
siki siki sá.
Siki siki siki
siki sikokáh.

Daile lahmaca
de la plébura ansurta
an le que’l disso escanssa
suppre li porbeh possento.
Mné mné, ala pastá alvaréh.
Aisombratto gillonso
que la punnia voishié.

Lumbere, lhumbre.
Satún satunitta.
Sai tararai, sai tararela.

Trincha, troncha:
la sun da’l lamera.

Sik, siki sik, siki sik, siki sik...

martes, 17 de marzo de 2009

Salto de fe (Analepsia DCC)


Vengo aquí hoy
a encender una vela:
fuego sobre una columna de cera.
Un fuego pequeño, modesto y sincero.

Vengo aquí y me quito el sombrero
y dejo mis sandalias en la entrada del templo.
Dejo también los harapos y las galas
de todos mis días y de todas mis noches.

Hincado, postrado de hinojos,
agacho la cabeza y cierro mis ojos.
El espeso hilo del humo de cera
que teje figuras sobre este silencio.

Ajado mi rostro, amarga mi boca,
hoy vengo y me inclino sin más.
Y no digo nada ¿Qué podría decir?
Me he olvidado a mí mismo.

Hoy soy todas las velas, todos los fuegos,
todas las luces que alumbran el camino.
Hoy soy el camino mismo.
No tengo pasado ni tengo futuro.

Nunca creí ni en milagros ni en dioses,
en ninguna ciencia o filosofía alguna.
Y sin más hoy enciendo una vela
y me inclino en silencio.

Yo solía saber cosas: cosas importantes.
Palabras de sabios, de gente valiosa.
Hoy soy un pobre loco
que prende una vela en medio del templo.

Yo viajé a muchos lares: países, ciudades, comarcas.
Conocí el Sur, el Este, el Norte, el Oeste.
De rodillas, inclinado en silencio,
me viste de ámbar el pequeño fuego.

Mis tesoros, jardines y amores
no son sino sueños borrosos, motas de polvo.
Hoy vengo humilde y callado
a encender un modesto pabilo.

Simples y titilantes lucecillas: no hay más.
No hay afuera ni adentro.
Ni alma ni cuerpo, ni vida ni muerte:
hay sólo un hombre hincado en el templo.

¿Qué por qué razón hoy enciendo una vela?
Porque sí: no hay por qué.
La rosa es rosa, la mosca es mosca.
Hoy yo prendo mi fuego.

Me levanto del suelo. Me pongo el sombrero.
Las sandalias me entran y salgo del templo.
Allí queda mi vela, mi cera, mi fuego.
Allí quedo yo mismo, hincado en silencio.

De puertas abiertas (Analepsia DCXCI)



¿Y qué tal que el legendario y divino propósito de la vida buena, bella y verdadera no fuera sino esa nebulosa y luminiscente resaca que queda después de la euforia ciega más desbordante, como una estela espesa de polvo de cristal que refleja de manera sublime, pero asimétrica y deformada, los albos y finos rayos del sol? Los barcos que conducen al sentido inherente de las cosas muy a menudo naufragan en los mares del padecimiento, de la afección cruda, desnuda y desvirgada.

Es fácil construir puentes. Lo que es casi imposible es cruzar hasta la otra orilla sin perderse a uno mismo en la empresa, sin mirar hacia abajo. La locura casi siempre es locura de algo, incluso del más ínfimo peso del rocío sobre los pétalos. Éxtasis y desasosiego: ambas caras de la misma moneda.

Uno a veces toca la campana anunciando el almuerzo, la buena nueva o el camión de los desperdicios. Pero… ¿y sin nadie tiene hambre, ni fe, ni desechos que desechar? ¿Y qué si prefieren pacer como impávidas vacas en el solaz de sus sueños? ¿Y qué si soy yo una de aquellas figuras, desapegadas mónadas animales? ¿Cómo habré de zafarme con éxito de mis cómodos lazos, romper y salir de mis confortables corrales? O más bien, ¿por qué y para qué haría eso? ¿Para quién y por quién sería libre?

– Yo sólo sé que lo sé todo –: de Fausto a Sócrates hay sólo un paso, o bien, sólo una mirada distinta. Uno puede almacenar los anales del mundo en el baúl del aleph, y aún así seguir siendo lastimado periódicamente por la impertinencia de la luz matutina que se cuela traviesa a través de las traslúcidas cortinas, al igual que el inocente niño, al igual que el decrépito anciano.

¿Y qué tal que no sé lo que quiero? ¿Y qué tal que al querer quererlo todo al final termino no queriendo ya nada? Matar al querer queriendo, poco a poco, paso a paso, de manera meticulosa y gradual, con maestría hedonista de paciente estoicismo: he allí la situación que más quiero.

El jinete intermitente (Analepsia DCLXXXVII)


Un asomo imprevisto por la ventana. Múltiples despliegues de luces, de formas y de caminos insospechados irrumpen como un golpe enmudecido al intelecto. Depuración de las pasiones vanas. Ingenuo sumergimiento en los más inhóspitos mares y en las borrascas más turbulentas. De pronto, un grito cegador, una hogaza de pan, un desierto en llamas: es Lucifer que nos llama tras el muro, susurrante. Emerge entonces aquella noche en la que los frenéticos venados, entes de la bruma, bailan y celebran nuestra muerte escogida; se efectúa así todo el fastuoso acto mientras beben, impetuosos y animales como son en realidad, la sangre inmaculada y brillante del sacrificio solar diario, sagrado suceso acontecido sin falla y sin retraso con cada crepúsculo, con cada incendio apagado en las lindes horizontales del mundo. Vaguedad de marzo, superfluo idilio.

Miles de frazadas nos arropan los sentidos, nos impiden vislumbrar. Las rasposas e hinchadas manos de los trabajadores diurnos despiertan con cada golpe de mazo al centenario basilisco que duerme tranquilo, desde hace siglos, bajo la tierra. Como vendavales ciegos, se arremolinan y ascienden en círculos concéntricos las hormigas blancas, aquellos diminutos seres que fundaron las palabras. Dudo francamente que se dé un girasol tan grande en medio de la nada. Unos ojos desconocidos de grafito y de lápida pesan más cada vez sobre la ternura de mi pecho. Extrañeza.

¿Qué diferencia hay entre Urano y Neptuno, y el desayuno de ayer? No es chanza ni sarcasmo lo que digo: nunca he hablado más en serio que ahora… excepto aquel día, excepto aquellos días. Un par eclesiástico de latigazos rigurosos y devocionales se me impactan en la espalda, lastimando bellamente al carnero. Impedimentos bruscos, murallas imaginarias de aperturas y clausuras desembocan furiosas sobre escapularios de ámbar, recubiertos a su vez de profunda fe y desvelo.

Ecos de cabellos lejanos y de pabilos cebados. Zumbidos insoportables de colores nunca antes percibidos, producto de imaginaciones floridas y de fantásticas disertaciones. Un beso en el cuello que se evapora con el tiempo, evanescente en la ausente presencia de la completa falta de algo. Un punto, un tren, un ejército de metáforas y de violines discordantes que provocan cosquillas bajo el vientre y astillas en las venas, pudorosas guardianas de la sombra del hastío.

Flor de mayo, de luna, del prestigiado periódico en el cual vuelan los idiotas con singular gracia bajo máscaras de oro. Estiro la mano y alcanzo la fruta: una mordida de sórdida libertad, de azarosa soledad parduzca, de maravillosos brillos en el lago de tus labios. El cisne que canta y que vuelve a nacer en el cuerpo de un canto, encerrado a su vez en un cisne cantor. Fuertes muslos del caballo de mármol: un par de culebras que recorren, heladas, el derredor de su efigie.

Fantasmagorías. Sudor frío del anochecer presuroso. Un rayo de lucidez abrupto. La cicuta en el cáliz que cura o que mata según sea la dosis, según sean las olas, según sea la aurora. Abrazo entrañable que funde sentidos, que habla de todo en el trazo borroso, instalando certezas por medio de sombras. Un hueso cae del peñasco: emerge un estilo perpetuo. Fraguas de dulces tormentos y de ardientes lluvias, resbaladizas y voraces gotas de miel. Letrada ignorancia postrada de hinojos. Letanía vibrante de las cien mil batallas internas. Por esta ocasión el humilde poeta, ajado de pies y de manos suaves, emisario único de la cabalgata impetuosa que desgarra los bosques.

lunes, 16 de marzo de 2009

Emotional Parsimony (Analepsia DCLXX)


By the surface of this rotten wood
I pursuit my soul.
Beneath the tender blanket of this candlelight
remains a hidden trinity that seeks ancient, holy voids.
All is full of lyrics
and atoms
and gods.
By smashing every statue,
I have seen their lungs.

Jumping off the bridge
and hanging on the tree:
all the great discoveries you can never be.
Half-monkey, half-sky,
these pair of legs just will go on, to stand, running, until the limits of cognizance.

How long should I take as a navy these words?
On what spaces and lands should they work after all?
Hesitation and desire: two extremes of one road.
Equal plates of a balance:
do we have to play dumb?

lunes, 9 de febrero de 2009

El octavo día (Analepsia DCLXIII)


"Y entonces vio que todo cuanto había hecho era muy bueno": eso es lo que se dice que se dijo, y no dudo en absoluto que así se haya dicho. Se cree también que ya ha terminado, pues su descanso está igualmente documentado. Yo digo que no fue así: a veces los textos mienten, sobre todo las crónicas de algo magno, de algo grande y fastuoso ¿Qué evento más grande y más magno que éste, gala de todas las galas? Muy al contrario, creo que aún persiste en el esfuerzo y el desvelo, quizás más arduamente que nunca, de manera apabullante e inconcebiblemente esmerada ¿Cuándo, pues, habrá de terminar su obra maestra, de alcanzar la perfección artística cristalizada, el acabamiento total de la misma?
Un octavo día está por venir... y tal vez más.

Ética del paladar contento (“Es menester ascender mediante aquello que nos hace caer”)::(Analepsia DCXLVIII)


Suponiendo que las arcas del tiempo estén abarrotadas de hombres insignes, y que este temblor bajo mis pies no sea causado por ningún bíblico animal subterráneo, ha quedado de esta forma definitivamente instaurado el espíritu de la ligereza danzarina sobre la cuerda floja de mi alma, después de una intermitente pero asertiva lucha en contra de la pesadumbre restrictiva: la moral represiva y sus fuetes espinosos, diques continentes de las más violentas aguas.


Uno simplemente no puede esperar algún tipo de florecimiento en sus jardines e invernaderos (un noble izamiento de los estandartes y de las voces moduladas), sin haber teñido antes los campos y las plazoletas de púrpuras telas con destellos carmines. Es así como se forja el atleta, el soldado, el santo: con base en sudor y jadeo, en fricción y desgaste, en el desgarramiento constante del cómodo capullo del que se pendía anteriormente bajo la rama seca: herencia de los espíritus más íntegros del pórtico helénico. Pero es necesario bailar inmediatamente después, nadar y regodearse en la suave y espesa melaza cada que el día lo permita.


Si ostentáramos el deseabilísimo privilegio de ver a través de los muros infranqueables de los altos fuertes y de las pétreas marmitas antes de entrar en contacto, y así estudiar de día y de noche los secretos movimientos y transacciones de los ánimos y de las intenciones, seríamos capaces de conocer entonces a esas temibles bestias predadoras que amenazan nuestros días, de cazarlas sin piedad y de vestir sus gruesas pieles de puro y limpio placer ciego, dejando de lado sus huesos y sus vísceras. Pero tal deseo vive en las lindes de los sueños, lejos del trigo y de los hornos.


Debemos, pues, tratar de darnos los mejores regalos a nosotros mismos sin ninguna restricción de inercia, vaciándonos de todas las cosas a través de todas las cosas. Los banquetes de fragante vino y de suaves carnes están listos para ser degustados, los estómagos y las lenguas de ser saciadas hasta el hartazgo en el pomposo maridaje. La renuncia sincera llega en el radical abrazo de las avalanchas pluriformes de olores y sonidos, de colores y texturas: marejadas incesantes de mundo. Es así como, para aquel que por ventura ha llegado a estos lares de la vida casi colmado y satisfecho de apetitos y de hambres inaplacables, es que habrá de tomar sólo aquellos ladrillos y argamasa necesarios para construir su cálida morada, pero nada más que eso. Así ésta habrá de ser sólida, duradera e inconmoviblemente hermosa mientras dura en pie: ese refugio habitual de la agreste intemperie que festeja sin reservas el trinar de las calandrias y los rayos matutinos.


¿Cómo osaríamos separar el ajenjo de la miel, cómo las rosas del espino? ¡Locura de locuras, vana falacia de tuertos y de cojos!

Unbearable Er-scheinung dans il fortíssimo anhelo (Analepsia DCXXX)


Se han desprendido ahora pequeños fragmentos de euforia desde este modesto cráneo: allí van todos, volando y dando piruetas hasta incrustarse en el juicio ajeno. Las palabras traslapadas y ajadas se resbalan poco a poco desde la trepidante cima de los deliciosos pechos color porcelana, puros y actuales como la linde de los tiempos, hermanos a su vez de las migajas estelares que tiraron las palomas del Edén. Madejas de hule espuma fenicio que arrebatan la raíz de la razón de las manos del pueril mandril de oro; igualmente sobre las restantes marejadas de ansia y de cercanía que emiten todos los radiadores pretensiosos de lo rojo y de lo púrpura, navegan aún cansados y regenerados aquellos parasoles amigables de las cerúleas y opacas lunas del otoño carcomido. Un par de bigotes no hace daño, pero setecientos cuarenta y nueve marcan por mucho la diferencia.
*
Sumido el cuello hasta las perplejidades incautas de lo rotundo aéreo, sublimando y vomitando va la Gran Boca del Padre Perro, esperando preñar las tierras infértiles que antes pertenecían a las mañanas frías: actualmente se huele y se respira de otra manera, con otros colores y otras comezones de por medio. Lo curioso de las estructuras gramaticales suscritas a las reglas de la yegua marina de la corriente índico-pacífica, es que en cualquier momento corren el peligro ser desposeídas de sus corales majestuosos. Ni todas las palmeras del mundo, ni la totalidad de los tersos y firmes muslos de las bailarinas clásicas podrían retroceder el tren aguamarina que va en camino desde hace tres semanas, por delante de los higos y de los malvones.
*
Si alguna diferencia hay entre las luces que han nacido y las sombras que habrán de nacer, es precisamente aquella vibración del arpa de los mundos contiguos, que giran incesantes en órbitas elípticas alrededor de las sienes de Eón, conformando unas invisibles y gráciles guirnaldas macrocósmicas que adornan el profuso río de las dagas en forma de rayo, hay que decirlo, de manera por demás magistral y psicotrópica. Santificado ha sido el inocente matrimonio, y es por ello que los ojos bermellón del trópico psíquico aún no me han mirado de la forma correcta, desde el preciso ángulo, maqueta de preciosismo y de alboroto sentimental y rococó. Zitácuaro no queda muy lejos de Marabatío, pero el recorrido a pie puede ser bastante tortuoso si hay llagas en el techo estrellado del rarámuri vigía.
*
Como dije, si una aprehensión enconada aprende a gritar y a copular de maravilla, nada habrá que la detenga en su trayecto, y así podrá conquistar las altas torres del ígneo templo de mis suelas sin ninguna energía desperdiciada. Hay algunas piedras homeopáticas, y otras tantas que no son ni piedras ni batallas de alcohol y de pieles sudorosas en pleno bombardeo de caricias. Hay que tener en cuenta que cuando alguien grita en Timbuctú, nadie lo escucha en Mali, sino muy al contrario, en la mohosa cueva de los Siete Bandidos Supremos, demiurgos del rocío vespertino. No por muchas sedas y maderas finas que se ofrezcan al mandatario, las gotas dejarán de gotear y las cuerdas del violín cesarán de estirarse hasta alcanzar los primeros pasos de las estaciones del año. Menester es tomar en cuenta mis observaciones pasadas, si uno es precavido en cuestiones del amor y de la muerte. Nada está comprado de por sí, excepto todo lo que existe.

miércoles, 14 de enero de 2009

Caricias (homenaje literario a Spiegel Im Spiegel de Arvo Pärt)::(Analepsia DCXXIV)













*
*
*
*
*
Una suavidad inusitada asciende de continuo por mi espíritu. No lleva prisa ni miramiento alguno: se distribuye por todas partes de manera equitativa, con singular delicadeza y parsimonia. Tiempo después, se apaga y se aparta.

Al atravesar descalzo por las alfombras rosadas del ensueño, pétalos caducos del cerezo en flor, acontece de nuevo aquella suavidad perdida, y un golpe de reconfortantes sensaciones muertas, cumbres nevadas de mis días, viven una y otra vez en forma de cristalinos y cálidos recuerdos, volviendo como ese suave oleaje que besa la virginal arena blanca de la orilla de la playa.

Muy lejos de esta aura se encuentra un hedonismo, o si no por lo menos, se trata de una clase de hedonismo bastante especial, muy particular, emergente de los anales del jardín del divino Epicuro. Suena un fluido de calma y de las sedas más hermosas de Catay, que acontece silencioso en medio de la tarde y de la aurora.

Anestesiado por una envolvente nebulosa de ingravidez, dejo ir mi cuerpo lentamente al soplo rítmico de ningún tiempo y de ningún lugar, y zarpa con él mi pensamiento hacia tierras ignotas y vedadas, ayudado por la maternal atmósfera nocturna, guardiana impecable de colores y de formas, así como de mi secreto incienso, esencia bendita de inefable sosiego.

Tatuados en el mármol de tu espalda están mis dedos, mis besos y algunas de mis horas. Sublimes ascensiones y descensos hemos juntos experimentado en la suave hoguera de tu lecho. No obstante, nada comparable a aquel dulce soplo de sagrado vapor, aquel hilo delgado de argentina luz que de un mismo golpe cauteriza y purifica. No sé qué es, de dónde viene ni hacia adónde va. Mejor que sea así. Sólo sé que le han llamado ataraxía, vita beata, Gelassenheit ¡Y escuchadme bien, dioses y augurios: eso es todo lo que quiero!

Tejas de barro: aforismos (Analepsia DCXII)


*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
Tú: el más sublime de los templos. La más acabada de las moradas. Y al mismo tiempo, Madensack, saco de gusano, alimento de los buitres. Honda paradoja humana del tiempo y la belleza.
***
Un simple instante, transformado en el luminoso despliegue de todos los momentos. El propósito supremo del despropósito. La voluptuosa escalera dorada hacia la frugalidad. Ars Magna del hombre.
***
Balbuceos de un bebé, sonidos de la madera hueca. Así de intrascendente, así de originario. Un halo de ingenuidad que no se percibe a menudo, que sigue jugando a serlo todo. En el fondo, todos nuestros actos y todas nuestras voliciones, no más que tiernas nimiedades.
***
Kent U Selben: la “tintura” transfigurante. A través de cada guiño, de cada mueca, de cada aspaviento innecesario, resulta imperativo recordar cada silueta proyectada en el espejo. De medidas está hecho el buen vino, la buena música, los buenos hombres que han tendido el metro hacia dentro de su abismo.
***
Andrei Tarkovski señaló con acierto que no existe un auténtico regalo sin algún tipo de sacrificio. El padre espiritual de su generación, Sören Kierkegaard, instauró la certidumbre de que la sabiduría suprema consiste en no arrepentirse de nada ¿Qué es entonces, el amor, debajo de todas sus formas posibles: las llamas impetuosas de la devoción religiosa, los fuegos fatuos del afán revolucionario, el calor acogedor del afecto mutuo? La sabiduría suprema de haberse regalado a un otro por completo, de una vez y para siempre, a través de un ciego arrojo más allá de los límites del sano discernimiento; destino al mismo tiempo paradójico, resultado de una constante reflexión previa y de una premeditación incesante sobre ese otro, absolutamente necesaria, completamente imprescindible.
Un “santo decir sí”.

sábado, 3 de enero de 2009

Velle non discitur (Seneca’s anthem)::(Analepsia DCIX)



*
*
*
*
*
*
*
*
*
*
En el punto más alto de la bóveda celeste, allí colocaré los anales de mis días. Dirigido el índice por encima de las tribunas, el veredicto surca y atraviesa igual a los impíos que a los virtuosos. Con la lengua quieta y el puño en reposo, se alzan las velas y se extienden blancas sobre el espacio a través de una graciosa expansión controlada.

La mirilla del destino apuntala, como fino rayo lunar, las múltiples espaldas que circulan unánimemente con el río pluriforme. Se derrite la flor de cera, se erigen las mil catedrales. Nuestro manantial cristalino, canto de ebullición y ternura, lava y cauteriza cada herida con el fuego sagrado de la reverencia redentora.

No todo es erotismo o poesía, ni mucho menos fenomenología. Están también los crueles ojos del cordero, las cuatro señales obscuras y las tablillas marcadas con el nombre impronunciable. Tatuadas están las parvadas de peces y los bancos de gaviotas sobre el flanco más débil del corazón humano. Las fuentes de aurora despliegan hoy sus voces de sirena.

La grumosa y espesa neblina que nos empaña los lentes es la misma que empuja a escribir las más lúcidas páginas, la sustancia misma del rumbo sin rumbo, de la ilimitada espontaneidad. No todo es surrealismo, ni cadáveres exquisitos; sin embargo, es la profunda garganta del león el origen genuino de todas las artes.

Transitando por las calles, de fascinación henchidas, una melodía cae de mi bolsillo y logra pisarla, furioso, un caballo de obsidiana. Una pictórica mancha impregna ahora el suelo: el nacimiento de un magnífico lago. Se habla de todo hablando de nada. Se atina con la daga en el núcleo al vendarse los ojos.

Vorágine de anatemas y de rezos que cae por encima del tiempo. El anacoreta migrante extiende su nudoso bastón y lo deja sentir sobre la suavidad palpitante de los cuerpos desnudos. Llega el azote supremo, la ciega bienaventuranza. Ese dulce beso del amargo labio, astuto vigía. Un violáceo soliloquio de la lucidez desmesurada, de la cuerda locura.

No todo es metáfora ni analogía, sarcasmo ni intempestiva. Hay hielos perpetuos que no se derriten. Hay caminos que no siempre llevan a Roma, puertas que no siempre se abren a Tebas. Honores al vómito ígneo del lápiz danzante, aquel que destruye cadenas, que derrite grilletes. El prisma que cambia los cromos al girarse a sí mismo.

Por nuestras venas galopa la trópica sangre del noble Proteo. Nuestras piernas están hechas de héroes y de mármol, de paraísos y de aluminio ¡Cuán ilimitados somos dentro de nuestras limitaciones! ¡Cuán infinitos en la finitud! La argamasa pensante del Caos primigenio. Y sin embargo, después de todo, avalancha inminente hacia el santo vacío.

martes, 11 de noviembre de 2008

Espontaneidad (Analepsia DCI)












Regresar hacia la intimidad pura. Recorrer una y otra vez los caminos de vuelta hacia el jardín de los cerezos. Zarpar hacia las cosas desde el destello primigenio de vida, inocente y limpio, como un bostezo matinal, como un desnudo pensamiento.


Repasar de manera incesante los colores y los numerales, con el fin de fijarlos en el cenit de la reminiscencia. Bautizar con palabras tímidas las islas venideras. Bañarse en aguas perfumadas, adornar los cabellos con los pétalos de la ligereza.


Tirar por la borda lo mismo al propósito que al despropósito. Elevar una oración a los antepasados desde las antesalas blancas del corazón durmiente. Meditar sobre el estrecho puente del olvido. Sembrar sobre los surcos salados que atraviesan tus mejillas.


Resquebrajar de un golpe los moldes y las máscaras del mundo, sólo por un instante. Exponer las manos curtidas a las doradas caricias del sol. Sentarse sobre la roca y ser la roca misma. Dibujar como los niños: jugar, dormir y despertar siempre con un “porque sí” entre los dientes. Brisa de juventud temprana. Anhelo de claridad velada. El efecto insospechado del amor verdadero.

Sobre la impermanencia: dancing in the Buddha’s palm (Analepsia DC)














Sentado sobre una losa de cara a la pétrea plazoleta blanca y roja, de manera intempestiva, las ruidosas turbinas del avión del deseo surcan el viento por encima de mi cabeza. Debido aparentemente a la inercia del vuelo, algunas notas de saxofón que se encontraban por allí suspendidas terminaron por amalgamarse con unos setos verduzcos con pequeñas florecillas amarillas que adornaban la entrada de uno de los comercios situado a pocos metros de mí. Eran flores muy parecidas a las de la vainilla, pero con pétalos un poco más delgados.


De manera simultánea e igualmente inesperada, un ágil perro maltés pasa corriendo fugaz, a un costado mío, y con el rabillo de mi ojo he logrado atrapar su sustancia en menos de un segundo. Si el movimiento es acto, también es aroma de tiempos lejanos, fragancia de estatuas erectas y de reinos reducidos a átomos invisibles. Ni siquiera el dulce y despreocupado canto de la niñita de anaranjados caireles que goza jugando frente a la fuente ha podido hacerme cambiar de opinión. Mi argumento es infalible, pues carezco de uno.




Vuelve a pasar la misma aeronave por el mismo lugar por donde desgarró las nubes la ocasión anterior. Pero yo ya no soy ése, aquel sujeto al que le fue bendecido el cráneo con un escandaloso beso la ocasión pasada. Soy otro, así como la nave es otra: no podría ser la misma. Ahora soy un minúsculo escarabajo que cruza las agrestes estepas rusas recitando en su idioma original múltiples y profundas oraciones de aquel cristianismo perteneciente a la iglesia ortodoxa. Asemeja mi nuevo cuerpo a un grano de café de grandes dimensiones, o a alguna semilla emergente del carnoso y concupiscente núcleo de ciertas frutas tropicales.


Nada me ha apartado nunca de los legendarios bosques colgantes, cabellera húmeda de Mnemosine, la madre de las artes: si permanencia es memoria, el poema de Parménides no es sino una bella y antigua oda al recuerdo. Pero un recuerdo sólido, indestructible e inconmensurable: monolito cosmológico sin mácula ni contradicción, pulido y brillante como el alba manzana nacarada del Árbol del Bien y del Mal. La única manzana blanca que ha existido: como el limpio mármol, como la porcelana pura, como la sal originaria, como estas largas paredes y altos arcos de la plazoleta en donde me encuentro ahora, en donde me encontraba ayer, anteayer, hace un mes, hace un año…

Menú a la carta (Analepsia DXCIX)















Cruzando a pie las estepas de cristal subterráneo, súbitamente emerge de entre las etéreas espigas de acero un par de burbujeantes manantiales de estruendo. Varias ninfas translúcidas con ropas de eco y resonancia retumban con cadencia y antiséptica gracia de extremo a extremo del paraje. El polvo baila sobre la blanca llanura nevada, y a lo lejos todo un conglomerado de abedules índigo-violáceos voltea a ver a las alondras. Las nueces que han quedado en el piso, inmaculadas, se elevan como gotas de mercurio amado hacia el cónico ápice del mundo, aprehendiéndolas en su núcleo, su singular galaxia.



Y la gente come, ríe, se viste, camina y odia.



Pétalos de plata y de nácar rosado circundan los rizados cabellos de los ángeles mudos: el tapiz sagrado de sus cráneos. Las raíces y las ramas del fondo del océano explotan y se impactan contra las cálidas espaldas de la fortaleza de amatista, tan elegante y tan erecta como siempre lo ha sido, a través de las comarcas y los sellos. Un beso de cera y otro de esfera se guardan y fluyen en los interminables ríos internos del carmín y la esmeralda, aprestando el vuelo hacia los confines de las olas titilantes y de la frescura del pecho del halcón invisible, padre y madre de la aurora boreal, abanico espectacular del sueño de Dios.



Y la gente duerme, defeca, copula, platica y se rasca.



Al parecer… nada fuera de lo normal.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Ejercicio estilístico: elegancia sobre la arena (Analepsia DLXXXVII)













Por el momento, la práctica del haikú ha sustituido a la pintura y al dibujo en mi itinerario catártico. He logrado paisajes de mayor magnitud emocional y de más extrema precisión imaginativa con la técnica de los tres versos y de las diecisiete sílabas, que en lo que había hecho hasta el momento según considero, en las artes plásticas durante este último año.

Aunque los míos no sean haikúes estrictamente canónicos en métrica silábica o en temática apegada al canon budista zen, conservan, según creo, los rasgos más relevantes que considero indispensables para esta forma de poesía japonesa: el ritmo, la espontaneidad, el vínculo con la naturaleza y el lirismo onírico. La cultura nipona y su arte, admirable por su apología al silencio y al minimalismo tanto moral como estético, ha aportado su espíritu a los siguientes retratos de mi alma reflejada en las cosas; cuestión que, como dijera de manera conclusiva en uno de mis trabajos: “Hay alma en las cosas, y las cosas son Alma”.

Las lámparas, medusas
de luz
en la superficie del agua.

Los ríos del mármol:
relámpagos
de estoicismo labrado.

Garabatos del lago:
discretas
las ondas en el espejo.

Muros de papel.
La tinta:
las momias del habla.

Frío en mis dedos
y escarcha
en los pies de la conciencia.

Dos altas palmeras.
Rascacielos
de los dioses primigenios.

Barras de neón azules.
Noche:
la porcelana de tus pechos.

La negra torre de obsidiana:
escalofrío
en la espalda estilizada.

Gotas de música lenta
escurren
desde el canto de la aurora.

La efervescencia pasa.
La carne queda… y el tiempo.
Ese extraño señor.

Veo tus hombros…
¿Humo de cigarrillo?
El frío tiene noche.

La mente mira atenta.
Se abre paso el crepúsculo
manchando a las cabezas de tarde.

Desorden de las hojas.
No hay árbol sin ramas.
La tiranía del orden.

Mis hijos son ellos.
Ninguna pirueta en vano.
Zarpa el sonido por la ventana.

Un ave recorre la laguna.
Se ha fundado un imperio.
Ahora hay blanco en el agua.

Las cortinas del mundo
son hoy
tus párpados somnolientos.

Las olas se rompen.
Un instante llega
y la sal lo cristaliza.

Un búho desgarra el aire:
la madrugada
que reclama su territorio.

A menudo el fuego
no es el enemigo:
es vestido y sustento.

Cerrado el camino.
Un perro descansa
frente al antiguo zaguán.

El perno gira
sobre otro perno
que también gira.

Gota de mercurio:
Alfa
y Omega.

Rebota la luz
en la fragilidad
del silencio.

El sueño
viene y arropa
al niño y al anciano.

Las praderas
y el terciopelo.
Suave inhalación.

Arrullo de río
y murmullo
de ciudad.

Gran sacudida
aquella,
la de la quietud.

La rojiza lengua
que humedece
las palabras muertas.

Sólido paisaje.
El masaje
del alma en tensión.

Un tierno pétalo de rosa
basta
para sobrevolar el mundo.

lunes, 20 de octubre de 2008

Nostalgia octobrina (Analepsia DLXXII)














A través de la suave música proveniente del cardiaco redoble del veloz colibrí, puede uno seguir la línea que une todos los geranios de fuego, y que traza y dibuja a su vez con suma sutileza el cristal de los copos de nieve que habitan las agrestes estepas.


Los zorros plateados se acercan a oler la carne muerta de la liebre, y sin darse cuenta, han desatado ya en todas las piedras y los troncos que los merodean un eco profundo, grito universal y coro majestuoso, identificado a veces con la niebla, a veces con los destellos matinales.


Millones de rezos provenientes de toda clase de mezquitas y de monasterios, de templos y de catedrales, son opacados a penas por el monótono y modesto zumbido de la avispa que, suspendida a la mitad de su meticuloso vuelo, circunda los pozos y las afluentes de miel subterránea que permanecen y corren por las arterias del tiempo.


Con elegancia y hermoso minimalismo, las nubes cruzan y desintegran el índigo lienzo de los días venideros. Un rostro escondido en el capullo, un magnetismo hierático: terremoto del átomo. Un par de niñitas rubias juegan al té. Dos cuerpos de ébano, esbeltos y sigilosos, concretan el acto sexual. Un viejo asoma desde un peñasco, admirando lo nuevo escondido.


¿Y qué se hace cuando la porcelana se rompe? Los pedazos generan imperios, cordilleras y libros. El polvo vuelve al polvo, pero en forma de estrella, de sistema, de galaxia. Se inundan de sal las cavernas y de ídolos las cabezas. La gota vuelve al mar y se pierde en su encuentro.


Un rasgo, una sombra, una pincelada. Un derramamiento de ambrosía y de imágenes infinitas: el caleidoscopio de los días y de las horas. El ojo es el faro del mundo, y la luz que proyecta es su interpretación. La sonata, el concierto, la sinfonía de los destinos.


El fiel samurái introduce el acero en su propio cuerpo. Un púrpura beso que todos conocen y que nadie recuerda. El acólito recorre los pasillos sahumándolos con su incensario. El huidizo y aromático espíritu que se eleva, gira y se transforma a través de sus caprichosos ciclos, de sus juguetonas espirales en el espacio.


Situados en medio de las llanuras, se extiende de frente y por detrás de nosotros ese inexplicable sentimiento originario, ese vacío completísimo que permite observar a la brizna de hierba en su escalada hacia ser puro verde, pura idea, pura sustancia inefable.


Luego uno regresa a su natural morada, en medio de cafés y de abrigos, de elocuencia y de reputaciones. Sin embargo, pese a haber sido el cisne separado del lago, nunca apartará de su memoria ni de sí mismo aquellos preciosos diamantes que el sol, al tender su alfombra le había regalado, reflejándose en su superficie.

Hoy desperté y era ayer: my own personal Freud (Analepsia DLV)












Los sueños son la materia orgánica de nuestros deseos. Después de más de un siglo de psicoanálisis, tal aseveración debe sonar bastante familiar, incluso repetitiva y anodina. No obstante según creo, es menester meditar acerca del sentido profundo de semejante postulado, por lo menos para aquellos que aspiren a tener algo más que una nublada comprensión de sí mismos. Titánica tarea qua a veces resulta utópica: si es tal, que en la aspiración quede el mérito.


Los trozos de la barca que despedazó la tormenta, aquellas astillas de madera y valijas sobresalientes que flotan y se entretienen jugando sobre la superficie marina, son los rastros y las señales que emergen desde lo insondable de las catástrofes del yo. Se despegan de vez en cuando algunos corales del arrecife y salen impulsados, en un vaivén nocturno, hacia alguna costa de delgadas y finas arenas, en donde aguardarán al amanecer a que algún curioso paseante les recoja y los lleve a su bolsillo. Depende del paseante el uso del trozo coralino: ornamento, material de investigación biológica, o simplemente desperdicio.


La interpretación es un tema delicado: no todo son burdas hermenéuticas epocales, repetitivas lenguas muertas que han perdido su asombro originario ante lo desconocido, lo irracional y lo extenuante. El sueño aparece crudo, de frente a la conciencia. Se comienza a desarrollar por sí mismo, empieza a deshilvanarse la madeja de manera intempestiva y constante; los significados pierden consistencia, comienzan a hilarse unos con otros, y a lo mucho, lo que acontece la mayoría de las veces es un afloramiento emocional, una impresión afectiva de algún suceso pasado, ya sea remoto, ya sea reciente. La claridad interpretativa dentro del sueño por lo general brilla por su ausencia. Uno amanece apaleado, como después de una gran batalla con criaturas míticas, desorientado y abatido, recordando muy poco de lo ocurrido durante la pugna. Y efectivamente, así es. Es una lucha contra fantasmas que vagan a través de los pasillos abandonados de nuestro devenir, en la que nuestros inocuos golpes no son más que eso: inocuos.


La relación del tema onírico con el surrealismo no es mera referencia cultural: es el problema del sentido y del sin-sentido, incluso pertinente a la lógica y al análisis lingüístico, tan de moda ahora en la filosofía academicista. Las barreras de lo posible se quiebran en sí mismas desde el mismo sujeto a la hora de despegar el vuelo nocturno hacia territorios inhóspitos, confortantes o completamente descabellados, dependiendo la tesitura del asunto y del ánimo del viajero. Las fantasías y las pesadillas están fabricadas de la argamasa de lo que escapa a la ligazón normal de la racionalidad espacio-temporal-causal. Es la causalidad que obedece, en forma al menos, a la casualidad, al ¿por qué no…?: al acaso. La apología de lo imposible emerge desde el acontecimiento mismo. No es casualidad tampoco la ambigüedad evidente en varios idiomas, en los que el vocablo sueño se usa igual para referir al proceso mental ocurrido durante la actividad durmiente, que para señalar nuestras metas y aspiraciones más entrañables con referencia a nuestro porvenir. Graciosa también la manera en la que se conectan la historia con la metafísica, es decir, lo pasado con lo futuro. Curiosa cronología del hombre en la encrucijada del carpe diem, del hic et nunc.


El sueño, es expresado con mayor corrección en lengua germana: träumen. Trauma también es herida, un incómodo recuerdo de algún encuentro desafortunado con las circunstancias pasadas. De vez en vez, estas heridas quedan al descubierto en el letargo nocturno, y es cuando los ídolos se abren paso a través del tiempo: los arquetipos, figuras y demás sujetos de la historia personal, ya transformados en personajes ficticios, cuasi literarios, ilustran la gran novela “incoherente” de las acciones pretéritas recontextualizadas en increíbles paisajes, dentro de extravagantes escenografías. El látigo fustiga al recuerdo, y las rodillas se pelan cuando uno tropieza con una piedra y va a dar al suelo. Pero es de la caída el nacimiento de la posterior prudencia al caminar. Frónesis del dolor, y el sueño como uno de sus más abundantes y peligrosos manantiales de significado.


Quizás, y sólo quizás, la vida de vigilia no sea más que un pie de página de la vida onírica. En los sueños aparecen los símbolos más concretos, ya arraigados en las sub-conciencia, sustancialmente sintetizados por la experiencia de manera contundente, aunque ambigua. Pero igual de ambigua o más resulta la realidad fáctica, el mundo social de la cotidianeidad, de los innuendos y de las dobles morales. Ahora nuestro panorama se invierte: la claridad no se encuentra ya en el mundo de los despiertos, sino en el territorio de los dormidos: dolor de cabeza de Heráclito si convirtiéramos sus palabras no en metáfora, sino en hecho. Las arenas movedizas parecerían ser ahora las de afuera, no las de adentro. Si pudiéramos ser susceptibles de organizar y aplicar la hermenéutica más agraciada a cada uno de nuestros tesoros simbólicos del paraíso de Morfeo, convirtiéndonos en nuestros Freuds personales y autosuficientes, caerían multitud de velos y podríamos mediante un gesto obediencial, con ayuda del timón de Minerva, conducir nuestra voluntad hacia los cauces que verdaderamente le son pertinentes: realizar la ética más perfecta, sin energía desperdiciada ni flechas errantes, lo menos posible. Economía del bon sens.


Calderón De La Barca y su inmortal dictum como nuestro balsero a través de aguas profundas. En todo caso sería menester aprender no sólo a soñar, sino a despertar: a capturar las escurridizas libélulas que pululan y dan sus rondines sobre la vaporosa laguna. Una tarea de por sí bella, pero como todo lo bello, dudosamente aprehensible en sí mismo.

sábado, 11 de octubre de 2008

Estudio sobre "La cascada Amida en el camino Kiso" de Hokusai (Analepsia DXLI)


















El arpa cristalina del fluir.
Helado... frío. Templado.
Fresca conciencia del espacio.
Los arbustos observan.
Hedonismo olvidadizo.
Ánimo aguamarina.
La araña sigue tejiendo.
Inerme, el tiempo arroja su red.
Insignificancia cósmica.

Estudio sobre "El rey bebe" de Jacob Jordaens (Analepsia DXXXIX)
















Humana naturaleza.
La pesada corona de asbesto.
Miasma y candor. Carcajada.
Oro y vino: la canción.
Los cascabeles del instinto.
Terciopelo ríspido.
Absolución de la ignorancia.
El carnaval de las máscaras.
La opaca pompa de lo cotidiano.

Estudio sobre "La noche se abre" de Geneviève Asse (Analepsia DXXVI)


















Un sonido inaudible.
Rasgo familiar y luminoso.
Ecos del mar y de la suave piel.
A lo lejos: añoranza que resplandece.
Neblina y lumbre.
Lúdico despertar.
Un susurro: hermoso vapor.
El sagrado vacío del ensueño.
Ascesis de la percepción.

El hilo invisible (Analepsia DXIII)














La fría brizna de la lluvia persistía en su encarnizado encuentro contra las delgadas falanges de las igualmente heladas manos de Irina. Soplada por el viento, como una mascada translúcida, el agua distendida se dispara, va y se impacta con sutil y cristalino timbre sobre cualquier superficie que le oponga resistencia a lo largo de la especial soledad de las calles desnudas. Se cimbra el nocturno asfalto al pasar de los vehículos, se abren y cierran pétalos de luz en cada semáforo. Hay niebla, brillos ámbar en las charcas, y un par de zapatillas empapadas, con dos capullos rígidos que tiritan, encogiéndose dentro. La caballerosidad suele ser una virtud muy rara en estos tiempos: fue una afortunada frase que escuché de algún fulano observador en la fila de la taquilla del cine. Tiene uno que remontarse a las obras capitales del Medioevo acerca del amor cortés, o en el más obvio de los casos consultar el obligado referente cervantino para volver a aspirar ese estimulante olor a nobleza, esa tersa textura de entrega incondicional, de lirismo ético que escasea ahora entre las parcelas humanas.

Finalmente, un auto se detiene. Se abre la puerta. Irina sube sin mirar siquiera al conductor.

- Muchas gracias. Llevo cuarenta y cinco minutos esperando a algún vehículo que me lleve. Ningún taxi hace parada aquí por lo visto ¿no? ¡Y con esta endemoniada tormenta no se puede ni cruzar la calle! ¡Todo esta inundado, se sale el agua de las alcantarillas como de las fuentes! ¡No es posible!
- Así parece… ¿a dónde la llevo, señorita?
- ¡Ah, sí! ¡Qué despistada, perdón! Al edificio Balmori por favor: está a siete cuadras de aquí.
- Bien.

Después de la tempestad, la calma. Los limpia-parabrisas son las manecillas combatientes. Un par de ojos fijan sus zarpas sobre el retrovisor, que a su vez refleja, acorde a su naturaleza, algunos fantasmas rojos y anaranjados que rebasan o permanecen en la retaguardia, borrosos, como también naturalmente son. De reojo se advierte una parcialidad de rostro blanco, suave, montado sobre un cuello esbelto, adusto, lleno de recovecos lisos y de interesantes líneas imaginarias, colocado asimétricamente sobre el asiento del copiloto. Unas delineadas y sólidas piernas, entalladas en mallas negras de licra, asemejan trazos pintados por la brocha de algún maestro calígrafo chino. No es fácil dibujar un sentimiento, y mucho menos un cuerpo. Bastante empapado, un delgado suéter violeta sirve de segunda piel a sus proverbiales senos, coronados en la cima con pezones erectos, símbolo de la vulnerabilidad humana frente a las inclementes condiciones del clima que muy a menudo la carne no puede soportar. También hay cascadas de rubios cabellos, húmedas lianas de ópalo que engalanan los hombros más redondos que se hayan presenciado.

Ruidoso y grotesco, el chofer pasa saliva con dificultad, al unísono con ese rechinar de dientes interno que sólo pueden oír los perros, o en todo caso, las hadas. Sus venas se inflaman más de lo normal, paralelamente con la desinhibida fuga visual de la muchacha por la ventana, tocando los edificios y las laderas de los postes eléctricos con su mirada, en un melancólico y afanoso querer aprehender los momentos, los vidrios empañados y la sinfonía de cláxones que va surcando la nave en su travesía por las avenidas y los cruceros. Su tranquilidad ahora es proverbial, admirable en una joven fémina, por lo general atravesadas por apegos y vicisitudes nimias. Parece que no recuerda nada de lo ocurrido. Quizás eso haya sido lo más irritante de todo. Pero eso no importa: al final, la noche ofrece un espectáculo sin igual, un banquete de neón y de advertisements que mueven, aún al menos sensitivo, hacia un puro frenesí citadino, al arrebato estético aquel que sufren los policías guardianes de la madrugada y los niños sin hogar en medio de los mudos e imperturbables muros de la urbe: un placer que pocos tienen la fortuna de experimentar. Sumergida la ciudad bajo un casi perfecto y llano silencio, penetrada y desbordada por un claroscuro penetrante en sí mismo que suele dejar sin aliento. Algo sagrado camina de esquina a esquina, vuela por encima de las conciencias dormidas.

- Ya casi llegamos. Disculpe si es que desvié el rumbo de su destino. Yo sé que usted no es un taxista ni mucho menos, pero no sabe cuánto agradezco su amabilidad al hace esto por mí. Muchas gracias.
- ¿Irina, verdad? Qué ironía…
- Sí… p… ¿porqué? ¿nos conocemos de algún lugar?
- Perfecto. Adiós.

Los párpados masculinos se cierran. Las manos se despegan del volante de manera progresiva, hasta quedar completamente apartadas del mismo. El timón ha quedado emancipado. Durante trece segundos el automóvil sigue su marcha azarosa a la expectativa del mundo, libre por vez primera, haciendo honor a su nombre. Un último pensamiento, una última sonrisa, un último grito, una última lágrima. Finalmente, el carro se impacta de frente contra la base de un puente peatonal. Una llamarada bufa y se expande desde los incandescentes restos metálicos que permanecen aun en su núcleo, congelados en un segundo irrepetible, a punto de ser despedidos por la natural inercia centrífuga, madre de todas las cosas.

Caprichosamente (como casi todo bajo el sol), una de aquellas gotas que antes residía sobre el cofre del vehículo, por medio de una epopeya de distancias imposibles y de mágica resolución, cae como líquido látigo sobre la espalda de un viejo ciego que tuvo la fortuna de transitar por las vecinas aceras, escuchando y resintiendo el accidente a veinte metros del mismo. Frunce el ceño. Pone la lengua, como resorte, sobre su paladar. Aprieta con mayor fuerza su bolsa de papel estraza que contiene su cena de hoy: dos bizcochos con poco dulce en la cubierta, un litro de leche semidescremada en tetra-pack, y un sobre pequeño de café en polvo. Poco a poco voltea su cuerpo, dando lugar en su interior a un asombro mesurado, a un súbito y mínimo sobresalto en medio del caos de la apocalíptica escena. El estruendo es terrible, el calor abrasador, y sin embargo el anciano no pierde la postura ni la orientación en absoluto. Casi como si nada después de un minuto, sin preguntar a nadie sobre lo ocurrido, sigue su paso lento y metronómico de camino a su hogar. Hay algo de familiar en ese estoicismo, en esa imperturbabilidad callejera aún en las circunstancias más sobrecargadas anímicamente, incluso en las más dignas de temor o desconfianza. No es un simple abandono, ni un vulgar retiro. Hay algo de loable y de satisfactorio en aquella familiaridad. Pocos pueden acceder a ese estado ¿Cómo le llaman...?

El anciano llega a su puerta. La abre. Entra y pone su chaqueta en el respaldo de su sofá. Con dulzura y tono agotado, vocifera:

- ¡Irina, querida! ¡Ya llegué!